Posted in

“¿Puede Ser Nuestra Madre, Papá?” — Preguntaron Los Hijos De Un Granjero Solitario, Pero…

“¿Puede Ser Nuestra Madre, Papá?” — Preguntaron Los Hijos De Un Granjero Solitario, Pero…

La noche en que los hijos de Mateo Roldán preguntaron si aquella mujer podía ser su madre, la tormenta apagó la luz de toda la comarca.

Fue justo en el peor momento.

La cocina de la granja quedó iluminada solo por el fuego bajo de la chimenea y por una vela torcida que temblaba junto al pan. Afuera, el viento golpeaba las contraventanas como si alguien quisiera entrar a puñetazos. Las vacas mugían nerviosas en el establo. El perro, viejo y casi ciego, gruñía bajo la mesa.

Mateo estaba de pie, con una jarra de agua en la mano.

Sus dos hijos, Lucas y Nora, lo miraban desde el banco de madera. Lucas tenía nueve años y una seriedad que no le tocaba. Nora, siete, llevaba el pelo mojado porque esa tarde se había empeñado en ayudar a cerrar el gallinero bajo la lluvia. Los dos estaban descalzos, envueltos en jerséis grandes, con las mejillas coloradas por el frío.

Y frente a ellos, junto al fogón, estaba Sara.

Así dijo llamarse cuando apareció tres semanas antes en la granja buscando trabajo.

Sara.

Una mujer delgada, de unos treinta y tantos, con una cicatriz fina bajo la ceja izquierda, manos de haber trabajado mucho y ojos de haber dormido poco. Cocinaba poco, hablaba menos y sabía calmar a los animales con una facilidad que al principio a Mateo le pareció sospechosa. Luego le pareció peligrosa.

Porque había gestos que no se olvidan.

La manera de doblar los paños.

La forma de probar la sopa con el borde de la cuchara.

Esa costumbre absurda de dejar siempre una taza boca abajo junto al fregadero.

Mateo lo supo el primer día.

No lo dijo.

No porque fuera cobarde, aunque quizá también. No lo dijo porque llevaba siete años enterrando a una mujer que no estaba muerta, odiándola por haberse ido, explicando a sus hijos una mentira a medias y mirando cada amanecer como si el campo pudiera responderle por qué una madre abandona a dos criaturas dormidas.

Esa noche, Sara había salvado a Nora de una acequia desbordada.

La niña resbaló al ir detrás de una gallina y el agua la arrastró varios metros. Mateo llegó tarde. Lucas gritaba desde el barro. Y Sara, sin pensarlo, se lanzó al canal, se golpeó contra una piedra y sacó a Nora abrazada al pecho, temblando, viva.

Read More