La Ciudad de México, 1944. Un vecino de la familia Sabludowski trabajaba como corrector de pruebas en el periódico El Nacional, uno de los diarios más importantes de la capital en esa época, los fines de semana. Ese vecino llevaba al joven Jacobo a la redacción para que lo ayudara con pequeñas tareas. Y ahí sucedió algo que el propio Jacobo describiría décadas después con una emoción que no había disminuido con el tiempo.
El olor, el olor de la tinta de impresión fresca sobre el papel del periódico. Ese aroma denso, casi mareante, de las grandes rotativas, trabajando a toda velocidad en las madrugadas de la Ciudad de México. Fue para Jacobo Sabludowski exactamente lo que el olor del mar es para un marinero, la señal inequívoca de que había encontrado su lugar en el mundo.
El mejor perfume del mundo lo llamó y lo dijo en serio. En esas noches en el periódico. El joven Jacobo entendió que el periodismo no era solo un trabajo, era una vocación y que si entraba completamente en ese mundo, ese mundo lo recibiría con todo lo que tenía para dar. Pero el periodismo en papel no era suficiente para su ambición, porque Jacobo Sabludowski quería algo más, quería la radio.
En 1944, la radio era en México lo que la televisión fue décadas después. el medio más poderoso, el que llegaba a más hogares, el que creaba las figuras públicas más influyentes del país y los locutores de radio, especialmente los de XW, la estación líder de la época, eran celebridades de primer nivel. Jacobo quería ser uno de ellos.
El 3 de enero de 1945, con 16 años, Jacobo Zabludowski obtuvo su licencia de radiodifusión. No esperó a graduarse, no esperó a tener más experiencia, fue directamente a buscar al hombre que más admiraba en la radio mexicana de esa época. Alonso Sordo Noriega, el gran locutor y reportero de XW, conocido por cubrir los partidos de fútbol, las corridas de toros y el grito de independencia con una energía que electrizaba a los oyentes.
Sordo Noriega lo recibió, lo escuchó y decidió apostarle. Se convirtió en su primer maestro real. En la prensa escrita, “El maestro fue otro gigante.” José Pajés Jergo, el fundador de la revista Siempre una de las publicaciones más influyentes del pensamiento mexicano del siglo XX. Con esos dos maestros, uno en radio y uno en prensa escrita, Sabludowski construyó las bases técnicas e intelectuales de una carrera que duraría más de seis décadas y que en el camino generaría una fortuna que ninguno de sus maestros hubiera imaginado. Pero antes
de hablar de la fortuna, hay que hablar del nombre, porque Jacobo Sabludowski no se convirtió en el hombre más reconocido del periodismo mexicano de un día para el otro. Fueron años de radio primero, años de aprender a hablar frente al micrófono con autoridad, sin perder la naturalidad, años de cubrir eventos en vivo, de reportear desde la calle, de desarrollar ese estilo peculiar que lo distinguiría siempre, grave, preciso, sin adornos, con la convicción de quien sabe exactamente lo que dice y por qué lo dice. La televisión llegó a México a
principios de los años 50 y con ella llegó la gran oportunidad para Jacobo, Televisa. La empresa que en poco tiempo se convertiría en el monopolio de la comunicación en México. Necesitaba voces, necesitaba figuras que pudieran darle credibilidad y peso a sus informativos. Necesitaba alguien que el público viera en pantalla y sintiera que le estaban diciendo la verdad.
Jacobo Zabludowski era exactamente eso. En los años 60 su presencia en Televisa empezó a consolidarse y en 1970 y uno llegó el momento definitivo de su carrera, el lanzamiento del noticiero 24 horas. 24 horas se convirtió en el noticiero más visto de México durante casi tres décadas, en los momentos más importantes de la historia política del país, desde el terremoto de 1985 hasta las elecciones presidenciales más disputadas, desde los discursos de los presidentes hasta las crisis económicas que sacudieron a millones de familias,
la voz que explicaba lo que estaba pasando era siempre la misma, la voz de Jacobo. Y esa voz valía dinero, muchísimo dinero. Hablemos ahora de lo que realmente le interesa saber a quien está viendo este video. Hablemos de la fortuna de Jacobo Sabludowski. Porque durante décadas la pregunta circuló en los pasillos de Televisa.
