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Ladrones Secuestraron A Una Mujer En Jalisco — No Sabían Que Era La Esposa De El Mencho

No [ __ ] güey. Es el Mencho. Es la esposa del Mencho. Estamos muertos. Nos van a matar. El secuestro más caro de la historia del crimen mexicano comenzó a las 3:47 de la tarde en la plaza Galerías de Guadalajara, cuando cuatro ladrones de poca monta confundieron a una mujer elegante con la esposa de un empresario rico.
En realidad, acababan de secuestrar a Rosalinda González Valencia. esposa de Nemesio o Seguera Cervantes, mejor conocido como El Mencho, líder absoluto del cártel Jalisco Nueva Generación. La flaca, el zurdo, el pelón y el Chiquis llevaban tres meses planeando el golpe perfecto. Eran delincuentes de barrio que se dedicaban a robos menores, asaltos a tiendas de conveniencia y secuestros exprés de víctimas de clase media.
Su objetivo era simple, secuestrar a alguien con dinero, pedir un rescate de 2 millones de pesos y dividirse las ganancias para salir del país. Habían estado vigilando el centro comercial durante semanas, estudiando los patrones de mujeres adineradas que llegaban solas, manejando carros de lujo, cargando bolsas de diseñador. Rosalinda encajaba perfectamente en el perfil, 55 años, elegantemente vestida, joyas discretas pero caras, una camioneta escalat blanca del año.


