Colocaron micrófonos ocultos en los hoteles donde se hospedaba, intervinieron sus llamadas e incluso documentaban sus relaciones extramaritales para usar esa información en su contra. Cuando todo esto salió a la luz, el público se enfureció. Las agencias del gobierno estaban violando la cuarta enmienda, la que protege el derecho a la privacidad.
Ante la presión, el Congreso tuvo que actuar, aunque más para calmar las críticas que por un verdadero cambio. En 1978 nació la FISA, una ley que exigía que ningún espionaje dentro del país podía hacerse sin la aprobación de un juez. Pero aquí está el detalle. Esa revisión no se haría en un tribunal común donde los casos son públicos y hay abogados de ambos lados.
Estas audiencias se harían en secreto, sin defensa y con jueces elegidos directamente por la Corte Suprema. Solo el gobierno podría presentar su versión y las personas vigiladas nunca se enterarían de que habían sido espiadas. Así que, ¿qué tanta diferencia hizo realmente la FIS? Las estadísticas muestran que cerca del 99% de las solicitudes fueron aprobadas, lo que significa que terminó siendo más una formalidad que un verdadero control.
Entonces llegó el 11 de septiembre de 2001, los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Desde ese día, Estados Unidos estuvo dispuesto a hacer lo que fuera necesario para evitar que algo así volviera a ocurrir. En nombre de la seguridad nacional, construyó el sistema de vigilancia más grande del mundo, donde nadie, ni dentro ni fuera del país, volvería a tener privacidad real. Y eso también te incluye a ti.
En unos momentos vas a darte cuenta de qué tan perturbador e invasivo puede llegar a ser. De vuelta en el presente, en la habitación del hotel llega el periodista Ewen Mcaski The Guardian. El plan de Snowden es exponer con ayuda de los periodistas todo lo que ha descubierto sobre cómo el gobierno de Estados Unidos espía a millones de personas.
Sabe que arriesga acusaciones de traición, cargos por espionaje y por poner en riesgo la seguridad nacional. En el mejor de los casos irá a prisión. En el peor terminará en una sala de interrogatorio secreta de la CIA. Aún así está decidido. Si no lo hace él, nadie más lo hará. Snowden le muestra a Wwen la primera herramienta, Exisscore.
Un buscador parecido a Google, pero en lugar de buscar en internet, busca dentro de la actividad digital de las personas. La conoció años atrás mientras trabajaba en Ginebra para la Cía. Ahí se hizo amigo de Gabriel Soull, un analista que lo invitó a quedarse con él mientras trabajaba.
Una tarde Snowden ve como Gabriel abre el programa y escribe las palabras eliminar al presidente. En segundos aparecen miles de resultados, correos, mensajes, historiales de búsqueda y llamadas. Snowden le pregunta entre qué personas busca o cómo decide qué computadoras revisar. Gary se ríe, no hay filtro, revisan todo a todos.
Tiempo después le asignan a Snowden encontrar un punto de presión sobre Marwan Alkirmani, un banquero del Medio Oriente. Gary abre la base de datos de la Cía y escribe su nombre. En segundos aparece todo. Información financiera, médica, digital y social. El sistema clasifica sus relaciones en dos niveles: contactos de primer grado, familia, pareja y amigos cercanos.
Y de segundo grado, su jefe, colegas y conocidos. Gary propone empezar por los más cercanos. Abre el perfil de la cuñada de Marwan. De pronto, la cámara de su laptop se activa. Ahí está ella en su habitación desvistiéndose. Snowden se queda helado. No solo tiene los datos de las personas, tienen acceso a sus vidas en tiempo real.
Luego pasa al perfil de la hija de Marwan, una chica de 15. En segundos accede a todo su Facebook, no solo lo que publica, también sus mensajes privados con amigas y con su novio. Snowden no puede creerlo. No necesitan una orden, aunque sea de esos tribunales secretos. Gabriel se encoge de hombros. En exkycore no hacen falta órdenes.
Además, esas cortes secretas son puro trámite. Solo ponen un sello y aprueban lo que sea. Esa noche Snowden está con Lindsay. Mientras tienen intimidad, nota la cámara de su computadora. sabe que podrían estar viendo y le da un ataque de pánico. Lo que muestra la película está bastante apegado a la realidad. Después del 11 de septiembre, Estados Unidos inició una campaña de espionaje digital masivo.
