Cuántas veces alguien viene con un chisme y nos lo cuenta para que digamos algo, para que tomemos partido, para que nos enojemos. ¿Y nosotros qué hacemos? Muchas veces caemos. Caemos en la trampa. Soltamos la lengua, decimos algo de más y al ratito ya estamos enredados en una pelea que no nos pertenece. ¿Saben qué nos enseña el ejemplo de este papa? que se puede hablar sin pelear, que se puede decir la verdad sin gritar, que se puede defender lo que importa sin volverse uno mismo un enojado más.
Eso, eso es sabiduría espiritual. Eso es lo que el mundo nos quiere robar todos los días y eso es lo que tenemos que aprender a guardar porque vale más que el oro. Recuerden, recuerden lo que dijo el apóstol Santiago en su carta. La lengua es un fuego pequeño, pero puede prender un bosque entero. Cuántas veces hemos visto en nuestras propias familias que una sola conversación, una sola, ha bastado para quemar relaciones de años.
Cuántas veces hemos llorado después de una pelea pensando si me hubiera quedado en silencio, si me hubiera mordido la lengua. Esa es la sabiduría que pide Dios. No es ser flojo, no es ser cobarde, es saber cuándo hablar y cuándo callar. Y eso, eso solo lo enseña la oración, solo lo enseñan los años, solo lo enseña Dios.
Vamos ahora con la tercera prueba. Y esta, hermanos y hermanas, es la más profunda, la más callada, la que casi nadie ve, la que ni siquiera se cuenta en los periódicos, pero es quizás la más difícil de todas. Es la prueba de la soledad, la soledad del Papa. Sí, oyeron bien, la soledad. Porque podemos pensar que un Papa nunca está solo.
Está rodeado de cardenales, de obispos, de gente que le sirve, de fieles que rezan por él. Pero la verdad, la verdad más íntima es otra. Un Papa al final del día, cuando se cierran las puertas y se apagan las luces, está solo, más solo que cualquiera de nosotros. Porque a un papa, ¿quién lo aconseja? ¿Quién lo regaña? ¿Quién le dice las cosas como son? ¿Quién le dice, “Oye, te equivocaste?” Casi nadie.
Todos tienen miedo. Todos lo respetan demasiado. Todos lo idealizan. Y él allí, en una habitación blanca, con un crucifijo en la pared, mirando por la ventana las luces de Roma, tiene que tomar decisiones que afectan a miles de millones de personas. Decisiones que no puede comentar con nadie, decisiones que tiene que llevar a Dios, solo a Dios.
Y aquí, hermanos míos, quiero detenerme porque sé que ustedes saben de soledad. Lo sé, lo siento desde aquí. Muchos de los que me están escuchando son personas que han enterrado a su esposo o a su esposa. Personas que viven solas en una casa que antes estaba llena. Personas que esperan la llamada del hijo o de la hija que no llama.
Personas que tienen muchos amigos pero pocos confidentes. Personas que rezan a las 4 de la mañana cuando no pueden dormir porque solo Dios escucha a esas horas. La soledad, hermanos míos, es la prueba más antigua del alma humana. Es la prueba que tuvo Cristo en el huerto de los Olivos cuando sus amigos se durmieron y él se quedó solo sudando sangre.
Es la prueba que tuvo Elías en el desierto cuando pidió morir. Es la prueba que tuvo la Virgen María al pie de la cruz cuando ya no quedaba nadie y solo estaban ella y el dolor. Por eso, mirar a este Papa enfrentando su prueba más difícil nos enseña algo poderoso. Nos enseña que la soledad bien vivida se vuelve oración. La soledad bien vivida se vuelve fuerza.
La soledad bien vivida se vuelve compañía con Dios. Porque cuando todos los ruidos se callan, cuando ya no hay nadie a quien recurrir, ahí, justo ahí, aparece la voz de Dios, discreta, suave, como una brisa después de la tormenta, como cuando se le apareció a Elías. No en el viento fuerte, no en el terremoto, no en el fuego, sino en una brisa apenas perceptible.
Esa es la voz que un Papa tiene que aprender a escuchar y esa es la voz que cada uno de nosotros en nuestra propia soledad podemos aprender a escuchar también. Si esta historia les está tocando el corazón, si están sintiendo que algo de lo que digo es para ustedes, déjenme pedirles algo. Quédense conmigo hasta el final, porque lo que viene ahora es lo más importante.