Lo que no sabían era que esa mujer había salido sin su equipo de seguridad habitual, porque iba a una cita médica privada que quería mantener en secreto. Los 12 guardaespaldas que normalmente la acompañaban estaban esperándola en casa sin saber que su jefa había decidido manejar sola por primera vez en años. “Ahí está la gerita”, susurró el zurdo por su radio barato.
Sale del estacionamiento en la Escalade Blanca, placas de Jalisco. La flaca, única mujer del grupo y quien dirigía la operación, respondió desde una motocicleta onda robada. Perfecto, iniciamos la operación. Recuerden, nada de violencia innecesaria, solo queremos el dinero. El plan era simple, pero efectivo.
El pelón y el Chiquis bloquearían el tráfico en un semáforo usando una camioneta descompuesta, mientras la flaca y el zurdo se acercarían por ambos lados del vehículo para forzar a la víctima a salir. Rosalinda manejaba tranquilamente por avenida López Mateos pensando en los resultados médicos que acababa de recibir.
A los 55 años llevaba 30 casada con el hombre más poderoso y temido de México. Pero en ese momento solo era una mujer preocupada por su salud, ajena al peligro que se acercaba. El semáforo se puso en rojo. La Escalade se detuvo detrás de otros tres vehículos. Ahora ordenó la flaca, la camioneta descompuesta se atravesó bruscamente bloqueando el carril.
Los otros autos comenzaron a tocar el claxon, molestos por el embotellamiento repentino. El zurdo se acercó por el lado del conductor golpeando la ventanilla con una pistola 38. Bájese del carro, señora. Ahora, Rosalinda, que había vivido situaciones de peligro antes, no se asustó. Su primer instinto fue evaluar la situación.
Cuatro delincuentes, armas aparentemente reales, posiciones estratégicas. Eran profesionales, pero no del nivel que ella conocía. ¿Qué quieren?, preguntó con voz calmada, sin bajar el vidrio completamente. Queremos platicar con usted. Bájese tranquila y nadie sale lastimado. La flaca había llegado por el otro lado, apuntando también con un arma.
Señora, no queremos hacerle daño, solo necesitamos que nos acompañe. Rosalinda sabía que resistirse en ese momento era inútil. Había aprendido durante décadas de vivir con Nemesio, que a veces es mejor cooperar temporalmente mientras se busca una oportunidad mejor. Está bien, pero no me toquen. Salió del vehículo con dignidad, manteniendo la compostura a pesar de las circunstancias.
Los cuatro secuestradores la rodearon rápidamente, pero con más respeto del que mostraban habitualmente. Algo en su porte les decía que no era una víctima común. ¿A dónde me llevan?, preguntó mientras caminaba hacia la camioneta que habían usado para bloquear el tráfico. A un lugar seguro, señora. Si coopera, esto va a terminar rápido y sin problemas, respondió la flaca, quien había tomado el rol de negociadora.
El traslado duró 40 minutos por calles secundarias de Guadalajara hasta llegar a una casa abandonada en la colonia Santa Cecilia. Era una propiedad que el pelón había identificado semanas atrás, sin vecinos curiosos, múltiples salidas, perfecta para mantener a alguien secuestrado sin llamar la atención.
Durante el viaje, Rosalinda observó cada detalle: las rutas que tomaban, los rostros de sus captores, sus acentos, sus maneras de hablar. No parecían sicarios profesionales, sino delincuentes comunes que habían decidido dar un salto de nivel. “¿Cuánto piensan pedir por mí?”, les preguntó con curiosidad genuina. El zurdo se rió nerviosamente.
Señora, usted se ve como de dinero. Su familia va a poder pagar sin problemas. ¿Qué les hace pensar que mi familia tiene dinero? Su camioneta, su ropa, sus joyas. No es difícil darse cuenta. Rosalinda asintió. Era lógico desde su perspectiva. Una mujer de clase alta en Guadalajara con un vehículo de 800,000 pesos efectivamente parecía un objetivo rentable.
¿Y si mi familia no puede pagar lo que ustedes piden? La pregunta creó tensión en el vehículo. Los cuatro secuestradores se miraron entre sí. “Vamos a ser razonables”, dijo la flaca. No somos gente mala, solo necesitamos dinero para salir adelante. La casa abandonada era exactamente lo que Rosalinda había esperado. Paredes descascaradas, muebles viejos, olor a humedad.
Era el tipo de escondite que usaban delincuentes sin recursos sofisticados. Le dieron una silla de plástico en lo que había sido la sala principal. No la amarraron, lo que confirmó su evaluación. eran amateur relative a los estándares que ella conocía. “Señora”, dijo la flaca sacando un teléfono celular barato.
“Necesitamos que nos dé el número de alguien de su familia que pueda pagar su rescate. ¿Cuánto piensan pedir?” 2 millones de pesos. Rosalinda tuvo que contener una sonrisa. En el mundo donde vivía, 2 millones de pesos era lo que su esposo gastaba en gasolina. para sus camionetas en una semana. ¿Y creen que esa cantidad vale mi vida? Señora, no le vamos a hacer daño si su familia coopera y si no coopera hubo un silencio incómodo.
Era obvio que no habían pensado completamente en las consecuencias de su plan. Deme el teléfono”, dijo Rosalinda. “Finalmente, voy a llamar a mi esposo.” Lo que los cuatro secuestradores no sabían era que el teléfono de Nemesio Ceguera estaba monitoreado las 24 horas por equipos de inteligencia del CJNG. La llamada sería rastreada automáticamente y la ubicación exacta estaría identificada en menos de 3 minutos.
Rosalinda marcó el número que conocía de memoria. El teléfono sonó dos veces. Rosalinda era la voz de su esposo, pero con un tono que ella reconocía perfectamente, la calma peligrosa que precedía a explosiones de violencia absoluta. Hola, Nemesio. Tengo una situación. ¿Dónde estás? con unas personas que quieren hablar contigo sobre dinero.
El silencio que siguió duró 10 segundos. Los cuatro secuestradores podían sentir la tensión a través del teléfono. “Pásame a uno de ellos”, dijo el mencho con voz helada. La flaca tomó el teléfono nerviosa, pero tratando de mantener control de la situación. “¿Con quién hablo?” “Con el esposo de la señora que tienes ahí.
¿Qué quieres? Queremos 2 millones de pesos por su esposa. Si coopera, ella regresa a casa sin problemas. ¿Cómo te llamas? Eso no importa. A mí sí me importa. ¿Cómo te llamas? La voz al otro lado del teléfono tenía una autoridad que la flaca no había escuchado antes. No era miedo, era poder absoluto. Me dicen la flaca. Flaca, ¿sabes quién soy yo? El esposo de la señora.
Soy Nemesio Oseguera. La línea se quedó en silencio total. Los cuatro secuestradores se miraron entre sí con confusión. Nemesio o Cuera Cervantes, preguntó la flaca con voz temblorosa. Sí, el mencho. Sí, fue como si hubieran recibido una descarga eléctrica simultánea. El zurdo se llevó las manos a la cabeza.
El pelón se quedó con la boca abierta. El chiquis comenzó a caminar en círculos, repitiendo “No, no, no” como mantra de desesperación. La flaca sintió que las piernas se le volvían gelatina. Ha

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