Ya no se trataba de vigilar sospechosos, sino de recolectar todo de todos. Y lo hacían principalmente de tres formas. La primera era obligando a las grandes empresas de tecnología a entregar datos de sus usuarios. ¿Y cuáles eran esas empresas? Facebook, Google, Apple, Microsoft, Yahoo, entre otras. Entregaban desde correos y mensajes privados hasta fotos, documentos y todo lo que una persona guardaba en la nube.
Esto significaba que si alguien dentro del sistema quería saber más de ti, bastaba con escribir tu nombre para tener acceso total a tu privacidad, las búsquedas que hacías en internet, los mensajes que mandabas a tus amigos y las fotos que compartías con tu pareja. Y eso fue justo lo que muchos empleados empezaron a hacer.
Espiaban a sus parejas, exnovias o celebridades, solo por curiosidad. De hecho, era una práctica tan común que dentro de la NSA incluso tenían nombre. Love inteligencia del amor. La segunda forma se conocía como upstream. En este caso, la NSA ya ni siquiera le pedía los datos a las empresas, los interceptaba directamente mientras viajaban por internet.
Imagina que envías un correo por Gmail antes de llegar a los servidores de Google. Ese correo pasa por cables, routers y centros de datos distribuidos por todo el mundo. La NSA tenía acceso directo a varios de esos puntos de conexión gracias a acuerdos secretos con empresas de telecomunicaciones como AT&T y Barison.
Así podían copiar todo el tráfico que pasaba por ahí. La tercera forma era todavía más invasiva. La NSA hackeaba directamente los dispositivos, metía un programa espía, un mware en tu teléfono o en tu computadora y con eso podía registrar cada tecla que escribías y obtener tus contraseñas, mensajes y correos.
Copiar archivos, ya sean fotos o documentos, y enviarlos a sus servidores. Y lo más perturbador, encender el micrófono o la cámara para escuchar y ver todo lo que hacías. Todo esto se hacía en nombre de la seguridad nacional, pero en realidad, ¿qué tan seguro es eso para ti? Si un gobierno tiene acceso a toda tu información digital, las consecuencias pueden ser mucho más graves de lo que imaginas.
Y no estamos hablando de una teoría. Está pasando ahora mismo. En unos minutos vas a ver cómo el gobierno de Estados Unidos actualmente usa tus propios datos para manipular lo que piensas y controlar quién entra y quién no a su país. Snowden decide dejarla así. le ofrecen otro trabajo, esta vez como contratista de la NSA, la agencia de seguridad nacional.
Aún con sus dudas, acepta, pues cree que con Obama en la presidencia las cosas podrían cambiar, pero se equivoca. Al principio, Snowden trabaja en un sistema para hacer copias de seguridad de la información del gobierno. La idea es guardar duplicados de todos los datos del Estado, correos, reportes, bases de datos, registros, etcétera, para que si ocurre un ataque o una falla, nada se pierda.
A ese proyecto lo llaman Epic Shelter. Recuerda ese nombre porque más adelante será importante. Después lo trasladan a un área que aunque no lo diga abiertamente se dedica al espionaje internacional. Ahí descubre el verdadero alcance del sistema. Los objetivos no son solo terroristas, sino también países aliados como Japón, México, Alemania, Brasil y Bélgica.
Ve cómo se interceptan llamadas, se controlan drones y se infiltran redes eléctricas, hospitales y sistemas de energía. Si alguno de esos países dejara de ser aliado, bastarían unos clics para dejarlo sin electricidad, sin comunicación y sin defensa. También vigilan a líderes políticos como Enrique Peña Nieto en México o Ángela Merkel en Alemania, además de grandes empresarios.
Intervienen llamadas, correos y documentos sobre acuerdos comerciales, negociaciones y escándalos. Todo con el objetivo de darle ventaja al país de negociaciones internacionales o ante gobiernos que no cooperan. Snowden empieza a entender que la justificación de prevenir el terrorismo es solo una fachada.
El verdadero objetivo no es la seguridad, es el control económico y social, mantener a Estados Unidos en la cima. Pero de todo esto, ¿qué tiene que ver contigo? ¿Deberías preocuparte? Definitivamente sí. Con una vigilancia tan extrema, lo primero que se pierde es la libertad de expresión.