Y mientras tanto, si todavía no lo han hecho, suscríbanse al canal, activen la campanita, compartan este video con alguien que esté pasando una prueba parecida, porque a veces una palabra a tiempo, una historia a tiempo, una llamada a tiempo puede salvar a alguien. puede sostener una fe que se estaba cayendo, puede recordarle a una persona que no está sola.
Y eso, hermanos y hermanas, es lo que estamos llamados a hacer los unos por los otros, sostenernos, recordarnos que Dios está cerca, aunque no se vea, aunque parezca que se ha ido, no se ha ido, nunca se ha ido. Está esperando callado a que volvamos la cabeza, volvamos al león 14. Porque quiero contarles algo que me parece hermoso, algo de lo que casi no se habla.
Verán, este hombre, este pastor, antes de ser papa fue muchas cosas. Fue maestro, fue misionero. Pasó años, muchos años en un país de América Latina, en Perú, lejos de Estados Unidos, lejos del Vaticano, lejos de las cámaras. ¿Y qué hacía allá? Caminaba, caminaba mucho. Visitaba comunidades pequeñas en los Andes, en pueblos a los que solo se llega a pie o en mula.
Confesaba a la gente bajo árboles. Comía con familias humildes en cocinas con piso de tierra. Bautizaba niños en ríos. Enterraba ancianos en cementerios polvorientos. Aprendió a hablar como hablamos en América Latina. Aprendió a rezar el rosario con las manos curtidas de las personas que vendían en el mercado.
Aprendió a entender el silencio de quienes perdían las cosechas por la sequía. Aprendió, hermanos míos, lo que solo se aprende con los años y con el corazón abierto. Aprendió a ser pastor de los pequeños y eso eso es lo que ahora le va a dar la fuerza para enfrentar lo que está enfrentando. Porque un hombre que ha caminado por los Andes, que ha cargado en sus brazos a niños desnutridos, que ha rezado en velorios de campesinos, no se asusta fácil.
No se asusta con la presión política, no se asusta con los críticos de la televisión, no se asusta con los obispos rebeldes, porque ha visto cosas más duras, ha visto el rostro de Cristo en los más pobres y cuando uno ha visto eso, ya nada intimida del todo. Esa es la fortaleza que lleva por dentro este Papa, una fortaleza humilde, una fortaleza que no se nota, pero que está como una piedra debajo del agua.
No se ve, pero sostiene el río entero. Y aquí, hermanos y y hermanas, quiero hacer una pausa. una pausa para mirarles a los ojos, aunque sea a través de esta pantalla, porque sé, lo sé en lo más hondo, que muchos de ustedes han caminado también sus propios andes, sus propios caminos polvorientos, sus propias casas humildes donde se cocinaba con leña, sus propios velorios donde se rezaba toda la noche, sus propias cosechas perdidas, sus propios hijos enterrados antes de tiempo, sus propios silencios Y todo eso, todo eso no fue en
vano. Nada de lo que han vivido fue en vano. Cada lágrima, cada noche en vela, cada oración susurrada, cada perdón que costó dar, todo eso, todo eso los ha hecho a ustedes lo que son hoy. Personas con una fortaleza que ustedes mismos no se reconocen. Personas que han sido pastores de su propia vida sin darse cuenta.
Porque díganme una cosa, ¿quién ha sostenido a su familia cuando todo se venía abajo? ¿Ustedes? ¿Quién ha rezado por ese hijo o esa hija que andaba en mal camino? ¿Ustedes? ¿Quién ha llevado comida al vecino enfermo? ¿Ustedes quién ha cuidado al esposo a la esposa en la última enfermedad? ¿Ustedes? ¿Quién ha sostenido a los nietos cuando los padres no podían? ustedes.
Y todo eso, hermanos míos, lo han hecho casi siempre en silencio, sin que nadie les diera un premio, sin que nadie escribiera su nombre en un periódico, sin que nadie les pusiera una corona blanca en la cabeza. Pero Dios, escúchenme bien, Dios sí los ha visto, Dios sí los ha contado, Dios sí los tiene escritos en la palma de su mano y eso eso vale más que todo lo demás.
