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IMPACTANTE: Así piensa un ex pastor sobre Carlo Acutis… después de que él salvara a su primogénita

PARTE 1

Hay momentos en la vida donde todo lo que creíste saber se desmorona en cuestión de segundos. Para mí, ese momento llegó cuando escuché a mi hija de 19 años, recién salida de un coma profundo que los médicos declararon irreversible. Pronunciar unas palabras que ningún neurólogo podía explicar. El niño del computador me dijo que Jesús está en el pan.

Yo, Julian Morgan, pastor evangélico durante 23 años,  líder de una congregación de más de 4000 personas, había pasado décadas enteras predicando  contra esa misma idea. Había enseñado con absoluta convicción que la presencia real de Cristo en la Eucaristía era una herejía  católica, un engaño medieval, una forma de idolatría disfrazada de devoción.

Y ahora, mientras sostenía la mano temblorosa de mi primogénita, mientras los monitores cardíacos confirmaban lo imposible,  mientras los médicos salían de la habitación sacudiendo la cabeza en silencio, me di cuenta de algo aterrador. Quizás había estado equivocado toda mi vida. Y si me había equivocado en esto, en cuántas otras cosas había guiado mal a miles de almas que confiaron en mi enseñanza.

Pero déjenme retroceder, déjenme contarles quién era yo antes de aquella noche que partió mi existencia  en dos. Mi nombre es Julian Alexander Morgan. Nací en el seno de una familia evangélica profundamente comprometida en Dallas, Texas.  Mi padre fue diácono de nuestra Iglesia Bautista durante 40 años y mi madre dirigía el ministerio de mujeres.

Crecí respirando el evangelio, memorizando versículos bíblicos desde los 5 años, participando en campamentos de verano donde se forjaban líderes cristianos. A los 17 años sentí  el llamado al ministerio pastoral. No fue una experiencia mística ni un éxtasis emocional, sino una certeza tranquila  y profunda que se instaló en mi corazón durante un retiro juvenil.

Recuerdo perfectamente estar sentado junto a un lago al atardecer con  mi Biblia abierta en Jeremías, capítulo 1, cuando leí aquellas palabras: “Antes de formarte en el vientre ya te había elegido. Antes de que nacieras ya te había apartado, te había nombrado profeta para las naciones.

En ese momento supe con la misma claridad con que sé que el sol sale cada mañana,  que mi vida sería dedicada a predicar la palabra de Dios. Estudié teología en el seminario teológico bautista del suroeste, donde me gradué con honores. Fueron años intensos de estudio  bíblico, griego, hebreo, hermenéutica, teología sistemática.

Me casé con Rebeca durante mi último año de seminario. Ella era la hija del pastor principal de una mega iglesia en Houston,  una mujer de fe inquebrantable, con un corazón para la alabanza y la adoración. Juntos formábamos el equipo perfecto para el ministerio.  2 años después de casarnos llegó Kelly, nuestra primogénita.

seguida tres años más tarde por nuestros gemelos Marcus y David.  Mi familia era mi orgullo, el testimonio vivo de las bendiciones que Dios derrama sobre quienes le sirven fielmente.  A los 28 años fui llamado como pastor principal de la iglesia Comunidad de Gracia  en Austin. Era una congregación pequeña. Entonces, apenas 200 personas que se reunían en un edificio alquilado.

Pero teníamos visión, teníamos pasión, teníamos la certeza de que Dios haría cosas grandes. Y así fue. En 5 años la congregación creció a 100  miembros. En 10 años teníamos que realizar tres servicios cada domingo para acomodar a más de 4,000 personas.  Construimos un campus impresionante con instalaciones modernas, un centro de medios, estudios de grabación, aulas para nuestra escuela bíblica.

Mi ministerio se expandió más allá de las paredes de la iglesia. Tenía un programa de radio diario que alcanzaba a cientos de miles de oyentes en Texas y Estados vecinos. publicaba libros sobre teología práctica que se vendían en librerías cristianas  de todo el país. Era invitado regularmente a conferencias y convenciones evangélicas.

Era una vida bendecida, o al menos eso creía. Cada domingo predicaba con autoridad y convicción. Enseñaba las doctrinas de la reforma con precisión. Sola escritura, solo Cristo, sola gratia, sola fide, solide o gloria. La Biblia como única autoridad,  Cristo como único mediador, la gracia como único medio de salvación, la fe como único instrumento,  la gloria únicamente para Dios.

Estos cinco pilares fundamentales estructuraban cada sermón, cada enseñanza, cada consejo pastoral que brindaba y entre todas las convicciones que sostenía con firmeza,  había una que defendía con particular vehemencia la absoluta oposición a lo que yo consideraba las desviaciones  católicas. No era odio.

Quiero dejar eso absolutamente claro. Yo amaba a las personas católicas,  oraba por ellas, las consideraba hermanos en Cristo que simplemente estaban confundidos por siglos de tradiciones humanas que habían obscurecido el evangelio puro. Pero sí era convicción férrea, certeza teológica de que la Iglesia Católica Romana había agregado elementos  extraños a la fe apostólica.

La veneración de María y los santos, la adoración eucarística, la confesión ante sacerdotes, el papado, el purgatorio, las indulgencias.  Todo eso me parecía un alejamiento peligroso de la simplicidad del evangelio que encontrábamos en las Escrituras. Dedicaba al menos un sermón al año, específicamente a lo que llamaba las diferencias fundamentales con el catolicismo romano.

Lo hacía, creía yo, por amor a la verdad y por responsabilidad pastoral. explicaba con detalle por qué la veneración de santos violaba el primer mandamiento. Por qué atribuir  poder de intercesión a personas fallecidas era una forma de necromancia prohibida en Deuteronomio. ¿Por qué la idea de que un sacerdote pudiera perdonar pecados usurpaba la autoridad exclusiva de Cristo? Recuerdo con claridad meridiana un sermón particular que prediqué hace unos 6 años  titulado La idolatría moderna, cuando la devoción se convierte en adoración

falsa. En ese mensaje analicé específicamente la práctica católica de rezar a los santos,  de encender velas frente a sus imágenes, de llevar medallitas y estampitas como si tuvieran algún poder  espiritual. Hermanos, recuerdo haber proclamado desde el púlpito con voz fuerte y  clara.

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