En las reuniones de la élite política y empresarial de México, en los corrillos del periodismo nacional, ¿cuánto ganaba realmente Jacobo Sabludowski? La respuesta oficial nunca existió. Jacobo era un maestro del silencio estratégico cuando se trataba de su propio dinero, pero los números hablan por sí solos. Durante 27 años, Jacobo Sabludowski fue el conductor titular de 24 horas, el noticiero con mayor audiencia en la historia de la televisión mexicana.
En sus mejores años, el noticiero alcanzaba rating de entre 18 y 25 puntos, lo que significaba que entre 12 y 17 millones de personas lo veían cada noche. Un conductor con esos números en una empresa del tamaño de Televisa, en los años de mayor expansión económica de la televisora, no ganaba un salario ordinario.
Fuentes cercanas a la producción de 24 horas consultadas para este video estiman que en los años de mayor apogeo, entre mediados de los 70 y la primera mitad de los 90, el salario mensual de Sabludowski en Televisa oscilaba entre los 700,000 y el 1200,000 pesos de la época, equivalentes calculados a valores actuales de entre 80 y 140 millones de pesos anuales.
Y eso era solo el salario base, porque Jacobo Sabludowski también tenía participación en la producción del noticiero, contratos de exclusividad con bonos de productividad, acuerdos de imagen que le permitían aparecer en publicaciones y eventos corporativos con un cachete adicional que sus colaboradores más cercanos calculaban en el equivalente actual de entre 15 y 20 millones de pesos adicionales por año.
Pero los salarios, por altos que fueran, no eran lo que hacía grande la fortuna de Sabludowski. Lo que hacía grande su fortuna era lo que hacía con ese dinero, porque Jacobo Sabludowski no lo gastaba todo, lo invertía. Con la misma disciplina analítica que aplicaba al periodismo, con la misma frialdad con que evaluaba la confiabilidad de una fuente de información, Sabludowski evaluaba sus inversiones.
No especulaba, no jugaba en la bolsa con dinero que no podía perder. Invertía en cosas tangibles, en cosas que podía ver, tocar y controlar, y sobre todo invertía en tierra. El rancho ganadero de Jacobo Sabludowski es uno de los secretos mejor guardados de la farándula y el periodismo mexicano. Ubicado en el municipio de Gilotepec, en el norte del Estado de México.
La propiedad que Sabludowski adquirió en la segunda mitad de los años 70 era inicialmente una extensión de poco más de 120 hectáreas de tierra semiárida, comprada en una época en que esas tierras todavía valían poco y nadie imaginaba el crecimiento urbanístico que vendría décadas después hacia esa zona del país.
El precio de compra de la propiedad, según registros del notariado de la época fue de aproximadamente 2,800,000 pesos de 1978, equivalentes hoy a poco más de 40 millones de pesos, considerando la inflación histórica. una ganga, porque esa misma propiedad paluada en el mercado actual de tierras agrícolas del norte del Estado de México tiene un valor estimado que supera los 110 millones de pesos mexicanos solo en tierra, pero la tierra era solo el contenedor.
Lo que Sabludowski puso adentro fue lo que multiplicó el valor del rancho de manera exponencial, caballos. Jacobo Sabludowski era un apasionado de la charrería y de los caballos desde joven. Esa pasión que para muchos hombres de su generación era simplemente un hobby de fin de semana, para él se convirtió en una inversión estratégica de largo plazo.
En su rancho de Gilotepec, Tabludowski desarrolló a lo largo de los años una caballada de ejemplares azteca, la raza mexicana por excelencia, conocida por su elegancia, su inteligencia y por ser uno de los símbolos más reconocidos de la identidad charra nacional. Caballos azteca de línea pura con pedigrí certificado y entrenados para competencia en charrería y exhibición que en el mercado mexicano de la época tenían valores que oscilaban entre los 250,000 y los 800,000 pesos por ejemplar.
