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Antes De Morir, Fernando Almada Revela La Verdad Oculta Sobre Mario Almada

Durante muchísimo tiempo, el rostro de Fernando Almada se vinculó al de su hermano Mario Almada, representando valores como la firmeza, la fidelidad y un heroísmo callado en el cine mexicano. Frutas polvorientas, fuego al oscurecer y dos hermanos que parecían inseparables, frente al objetivo se instalaron en la memoria de un gran número de generaciones.

No obstante, tras la muerte de Fernando, el 30 de octubre de 2023 con 94 años, aquel universo cotidiano se sumió en un mutismo repentino. Casi nadie sospechaba que previa a su partida, Fernando por fin se sinceró revelando la realidad oculta tras aquel pacto tan mítico entre hermanos. No se trató de habladurías ni cuentos trillados, sino de un testimonio íntimo acerca de Mario Almada, que cambia la visión de su éxito conjunto, aquella competencia interna y lo que costó pasar toda su existencia eclipsado por el otro. ¿Qué confesiones hizo

después de tantos años de callar? ¿Y por qué este relato modifica nuestra percepción sobre los hermanos Almada? No os perdáis lo que sigue para entender cómo cambia nuestra visión. Viajemos hasta 1959, una etapa donde la industria cinematográfica de México mutaba mientras el esplendor de su edad dorada se apaba lentamente.

En aquel año, Fernando Almada pisó por vez primera un plató de cine para la obra Milagros de San Martín de Porres. Se trataba de un drama íntimo y contenido, bastante lejos de los tiroteos y las gestas del desierto que después le darían fama. Sin embargo, aquello supuso para Fernando el arranque de una trayectoria consagrada a narrar relatos.

Ya destacaba entonces por ser alguien disciplinado que prefería oír a hablar. Analizaba cada instrucción y veía el arte de actuar como una profesión que requería maestría, lejos de buscar un camino rápido al estrellato. Mientras tanto, su hermano de menor edad, Mario Almada, asimilaba el funcionamiento técnico de las producciones tras los focos, aunque su carácter impetuoso era imposible de mantener en la sombra.

Mientras Fernando se mostraba sistemático, Mario era pura inquietud e instinto, sintiéndose fascinado por la espontaneidad que ofrecía el objetivo de la cámara. Su paso a la actuación no fue tanto una lección meditada como un impulso natural. La suerte lo colocó delante del encuadre y una vez allí ya no existió retorno posible.

Aquel tiempo marcaba el final de la era dorada de la cinematografía mexicana. La audiencia todavía buscaba protagonistas recios, escenarios vastos y valores éticos claros, pero la pulcritud de los grandes plató empezaba a dar paso a algo mucho más rudo. Los dos hermanos Almada se adaptaron de forma ideal a dicho cambio generacional.

Ofrecieron una dureza rural frente al refinamiento de la ciudad, cambiando el lujo por la tierra. Su unión tuvo éxito justo por ser personalidades tan distintas. Fernando elaboraba sus papeles con suma cautela y moderación. En cambio, Mario buscaba siempre la emoción fuerte, habitando la fuerza de cada momento fugaz. Ambos generaron una energía vibrante que otorgó a sus largometrajes un ritmo cardíaco totalmente propio y reconocible.

Durante las décadas de 1970 y 1980, sus nombres ya simbolizaban el cine del oeste y de acción. Obras como El nido del águila y la banda del Carro Rojo no fueron solo éxitos de recaudación, sino que terminaron siendo auténticos pilares culturales. La gente confiaba plenamente en los bandidos y justicieros a los que daban vida. Debido a que esa conexión fraternal, en ocasiones tirante, pero siempre vibrante, resultaba real.

La verdadera diferencia entre ambos residía en su manera de abordar el trabajo, lejos de mostrar personajes de ciudad perfectos. Sus relatos daban el protagonismo a todos aquellos que habitaban en la periferia de la sociedad, gente del campo, vecinos de aldeas y rebeldes, personas para las que la aplicación de la ley era un asunto íntimo que solían resolver sobre la marcha.

Frecuentemente, los especialistas despreciaron estos filmes tildándolos de simple diversión barata. Aunque esa valoración resulta ser bastante superficial e injusta. Tras los muros de disparos y persecuciones, existía una visión nítida sobre la injusticia, el desamparo y aquellos colectivos sociales que peleaban duro por no ser ignorados.

La fuerza de Mario y el rigor de Fernando permitieron que los desamparados fueran escuchados mucho antes de que el realismo social se pusiera de moda. A día de hoy, aún se percibe la tierra y la amenaza en esas filmaciones. Junta una admiración sincera por la existencia de quienes retrataban.

Al aproximarse el final de los 70, Fernando Almada había logrado ya la independencia necesaria para relatar vivencias, siguiendo exclusivamente sus propias reglas. Interpretar papeles le otorgó prestigio público. Sin embargo, fueron el guion y la realización los campos donde encontró su verdadero hogar creativo.

Su gran transformación artística surgió en 1978 con El conjuro del pantano. Situada en tierras veracruzanas, más allá de los enfrentamientos veloces y los buenos evidentes, el filme exploraba las dudas éticas y los rincones más oscuros del alma. Tiempo después, Fernando condensó su visión vital durante una charla en la radio, afirmando que la existencia no se divide en blanco o negro.

¿Cuál sería el motivo para que nuestras producciones pretendan aparentar algo tan simple? Mientras Mario cruzaba México a toda velocidad rodando varios empleos al mes, Fernando decidió tomar el rumbo contrario. Frenó su marcha, revisaba los libretos hasta altas horas de la madrugada, discutía internamente las metas de sus personajes y siempre se desvivía por los detalles más pequeños.

Sus allegados rememoran verlo erguido con el fango del humedal cubriéndole las piernas hasta la altura de las rodillas, moviendo el visor apenas unos pocos centímetros, pues para él la autenticidad residía únicamente en la máxima precisión técnica. “Mario persigue el relámpago”, bromeaba a veces.

“Yo aguardo pacientemente a que llegue la tormenta.” Esa cabezonería callada es el gran motivo de que sus películas generen debate. Rechazan ofrecer cualquier respuesta fácil. Los años 1980 y 1990 fueron épocas especialmente complicadas para el séptimo arte mexicano. La financiación cayó en picado, la distribución colapsó y Hollywood acabó por inundar todas las pantallas de los cines locales.

Pese a todo, los hermanos Almada continuaron currando, avanzando siempre de frente hacia el ojo de la gran tormenta. En una charla de 1994, Fernando reconoció que sentían como el suelo se movía bajo ellos. Después le restó importancia con calma. Mario y yo ya habíamos salido airosos de situaciones que eran mucho peores.

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