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La Caída de Alias “Doble Rueda” el Policía Antidrogas que Protegió al Narco Más Peligroso de Ecuador

Un policía antidrogas. Acceso total a los teléfonos cifrados del narcotraficante más peligroso de Ecuador y una decisión que lo convirtió en el arma más letal del cartel. Lo que vas a ver no es corrupción ordinaria, es la historia del hombre que le robó los ojos al estado para ponérselos al narco. El 25 de mayo de 2022, un operativo de la Policía Nacional nacional del Ecuador rompió la mañana de San Borondón con el sonido de puertas derribadas y órdenes a gritos.

 La dirección era una mansión sobre la ribera del Batán, una de esas propiedades que no existen oficialmente, pero que todo el mundo en ciertos círculos sabe exactamente dónde encontrar. Lo que encontraron adentro no fue una sorpresa para los investigadores, pero sí confirmó una escala que incluso los más cínicos del equipo tardaron un momento en procesar 6.

4 4 millones de dólares en efectivo, apilados con la frialdad metódica de quien no los cuenta, porque ya los perdió la cuenta de cuántos tiene. Lingotes de oro, relojes, cuyo valor individual superaba el salario anual de cualquier agente en esa habitación. Y teléfonos, varios, todos de última generación, todos cifrados. El hombre al que se llevaron esposado ese día era Leandro Antonio Norero Tigua.

alias el patrón, uno de los narcotraficantes más escurridizos que Ecuador había producido en décadas. Un hombre que ya había fingido su propia muerte en Perú para evitar la justicia. Había reaparecido como empresario legítimo y había construido desde las sombras una red de corrupción que atravesaba la policía, el poder judicial y las oficinas políticas con la misma facilidad con la que el agua atraviesa una tela.

Pero la captura no era el fin de la historia. Era apenas el principio del problema más grave que enfrentaría el Estado ecuatoriano en años, porque Norero sabía algo que los agentes que lo esposaron todavía no habían entendido, que adentro de esas paredes, en alguna unidad técnica de la misma institución que acababa de arrestarlo, había alguien trabajando para él, alguien con acceso a los servidores de la Dirección Nacional Antidrogas, alguien con la certificación técnica para manejar el único software del estado capaz de romper el cifrado de

esos teléfonos. Alguien que en ese momento ya sabía que los teléfonos habían sido incautados y que ya estaba pensando en cómo asegurarse de que nadie jamás pudiera abrirlos. Su nombre era Gabriel Genaro García Cedeño, cabo segundo de la Policía Nacional, analista informático forense y el hombre al que Leandro Norero le había pagado para hacer sus ojos, sus oídos y sus manos dentro de la institución que supuestamente debía destruirlo.

Para entender lo que pasó después, hay que entender qué representaban esos teléfonos. No eran simplemente dispositivos de comunicación, eran el archivo de una conspiración. Norero no usaba llamadas convencionales, no usaba WhatsApp, no dejaba rastros en sistemas que el Estado pudiera interceptar fácilmente.

 Usaba FRIMA, una aplicación suiza que no requiere número de teléfono para registrarse, cuyos mensajes no se almacenan en servidores centrales y cuyo cifrado de extremo a extremo estaba diseñado específicamente para hacer inútiles las órdenes judiciales de interceptación estándar. En esos teléfonos estaban los chats, décadas de conversaciones con jueces, con políticos, con policías, con sicarios.

 El mapa completo de quién había vendido su cargo al mejor postor. Y en algún lugar de esa arquitectura de corrupción estaba el rastro de un usuario identificado únicamente por un código alfanumérico 8e qua K a milésima J i. Ese código era García Cedeño y lo que hacía bajo ese alias era una traición tan metódica, tan técnicamente sofisticada, que cuando la fiscalía finalmente lo descubrió, los investigadores tuvieron que tomarse un momento, no de shock, sino de algo más cercano a la admiración sombría que produce ver un sistema de destrucción

perfectamente diseñado funcionar exactamente como fue construido. Ecuador en 2022 no era el mismo país que había sido 10 años antes. Las ciudades costeras, Guayaquil, Manta, Esmeraldas operaban bajo una lógica de presión constante. Las calles de ciertos barrios se vaciaban antes de que cayera el sol, no por ordenanza municipal, sino por un acuerdo tácito que todos entendían y nadie nombraba en voz alta.

 Los carteles internacionales habían encontrado en Ecuador algo más valioso que una ruta de tránsito. Habían encontrado un estado que podía comprarse por partes. Y la parte más valiosa no era un juez, no era un político, era el técnico, el hombre sin nombre en los titulares, sin cara reconocible en la prensa, sin rango suficiente para aparecer en los reportes de inteligencia de las agencias internacionales.

 El hombre que sabía exactamente cómo funcionaba la tecnología que usaba el estado para perseguir al crimen. Ese hombre era el objetivo más codiciado del narco moderno y Norero lo había encontrado. Piensa en esto por un momento. El Estado te da las herramientas para destruir a los criminales, te capacita, te certifica, te da acceso a sus secretos más profundos y en algún punto alguien decide que eso vale más como arma para el enemigo que como escudo para el resto.

 Lo que viene a continuación no es la historia de un hombre débil que se dio a la tentación. Es la historia de un sistema que construyó su propio asesino y luego se sorprendió cuando empezó a apuntar hacia adentro. El hombre que iba a sabotear la investigación más importante de la década no llegó al narco porque fuera corrupto de nacimiento.

 Llegó porque era exactamente lo que el narco necesitaba. El mejor técnico en la sala. Antes de que llegues al final de este acto, vas a entender como Leandro Norero convirtió el conocimiento del estado en el arma más eficiente de su organización. Y lo que descubras va a cambiar para siempre la forma en que ves a quienes supuestamente te protegen.

Gabriel Genaro García Cedeño no era un nombre que apareciera en las listas de sospechosos habituales. No tenía antecedentes. No aparecía en los diagramas de organizaciones criminales que la DEA y la Europol compartían periódicamente con sus contrapartes ecuatorianas. Era en todos los registros formales disponibles exactamente lo que parecía ser, un cabo segundo de la Policía Nacional del Ecuador, especializado en análisis forense informático, asignado a la Dirección Nacional Antidrogas.

Para entender su valor, hay que entender qué significa esa especialización dentro de una institución policial latinoamericana. En 2022, la brecha tecnológica entre los carteles modernos y las fuerzas de seguridad estatales es, en la mayoría de los países de la región brutal. Los carteles contrataban ingenieros de sistemas.

 Los carteles compraban licencias de software de vigilancia de nivel militar en mercados grises. Los carteles tenían departamentos de ciberseguridad antes de que los ministerios del interior supieran deletrear la palabra. Pero en el caso de Ecuador existía una excepción parcial. La Dirección Nacional Antidrogas había recibido a lo largo de varios años capacitación directa de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos, la DEA, y asistencia técnica de Europol.

 Esa cooperación incluía el acceso a herramientas de extracción forense digital de nivel internacional. La más importante de todas era el sistema Celebrit. Celebrite UFED es el estándar global en análisis forense de dispositivos móviles. Policías, fiscales y agencias de inteligencia en más de 100 países lo usan para hacer lo que parece imposible.

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