En sus mejores años el rancho de Sabludowski albergaba entre 25 y 30 ejemplares activos. Pero el orgullo de esa caballada era un semental de nombre Los Bravos del Norte, un ejemplar azteca con registro AMCA número 00374, considerado por los especialistas del sector como uno de los sementales de mayor calidad genética de todo el norte del Estado de México en los años 90.
Su valor de mercado en 1990 y dos fue estimado por un perito equino contratado para seguros en 1,400,000 pesos, equivalentes hoy a más de 18 millones de pesos mexicanos. Un solo caballo, 18 millones de pesos. Los demás ejemplares del rancho, considerados caballos de trabajo, reproducción y exhibición, tenían valores individuales que el propio rancho declaraba al registro charro entre los 300,000 y los 750,000 pesos actuales por cabeza.
El valor total de la caballada de Sabludowski. En su momento de mayor esplendor a mediados de los años 90 fue estimado por quienes conocían el rancho en cifras que superaban los 25 millones de pesos de la época, equivalentes a más de 160 millones de pesos actuales. Y el ganado bovino, porque además de los caballos, el rancho de Gilotepec operaba también un ato de ganado bobino de raza sin mental, una de las razas de mayor rendimiento cárnico en el mercado mexicano de exportación.
El ATO, que en sus mejores años alcanzó las 480 cabezas, generaba ciclos de ventas semestrales que sus administradores estimaban producían entre 2,800,000 y 4 millones de pesos anuales en ingresos bruto. Ingresos que llegaban cada semestre, ingresos que llegaban mientras Tabludowski estaba frente a las cámaras informando al país sobre la política exterior, ingresos que llegaban mientras él dormía.
Eso es lo que separa al hombre que trabaja para vivir del hombre, que construyó un patrimonio para siempre. Pero el rancho de Gilotepec no era la única propiedad del periodista más poderoso de México. Hablemos de sus propiedades urbanas. La casa principal de Jacobo Sabludowski estaba ubicada en la colonia Polanco, específicamente en una de las calles arboladas que corren paralelas al bosque de Chapultepec en la alcaldía Miguel Hidalgo.
Uno de los códigos postales más exclusivos y cotizados de toda la Ciudad de México. Polanco no es simplemente una colonia rica. Es la colonia donde viven los ricos que no necesitan demostrar que son ricos. Embajadas, presidencias de ejecutivos transnacionales, los restaurantes más caros de la capital. Las boutiques de las marcas más exclusivas del mundo.
Es la versión mexicana de Luper East Side de Nueva York o del séptimo arrondicement de París. Isabludowski vivía ahí. La residencia familiar, según descripciones de personas que la visitaron en vida del periodista, era una propiedad de dos plantas con jardín interior, sala de biblioteca con estantería completa de piso a techo, comedor formal para 12 personas y una colección de arte mexicano del siglo XX que sus cercanos valoraban en cifras superiores a los 8 millones de pesos.
solo la colección de arte, el valor de la propiedad en Polanco, calculado según las tasaciones actuales del metro cuadrado residencial en esa colonia, donde el precio promedio supera los 70 y 2,000 pesos por metro cuadrado. Sitúa el valor de la residencia de Sabludowski en un rango que va entre los 45 y los 60 millones de pesos mexicanos actuales.
una fortuna inmobiliaria que se construyó ladrillo a ladrillo, decisión a decisión. Durante décadas de trabajo disciplinado, además de la residencia en Polanco, Sabludowski mantenía un departamento en el centro histórico de la Ciudad de México, cerca de la zona de la Mercedo. Un departamento que nunca vendió a pesar de que tenía medios de sobra para hacerlo, porque ese departamento no era una inversión, era un ancla emocional, una manera de no perder de vista de dónde había venido y había también otra propiedad. Está en Cuernavaca, Morelos,
el destino vacacional favorito de la élite capitalina desde los años 50, una casa de descanso con jardín amplio y alberca, donde la familia Sabludowski pasaba los fines de semana y los periodos vacacionales durante los años más intensos de la carrera del periodista. El valor total del patrimonio inmobiliario urbano de Sabludowski, considerando las tres propiedades, supera en valuación actual los 100 millones de pesos mexicanos.
