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Sicarios Del CJNG Pararon En Una Gasolinera A Las 3AM — No Sabían Que El Despachador Era Ex-SEDENA

¿Saben con quién se están metiendo? Yo fui fuerzas especiales. Cometieron un grave error. ¿Qué pasaría si sicarios del CJNG pararan en una gasolinera a las 3 a sin saber que el despachador era ex Sedena? Esto es exactamente lo que sucedió las 3:17 de la madrugada. La gasolinera Pemex en la carretera federal que conecta Guadalajara con Colima estaba sumida en la penumbra típica de esas horas muertas.
Solo las luces de neón del establecimiento cortaban la oscuridad del desierto, creando un oasis de luz artificial en medio de la nada. Ramón Herrera, de 45 años, limpiaba por tercera vez el mismo dispensador de gasolina. Era su rutina nocturna. mantener todo impecable durante las horas en que casi no llegaban clientes.
Su uniforme azul de Pemex estaba impecable, su gorra bien puesta y su postura erguida delataba años de disciplina militar que nunca había podido quitarse de encima. Llevaba dos años trabajando en esa gasolinera después de retirarse de las fuerzas especiales de la Sedena. Dos años de turnos nocturnos, de lidiar con camioneros borrachos y ocasionales rateros que creían que un despachador solitario sería una presa fácil.
Se equivocaban siempre. El ronroneo lejano de varios motores interrumpió el silencio de la madrugada. Ramón levantó la vista y vio luces aproximándose por la carretera. No era inusual. A veces los tráileres pasaban de noche, pero algo en el sonido de esos motores le erizó los sentidos entrenados. Demasiado agresivo, demasiado rápido.
Tres camionetas negras con vidrios polarizados se acercaron a alta velocidad, levantando polvo y grava. Ramón reconoció inmediatamente el tipo de vehículos. En esta región solo significaban una cosa, problemas. Las camionetas se detuvieron de manera coordinada alrededor de la gasolinera, ocupando posiciones estratégicas que bloqueaban las salidas.