Cuando sabes que hay alguien observando todo lo que publicas, empiezas a medir tus palabras, a evitar ciertos temas, sobre todo los políticos, porque cualquier comentario puede usarse en tu contra. Y esto es algo que ya está sucediendo. Desde 2019, la administración de Donald Trump cambió las reglas para quienes solicitan una visa a Estados Unidos.
Ahora, cualquier persona que quiera entrar al país debe entregar los nombres de usuario de todas sus redes sociales, Facebook, Instagram, X, TikTok y YouTube. El gobierno dice que esto es para detectar posibles amenazas a la seguridad nacional. Por ejemplo, si alguien simpatiza con grupos terroristas o ha hecho publicaciones violentas, pero en la práctica esto le da también al gobierno acceso directo a tus opiniones, tus contactos y tus ideas políticas.
Y si alguna vez criticaste al gobierno, apoyaste causas radicales o seguiste cuentas antipatrióticas, pueden negarte la visa sin dar explicaciones. Recientemente esto se volvió todavía más extremo. Después del asesinato, el activista conservador Charlie Kirk, aliado de Trump, las autoridades advirtieron que retirarían visas o deportarían a extranjeros que publicaran mensajes de celebración de su muerte.

En ese punto, la vigilancia deja de proteger y empieza a silenciar. Y cuando la gente tiene miedo de hablar, de opinar o de criticar la democracia se apaga. poco a poco, porque esta solo funciona cuando la gente puede expresar lo que piensa sin miedo a ser castigada. Lo segundo que se pierde con una vigilancia tan extrema es la libertad de pensamiento.
Cuando el gobierno tiene acceso a toda tu información digital, lo que buscas, lo que ves, lo que te gusta y lo que compartes, puedes saber exactamente cómo piensas, qué temes y que te mueve. Y eso da poder para moldear tu opinión sin que te des cuenta. Eso fue exactamente lo que ocurrió con Cambridge Analytica, una consultora política que trabajó en la campaña de Donald Trump.
La empresa obtuvo los datos de más de 80 millones de usuarios de Facebook, sus me gusta, fotos, publicaciones, amistades, temas de interés, edad, ideología y ubicación. Con toda esa información construyeron perfiles psicológicos de cada persona, qué les daba miedo, qué les emocionaba y qué tipo de mensajes podían convencerlos.
A partir de ahí, usaron esos perfiles para enviar mensajes políticos personalizados a millones de votantes. Por ejemplo, si el sistema detectaba que tenías miedo a la inmigración, te mostraban videos sobre violencia y fronteras. Si eras una persona religiosa, te aparecían mensajes sobre defender los valores cristianos y si eras joven y liberal, te mostraban publicaciones que te hacían sentir que ningún candidato valía la pena para que no votaras.
Cada persona veía una versión distinta del mundo, diseñada específicamente para influenciar su voto. Y al final, Donald Trump ganó. Tal vez no todo se debió a esos datos manipulados, pero sin duda influyeron en el resultado. De hecho, tengo un video explicando esto a fondo, así que si quieres verlo está en mi canal de documentales, te dejo una liga aquí abajo.
Aunque el gobierno argumenta que el espionaje puede servir para prevenir amenazas o ataques terroristas y en parte tiene razón, hay que preguntarse cuál es el encuadre, cuál es el límite o hasta qué punto conviene, porque permitir que un gobierno tenga acceso total a la información de sus ciudadanos y utilice esta información o este mecanismo de forma incorrecta es un riesgo para todos.
Lo más inquietante es que hoy ya no es solo el gobierno quien tiene acceso a esos datos. Ahora son cientos de empresas que los recolectan, los compran y los usan para influir en lo que ves, sientes, deseas, compras, haces, crees y decides. Y lo peor es que no tienen que espiarnos. Nosotros mismos se los entregamos todos los días.
Más adelante veremos cómo consiguen esos datos y qué puedes hacer para protegerte. Snowden busca a O’Brian para entender qué hacer con todo lo que ha descubierto. Le reclama que nadie le dijo que estaban vigilando a todo el mundo. OBan le responde que han pasado más de 60 años desde la Segunda Guerra Mundial y no ha habido una tercera.
¿Por qué? Porque usamos nuestro poder para mantener la paz. Snowden no está de acuerdo. Dice que la gente no sabe que está siendo espiada. Brian contesta que ese es el precio de vivir seguros. Después le ofrece un puesto en la NSA de Oahu en Hawaii. El trabajo, en teoría, es para prevenir ciberataques desde China. Snowden acepta.