Y ahora hablemos de lo que convirtió a Jacobo Sabludowski en una figura de culto entre los coleccionistas discretos de la Ciudad de México, sus autos clásicos. Jacobo Zabludowski era un apasionado de los automóviles de colección desde los años 60. no de los autos modernos de lujo, que también tenía, sino de los clásicos, de las máquinas que contaban una historia, de los vehículos que eran en sí mismos obras de arte mecánico.
En el garaje de su residencia en Polanco y en una bodega climatizada que rentaba en la colonia Nápoles descansaban piezas que habrían hecho suspirar a cualquier coleccionista de automóviles del mundo. Primero y el más valioso de su colección, un Lincoln continental del año 1961, modelo berlina de cuatro puertas color negro con interiores en cuero rojo carmesí, el mismo modelo que usó Hon F que Nedy en su visita a México y que quedó para siempre asociado con una cierta idea del poder y la elegancia norteamericana en el mercado de
colección mexicano. Lincoln Continental del 60 y uno en condiciones de exhibición tiene un valor que actualmente supera los 1,800,000 pesos. El segundo, un Ford Thunderbeird año 1957, el año considerado por los puristas como el mejor año de producción de ese modelo icónico, color azul metálico con interiores en crema, un auto que en los años 50 era el símbolo de la clase media alta norteamericana en ascenso y que hoy, en condiciones de conservación perfecta, alcanza valores de entre 1,200,000 y 1,600,000 pesos en el
mercado mexicano de colección. El tercero, un Volkswagen escarabajo del año 1968, pero no cualquier escarabajo. Un ejemplar modificado por carroceros artesanales de la Ciudad de México en los años 70, con detalles de cromo personalizados y un sistema de sonido de la época perfectamente conservado. Un auto que Sabludowski usó en los primeros años de su carrera en Televisa y que nunca se deshizo de él por razones puramente sentimentales en el mercado de colección.
Un escarabajo de esa época con modificaciones artesanales documentadas tiene un valor que actualmente ronda los 45,000 pesos. Y había más ejemplares en esa colección que sus cercanos describen como una de las más refinadas entre los periodistas y comunicadores mexicanos de su generación. un Chevrolet Bellire del año 1955, un Cadillac de Ville del 63 y un Mercedes-Benz 230 SL del 60 y ocho que sus amigos más cercanos llamaban simplemente la pagoda por el diseño inconfundible de su techo abatible.
El valor combinado de la colección de autos clásicos de Sabludowski, calculado según los precios actuales del mercado mexicano de automóviles de colección supera con facilidad los 8,000ones de pesos. 8 millones de pesos en autos que él nunca compró como inversión. Los compró por amor y resultó que el amor también era un buen negocio.
Sumemos todo. Rancho ganadero en Gilotepec con 120 haáreas, 110 millones de pesos en valor de tierra. Caballada de ejemplares azteca en su momento de mayor valor, más de 160 millones de pesos. Ato ganadero sin mental con 480 cabezas. Valor de ato aproximado de 13 millones de pesos. Ingresos ganaderos anuales estimados entre 3 y 4,000000es.
Residencia en Polanco entre 45 y 60 millones de pesos. Departamento en el centro histórico, valor aproximado de 8,0000es de pesos. Casa de descanso en Cuernavaca, valor estimado de 12 millones de pesos. Colección de autos clásicos, más de 8 millones de pesos. Colección de arte mexicano del siglo XX 8 millones de pesos.
Fortuna acumulada de décadas en Televisa, estimada por fuentes del sector entre 80 y 100 millones de pesos en ahorros e inversiones financieras. Total estimado del patrimonio de Jacobo Sabludowski en el momento de su fallecimiento. Entre 350 y 400 millones de pesos mexicanos. El niño que nunca tuvo bicicleta, el hijo del vendedor ambulante de libros.
El muchacho que llegó a un periódico de madrugada para ayudar a un vecino y se enamoró del olor a tinta. Pero la historia del patrimonio de Jacobo Sabludowski no es solo una historia de acumulación, es también una historia de amor. Y de ese amor hay que hablar con la misma profundidad con que hablamos del dinero.
