El boxeo es un deporte de contrastes brutales, donde la distancia entre la gloria eterna y el olvido absoluto se puede cruzar en un abrir y cerrar de ojos. En la rica historia del pugilismo mexicano, pocos nombres brillaron con tanta intensidad y carisma como el de Rubén “Púas” Olivares. Antes de la aparición de figuras colosales como Julio César Chávez, el “Púas” era el rey indiscutible, un ícono nacional amado por el pueblo, poseedor de una pegada fulminante en el peso gallo y un imán absoluto para las multitudes. Sin embargo, el tiempo no perdona y las luces de los reflectores terminan por apagarse. Hoy, a las puertas de cumplir 80 años, la realidad del ex campeón mundial es drásticamente diferente y profundamente conmovedora: el hombre que alguna vez nadó en millones de dólares y lujos ahora se sienta detrás de una modesta mesa en un mercado popular para vender sus recuerdos y sobrevivir al día a día.
Para entender la magnitud de su caída, es fundamental comprender los orígenes de este guerrero. Rubén Olivares no nació en la comodidad; su vida comenzó en la crudeza y las carencias del barrio de Bondojito, en la alcaldía Gustavo A. Madero de la Ciudad de México. Desde muy pequeño conoció el significado del trabajo duro. Debido a la apremiante situación económica de su hogar, su padre lo
sacó de la escuela para enseñarle el oficio de la albañilería. A los cinco años, el pequeño Rubén ya madrugaba para trabajar como un adulto más, ayudando también en los negocios familiares que incluían la producción artesanal de combustible para estufas y un puesto de tortillas.

El destino del “Púas” cambió cuando descubrió el boxeo gracias a las peleas que los niños del barrio veían amontonados en la casa del único vecino que tenía televisión. Aquello encendió una chispa en su interior. Poseedor de una fuerza física envidiable moldeada por los años de albañilería y un instinto de pelea pulido en las riñas callejeras, Olivares ingresó al legendario Gimnasio Jordán. Con apenas 25 pesos mensuales y una determinación inquebrantable, le dijo a su entrenador que quería ser campeón del mundo, una ambición que en su momento causó risas pero que él se encargaría de transformar en una realidad histórica.
Su ascenso en el ámbito profesional fue meteórico y destructivo para sus rivales. Entre los años 1965 y 1970, Olivares construyó una racha legendaria de 64 peleas invicto. Lo que lo hacía verdaderamente único era su pegada descomunal, una potencia de nocaut que rara vez se veía en la división de los pesos gallo. En Los Ángeles lo bautizaron con admiración como “Mr. Knockout”. Su entrega en el ring era tal que en sus inicios llegó a pelear y noquear a un rival con la mandíbula fracturada y anestesiada en el torneo de los Guantes de Oro. Posteriormente, protagonizó una de las trilogías más feroces y recordadas de la historia del boxeo contra su compatriota Chucho Castillo, arrebatándole y recuperando los títulos mundiales del Consejo Mundial de Boxeo (CMB) y de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB) en batallas auténticamente sangrientas. Su grandeza se consolidó aún más al subir de categoría y derrotar a Kensuke Utawa, convirtiéndose en el primer boxeador mexicano en reinar en dos divisiones distintas.
Sin embargo, a la par de sus éxitos deportivos, un peligroso entorno comenzó a gestarse a su alrededor. El “Púas” no solo era un boxeador temible, sino un personaje sumamente carismático. Su enorme sonrisa y su personalidad relajada lo llevaron a dar el salto a la pantalla grande durante la década de los 70 y 80, participando en el cine popular mexicano en cintas como “La pulquería” y “Que viva Tepito Vale”. El carisma que mostraba ante las cámaras era el mismo que derrochaba en la vida nocturna. Los excesos, las fiestas interminables y las distracciones empezaron a erosionar su disciplina deportiva. Hubo ocasiones alarmantes en las que el campeón simplemente desaparecía de sus campamentos de entrenamiento por días; en una oportunidad, su propio mánager lo localizó en un motel consumiendo alcohol en lugar de prepararse para un combate crucial.
A principios de los años 80, el declive sobre el cuadrilátero se volvió innegable. Su velocidad disminuyó, su resistencia se evaporó y las peleas pasaron de ser batallas por la gloria a obligaciones financieras. En su última pelea profesional en 1986, Olivares fue trágicamente noqueado por Ignacio Madrid, un boxeador con escasa experiencia, marcando el doloroso fin de una era dorada. El propio Olivares, al mirar atrás con madurez y una enorme dosis de honestidad, reconoció con los años cuál fue su oponente más destructivo: “El peor rival fue la bebida”.

El dinero que fluyó a manos llenas durante sus años de esplendor desapareció con la misma rapidez con la que llegó. Olivares se caracterizó siempre por una generosidad desmedida y desinteresada; solía acudir a lujosos restaurantes, cabarés y bares rodeado de enormes comitivas de supuestos amigos y pagaba absolutamente todo sin dudarlo. Ayudaba a familiares, conocidos y vecinos de su antiguo barrio que acudían a él en busca de apoyo económico. Lamentablemente, esa confianza ciega lo volvió extremadamente vulnerable a las estafas y los malos negocios. Perdió una propiedad en la colonia Lindavista debido a una transacción informal que resultó inválida y corrió la misma suerte con una supuesta flotilla de taxis de la cual pagó los costos pero nunca obtuvo la propiedad legal.
Hoy en día, despojado de la inmensa fortuna que construyó a base de golpes, Rubén “Púas” Olivares pasa sus jornadas en un pequeño puesto en la Lagunilla, uno de los mercados callejeros más emblemáticos de la Ciudad de México. El hombre que en el pasado paralizaba al país entero ahora se sienta pacientemente detrás de una mesa a firmar autógrafos para los pocos aficionados nostálgicos que se acercan a recordarlo. Un póster firmado por la leyenda cuesta alrededor de 100 pesos, mientras que unos guantes con su rúbrica pueden llegar a los 50,000 pesos. En su puesto también exhibe curiosidades como cuadros de madera de la Última Cena donde los apóstoles portan guantes de boxeo y, como pieza central de su nostalgia, un auténtico cinturón de campeonato del CMB tasado en un millón de dólares, una cifra astronómica que hasta la fecha ningún comprador ha estado dispuesto a desembolsar.
A pesar del evidente y triste contraste económico, y de requerir el apoyo constante de sus familiares y nietos para salir adelante en su vejez, el “Púas” no guarda amargura ni resentimiento en su corazón. Su gran esperanza actual es poder vender formalmente los derechos de su vida para la realización de una película o serie biográfica, con el firme objetivo de asegurar un patrimonio económico para su familia antes de que llegue el último asalto de su existencia. Al final del día, la figura de Rubén Olivares permanece intacta en la memoria colectiva: un hombre que demostró tener el coraje y el talento para salir de la más absoluta pobreza y convertirse en leyenda, pero al que lamentablemente le faltaron las herramientas necesarias fuera del ring para proteger el imperio que edificó con sus propios puños.