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Carlo Acutis sabía su secreto más oscuro sin que nadie se lo dijera… tenía todo grabado

PARTE 1

¿Es destino o estupidez despertarse en un día completamente normal y acostarse esa misma noche siendo un asesino? ¿No es verdad que sin importar los planes que uno haga, lo que realmente le espera son los planes de Dios? Desde pequeño fui criado para mantenerme alejado de los problemas, para llevar una vida tranquila y obediente.

En la primaria ni siquiera me metía en las pequeñas peleas de mis amigos. Hubo veces en que renuncié incluso a cosas que me correspondían solo para no meterme en líos. Pero como dije, si un problema está destinado a encontrarte, si Dios lo escribió en tu destino, no hay manera de escapar de él. Por más que busques caminos de huida, lo único que encontrarás será lo que Dios te permita encontrar.

Me llamo Davideli, tengo 40 años, soy abogado penalista en la ciudad de Milán, Italia. Y no se me escapa la ironía de mi profesión. Defiendo a personas acusadas de los peores crímenes porque sé exactamente cómo se siente despertar creyendo que eres la peor persona del mundo. Sé lo que significa cargar una culpa que aplasta tu pecho con cada respiro.

Lo sé porque lo viví en septiembre de 2006, cuando tenía 21 años y estaba completamente convencido de que había matado a un hombre con mi auto. Aquella mañana de otoño como estudiante universitario de derecho de 21 años había comenzado como un viernes cualquiera. Mi familia y yo vivíamos en un departamento modesto cerca del centro.

Por la noche me había reunido con amigos de la escuela en un bar para celebrar un examen que apenas habíamos pasado. El bar era un lugar económico. Ese día, después de tomarme unas cervezas, me había quedado dormitando un rato en el bar. Después de un tiempo, mis amigos me despertaron y me dijeron que ya nos íbamos. Uno de ellos dijo, “Si quieres puedes quedarte esta noche en mi casa.

” Yo rechacé amablemente la oferta y me puse en camino a casa. El camino que tomé esta vez era uno que solía preferir, tranquilo, sereno y alejado del centro. Por eso no había ni una luz ni una persona. Si no contamos algunas granjas, no había nada alrededor más que árboles y asfalto. La soledad reinaba en el entorno. Ahora que lo pienso, ojalá me hubiera quedado en casa de mi amigo en vez de ir a casa.

Me preguntaba qué habría pasado. El camino a casa era una ruta secundaria donde reinaba una oscuridad aterradora, alejada del centro que usaba frecuentemente porque tenía menos tráfico que la autopista principal. rodeado de árboles altos que formaban un túnel natural de oscuridad, donde casi no había luz, sin más asentamientos que unas pocas granjas.

Esa noche la oscuridad era especialmente densa, una de esas noches sin luna donde los faros del auto iluminaban unos metros adelante. No estaba borracho, pero era consciente de que tenía alcohol encima. Por eso había ajustado mi auto a una velocidad constante y conducía con cuidado. En la radio sonaba suavemente una canción, una canción italiana que no recuerdo y mis pensamientos vagaban entre el examen para el que tenía que estudiar y una compañera de clase que me gustaba.

eran cosas en las que pensaría cualquier joven. Todo avanzaba muy normal, perfectamente. Y entonces, de la nada absoluta, una figura apareció frente a mi auto. No tuve tiempo de reaccionar, no tuve tiempo de frenar completamente, solo recuerdo el impacto despiadado, el sonido horrible del golpe contra el cofre, su caída pesada sobre el asfalto con un sonido sordo que nunca podré olvidar.

En ese momento, mi corazón se detuvo. Realmente sentí que dejó de latir durante unos segundos eternos. Inmediatamente pisé el freno con todas mis fuerzas. Con el frenazo brusco el auto derrapó. Mis manos temblaban tanto que apenas podía controlar el volante. Mi respiración era irregular. Inhalaba y exhalaba en cortos jadeos como si mis pulmones hubieran olvidado cómo funcionan.

Durante unos segundos que parecieron horas, permanecí paralizado en el asiento del limite sin conductor, sin poder moverme, sin poder pensar con claridad. Una parte de mi mente gritaba que debía bajar del auto y verificar qué había pasado, pero otra parte, cobardemente me decía que pisara el acelerador por el lado izquierdo del hombre y me fuera de una vez.

Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, abrí la puerta del auto y bajé. Mis piernas temblaban tanto que apenas podía mantenerme en pie. Caminé hacia atrás, hacia el lado derecho del camino donde había visto caer el cuerpo, y lo que encontré confirmó mi peor pesadilla. Había un hombre tirado en el suelo, inmóvil, con los ojos abiertos mirando hacia la nada.

Su rostro, apenas visible con la débil luz de mis calaveras traseras, estaba lleno de heridas. No se movía, no respiraba, no mostraba ninguna señal de vida. Yo había matado a este hombre. Yo, David Beneli, el niño que nunca causaba problemas, el estudiante ejemplar, el hijo obediente, acababa de convertirme en un asesino.

No sé cuánto tiempo estuve ahí parado mirando al hombre. Podrían haber sido segundos o minutos. El tiempo había perdido su significado. Mi subconsciente estaba muy afectado, prácticamente hecho pedazos. Pensé en mis padres, en cómo los destruiría enterarse de que su hijo mayor era un criminal. Mi hermano Marco, que me admiraba tanto, ¿cómo me miraría ahora? Pensé en mi futuro como abogado, completamente destruido antes de comenzar.

PARTE 2

Pensé en la cárcel, en los años que pasaría encerrado por este momento de descuido. Y entonces, la parte más oscura de mi ser tomó el control. Sin pensar conscientemente, sin tomar una decisión racional, corrí de vuelta a mi auto, encendí el motor y me alejé de ahí lo más rápido que el viejo Fiat de mi padre lo permitía. Huí como un cobarde, dejando atrás el cadáver de un hombre que probablemente tenía familia, amigos, sueños, una vida que yo acababa de arrebatarle.

En ese momento dejé de ser el Dávide que conocía y me convertí en alguien completamente diferente, alguien a quien despreciaba. alguien que merecía cada castigo que el universo pudiera darle. Pero mientras me alejaba rápidamente de la escena, sucedió algo que no esperaba. Aproximadamente 500 m después del lugar del accidente, una voz dentro de mí comenzó a gritar por encima incluso del miedo.

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