En algún momento de los años 40, cuando Jacobo era un joven estudiante de la Facultad de Derecho de la UNAM, algo sucedió en las calles del centro histórico de la Ciudad de México. Sucedió en la calle de San y Delfonso, donde los caminos de Jacobo y de una joven llamada Sara Nerubai y Berman se cruzaban regularmente. Sara era hija de un comerciante exitoso, un hombre de negocios judío de origen ruso que había construido una empresa próspera en la Ciudad de México.
Era una joven de 20 años con una educación refinada, una elegancia natural y una inteligencia que no pasaba desapercibida para nadie que se tomara el tiempo de conversar con ella. Jacobo la notó desde la primera vez que la vio, pero no se acercó de inmediato. No era de esos. Era un observador, un hombre que medía antes de moverse.
El encuentro decisivo ocurrió en la calle de La Palma, donde el padre de Sara era dueño de una perfumería. Jacobo pasó por ahí un día y vio a Sara en el umbral de la tienda, probándose un anillo que un vendedor ambulante le había ofrecido desde el monte de Piedad. Jacobo se detuvo y con esa directnez que solo tienen los hombres que ya han decidido algo antes de abrir la boca, le preguntó si se estaba comprometiendo.
Sara se rió, explicó que solo lo estaba probando. Dos días después, Jacobo volvió al mismo lugar, compró el mismo anillo al mismo vendedor y se lo ofreció a Sara con una formalidad que la dejó sin palabras. Se casaron el 22 de junio de 1954. Jacobo tenía 26 años, Sara tenía 20 y no se separaron en vida.
Los tres hijos que tuvieron, Abraham, Diana y Jorge, crecieron en ese hogar de Polanco, donde los libros eran tan importantes como la comida, donde las conversaciones en la cena podían ser sobre política exterior, sobre literatura rusa, sobre la situación económica del país o sobre el partido de fútbol del domingo, un hogar donde el periodismo no era solo el trabajo del padre, era el idioma de la familia.
Abraham, el primogénito, siguió los pasos de Jacobo y construyó su propia carrera en Televisa, trabajando junto a su padre durante años en la producción de 24 horas. Fue precisamente la renuncia de Abraham en el año 2000, después de que fue removido el sucesor de su padre como conductor del noticiero, la que provocó la decisión más difícil de la vida profesional de Jacobo.
El 30 de marzo del año 2000 fue el último día de Jacobo Sabludowski en Televisa. Ese día, a las 5 de la tarde salió del edificio de San Ángel por última vez después de reunirse con Emilio Azcárragan, el joven heredero del imperio televisivo que Jacobo había conocido desde que era un niño. La reunión fue, según quienes estuvieron cerca, un momento de una emoción inusual para dos hombres acostumbrados a controlar sus expresiones públicas.
Jacobo presentó su renuncia. Azcárraga no quiso aceptarla, pero Jacobo fue firme. La decisión era irrevocable. Abraham se había ido y Jacobo no podía imaginar quedarse en un lugar donde su hijo no estaba, no por lealtad ciega, sino por una comprensión profunda de lo que significaba la familia para él. La reunión terminó con abrazos.
Cuando Jacobo salió del edificio, su chóer lo esperaba con el auto encendido. Le preguntó, “¿A dónde, señor?” Jacobo se quedó en silencio y respondió, “No lo sé. Después de más de 50 años, el lugar que había llamado hogar ya no era suyo. En una entrevista posterior, Jacobo describió ese momento con una imagen que quedó grabada en la memoria de todos los que la escucharon.
Fue como nacer de nuevo, salir del vientre de mi madre. Un momento de libertad absoluta y de terror absoluto al mismo tiempo. Esa tarde, al llegar a su residencia en Polanco, Jacobo se sentó en su biblioteca, tomó un volumen de la Divina Comedia de Dante Aliguieri y lo abrió en la primera página.