Ahora les voy a revelar algo, algo que se ha ido entendiendo poco a poco, escuchando con atención lo que dice este Papa, leyendo sus cartas, mirando sus gestos, algo que muchos no han notado todavía. Y es esto: la gran apuesta de León XIV. Su estrategia más profunda. No es ganar, no es vencer, no es imponer. Su gran apuesta es esperar. Sí, esperar como hace el labrador en el campo, dice el apóstol Santiago, esperando el fruto precioso de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Así está él esperando,
sembrando, regando y esperando, porque él sabe algo que muchos en el mundo de hoy ya no saben. Sabe que las cosas importantes no se hacen rápido. Sabe que un árbol no crece en un día. sabe que una herida vieja no se cierra con prisas. Sabe que un rebaño dividido no se vuelve a juntar a gritos. Sabe en lo más hondo que la única manera de sanar a la iglesia es con tiempo, con mucho tiempo, con años, con misas, con oraciones, con confesiones, con conversaciones largas y aburridas que nadie ve, con perdones que cuestan, con
silencios que cuestan más todavía. Esa es su estrategia y por eso su prueba más difícil, hermanas, hermanos míos, no se va a resolver el mes que viene ni el año que viene. Probablemente le tome todo el pontificado y quizás incluso así no la termine. Quizás se la pase al siguiente y al siguiente.
Pero eso, escúchenme bien, no es un fracaso. No, no, no. Eso es la lógica de Dios. La lógica de Dios siempre ha sido así. ¿Quién plantó la semilla del cristianismo? 12 hombres pobres asustados que después de la muerte de Jesús estaban encerrados en una habitación con miedo. ¿Y cuánto tardó esa semilla en convertirse en un árbol grande? Siglos, generaciones enteras.
Muchos murieron mártires sin ver crecer lo que ellos plantaron. Y sin embargo, plantaron, sin embargo, sembraron, sin embargo, regaron. Esa es la lógica de Dios, sembrar lo que uno no va a cosechar, confiar en que otros después de uno recogerán lo que uno dejó. Y eso, hermanos y y hermanas, es la fe más grande. Es la fe que pide Dios, la fe que no necesita ver el final para creer.
Quizá usted escuchándome ahora está sembrando algo así en su propia vida. Quizás está rezando por un hijo o una hija que no quiere saber nada de la iglesia. Quizás está pidiendo por un nieto que se aleja. Quizás está pidiendo por una pareja, por alguien con quien comparte la casa, que no comparte su fe.
Y quizá lleva años, quizá lleva décadas. Y a veces piensa, “¿De qué sirve? ¿De qué sirve seguir rezando si no veo nada?” Pues escúcheme bien, escúcheme con atención. Dios no le pide ver. Dios le pide sembrar. Y la semilla, créame, está cayendo. Está cayendo en la tierra. está esperando su tiempo y un día, quizá cuando usted ya no esté aquí, quizá cuando ya esté del otro lado, esa semilla va a brotar, va a brotar fuerte y alguien, alguien que usted ama va a volver a Dios y volverá por las oraciones que usted plantó hoy en silencio, en su rincón, sin que nadie

supiera. Es la fe del pastor, la fe que ahora carga León 14, la fe que usted sin saberlo también ha cargado toda la vida. Vamos cerrando, hermanos y hermanas. Pero antes de cerrar quiero hacer una cosa con ustedes. Quiero pedirles algo. Quiero pedirles que tomen tres enseñanzas de todo lo que hemos hablado.
Tres. solo tres y que se las lleven a casa, que las escriban en un papelito si quieren, que las pongan al lado del santo de cabecera, que las repitan cuando se les olviden. Tres enseñanzas para nuestra propia vida sacadas de esta historia tan grande. La primera enseñanza, anótenla en el corazón. La unidad de la familia, la unidad de cualquier rebaño, se cuida con paciencia, no con gritos.
Si en su casa hay grietas, no las cierren con martillazos. Ciérrenlas con tiempo, con oraciones, con llamadas que cuestan, con perdones que cuestan más, con visitas a esa persona con la que están enojados, con un café compartido, aunque al principio nadie sepa qué decir. Así se cierran las grietas, así y solo así. Y si parece que no se cierran, sigan, sigan, que Dios mira lo que ustedes hacen, aunque nadie más lo mire.
La segunda enseñanza, no se metan en peleas que no son suyas. No tomen partido en chismes. No alimenten el fuego de la lengua. Cuiden lo que dicen, cuiden lo que repiten. Cuiden lo que escriben en esos mensajitos del teléfono. La paz de su alma, la paz de su casa depende mucho más de su silencio que de sus palabras.