Cree que por fin podrá usar su talento para defender a su país. Al llegar a las instalaciones conocidas como el túnel atraviesa un estricto control de seguridad. Dentro comienza a trabajar con sistemas de vigilancia que se usan para localizar terroristas y eliminarlos. por primera vez siente que su trabajo tiene sentido hasta que entiende cómo lo hacen.
Los objetivos se arrastrean por la señal de sus celulares, lo que significa que si el teléfono no está con el terrorista, sino con su hijo o si está en un edificio lleno de civiles, el sistema igual lanza el ataque. Snowden se queda helado. Pregunta, ¿cómo se llama el programa que controla todo eso? Trevor, su jefe, le responde. Epic Shelter.
El mismo sistema que Snowden había creado para hacer copias de seguridad había sido transformado en secreto en una herramienta para almacenar datos de vigilancia y monitorear personas en tiempo real. Cada vez más asqueado. Snowden tiene una idea. Dice que existen demasiados programas de inteligencia y que es casi imposible seguirles la pista.
Sugiere crear una plataforma que concentre toda la información en un solo lugar. Le gustaría llamarla Heartbeat. Trevor aprueba el proyecto y Snowden comienza a desarrollarlo. Durante las pruebas hace un descubrimiento que lo deja lado. De inmediato llama a sus compañeros para mostrárselos. En la pantalla aparece un mapa mundial con todos los datos que recopila la NSA, correos, redes sociales, llamadas, mensajes, pero lo que más lo impacta no es la cantidad, sino el origen.
En Estados Unidos se registran el doble de comunicaciones que en cualquier otro país. Esto significa que la NSA, más que vigilar amenazas externas, se dedica a espiar a sus propios ciudadanos. El equipo se queda en silencio. Poco después, Snowen recibe una llamada de O’Brian desde Washington. Le dice que ha escuchado los comentarios que ha estado haciendo entre sus compañeros.
A modo de amenaza, agrega, “Por cierto, Lindy no te está engañando. Ese fotógrafo amigo que tanto te preocupa no es un problema.” En ese momento, Snowden se da cuenta de que lo están vigilando. Y aunque a primera vista su caso pueda parecer extremo, en realidad no lo es. Nosotros también somos vigilados. Nos escuchan, nos observan y se adelantan a lo que pensamos.
No lo hacen agentes del gobierno, sino empresas. Seguro alguna vez te ha pasado, te detienes unos segundos a mirar una foto de unos tenis y al instante parece que cada página que visitas quiere venderte unos iguales. Hablas con un amigo sobre hacer un viaje y cuando abres el celular tienes anuncios de vuelos y hoteles y a veces es peor.
No lo buscas, no lo dices, solo lo piensas. Y aún así las recomendaciones aparecen como si alguien te estuviera leyendo la mente. Esto no es casualidad. Los algoritmos recopilan tanta información sobre ti que ya no necesitan que busques nada. Pueden anticipar tus intereses, tus hábitos y hasta tus estados de ánimo. ¿Y cómo lo hacen? de varias formas.
La primera empieza con algo tan simple como tener un teléfono o una computadora. No tienes que hacer nada, ni hablar, ni escribir, ni navegar. Solo con tener los encendidos ya estás enviando información. Tu ubicación, la red Wi-Fi, el nivel de batería o los sensores de movimiento dicen más de ti de lo que parece.
Por ejemplo, si tu teléfono se conecta siempre al mismo Wi-Fi por las noches, saben dónde vives. Si se mueve a la misma zona cada mañana, saben dónde trabajas o estudias. Y si lo cargas todos los días a la misma hora, pueden deducir cuándo llegas a casa y en qué momento estás libre. Con solo esos datos ya pueden trazar parte de tu perfil, tu nivel económico, tus hábitos, tu estilo de vida y hasta tus posibles preocupaciones.
Pero eso es apenas la superficie. Después viene lo que sí haces tú en tu celular. Las apps y las páginas que usas están llenas de pequeños fragmentos de código llamados trackers o cookies que registran todo lo que haces. Saben qué página abriste, cuánto tiempo la miraste, hasta dónde hiciste scroll y en qué parte perdiste el interés.
