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Una periodista suiza busca el caos y se sorprende en su primer día en Colombia, terminando por elogiar

Hace tres noches, en una reacción aséptica de Zich, una mujer miraba su pasaporte con una mezcla de resignación y terror. Lisa Müller, una periodista suiza de 39 años, había construido su carrera sobre la precisión. Para ella, el mundo era una ecuación. Si es infraestructura y es educación cívica, entonces es una sociedad funcional.

Había visitado más de 60 países y sus columnas eran famosas por ser tan afiladas y frías como un bisturi quirúrgico. No había lugar para el sentimentalismo en sus reportajes, pero ahora su editor jefe le había lanzado una curva que amenazaba con descarrilar su lógica perfecta. Lisa le había dicho el hombre ajustándose las gafas, quiero una serie comparativa.

Tres megalópolis, tres continentes, Tokio, Ciudad de México y Bogotá. Lisa sintió un escalofrío. Tokio era el sueño húmedo de cualquier perfeccionista. Ciudad de México, aunque caótica, tenía un encanto antropológico. Pero Bogotá, Colombia, en la mente de Elisa, alimentada por décadas de noticias sensacionalistas y series de Netflix, Colombia no era un destino, era una advertencia.

Imaginaba calles de tierra, hombres armados en cada esquina, un caos absoluto donde la vida valía menos que un franco suizo. “Es solo para hacer contraste, ¿verdad?”, preguntó ella, intentando ocultar su ansiedad. Tokio será el cielo, México el purgatorio y Bogotá. Bueno, el infierno. El editor sonríó enigmáticamente.

No saques conclusiones antes de subirte al avión, Lisa. A veces el caos aparente esconde un orden que nuestros ojos europeos no saben leer. Ve y mira con tus propios ojos. Empacar fue un ejercicio de paranoia. Lisa metió en su maleta candados extra, una riñonera oculta para el dinero y eliminó cualquier joya visible.

Su itinerario era estricto, cuatro días en la impecable Tokio, tres en la ruidosa ciudad de México y tres finales en Bogotá, la ciudad a la que temía. Tokio fue exactamente lo que esperaba, un ballet de eficiencia. En el cruce de Sibuya, miles de personas cruzaban sin rozarse. El metro llegaba al segundo exacto.

Nadie hablaba alto. Era impresionante. Sí, pero al tercer día, Lisa sintió un vacío extraño. Era una perfección robótica. La gente era educada, pero distante. Si se le caía un papel, alguien lo miraba, pero nadie se detenía sonreír. Era una sociedad de cristal, hermosa, pero fría al tacto. Luego vino Ciudad de México.

El choque fue brutal. El ruido, los colores, el olor a tacos al pastor mezclándose con el humo de los escapes. Era vital, vibrante, pero agotador. El tráfico era una bestia indomable y la sensación de inseguridad latente la mantuvo en alerta máxima. Escribió en su libreta, “Tokio es una máquina, México es un volcán en erupción.

” Y entonces llegó el momento de abordar el vuelo de Avianca hacia Bogotá. Mientras el avión sobrevolaba la cordillera de los Andes, Lisa se aferraba a los reposabrazos. Esperaba aterrizar en una pista polvorienta rodeada de selva. Esperaba que al salir del aeropuerto la saltar. Esperaba lo peor, pero lo imposible sucedió apenas las ruedas tocaron la pista del aeropuerto internacional El Dorado.

 Lisa bajó del avión con su postura defensiva habitual, la mochila apretada contra el pecho. Caminó hacia migración esperando colas interminables, funcionarios corruptos y calor sofocante. En cambio, se encontró con una terminal de techos altos, aireada y reluciente. El aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta, pero lo que la detuvo en seco fue la tecnología.

Biomik leyó en un cartel. Vio a los pasajeros locales pasar por unos escáneres de Iris que procesaban su entrada en menos de 10 segundos. Ni siquiera en Zich el proceso era tan fluido. Se acercó a la fila de extranjeros preparada para la burocracia. El oficial de migración, un hombre joven con el uniforme impecable, la miró.

Buenos días, su mercé. Bienvenida a Colombia. Pasaporte, por favor. El acento la descolocó. Era suave, cantado, increíblemente educado. Nada que ver con los gritos que esperaba. “Vengo de Suiza”, dijo ella, tensa. “Soy periodista.” El oficial selló su pasaporte con una sonrisa genuina. Qué bacano. Suiza es hermoso.

 Dicen que los chocolates son la locura. Espero que disfrute Bogotá, mi señora. Si necesita ayuda, no dude en preguntar. Ah, y pruebe la Jiaaco. No se vaya sin probarlo. Lisa Parpadeo. ¿Dónde estaba la hostilidad? ¿Dónde estaba el interrogatorio sospechoso? recuperó su maleta, que salió puntualmente en la cinta y salió a la zona de llegadas.

Buscó con la mirada el caos los taxistas agresivos jalándole la ropa. En su lugar vio una fila ordenada de taxis amarillos y una zona designada para Uber. Subió a un taxi. El conductor, un señor mayor con una voina, se giró. Buenas, vecina. ¿Para dónde la llevo? al hotel en la zona G, respondió ella, revisando que la puerta estuviera bloqueada.

El taxi arrancó. El conductor no intentó estafarla ni dar vueltas innecesarias. Encendió el taxímetro inmediatamente. ¿Primera vez en la nevera?, preguntó él mirando por el retrovisor. La nevera. Así le decimos a Bogotá, mija, por el frío. Pero no se preocupe, que el calor lo pone la gente. Mientras el auto avanzaba por la avenida del Dorado, la calle 26, Lisa miró por la ventana y su mandíbula se aflojó.

No había caos. Había una avenida inmensa rodeada de verde. Murales artísticos de una calidad impresionante adornaban los puentes, graffitis que no eran vandalismo, sino arte puro, contando historias de indígenas, de jaguares, de esperanza. A su izquierda, los cerros orientales se alzaban majestuosos, una pared verde esmeralda que abrazaba la ciudad de ladrillo rojo.

Es es muy verde, murmuró, casi para sí misma. Es una chimba, ¿cierto?, dijo el taxista con orgullo. Bogotá es caótica a veces. Sí, el tráfico es una vaina seria, pero es nuestra casa. Llegó al hotel. El recepcionista no solo hablaba un inglés perfecto, sino que la trató como si fuera una vieja amiga que regresaba a casa. Doña Lisa, aquí tiene un mapa.

 Le marqué no solo los sitios turísticos, sino donde venden el mejor tinto de la zona. Y cuidado con el mal de altura, tómelo con calma hoy. Esa primera noche, Lisa se acostó confundida. La ciudad moderna, los edificios de ladrillo que brillaban bajo la lluvia, la amabilidad extrema, no encajaba con su guion. Seguro mañana veré la realidad, pensó.

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