Aprendan del Papa. Aprendan de Cristo en silencio frente a Pilato. A veces callar es la oración más poderosa. Y la tercera enseñanza, la más importante quizá. La soledad bien vivida se vuelve oración. Si están solos, no huyan de su soledad. No la llenen con televisión todo el día. No la llenen con el teléfono.
No la llenen con quejas. Llénenla con Dios. Pongan una estampita en la mesa de la cocina. Recen el rosario aunque sea de a poquito. Hablen con Dios como hablarían con un amigo viejo. Cuéntenle todo. Hasta lo que les da vergüenza, hasta lo que duele, hasta lo que ya nadie quiere escucharles. Dios escucha.
Dios escucha todo y cuando ustedes terminen de hablar, quédense un ratito en silencio, solo un ratito. Y verán, hermanos míos, verán que la habitación se llena de una paz que no es de este mundo. Esa paz es él. Es él que vino a sentarse junto a ustedes. Y ahora, ahora sí, escuchen esto.
Escuchen esto que les voy a decir como un regalo. Si llegaron hasta aquí, hasta este final, no es por casualidad, no. Yo creo de verdad que Dios los trajo a este video por algo. Quizás necesitaban escuchar que no están solos. Quizás necesitaban escuchar que su soledad, su prueba, su silencio importa, importa muchísimo. Quizás necesitaban escuchar que la prueba más difícil de un papa se parece en miniatura a la prueba más difícil de cada uno de nosotros.
que somos todos pastores, que somos todos cuidadores de algo, que somos todos sembradores que no veremos la cosecha y que eso eso no es un castigo, es un honor, es un regalo, es la forma que tiene Dios de hacernos parecidos a él. Recuerden lo que dijo nuestro Señor. Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas.
Pues que cada uno de nosotros, en lo poco o en lo mucho que nos toque, también demos la vida por los nuestros, día a día en silencio, sin esperar premios, sin esperar reconocimiento, sabiendo que arriba en el cielo hay alguien que cuenta cada paso, cada lágrima, cada oración. alguien que un día nos va a recibir y nos va a decir mirándonos a los ojos, “Bien hecho, siervo bueno y fiel, entra al gozo de tu Señor.
Dios no los ha abandonado, nunca lo hará. Nunca, nunca, nunca.” Y si hoy llegaron a este video es porque él tiene algo preparado para ustedes que todavía no pueden ver, pero pronto lo verán. Tengan fe, aguanten un poquito más. La cosecha viene, aunque la noche sea larga. Aunque la noche parezca eterna, la cosecha viene y van a sonreír y van a llorar de alegría y van a decir, “Tenía razón, Dios tenía razón todo el tiempo.
Antes de despedirme, déjenme decirles una cosa más. Esta historia, la historia de León XIV, su prueba más difícil, su lucha por mantener unida a la Iglesia, su soledad como pastor del mundo, no es la única historia grande que se está viviendo en este momento. Hay otras pruebas, otras vidas, otras luces que están brillando ahí afuera y que ustedes necesitan conocer.
Por eso, no se pierdan el próximo video del canal, donde vamos a hablar de otra historia que les va a tocar el corazón igual o más que esta. Una historia que les va a recordar una vez más que Dios trabaja sin descanso, aunque nosotros no lo veamos. Les dejaré el enlace aquí arriba y en la descripción. Gracias, gracias de corazón por haber llegado hasta el final.
Gracias por regalarme estos minutos de su vida. Gracias por dejarme acompañarles un ratito. Que Dios los bendiga hoy, mañana y siempre. Que la Virgen María, nuestra madre, los cubra con su manto. Que el ángel de la guarda les acompañe hasta el final del día. Y recuerden, cada semana hay una historia nueva esperándolos aquí en este rincón pequeño que hicimos para que el alma descanse un rato.
Suscríbanse si todavía no lo han hecho, activen la campanita, compartan este video con alguien que esté pasando una prueba parecida y sobre todo, sobre todo, no se olviden de rezar esta noche. Aunque sea una sola línea, aunque sea una sola palabra, Dios escucha. Dios escucha siempre. Hasta el próximo video, hermanos y hermanas míos.
Que Dios les abrace fuerte y que el amor del Padre los acompañe hasta que volvamos a encontrarnos. Amén. M.
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