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Diego Verdaguer: el ASQUEROSO Secreto que su Hija Mayor REVELÓ tras su MUERTE

 Su nombre real era Miguel Atilio Herminio Bocadoro Hernández. Nació el 26 de abril del año 1951 en una familia argentina que vivía justo al borde de la dignidad. Había semanas en las que el café con leche y un pan eran la cena completa, pero ese niño llevaba dentro una ambición que no se notaba desde afuera. Y muy joven, entendió que la única forma de salir de aquella estrechez era el micrófono.

 Empezó a cantar en radios pequeñas con 14 años recién cumplidos. grabó su primer sencillo bajo el sello RC a Víctor a los 17 y cuando cumplió 20, justo cuando empezaba a oler el éxito por primera vez, cometió un error que terminaría persiguiéndolo durante el resto de su vida. Se enamoró y se casó. Su esposa, según se ha podido reconstruir con los pocos datos públicos que existen, era una mujer joven argentina, estudiante de derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero su nombre hasta el día de hoy sigue siendo un misterio. Ningún biógrafo ha

conseguido publicarlo. Diego se encargó de mantenerlo oculto durante 50 años y según fuentes cercanas a la familia, ese silencio nunca fue casualidad. Esa fue la primera vez que Diego decidió borrar a alguien de su historia oficial. No iba a ser la última. En 1971 nació Jimena,  una niña que llegó al mundo en una casa donde el dinero no alcanzaba y donde la madre, todavía estudiando derecho, cargaba con el peso económico mientras el padre buscaba pegar canciones que no terminaban de pegar.

Un año después, cuando Jimena apenas empezaba a caminar,  el matrimonio se rompió. Y aquí es donde empieza la verdadera historia de la familia Verdaguer, la que ningún biógrafo oficial se atrevió a contar entera, la que solo conocía Jimena, la que ella iba a guardarse durante 50 años antes de soltarla frente a una cámara mexicana.

Las versiones que el propio Diego daría a lo largo de los años apuntaron siempre al mismo lugar. Su esposa tenía problemas emocionales serios, según él, y a él se le había acabado la paciencia para sostenerla. Lo dijo con sus propias palabras grabadas en distintas entrevistas. No tenía la capacidad de resolverlo.

 Por lo tanto, Diego hizo lo que muchos hombres jóvenes hacen cuando una mujer se enferma emocionalmente delante de ellos. Se fue y la pequeña Jimena, con un año de edad quedó atrapada en una zona gris donde nadie sabía bien quién la tenía a cargo. Su padre se la llevó un tiempo a vivir con sus abuelos. Después la regresó con su madre.

 Después la madre volvió a recaer y Jimena volvió otra vez con la familia paterna. Y así una niña pequeña empujada de  casa en casa, sin saber del todo a cuál pertenecía. Una niña que aprendió  antes que cualquier otra cosa a no estorbar. Esa lección, la de no estorbar, fue la que Jimena cargó dentro de ella durante el resto de su infancia,  durante toda la adolescencia y durante toda la pandemia.

 Hasta que 5co días después de enterrar a su padre, decidió que ya no iba a callarse más. Mientras tanto, en la vida adulta de Diego, las cosas empeoraron. Su carrera musical se estancó tanto que tuvo que dejarla casi del todo y meterse a trabajar de albañil. Hacía mezcla con sus propias manos y pegaba ladrillos al sol.

 Y para que sus antiguos seguidores no lo reconocieran en una obra, se dejó crecer ese bigote  tupido que años después se volvería el sello más conocido de su vida. Ese bigote, vale la pena recordarlo. Nació de un acto de vergüenza pura. El icono romántico del bolero latino que millones de mujeres conocerían años después  arrancó como un disfraz.

 Una forma de esconderse de su propio fracaso, una forma de  no enfrentar el espejo cuando salía de una obra cubierto de cemento. Y esa misma capacidad de esconderlo incómodo y fabricar una versión presentable de sí mismo iba a ser la herramienta principal con la que Diego se construyó después como artista. Porque Diego no solo aprendió a esconderse a sí mismo, aprendió a borrar a su primera esposa de la historia oficial y más adelante aprendió a callar decisiones mucho más graves, decisiones que iban a terminar costándole la vida.

Existe una fotografía, según testimonios de amigos cercanos de Diego durante aquellos primeros años. Una foto en blanco y negro tomada en alguna calle de Buenos Aires, donde aparecen Diego, su primera esposa y la pequeña Guimena en brazos. Es la única foto familiar conocida de aquella primera vida y según se ha dicho, nadie sabe exactamente dónde está hoy.

 Ni la familia oficial que Diego construiría más tarde con Amanda Miguel la tiene. Ni los biógrafos profesionales la han publicado jamás. ni los archivos personales del cantante incluyeron nunca ese pedazo de pasado. Vamos a regresar a esa foto más adelante, porque su ausencia explica más que muchas palabras.

 Y en 1975, cuando Diego apenas empezaba a recuperarse de aquel hoyo, ocurrieron dos cosas casi al mismo tiempo que cambiarían el destino de toda la familia. La primera fue que firmó con una discográfica nueva y grabó una canción que iba a sonar en todo el continente. Una canción que se llamaba Con una ironía que tardaría décadas en hacerse visible. Volveré.

La segunda fue que un día cualquiera manejando por las calles de Buenos Aires, frenó su auto en un semáforo y vio cruzar a tres muchachas frente a su parabrisas. Una de ellas tenía 18 años. iba caminando entre su hermana y su prima. Tenía un pelo alborotado que la hacía verse mayor. Se llamaba Amanda Miguel.

  Y a partir del momento exacto en que ese semáforo cambió a verde y Diego decidió seguir a esas tres muchachas con su auto. La vida de Jimena Bocadoro dejó de pertenecerle a su padre para siempre. Amanda iba caminando en el medio de las tres muchachas. Diego había visto primero a la hermana mayor, la que iba al lado, pero Amanda fue la que terminó quedándose con su atención.

Tenía un peinado alborotado, un blazer sencillo y caminaba sin mirar a los lados con esa seguridad que solo dan los 18 años cuando todavía no sabes lo que la vida te puede hacer. Diego,  según contaría décadas después, no la pudo dejar de mirar. frenó el auto en pleno semáforo bajo la ventanilla y se inventó una excusa cualquiera para acercarse a las tres muchachas.

 La hermana mayor, esa que él había seguido con la vista, apenas le respondió con un saludo seco. Pero Amanda, la que iba en el medio, la única que estudiaba canto y piano en una academia de Buenos Aires,  se quedó conversando con él. Tenía 18 años. Diego tenía 24. y dentro de su cabeza arrastraba un divorcio sin papeles, una hija de 5 años llamada Jimena y una carrera musical que apenas empezaba a despegar después del fracaso del primer matrimonio.

Pero ninguna de esas cosas le pareció lo suficientemente importante en aquel momento como para decirle a Amanda la verdad completa  de quién era. Esa misma tarde le ofreció trabajo como corista en sus shows. Esta misma semana empezaron a verse en privado y a las pocas semanas estaban viviendo juntos en un departamento alquilado en el centro de la ciudad.

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