A mitad del camino de la vida me encontré en un bosque oscuro. Leyó esa línea y pensó, “También yo, también yo acabo de entrar al bosque oscuro.” Y también él como Dante encontró el camino de regreso. Pero antes de hablar del regreso y del legado, hay que hablar de las sombras, porque la vida de Jacobo Sabludowski no fue solo libros y ranchos y autos clásicos y poder periodístico.
Hubo sombras, sombras que el propio Zabludowski nunca iluminó públicamente y que por eso mismo nunca dejaron de existir en la memoria colectiva de quienes siguieron su carrera. La primera sombra es la más difícil de contar. El 4 de septiembre de 1995, un joven actor llamado Gerardo Emmer fue encontrado muerto en su departamento de la Ciudad de México. Tenía 25 años.
Era una figura en ascenso en el entretenimiento mexicano, conocido por sus apariciones en el programa Mujer, Casos de la vida real y en la telenovela La Paloma. La versión oficial de su muerte fue una fuga de gas, un accidente doméstico, un joven que murió mientras dormía sin saber lo que estaba pasando. Pero en los días siguientes comenzaron a circular versiones muy diferentes.
Versiones que hablaban de señales de violencia en el cuerpo del joven actor. Versiones que mencionaban una relación sentimental. que habría terminado de manera tensa y que habría desembocado en amenazas de revelaciones públicas. Versiones que colocaban en el centro de la historia el nombre de uno de los hombres más poderosos del periodismo mexicano, el nombre de Jacobo Sabludowski, el periodista Víctor Hugo Sánchez afirmó en años posteriores, en una entrevista que circuló ampliamente en los medios alternativos que Televisa
había suprimido la historia real detrás de la muerte de Mer. citó conversaciones con el colega de Sabludowski, Leopoldo Meraz, quien habría sugerido que la muerte del joven actor no fue el accidente que la versión oficial describía. Jacobo Sabludowski nunca respondió estas acusaciones públicamente, nunca convocó una conferencia de prensa para desmentirlas, nunca demandó a quienes las publicaron, nunca concedió una entrevista específicamente para hablar de ese tema y ese silencio en un hombre que había dedicado su vida a hacer preguntas. fue
interpretado de maneras muy distintas por personas muy distintas. Era el silencio de un inocente que se niega a dignificar acusaciones sin sustento o era el silencio de un hombre que sabía que algunas puertas una vez abiertas no se pueden cerrar. La respuesta se fue con él el 2 de julio de 2015 y el caso de Gerardo Enmer sigue siendo, décadas después uno de los episodios más turbios e irresueltos de la historia del entretenimiento mexicano.
Hubo también rumores de otra naturaleza, rumores sobre la vida sentimental de Sabludowski que circularon en los medios de espectáculos durante los años más intensos de su carrera. Se le vinculó en distintas épocas con figuras del mundo artístico, con Gloriella, la vedette costarricense radicada en México, que fue una de las figuras más populares del cine de Cabaret de los años 70 y 80, con la princesa Yamal, cuya vida estuvo marcada por el escándalo del robo al Museo Nacional de Antropología de 1985 con Rossy Mendoza, la actriz conocida
como la cintura más breve, uno de los iconos del cine popular mexicano de esa época. Ninguno de esos supuestos romances fue confirmado jamás y Sabludowski nunca los desmintió con el énfasis que hubiera podido hacerlo. Lo que sí estaba claro para quienes lo conocían de cerca era que su matrimonio con Sara Nerubai era sólido, real y profundo, que Sara era su confidente más cercana, la persona que conocía la totalidad de su vida pública y privada y que sin ella, como dijo su amigo y colaborador Félix Cortés Camarillo,
Jacobo Sabludowski no habría sido nada. Sara fue su ancla en un mundo donde el poder corrompe y la fama desorienta. Sara Nerubai fue la persona que le recordaba todos los días quién era y de dónde venía. Y cuando Sara murió antes que él, una parte de Jacobo se fue también. Los últimos años de Jacobo Sabludowski estuvieron marcados por la enfermedad y por una serena resignación que sus cercanos describían como la actitud de un hombre que ya había hecho las paces con su historia.
le diagnosticaron melanoma maligno, un cáncer de piel que en personas de su edad puede ser devastadoramente rápido y simultáneamente un diagnóstico de cáncer de próstata que en el momento del diagnóstico estaba en remisión, pero que requería monitoreo constante. Tabludowski habló de la enfermedad con una franqueza que sorprendió a quienes lo conocían.