No era casual, era táctico. Ramón dejó el trapo de limpieza sobre el dispensador y caminó lentamente hacia la tienda de conveniencia. Sus movimientos eran calculados, naturales, pero sus ojos grises escaneaban cada detalle, número de vehículos. posiciones, probables puntos de escape. De la primera camioneta bajaron cuatro hombres armados, todos vestían de negro con gorras y chalecos tácticos, donde se leía claramente CJNG en letras blancas.
De la segunda bajaron otros dos sicarios igualmente armados. La tercera camioneta mantuvo el motor encendido con al menos dos ocupantes más en el interior. Seis confirmados, posiblemente ocho, calculó Ramón mentalmente mientras fingía organizar cigarrillos detrás del mostrador. El que parecía ser el líder del grupo se acercó primero.
Era un hombre joven de unos 30 años con tatuajes en el cuello y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Su AK47 colgaba casualmente del hombro, pero su mano descansaba cerca del gatillo. “Buenas noches, jefe”, dijo el sicario con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos. “¿Cómo está la madrugada?” Ramón salió de la tienda con las manos visibles, manteniendo una expresión neutral, tranquila, como siempre.
Necesitan gasolina, entre otras cosas. El líder hizo una seña y sus hombres se dispersaron por la gasolinera, algunos revisando los alrededores, otros posicionándose cerca de los dispensadores. ¿Está solo? Sí, en la madrugada siempre trabajo solo. Perfecto. El sicario se acercó más estudiando el rostro de Ramón.
¿Sabe qué? Creo que este lugar nos va a servir muy bien. Ramón mantuvo su expresión calmada. ¿Para qué? Para nuestros negocios. El líder sonrió mostrando dientes de oro. Verá, jefe. Necesitamos un punto de control en esta carretera, un lugar donde nuestros clientes puedan hacer paradas técnicas. Los otros sicarios se rieron ante el eufemismo.
Ramón entendió perfectamente querían usar la gasolinera como punto de distribución de drogas o cobro de piso a los viajeros. Yo solo trabajo aquí, respondió Ramón. No soy el dueño. Eso no importa. El sicario caminó alrededor de Ramón como un depredador evaluando a su presa. Lo que importa es que usted va a cooperar con nosotros, ¿verdad? Uno de los sicarios más jóvenes se acercó al mostrador y comenzó a revisar la caja registradora.
Otro empezó a examinar las cámaras de seguridad buscando ángulos ciegos. “¡Oiga, jefe!”, gritó el que revisaba las cámaras. “Estas madres están grabando.” El líder frunció el ceño. “¿Las cámaras funcionan?” “Sí”, respondió Ramón sin inmutarse. “¿Quién ve las grabaciones?” Pemex, se revisan desde oficinas centrales.
El sicario sacó su celular y marcó un número. Patrón, sí, estamos en el Pemex. Sí, hay cámaras. ¿Entendido? Guardó el teléfono y miró fijamente a Ramón. Mi jefe dice que las cámaras son un problema. Necesitamos que se descompongan esta misma noche. No sé cómo hacerlo. Mintió Ramón. Claro que sabe. El líder se acercó hasta que dar a centímetros de la cara de Ramón y si no sabe, va a aprender muy rápido.
El sicario que había estado revisando el mostrador encontró algo que lo hizo detenerse. Oye, jefe, mira esto. Levantó una fotografía enmarcada que Ramón mantenía detrás del mostrador. En la imagen se veía un grupo de soldados en uniforme de combate, todos jóvenes, todos con expresión seria. Entre ellos, claramente reconocible, estaba un Ramón 20 años más joven.
¿Qué es esto?, preguntó el líder, arrebatándole la fotografía al sicario. Ramón sintió que su estómago se tensaba, pero mantuvo la expresión neutral. Y una foto vieja. Vieja de qué? El líder estudió la imagen más detenidamente. Estos son soldados, ¿verdad? Era joven. Hice el servicio militar obligatorio. El servicio militar obligatorio. El sicario se rió con uniforme de fuerzas especiales, con insignias de élite.
Los otros sicarios se acercaron intrigados por lo que había encontrado su compañero. La tensión en el aire se volvió palpable. Mira, jefe, continuó el líder. No me gusta que me tomen por [ __ ] Esta foto no es de servicio militar obligatorio. Esta es de unidades de élite. Ramón no respondió. Sus ojos se mantuvieron fijos en el líder, pero mentalmente ya estaba calculando distancias, posiciones, opciones de escape.
¿Sabe qué creo? El sicario guardó la fotografía en su bolsillo. Creo que nuestro amiguito el despachador no nos está diciendo toda la verdad. Uno de los sicarios más jóvenes se puso nervioso. Y si es militar activo. ¿Y si esto es una trampa? No es trampa, respondió el líder con confianza. Si fuera militar activo, ya habríamos visto refuerzos.
Este güey está solo y retirado. Se volvió hacia Ramón. ¿Verdad, mi general? Ya está fuera del negocio. El sarcasmo en la palabra general hizo que algo peligroso brillara en los ojos de Ramón, pero se controló. Ya les dije, solo trabajo aquí. Claro, claro. El sicario hizo una seña a sus hombres. Registren todo.
Quiero saber exactamente con quién estamos tratando. Los criminales comenzaron a revisar cada rincón de la gasolinera. Abrieron cajones, revisaron archivos, buscaron cualquier cosa que pudiera darles más información sobre el despachador nocturno que había resultado más interesante de lo esperado. Mientras tanto, Ramón permanecía inmóvil observando cada movimiento, catalogando cada posición.
En su mente entrenada, un plan comenzaba a formarse. Los sicarios no sabían que acababan de despertar algo que había estado dormido durante dos años, algo que había jurado no volver a usar nunca más. Pero algunas promesas estaban destinadas a romperse. 20 minutos después, los sicarios habían convertido la gasolinera en su territorio.
Uno de ellos había desconectado las cámaras de seguridad, otro bloqueaba la entrada principal y un tercero revisaba los vehículos que pasaban por la carretera, decidiendo cuáles podían continuar y cuáles debían detenerse para inspección. Ramón observaba todo desde su posición junto a los dispensadores, aparentando se

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