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“CONDUCTOR DE BUS JUSTICIERO” DE MEDELLÍN: CARLOS MARIO HENAO ELIMINÓ A MÁS DE 19 SICARIOS…

En las calles empinadas de la comuna 13 de Medellín, donde los buses suben jadeando entre grafitis y escaleras eléctricas,  un conductor de 47 años manejaba la misma ruta desde hacía 22 años. Carlos Mario Enao Vargas saludaba a sus pasajeros cada mañana. Conocía cada curva, cada callejón sin salida, cada esquina donde la policía nunca entraba después del anochecer.

Pero la noche del 14 de febrero de 2019, cuando encontraron el cuerpo de su sobrina de 16 años en una cañada, algo se rompió para siempre. La fiscalía archivó el caso tres meses después. Ninguna captura, ninguna justicia.  Y entonces, uno por uno, los que mataron a Juliana comenzaron a desaparecer sin testigos, sin pistas, sin explicación, hasta que el CTI conectó  los puntos.

19 homicidios en menos de 3 años, todos sicarios de la oficina de Envigado, todos eliminados  por el hombre que mejor conocía las sombras de Medellín. Carlos Mario Enao Vargas era uno de esos hombres que pasan desapercibidos  en una ciudad de millones. A sus años llevaba más de dos décadas al volante de  los buses urbanos de Cooburban, recorriendo la ruta 231 que conectaba a San Javier con el centro y Aranjuz.

En la comuna 13 todo el mundo lo conocía como don  Carlos, el conductor callado, pero amable, que siempre tenía monedas para los viejitos y saludaba a cada pasajero que subía.  Bigote recortado, camisa a cuadros, manos curtidas  por años de agarrar el volante en calles empinadas, donde los buses gruñen en primera velocidad.

Vivía en El Salado, un sector de la comuna 13, donde las casas se trepan unas sobre otras en laderas de ladrillo rojo, donde los callejones suben en zigzag y las escaleras eléctricas instaladas por la alcaldía conviven con la memoria de la violencia que nunca se fue del todo. Su casa era pequeña, autoconstruida durante  años, con vista a las montañas y al valle, donde Medellín se extiende como un mar de luces en las noches.

Carlos Mario era casado, tenía tres hijos ya adultos y aunque el dinero siempre fue justo, nunca le faltó el respeto de sus vecinos. Lo que hacía especial a Carlos Mario no era su  apariencia ni su voz, sino lo que sabía. Después de 22 años manejando  las mismas rutas, conocía Medellín de una manera que pocos podían  igualar.

Sabía exactamente a qué hora el tráfico se congestionaba en la avenida 80. ¿Qué callejones servían de atajo cuando había bloqueos en San Javier, donde la Policía Nacional patrullaba y donde simplemente no entraba? Conocía los horarios de los vendedores  ambulantes, las rutas de los mototaxistas, los turnos de los campaneros que vigilaban para las bandas.

Sabía qué tiendas cerraban temprano porque pagaban vacuna, qué esquinas eran territorio de la oficina de Envigado,  qué motos se veían siempre en los mismos puntos a las mismas horas. La comuna 13 tenía fama de violenta, pero también de resistente. Los grafitis  en las paredes contaban historias de guerra y reconciliación.

Las escaleras eléctricas  atraían turistas que subían en selfies mientras los locales bajaban cargando bolsas del  mercado. Pero en las noches, cuando los turistas se iban y las luces públicas  dejaban sombras largas en los callejones, la realidad era otra. La oficina seguía cobrando vacuna a los comerciantes.

Seguía reclutando muchachos desde los 14 años para ser campaneros  y sicarios. seguía controlando el microtráfico y las rutas de extorsión. Los buses  de Cooburban pagaban cuota mensual para poder circular sin problemas. Todo el mundo lo sabía. Nadie hablaba de eso en voz alta.

Carlos Mario nunca se metió en problemas. Pagaba sus cuentas a tiempo, saludaba a los policías cuando los veía en el paradero de buses, llevaba y traía a sus pasajeros sin hacer preguntas. En la comuna 13,  esa era la única manera de sobrevivir. Ver sin mirar, oír sin escuchar, saber sin hablar. Y así vivió durante décadas, levantándose a las 4:15 de la mañana cada día, caminando 15 minutos hasta el paradero,  comenzando su turno a las 5:30, manejando 12 horas seguidas 6 días a la semana. Era un hombre invisible en una

ciudad que no perdona a quienes se destacan. Pero en las calles de la comuna 13, en los barrios donde Carlos Mario recogía pasajeros cada mañana, empezó a circular un rumor. Primero fueron susurros en las tiendas, luego comentarios  en los buses, después notas breves en los noticieros locales.

Sicarios de la oficina estaban apareciendo muertos en callejones, en barrancos, en esquinas  oscuras, sin testigos, sin cámaras, sin pistas. La policía hablaba  de ajustes de cuentas, de peleas internas entre bandas, pero la gente del barrio empezó a preguntarse  si no habría algo más, si alguien en algún lugar no estaría cobrando una deuda que la justicia  nunca pagó.

Antes de que todo cambiara, Carlos Mario Enau tenía una vida sencilla. Se levantaba a las 4:15 de la mañana cuando la comuna 13 todavía dormía bajo el peso de la  niebla que bajaba de las montañas. Se ponía la misma ropa de siempre, pantalón de jein, camisa a cuadros, zapatos  cómodos para el pedal del freno y salía de su casa en el Salado.

Caminaba 15 minutos cuesta abajo hasta el paradero de  Coburban en San Javier, saludando a los recicladores que empezaban su jornada, a las señoras  que abrían las panaderías, a los vigilantes nocturnos que terminaban su turno. Su primera parada siempre era el carrito de doña  Rocío, una vendedora ambulante de tintos.

que llevaba 30 años en la misma esquina. Arepa con  quesito y un tinto caliente, el desayuno de todos los conductores  de la zona. Mientras esperaba su pedido, Carlos Mario escuchaba las conversaciones de los demás. ¿Quién había tenido problemas con el bus? ¿Qué calles estaban bloqueadas? ¿Dónde había habido tiroteos la noche anterior? Información que fluía naturalmente entre gente que se conocía desde siempre.

A las 5:30 en punto,  Carlos Mario encendía el motor de su bus y comenzaba la ruta 231.  San Javier bajando por las vías empinadas hasta  el centro, cruzando la ciudad hasta Aranjez y de vuelta 12 horas al día, 6  días a la semana, la radio del busada en la emisora que tocaba Vallenatos de Diomedes Díaz, porque a Carlos Mario le gustaba esa música que le recordaba al Uabá, la región de donde su familia había sido desplazada en los años 90,  cuando la violencia del conflicto armado expulsaba campesinos hacia las ciudades.

Los pasajeros frecuentes lo conocían bien. Don Carlos, ¿qué más? Le decían al subir. Estudiantes del colegio de la presentación, empleadas domésticas que iban a trabajar a el poblado, obreros de construcción  con sus cascos y botas embarradas. Carlos Mario siempre tenía monedas sueltas en el bolsillo para  los viejitos que no traían cambio exacto.

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