Incluso mida en cuántos segundos te quedas viendo una foto, si haces zoom, si repites un video o si te detienes en un anuncio. Lo más inquietante es que esos datos no se quedan en una sola app. Las plataformas los cruzan entre sí, conectando lo que haces en un lugar con lo que haces en otro. Y al comparar toda esa información logran construir un perfil psicológico bastante preciso.
Si sigues ciertos temas o páginas, el sistema empieza a detectar tus creencias, tus posturas y tus miedos. Si haces compras rápidas o entras en discusiones, se interpreta como impulsividad. Si revisas el celular todo el tiempo o cambias de pantalla sin parar, se registra como ansiedad o estrés.
Y si pasas horas chateando o en redes sin interactuar de verdad, se etiqueta como soledad o vacío emocional. Como si eso no fuera suficiente, ahora se están sumando tecnologías diseñadas para descifrarte por completo. Por ejemplo, Google. Si aceptas opciones como anuncios personalizados o mejorar el reconocimiento de voz, le das permiso al sistema para usar el micrófono y analizar fragmentos de audio.
No es que haya alguien oyendo tus conversaciones, pero el sistema sí puede detectar palabras. tonos y sonidos del ambiente, lo que significa que tu teléfono va recolectando información de lo que hablas y vives a lo largo del día. Spotify, como muchas otras plataformas, recopila datos cada vez que escuchas música.
Registra qué canciones pones, a qué hora, cuánto tiempo las dejas, si las repites, etcétera. Pero en 2018 la empresa dio un paso más. Registró una patente que le permitiría analizar tu voz, su tono, velocidad y hasta los sonidos del lugar donde estás para detectar tu estado emocional y ofrecerte música que encaje con él. Por ejemplo, si hablas con voz cansada o triste, el sistema podría recomendarte canciones lentas o melancólicas.
Luego presentó otra patente todavía más avanzada, un método para identificar tu estado contextual, es decir, si estás solo, acompañado, caminando, trabajando o incluso deprimido. Con toda esa información, Spotify puede entender tu estado de ánimo con bastante precisión, seguir alimentándolo y lograr que sigas escuchando durante más tiempo.
Además está Amazon, que también patentó una tecnología que al hablar con Alexa, su asistente virtual, puede detectar si estás resfriado, cansado, estresado o triste solo por cómo suena tu voz, pero no se queda ahí. Si Alexa nota que tienes la voz congestionada, te recomienda medicamentos o productos, no porque quiera ayudarte, sino porque detecta el momento exacto en el que eres más propenso a comprar.

Y si percibe que suenas desanimado, Amazon te lanza más anuncios porque sabe que estás en un punto vulnerable y que muchas veces gastar algo te da una falsa sensación de alivio. Así, un simple cambio en tu tono de voz puede servir para medir tu estado de ánimo, aprovecharte cuando estás débil y empujarte a consumir más.
toda esa información que recolectan sobre ti, tu ubicación, tus rutinas, tus búsquedas, tus gustos, tu voz y hasta tu estado de ánimo, se junta, se analiza y termina dando forma a una versión digital de ti, lo que ahora llaman gemelo digital del cliente. Es un modelo virtual que se alimenta de todos tus datos y con el tiempo no solo puede describir lo que hiciste en el pasado, sino anticipar tus decisiones antes de que tú mismo las tomes.
¿Y qué implica eso? ¿Por qué es peligroso? Lo veremos en un momento. Snowden corre a casa y lleva Lindy al jardín, lejos de cualquier dispositivo electrónico. Le explica que los han estado monitoreando a los dos y que es posible que la casa tenga micrófonos ocultos. Le pide que actúe con normalidad, pero que si nota algo extraño, lo contacte a través de un correo cifrado que él le dará.
Esa misma noche, Snowen envía un mensaje a los periodistas, les da una fecha, un lugar y una señal para reconocerlo. El cubo Rubik. Al día siguiente llega al trabajo decidido. Sabe que será la última vez que entra a ese lugar. Inserta una tarjeta de memoria en su computadora. Descarga todo el contenido de Hardbeat, cada programa, cada registro y cada archivo de vigilancia de la NSA.
Cuando termina, retira la tarjeta y la esconde dentro de su cubo Rubik. Toma sus cosas y se dirige hacia la salida. Solo queda un obstáculo, el control de seguridad. Debe pasar por un escáner corporal y colocar sus pertenencias en una bandeja para que sean revisadas por rayos X. Lo van a cachar.
