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Asi FUE la LUJOSA VIDA de Sergio Gómez “k-paz” – Un guerrero de la música regional mexicana

En 4 años construyó lo que la mayoría de los artistas no construyen en cuatro décadas. Sergio Gómez llegó a la industria de la música duranguense desde Huacharo, Durango, sin dinero, sin contactos en las disqueras y sin más capital, que una voz que podía llenar cualquier espacio donde se pusiera un micrófono y un sentido natural para entender lo que su público quería escuchar.

4 años después era el vocalista del grupo de duranguense más exitoso del momento, con un disco de platino, más de 200,000 copias vendidas, presentaciones en ambos lados de la frontera que generaban ingresos que ningún artista de su región había generado con esa velocidad y una popularidad entre la comunidad latina de Estados Unidos que convertía cada aparición suya en un acontecimiento.

¿Cómo construyó Sergio Gómez el patrimonio que le permitió vivir con una escala que los músicos de pueblo de Durango solo ven en las películas? Habiendo comenzado su carrera en el circuito de fiestas privadas del noroeste de México, donde el pago era cuando mucho suficiente para cubrir los gastos de transporte y comer algo decente de camino al siguiente evento.

Cuanto generó con Keaz de la Sierra en los 4 años que duró el ascenso vertiginoso del grupo, en los conciertos que llenaban recintos de miles de personas, tanto en México como en Chicago, en Los Ángeles y en las ciudades del cinturón de maíz de Estados Unidos, donde la comunidad mexicana escuchaba duranguense con la misma lealtad con que en Durango lo escuchaban sus propias familias.

 ¿Qué hizo con ese dinero? ¿A dónde fue el patrimonio que construyó en 4 años de trabajo? a un ritmo que habría agotado a cualquiera, con presentaciones que terminaban de madrugada y comenzaban de nuevo antes del mediodía del día siguiente con la maquinaria corporativa de la música regional mexicana, funcionando a plena capacidad alrededor de su nombre y su voz, y quién heredó todo lo que quedó cuando Sergio Gómez fue secuestrado, torturado y asesinado la madrugada del 2 de diciembre de 2007 a los 34 años.

 en lo que debería haber sido el comienzo de la segunda etapa de su carrera en solitario. Hoy vamos a recorrer la vida económica de Sergio Gómez con la precisión y la honestidad que esa historia merece. No la versión del misterio criminal que ya tiene su propia narrativa en los reportajes de crimen.

 La historia del dinero que construyó, de cómo lo construyó, de los conflictos que ese dinero generó dentro del grupo y con quienes lo rodeaban y de lo que quedó cuando el hombre que lo produjo ya no podía seguir produciéndolo. Quédate hasta el final porque esta historia tiene cifras que sorprenden. conflictos que no se resolvieron con la muerte de Sergio y preguntas sobre el patrimonio que su familia tuvo que enfrentar en uno de los momentos más oscuros de la historia reciente de la música regional mexicana.

 Para entender a Sergio Gómez hay que entender primero Huacharó Durango. No el durango de los narcocorridos ni el de los videos musicales con ranchos y camionetas que la estética del género impone como escenografía. El durango real, el de las comunidades rurales del estado, donde la migración a Estados Unidos no es una opción, sino una estrategia de supervivencia familiar que se hereda de generación en generación, donde los músicos aprenden a tocar no porque quieran hacerse famosos, sino porque la música es parte del tejido social de las

comunidades y porque saber tocar significa tener trabajo en las fiestas, que son el único entretenimiento. disponible en localidades donde no hay cines ni teatros ni plataformas digitales. Sergio Gómez creció en ese contexto. La música no fue para él una vocación romántica descubierta en un momento de epifanía.

 Fue una habilidad práctica que se desarrolló porque era útil, porque generaba ingresos modestos pero reales y porque en el circuito de fiestas del noreste de México, un músico con buena voz y presencia en el escenario podía construir una reputación que eventualmente le abriría las puertas de algo más grande. Lo que encontró cuando esas puertas se abrieron fue el duranguense, el género que en los primeros años de los 2000 era el sonido más explosivo de la música regional mexicana.

El duranguense, con su mezcla de ritmos del norte de México y influencias de la música de grupos, había encontrado en la Comunidad Mexicana de Chicago y del medio oeste de Estados Unidos, un público que lo adoptó con una fidelidad que ninguna disquera podría haber comprado con campañas de marketing. Era el sonido de los migrantes duranguenses y sinaloes que habían llegado a los frigoríficos y las plantas de procesamiento de carne del cinturón de maíz de Estados Unidos, que escuchaban ese sonido y reconocían en él algo que

los conectaba con el lugar del que venían. Capas de la Sierra fue el grupo que capitalizó ese fenómeno con la mayor efectividad de su generación. Con Sergio Gómez como vocalista principal, el grupo encontró la combinación exacta de voz, ritmo y repertorio que ese público específico estaba esperando.

 El éxito no fue lento ni gradual, fue explosivo y llegó con la velocidad de los fenómenos que responden a una demanda que ya existía, pero que nadie había satisfecho exactamente de esa manera. Ahora hablemos del dinero con la precisión que esta historia exige. La economía del duranguense en los primeros años de los 2000 tenía características específicas que explican tanto la velocidad del ascenso económico de Capaz como las tensiones que ese ascenso generó dentro del grupo.

 El circuito de conciertos del duranguense operaba en dos mercados paralelos. El mexicano centrado en los estados del noroeste del país con fiestas privadas, ferias regionales y presentaciones en las ciudades de tamaño medio, que son el mercado principal del género, y el estadounidense, centrado en los mercados hispanos del medio oeste y del sur de California, donde la comunidad migrante duranguense representaba una audiencia de millones de personas con ingresos relativamente estables y disposición para pagar boletos de concierto a

precios significativamente más altos que los del mercado mexicano. En el mercado mexicano, un grupo popular de duranguense en los primeros años de los 2000 podía cobrar entre 30,000 y 100,000 pesos por presentación dependiendo del tipo de evento. Las fiestas privadas de familias con recursos en los estados del noroeste de México eran el estrato más lucrativo, con pagos que en algunos casos podían llegar a 150,000 pesos por una presentación de 3 horas que incluía transporte y hospedaje para el grupo completo. Con cuatro o cinco

presentaciones semanales en temporadas activas, un grupo del nivel de Capaz generaba ingresos brutos de entre 120,000 y 500,000 pesos semanales solo en el mercado mexicano. El mercado estadounidense era significativamente más lucrativo todavía. Un concierto de Capaz en un recinto de Chicago o de Los Ángeles con capacidad para 2,000 o 3,000 personas con boletos a un precio promedio de $30.

generaba ingresos brutos de taquilla de entre 60,000 y $90,000 por evento. De esa cifra, después de los costos de producción, transporte, hospedaje y la comisión del promotor, el grupo podía retener entre el 30 y el 40% como ganancia neta, es decir, entre 18,000 y $36,000 por concierto. En pesos mexicanos al tipo de cambio de los primeros años de los 2000, eso equivalía a entre 210.000 y 420.

000 pesos por presentación en Estados Unidos. El disco de platino con más de 200,000 copias vendidas fue el activo que amplificó todos los demás ingresos. En la economía de la música regional mexicana de esa época, antes de que el streaming transformara completamente el modelo de negocio, un disco de platino representaba regalías acumuladas de entre 2 y 4 millones de pesos para el artista después de los descuentos de la disquera.

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