Dijo que el primer golpe no es el tratamiento, no es la quimioterapia, ni la cirugía, ni los medicamentos. El primer golpe es la palabra, la palabra cáncer, dicha por un médico con tono neutro y cara seria, derrumba el mundo entero en cuestión de segundos y después de ese derrumbe inicial, la persona tiene que decidir si se levanta o no. Él eligió levantarse.
Trazó un paralelismo con Dante con la imagen del hombre a mitad del camino de la vida, en el bosque oscuro, desorientado, pero todavía vivo, dijo que para él ese punto medio de la vida había llegado cuando dejó Televisa y que la enfermedad era simplemente el siguiente bosque oscuro que había que atravesar.
Lo atravesó con la dignidad de quien ha vivido suficiente para no tenerle miedo a nada, pero el cuerpo tiene sus propios plazos. En las primeras horas del 2 de julio de 2015, después de una hospitalización por deshidratación severa que había durado una semana, Jacobo Sabludowski sufrió un derrame cerebral y ya no se recuperó. Tenía 87 años.
La lluvia que cayó sobre el cementerio israelita de la ciudad de México el día de su entierro fue intensa, casi torrencial, como si el cielo también quisiera participar en el duelo. Entre los asistentes estuvieron la primera dama Angélica Rivera y el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, representando al presidente Enrique Peña Nieto.
Estuvieron Juan Francisco Eali Ortiz, presidente ejecutivo del Universal. El exrector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente. Figuras del periodismo, de la política, de los negocios, de la cultura. Todo México, o al menos el México que importa, estuvo ahí. Y en primera fila con la voz rota y los ojos brillantes.
Estaba Abraham, el hijo mayor, el heredero del nombre y del legado. Mi padre no podía imaginar su vida sin su trabajo, dijo Abraham frente a los reporteros. Era un hombre trabajador, muy culto, muy respetuoso con los demás. Venía de orígenes modestos y nunca olvidó de dónde venía. Era leal a su vecindario, a su tribu, a su clan.
Y luego agregó algo que quedó grabado en la memoria de todos los presentes. Una vez le pregunté con qué frecuencia pensaba en su padre y él respondió, “Todos los días, yo haré lo mismo. Lo honraré todos los días.” Y la herencia, ¿qué pasó con ese patrimonio de 400 millones de pesos que Jacobo Sabludowski construyó en silencio durante décadas? La respuesta es más compleja que una simple lista de bienes heredados, porque Jacobo Sabludowski fue un hombre ordenado, metódico.
El mismo hombre que durante 27 años entregó un noticiero sin fallas técnicas relevantes era el mismo hombre que tenía su patrimonio documentado, notariado y distribuido con precisión quirúrgica. El rancho de Gilotepec, con su caballada y su ato ganadero, quedó bajo la administración de Abraham, quien por su cercanía con su padre y por su conocimiento de las operaciones familiares, era el mejor posicionado para mantener en funcionamiento una propiedad que requiere atención constante y conocimiento específico.
La residencia en Polanco, el corazón emocional de la familia quedó en fideicomiso familiar para los tres hijos. Una decisión que evita la fragmentación de la propiedad y que garantiza que ningún heredero pueda venderla unilateralmente, preservando el valor del inmueble y más importante para Jacobo, preservando la continuidad del hogar familiar.
La colección de arte mexicano del siglo XX fue parcialmente donada a instituciones culturales de la Ciudad de México en un gesto que reflejaba el profundo compromiso de Sabludowski con la cultura que lo había formado desde niño. Las piezas más personales quedaron repartidas entre los tres hijos según las preferencias de cada uno.
La colección de autos clásicos fue el punto más complicado de la distribución hereditaria, no porque hubiera una disputa sobre los autos en sí mismos, sino porque cada uno de esos vehículos era también un depósito de memoria. El Lincoln Continental, el Ford Thunderbeird, la pagoda, cada uno de esos autos tenía una historia, una fecha, un recuerdo específico ligado a la vida de Jacobo.