Aquí vamos a detenernos. Ya vimos toda la información que las empresas y gobiernos pueden recolectar sobre ti. Pero, ¿por qué eso es peligroso? Porque hay compañías que literalmente pagan por tus datos. Porque con ese perfil psicológico pueden predecir manipular y hasta dirigirte. Especialmente de cuatro maneras.
Primero, manipulan cuánto compras. Saben exactamente que te gusta y cuando eres más vulnerable. Te muestran anuncios justo en el momento en que estás cansado, triste o aburrido. Así logran que compres cosas que ni pensabas comprar. Ya no decides por gusto, sino porque ellos activaron el impulso y terminas gastando más de lo que querías.
Segundo, moldean lo que piensas. Los algoritmos deciden qué ves y qué no ves. Te muestran los temas que quieren que te importen y esconden los que no. Además, las imágenes que ves una y otra vez terminan moldeando lo que consideras normal, deseable o correcto, sin darte cuenta cambian tu forma de pensar y de ver la realidad.
Tercero, controlan tus comportamientos. Al saber perfectamente cómo funciona tu atención, también pueden controlarla y mantenerte enganchado desde redes sociales y videojuegos hasta cosas mucho más peligrosas como las apuestas. Con eso reprograman tu sistema de recompensas entrenando a tu cerebro para necesitar estímulos constantes.
Poco a poco te acostumbras a buscar placer solo ahí en lo que ellos te ponen enfrente. Y lo que antes te hacía feliz, una plática, un paseo o un logro real, empieza a parecerte aburrido. Cuarto, influyen por quién votas. Con toda la información que tienen sobre ti, las empresas y los gobiernos pueden saber qué te da miedo, qué te enoja y qué te emociona.
Luego pueden usar eso para mostrarte mensajes políticos hechos a tu medida. Como se ha mencionado antes, si saben que te preocupa la inseguridad, te llenan de videos sobre robos. Si detectan que te molesta la corrupción, te enseñan anuncios donde un candidato promete acabar con ella. Poco a poco te empujan a apoyar una causa, un partido o una persona sin que notes que te están manipulando.
Ante todo esto, tu información digital peso y más que eso, tiene poder. Ponerla en manos equivocadas significa entregar parte de tu libertad. Y esto es ahora. Imagínate cómo serán unos años o décadas. Por eso es fundamental empezar a cuidarte desde hoy. En unos momentos te voy a compartir algunas medidas sencillas que puedes tomar para protegerte.
Snowden piensa rápido. Antes de llegar al detector, le entrega el cubo Rubik a uno de los guardias. ¿Quieres intentarlo? Le dice. El guardia sonríe y empieza a girarlo entre las manos tratando de resolverlo. Mientras tanto, Snowden pasa su cuerpo y su mochila por el escáner. Cuando termina, el guardia le devuelve el cubo.
Snowden sale del túnel y sonríe. Vuel a Hong Kong, se reúne con los periodistas y les entrega toda la información. Finalmente, la mañana del 5 de junio de 2013, se publica la primera filtración. El diario de The Guardian revela que la NSA obtiene todos los días los registros telefónicos de millones de clientes de Verison, una de las compañías más grandes de Estados Unidos.
El gobierno no escucha las conversaciones, pero sabe con quién hablas, cuándo y desde dónde. La orden viene de un tribunal secreto de inteligencia llamado Fisa Kurt y todo ocurre sin que los ciudadanos lo sepan. Al día siguiente llega el segundo golpe. The Guardian y The Washington Post revelan el programa Prism que permite a la NCA tener acceso directo a los servidores de empresas como Google, Facebook, Apple, Microsoft y Yahoo.
Con Prism pueden obtener correos, fotos, mensajes, historiales y llamadas de millones de usuarios, incluso de personas que no tienen ninguna relación con el crimen o el terrorismo. Cada día aparece algo nuevo. La NCA espía presidentes y diplomáticos. Escucha Ángela Merkel en Alemania, Dilma Rus en Brasil, Nicolás Sarosi en Francia, intercepta correos en México, monitorea comunicaciones en España y Japón y hasta vigila a instituciones internacionales como la ONU y la Unión Europea.
