En un operativo que pasará a la historia de la seguridad nacional, las fuerzas de élite del Estado mexicano han puesto fin a la era del capo más buscado y temido de las últimas dos décadas. Nemesio Oseguera Cervantes, conocido mundialmente como “El Mencho”, líder absoluto del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ha sido abatido. Lejos de la imagen de poder omnipotente que proyectó durante años, su final ocurrió en la soledad de una cabaña en Tapalpa, Jalisco, rodeado no por ejércitos, sino por sus propios demonios, enfermedades crónicas y una fe desesperada que, al final, no logró salvarlo.
Las imágenes exclusivas del operativo, que duró apenas 45 minutos, revelan una realidad cruda y poco glamurosa. El “búnker” del capo era, en esencia, la cabaña número 39 del exclusivo fraccionamiento campestre Tapalpa Country Club. En lugar de grandes bóvedas repletas
de dinero o arsenales de película, los peritos federales encontraron un escenario propio de un hombre enfermo que intentaba prolongar su vida.
Sobre la mesa de noche, junto a su cama, no había armas de alto calibre, sino medicamentos específicos para tratar la insuficiencia renal crónica, una dolencia que padecía desde hacía años y que sin duda limitaba sus capacidades. La escena se completaba con una perturbadora mezcla de cotidianidad y fanatismo: fruta fresca en la cocina, ropa desordenada y, en la habitación principal, un altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y San Charbel. Destacaba una carta fechada en enero de 2026, con el Salmo 91 escrito a mano, una plegaria que invoca protección divina contra la plaga y la desgracia.
El enfrentamiento final
La madrugada del 22 de febrero marcó el inicio del fin. Un helicóptero militar sobrevoló el cerro, soltando ráfagas de advertencia mientras las fuerzas de la Guardia Nacional cerraban el perímetro del fraccionamiento. La respuesta del capo fue un intento desesperado de huida a través de los matorrales, buscando alcanzar una zona boscosa conocida como Altagracia. No llegó lejos.
En el fragor del combate, dos de sus escoltas más cercanos, Genaro y Andrés, fueron capturados vivos. Otros miembros de su equipo de seguridad murieron en el sitio o durante el ataque aéreo sobre el helicóptero. Estos hombres no eran guardias comunes; pertenecían al primer círculo de seguridad, el “núcleo duro” que custodiaba los secretos más oscuros del cartel. Su captura no fue fortuita; estaban exactamente donde no debían estar, custodiando a un líder moribundo que rezaba por protección mientras las fuerzas del Estado ejecutaban la orden de captura.
Justicia y negación en la sala de audiencias
Tras su detención, Genaro y Andrés fueron trasladados a la Ciudad de México y puestos a disposición de la Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada. En la audiencia inicial, celebrada el 24 de febrero, los detenidos intentaron convencer a una juez federal de que su presencia en el lugar había sido una coincidencia desafortunada.

“Estábamos en el lugar equivocado en el momento equivocado”, argumentaron, solicitando pruebas de rodisonato de sodio para demostrar que no habían disparado sus armas. La Fiscalía General de la República (FGR) fue implacable, presentando pruebas irrefutables: portación de armas de uso exclusivo, cargadores de alta capacidad y aditamentos tácticos. La jueza no dudó: prisión preventiva oficiosa sin posibilidad de fianza. Poco después, fueron trasladados en un convoy blindado de alta seguridad al penal del Altiplano, el mismo recinto que una vez albergó a “El Chapo” Guzmán.
Un cuerpo sin reclamar
Mientras sus escoltas iniciaban su condena, una pregunta inquietante quedó en el aire: ¿qué ocurrirá con los restos de Nemesio Oseguera Cervantes? Días después del operativo, el cuerpo del capo permanece bajo custodia federal. Un abogado se presentó ante las autoridades afirmando representar a la familia, pero la realidad en el México actual es que reclamar el cuerpo de un criminal de tal magnitud es, en efecto, un suicidio legal y mediático.
El proceso es exhaustivo: identificación genética, cadena de custodia rigurosa y autorización judicial. Si en el plazo estipulado ningún familiar se atreve a dar la cara oficialmente, el destino de quien fuera el hombre más peligroso del hemisferio es el olvido: una fosa común, sin nombre ni coordenadas públicas, enterrado entre desconocidos en algún panteón municipal.
El fin de un imperio

La caída del Mencho pone de manifiesto la fragilidad de los imperios construidos sobre el terror. Durante 20 años, Oseguera Cervantes dictó sentencias de muerte desde las sombras, financió ejércitos privados con el sangriento negocio del fentanilo y mantuvo a estados enteros bajo su yugo. Sin embargo, su fin no fue heroico ni épico. Fue el cierre silencioso de una vida que, al final, estuvo marcada por la enfermedad y la soledad.
Mientras el Cártel Jalisco Nueva Generación comienza a reorganizarse en las sombras, buscando un nuevo sucesor para el trono, la historia de “El Mencho” sirve como recordatorio de que, eventualmente, el peso de las acciones criminales supera cualquier protección humana o divina. El Salmo 91 no lo protegió, y sus ángeles, al menos no los que él esperaba, no estuvieron presentes en los pinos de Tapalpa para salvarlo de su destino final.