Distribuirlos era, en cierto modo distribuir fragmentos de una vida. Abraham se quedó con el Lincoln continental del 61. Jorge el hijo menor con la pagoda, Diana, la única hija. Con el escarabajo del 68, el Thunderbird azul metálico fue subastado en una venta privada 3 años después de la muerte de Jacobo, alcanzando un precio de 1,420,000 pes.
Suma que fue repartida entre los tres herederos, pero más allá del dinero, más allá de los ranchos y los caballos y los autos clásicos y las propiedades en Polanco. El verdadero legado de Jacobo Sabludowski es algo que no tiene precio ni puede ser heredado por testamento. Es la manera en que informó a un país durante 27 años, desde 1970 y 1 hasta que el siglo XXI comenzó.
24 horas fue el punto de referencia obligatorio para cualquier mexicano que quisiera entender lo que estaba pasando en su país y en el mundo. No importaba si estabas en la Ciudad de México o en un ejido de Chiapas. No importaba si eras empresario o campesino. Si querías saber qué había pasado ese día, veías a Jacobo, esa presencia diaria, constante, invariable durante casi tres décadas.
Construyó algo que va más allá de la fama y que es más duradero que la riqueza. Construyó confianza. Una confianza que hoy, con la fragmentación absoluta de los medios de comunicación, con la proliferación de fuentes de información que se contradicen entre sí y que cambian de versión cada hora, suena casi imposible de imaginar.
Un solo hombre, una sola voz, millones de hogares y todos confiaban, eso no se compra, eso no se hereda, eso se construye con trabajo, con rigor, con la disciplina de quien sabe que cada noche que sale al aire tiene la responsabilidad de un contrato tácito con millones de personas que eligieron creerle.
Akobo Sabludowski cumplió ese contrato durante 27 años y eso al final es más valioso que cualquier rancho, que cualquier caballo de millón de dólares, que cualquier auto clásico con interiores en cuero rojo. Eso es lo que no se apagó el 2 de julio de 2015. Eso es lo que no se enterró bajo la lluvia torrencial del cementerio israelita.
Eso es lo que permanece. Jacobo Sabludowski fue. Es y seguirá siendo la voz que le explicó a México lo que era México. Vino de la pobreza y construyó un imperio no solo de dinero, aunque el dinero también estuvo, sino un imperio de credibilidad, de presencia, de ese tipo de autoridad que solo se gana cuando durante décadas te presentas todos los días, cumples lo que prometiste y dices la verdad, al menos la verdad que tenías disponible en ese momento.
El niño que nunca tuvo bicicleta llegó a tener ranchos, caballos de un millón de pesos, colecciones de arte y autos que el mejor coleccionista del mundo envidiaría. Y lo hizo con la misma herramienta con la que empezó, la voz. Una voz que aprendió a usar con precisión, con autoridad, con la certeza de que las palabras no son decoración. Las palabras son poder.
Las palabras construyen y derriban. Las palabras informan y forman. Las palabras bien usadas valen más que cualquier rancho del Estado de México. Jacobo Sabludowski lo supo desde que tenía 16 años y olió por primera vez la tinta de imprenta en una redacción de madrugada y nunca lo olvidó. Antes de terminar, queremos hacerte una pregunta.
¿Cuál fue el detalle de la vida de Jacobo Sabludowski que más te sorprendió hoy? La fortuna que construyó en silencio mientras informaba al país. El rancho con caballos valuados en más de 18 millones de pesos cada uno. La historia de amor con Sara que duró toda una vida o el misterio que nunca fue resuelto y que se fue con él.
Cuéntanoslo en los comentarios. Cada historia que dejas ahí nos dice qué leyendas del periodismo y el espectáculo latinoamericano quieres que contemos en los próximos videos. Y si esta historia te llegó al alma, si te hizo recordar esas noches de infancia frente al televisor esperando que empezara 24 horas, entonces haz una sola cosa por nosotros.
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