La noticia da la vuelta al mundo. Todos los medios hablan de ello. Gobiernos aliados y ciudadanos comunes exigen explicaciones. La Casa Blanca intenta justificarse asegurando que todo se hace por seguridad nacional, pero para la gente esta es la mayor violación a la privacidad en la historia moderna. Mientras tanto, Snowden y el equipo de periodistas debaten si deben revelar su identidad.
En medio de la discusión recibe una notificación. Dos agentes de la NCA han ido a buscarlo a su casa. Entonces, toma una decisión. Aquí vamos a hacer otra pausa. Vamos a mantener tantito el suspenso para mostrarte algunas formas sencillas de proteger tu información, tu privacidad y tu libertad.
Imagina que tu información es como una casa y ahora mismo tienes todas las puertas abiertas. Cualquiera puede entrar, observarte, instalar micrófonos o incluso mover tus cosas. Así que lo primero que tienes que hacer para protegerte es cerrar la puerta, es decir, ponerle un alto a las cookies y a los rastreadores.
Esto lo logras de tres maneras muy simples. Primero, por más flojera que te dé, rechazas siempre las cookies. Jamás les des permiso a un sitio sin revisarlo. Sí, las páginas te ponen más fácil el botón de aceptar todo, pero rechazarte toma menos de 10 segundos. Segundo, entra a la configuración de tu navegador, ya sea Safari, Chrome o el que uses y bloquea las cookies de terceros.
Pero a veces eso no es suficiente. Para un bloqueo más completo puedes instalar extensiones gratuitas como Privacy Badger o Ublock Origin. Estas detectan y bloquean rastreadores invisibles que se activan incluso sin tu permiso. Y tercero, si puedes, usa otro navegador. Chrome y Safari viven de tus datos, están diseñados para rastrearte, así que cámbiate a navegadores pensados para proteger tu privacidad como Firefox, Doc Dog Go, Librewolf o Brave.
Muy bien, ya cerraste la puerta, pero eso no basta porque aunque nadie nuevo entre, puede que ya haya cosas adentro observándote. Así que el siguiente paso es hacer una limpieza en tu celular o computadora, entra a configuración, después privacidad y revisa qué aplicaciones tienen acceso a tu cámara, micrófono, ubicación o contactos.
Desactiva todo lo que no necesite ese permiso para funcionar. No hay razón para que una app de linterna, por ejemplo, tenga acceso a tu ubicación. Y si estás en el celular, desactiva el rastreo entre aplicaciones. Esto evita que una app le comparta tus datos a otra. Por ejemplo, que un juego o una app del clima le diga a Facebook o TikTok qué haces en tu teléfono.
En iPhone ve a privacidad y luego rastreo. En Android a privacidad y luego desactivar rastreo entre aplicaciones. Además, haz una limpieza de cookies cada semana. Así eliminas rastros de tus búsquedas, tus compras y tus hábitos y evitas que los sitios sigan acumulando información sobre ti. Ahora bien, si quieres asegurar tu casa todavía más, contrata a un guardia de seguridad digital, una VPN o red privada virtual.
Una VPN crea una conexión segura que oculta lo que haces en internet. Nadie de afuera puede ver qué páginas visitas, qué buscas o desde dónde te conectas. Algunas buenas opciones son Ghost VPN o Nord VPN. Ten cuidado con las VPN gratis porque muchas hacen justo lo contrario de lo que prometen y venden tus datos a terceros.
Ya cerraste la puerta, ya hiciste limpia y ya contrataste un guardia, pero si le das una copia de las llaves a un desconocido, todo eso deja de servir. Eso es exactamente lo que pasa cuando entras a sitios usando inicia sesión con Google o con Facebook. Cada vez que haces clic en ese botón, le das permiso a esa empresa para seguirte fuera de su propia plataforma.
Google y Facebook no solo saben lo que haces dentro de sus redes, sino también todo lo que haces en las páginas o apps donde usas su inicio de sesión. En otras palabras, si entras a una tienda en línea con tu cuenta de Google, Google sabe qué viste, qué compraste y cuándo. Si usas inicia con Facebook en una app de citas o de viajes, Facebook recibe información sobre tus intereses, tus gustos y tus rutinas.
Y aunque digan que lo hacen solo para mejorar tu experiencia, lo que también hacen muchas veces es cruzar todos esos datos para perfilarte mejor. Y finalmente, una de las mejores formas de proteger tu libertad es desapegarte de tus aparatos, poder salir de casa sin el celular, aburrirte sin sentir ansiedad por abrir una app, vivir algo sin necesidad de compartirlo, tener un hobby que no dependa de una pantalla, sentarte a pensar un rato sin música, sin notificaciones y sin interrupciones.
