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Viuda millonaria de Medellín se volvió a casar: su cuarto esposo murió igual que el primero.

El analista de seguros que destapó este caso no era detective. Era un hombre de 38 años llamado Camilo, que trabajaba en una oficina de Bogotá revisando reclamaciones de pólizas de vida, un trabajo que la mayoría de la gente describiría como lo opuesto a emocionante. Camilo llevaba 11 años leyendo números, cruzando fechas, verificando beneficiarios.

11 años mirando la muerte desde la distancia fría de una hoja de cálculo y en 11 años nunca había visto esto. Cuatro pólizas, cuatro hombres distintos, cuatro muertes clasificadas como accidente o causa natural, cuatro pagos realizados sin objeciones, porque cada caso visto de manera individual era perfectamente creíble.

 Una sola beneficiaria en todas. Isabel Montoya Ríos, 54 años, Medellín. Camilo me dijo que cuando el sistema le mostró la cuarta coincidencia, se quedó mirando la pantalla durante casi 2 minutos sin hacer nada. Después cerró la puerta de su oficina, llamó a su supervisor y dijo tres palabras que pusieron en marcha todo lo que voy a contarte.

 Esto no es casualidad. Para entender lo que ocurrió, hay que empezar por el final. Hay que ir a una finca en las afueras de Río Negro, Antioquia, un sábado de agosto, cuando el jardinero llegó a las 7 de la mañana y encontró a Rodrigo Estupiñán flotando boca abajo en la piscina. Rodrigo tenía 69 años, empresario textil, viudo desde 2018, con una historia clínica que incluía hipertensión controlada y el tipo de vida que los médicos llaman de riesgo cardiovascular, con una frase que suena técnica, pero significa simplemente come bien, toma trago,

trabaja demasiado, duerme poco. El nivel de alcohol en su sangre esa mañana era de 1.8 g por litro. El médico forense de turno escribió: “Ahogamiento accidental con probable compromiso cardiovascular secundario a ingesta de alcohol y firmó el certificado con la eficiencia de quien ha llenado ese mismo formulario cientos de veces.

 Rodrigo Estupiñán era el cuarto esposo de Isabel Montoya y era el cuarto en morir. Antes de seguir, necesito que entiendas quién era Isabel, no como la describe el expediente judicial. que es una versión plana de una persona compleja, sino como la describieron las personas que la conocieron antes de que todo esto saliera a la luz.

 Isabel Montoya Ríos había nacido en Itagüí, la segunda de cinco hijos de una familia que no tenía nada particularmente notable ni en un sentido ni en el otro. Había estudiado administración de empresas en una universidad privada de Medellín con una beca parcial que ella misma había gestionado. Había trabajado en recursos humanos de una empresa mediana durante 8 años antes de conocer a su primer esposo, Aurelio.

 Era inteligente, eso lo dijeron todos, amigos y enemigos por igual, del tipo de inteligencia que no se exhibe, sino que se usa callada y precisa cuando hace falta. Era también, según quienes la trataron en los años intermedios, entre un matrimonio y el siguiente, una mujer con una capacidad genuina para hacer que la gente a su alrededor se sintiera vista, escuchada, importante.

 Eso, como vas a entender más adelante, era exactamente su habilidad más peligrosa. Mirá esta historia llegó a mí desde varios ángulos al mismo tiempo. Medellín, Bogotá, Cali. una finca en Río Negro. Y sé que este tipo de casos genera conversación en lugares que yo no imagino. Si estás viendo esto ahora, escribí en los comentarios el país desde donde me escuchas. Solo eso.

 Me interesa saber hasta dónde llegan estas historias, porque cada vez que reviso esa sección encuentro lugares que me sorprenden. Bien, volvemos a Isabel. La primera vez que el nombre de Isabel Montoya aparece en un registro policial es en 2012. Aurelio Méndez, primer esposo, 72 años, muere de paro cardíaco en su apartamento del poblado.

 Isabel llama a la ambulancia a las 6:43 de la mañana. Dice que lo encontró así cuando se despertó. El médico de guardia no encuentra nada que justifique una investigación. Aurelio tenía tres factores de riesgo cardiovascular documentados. y había ignorado las recomendaciones de su cardiólogo durante años. 47 días después, Isabel cobra una póliza de vida por $400,000.

Nadie hace ninguna pregunta. Esto es importante. Guárdalo. 4 años después, en 2016, el segundo esposo Hernán Villegas, 66 años, empresario de Cali. muere en un accidente de tránsito en una vía secundaria cerca de Palmira un domingo por la noche. El informe dice que perdió el control del vehículo en una curva sin guardar rail. Nivel de alcohol, 0.9.

No es un número alarmante para un hombre de su peso, pero es suficiente para explicar un desliz en la oscuridad. El detalle que ningún investigador notó en ese momento, el detalle que solo se vuelve relevante cuando sabés lo que sé yo ahora, es que Hernán Villegas nunca tomaba esa vía para volver a Cali.

 Su ruta habitual era la autopista. La vía donde murió era más larga y peor iluminada. ¿Qué hacía ahí? Nadie lo preguntó en 2016. La póliza que Isabel cobró ese año fue de $00,000. El tercer esposo es donde la historia empieza a tener grietas visibles, aunque en su momento tampoco fueron suficientes. Gustavo Peña, 71 años, Bogotá.

Muere en 2019 de infarto agudo de miocardio en la habitación del hotel donde él Isabel estaban alojados durante un viaje a Cartagena. Isabel llama al servicio de emergencias a las 3:22 de la mañana. Dice que Gustavo se había despertado con dolor en el pecho y que antes de que ella pudiera hacer nada, perdió la conciencia.

 La hija de Gustavo, una mujer llamada Marcela, que tiene 44 años, y la tenacidad de alguien que no acepta respuestas vagas, me contactó semanas después de que empecé a publicar notas sobre este caso. Me dijo que ella había estado en el hospital esa madrugada, que había llegado en el primer vuelo disponible desde Bogotá.

que cuando llegó Isabel ya estaba en la sala de espera compuesta, con el cabello ordenado, con un café en la mano. “Mi papá llevaba menos de dos horas de haber muerto”, me dijo Marcela. Yo llegué destrozada. Ella tenía el cabello peinado. Le pregunté si eso le generó sospecha en ese momento. Me generó algo que no supe nombrar por años.

 Ahora sé que era certeza. Marcela llevaba 4 años intentando que alguien la escuchara. 4 años con una carpeta de documentos que nadie había revisado hasta que Camilo, el analista de seguros, cruzó cuatro nombres en una hoja de cálculo y el sistema marcó lo que ningún ser humano había querido ver antes. La investigación formal comenzó 9 días después de la muerte de Rodrigo.

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