En pocas palabras, volver a estar bien sin una pantalla, volver a tener una vida más allá de la tecnología. El domingo 9 de junio de 2013, Snowden se conecta a una transmisión. revela que él es quien está detrás de las filtraciones. Reconoce que muchos lo verán como un traidor, pero cree firmemente que la gente tiene derecho a saber que está siendo vigilada y grabada, que cada persona debería poder decidir si eso es lo que quiere y si no lo es, entonces deben actuar porque esa vigilancia solo va a seguir creciendo hasta el punto en
que ya no haya forma de detenerla. A partir de ese momento, Snowden se convierte en el hombre más buscado del mundo. Sabe que si se queda en Hong Kong lo extraditará en Estados Unidos, así que intenta escapar. toma un vuelo hacia Moscú con la idea de continuar hacia Cuba y luego Ecuador, donde planea pedir asilo político.
Pero durante el vuelo, el gobierno de Estados Unidos le revoca el pasaporte. Al aterrizar en Moscú, queda atrapado en el aeropuerto. Durante 39 días duerme en el suelo y come lo que le llevan voluntarios. Mientras tanto, en todo el mundo crece el apoyo hacia él. Miles de personas lo defienden y varias organizaciones exigen su protección.
Finalmente, Rusia le concede asilo político temporal. Snowden se queda en el país donde sigue viviendo hasta hoy junto con Lindse. Desde su exilio participa en una videoconferencia. El moderador le pregunta si alguna vez piensa regresar a Estados Unidos. Snowden responde que lo haría sin dudar si pudiera tener un juicio justo y transparente, pero sabe que eso no va a pasar, que lo castigarían para dar un mensaje.
Esto es lo que le ocurre a quien se atreve a revelar la verdad. Luego le preguntan, “¿Después de todo, ¿crees que valió la pena lo que hiciste?” Entonces, la imagen de la película cambia. Ya no es el actor, sino el verdadero Edward Snowden frente a la cámara diciendo, “Cuando salí de Hawaii, lo perdí todo.
Tenía una vida estable, familia y futuro. Perdí esa vida, pero gané otra nueva y me siento muy afortunado. La mayor libertad que he conseguido es no preocuparme por lo que pase mañana, porque estoy en paz con lo que hice hoy.” Snowden destapó el mayor sistema de espionaje en la historia moderna de Estados Unidos y gracias a eso hubo algunos cambios.
El más importante fue el USA Freedom Act aprobado en 2015, una ley que prohíbe que la NSA siga recolectando los registros telefónicos de todos los ciudadanos. Ahora, esos datos se quedan en manos de las compañías telefónicas como Verison o AT&T y la NSA solo puede acceder a ellos en casos específicos con la autorización de un juez.
¿Y de dónde viene ese juez? De la FISA, la misma corte secreta que permitió los abusos en primer lugar. Así que en la práctica no cambia demasiado. Lo único realmente nuevo es que ahora la FISA tiene que incluir algo parecido a un contrapeso, un grupo de abogados que defienden la privacidad y las libertades civiles.
Ellos pueden intervenir cuando el gobierno pide acceso a datos de vigilancia. Además, la Corte está obligada a publicar o al menos desclasificar algunas de sus decisiones más importantes. Son avances, claro, pero al final el sistema sigue siendo casi el mismo, opaco y blindado y muy difícil de vigilar. donde sí hubo más cambios fue en el mundo tecnológico.
Las grandes empresas presionadas por la opinión pública reforzaron el cifrado de sus servicios. WhatsApp, Apple y Google, por ejemplo, implementaron sistemas de seguridad más fuertes para que ni siquiera el gobierno pueda acceder fácilmente a tus mensajes o archivos. Aún así, falta mucho camino por recorrer.
La tecnología avanza cada vez más rápido y nuestras leyes y nuestra conciencia sobre lo que esto implica se están quedando atrás. Tenemos que informarnos, protegernos, hablar de estos temas, exigir transparencia a las empresas y responsabilidad a los gobiernos. Aunque ahora no parezca la gran amenaza, hay que recordar que la libertad no se pierde de golpe.
Se entrega poco a poco cuando dejamos de defenderla. M.
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