Valeria Ríos tenía 41 años cuando volvió a Ayacucho. No fue por nostalgia, fue porque su tía Esperanza, la única familia que le quedaba en el sur, había sufrido un derrame cerebral leve y llamó llorando a las 3 de la madrugada con la voz arrastrada y el miedo de quien sabe que ya no puede vivir sola.
La secretaria parroquial, una mujer joven llamada Milagros, la hizo esperar en un corredor lateral mientras buscaba al padre Aurelio. Valeria esperó de pie junto a una puerta entreabierta que daba a la sacristía. Adentro había dos hombres hablando en voz baja. No los veía, pero los escuchaba con claridad suficiente.
El primero dijo, “La reunión de los hijos es el jueves. Aurelio quiere que estemos todos antes de la procesión grande.” El segundo respondió algo que Valeria no alcanzó a descifrar por completo, pero en lo que sí reconoció fue una palabra, mamani. Después hubo silencio y pasos que se alejaban.
Cuando Milagros volvió a decirle que el padre no podía atenderla ese día, Valeria agradeció con calma, salió a la plaza y anotó en su cuaderno las dos cosas que había escuchado. Las rodeó con un círculo. Esa noche [música] buscó en todos los archivos digitales disponibles cualquier mención a los hijos del sudario.

no encontró nada en la prensa regional, nada en los boletines parroquiales que estaban subidos al sitio web de la diócesis, nada en los registros públicos de asociaciones civiles del municipio. Era un nombre que existía en conversaciones privadas y en ningún otro lugar. Fue doña Carmen quien, sin saberlo, abrió la primera puerta.
Valeria la invitó a tomar mate esa tarde con el pretexto de agradecerle el caldo del día anterior. Esperó el momento en que la conversación se volvió cómoda y entonces preguntó de forma lateral si conocía algún grupo de oración especial dentro de la parroquia de San Francisco, algo más cerrado para hombres. Doña Carmen la miró un segundo antes de responder.
Hay una hermandad, dijo finalmente. Llevan años. Son los que organizan la procesión del viernes santo por dentro, los que deciden quién carga qué paso, quién entra a los depósitos, quién firma los contratos con los proveedores. Nadie entra si el padre Aurelio no lo invita y nadie habla de lo que pasa adentro.
¿Cómo se llaman? Doña Carmen bajó un poco la voz como si la costumbre del secreto fuera contagiosa. Los hijos del sudario. El sudario es el lienzo que cubre el Cristo muerto en el paso principal. Dicen que el grupo existe desde los años 90, pero nadie sabe bien cuándo empezó ni cuántos son exactamente. Lo que sí sé es que son hombres con plata o con influencia.
El juez de paz es [música] uno, el dueño de la constructora que hizo el mercado nuevo también. Y hay un par más que no recuerdo ahora. Y el padre Aurelio los dirige. Es la cabeza. [música] Sin él no hay grupo. Valeria regresó a su cuarto y pasó 3 horas organizando lo que tenía. Por un lado, un nombre sin registro público, un grupo cerrado de hombres influyentes operando dentro de la estructura de la parroquia más importante de la ciudad.
Por otro, una mujer muerta en 2022, Rosa Mamani, voluntaria de esa misma parroquia, sin seguimiento periodístico, sin causa de muerte cuestionada públicamente, sin nadie que hubiera insistido en preguntar. Al día siguiente fue al cementerio general de Ayacucho. Encontró la tumba de Rosa Mamani en el sector B, [música] bloque 14.
Era una lápida sencilla de cemento pintado en blanco con letras grabadas a mano. Tenía flores secas que alguien había dejado hacía tiempo. Valeria fotografió la lápida y la fecha. [música] 38 años. Abril de 2022. Tres semanas antes de la Semana Santa de ese año. Esa tarde localizó a la hermana de Rosa, una mujer llamada Patricia Mamani, que vivía en el distrito de Jesús Nazareno, a 20 minutos del centro.
Valeria no se presentó como periodista. Dijo que había conocido a Rosa años atrás a través de la parroquia y que había vuelto a Ayacucho y se había enterado de su muerte. Patricia la recibió en una sala pequeña con sillas de plástico y una televisión prendida que nadie miraba. Tardó varios minutos en hablar con comodidad, pero cuando empezó no se detuvo.
Rosa llevaba 4 años como voluntaria en San Francisco. Ayudaba con los registros administrativos, con los inventarios de los depósitos, con la organización de los proveedores antes de cada Semana Santa. Era ordenada, seria, de confianza. El padre Aurelio la felicitaba delante de todos. Enero de 2022, Rosa le contó a Patricia que había encontrado algo en los archivos de la parroquia.
Documentos que no coincidían con los registros oficiales, facturas de empresas que no aparecían en ningún lado, montos que salían y no volvían. “¿Le dijo a alguien más?”, preguntó Valeria. Patricia asintió despacio. Le dijo al padre Aurelio, “¿Y qué pasó? Tres meses después estaba muerta. El silencio que siguió fue largo.
La televisión seguía prendida. Un noticiario hablaba del clima en la costa. [música] La autopsia dijo, paro cardíaco.” Continuó Patricia. Rosa tenía 38 años y no tenía ningún problema del corazón nunca. Fui al médico que la atendía desde niña y me lo dijo él mismo. No había ninguna condición previa. Intenté pedir una segunda autopsia, pero me dijeron que el cuerpo ya había sido enterrado dentro del plazo legal y que necesitaba pruebas de irregularidad para reabrir el caso.
¿Qué pruebas iba a tener yo? Valeria volvió caminando al barrio de Santa Ana, porque necesitaba el aire frío de la sierra para ordenar lo que acababa de escuchar. A mitad de la cuesta se detuvo y miró la ciudad abajo, las torres de las 33 iglesias contra el cielo del atardecer, el sonido lejano de una campana marcando la hora.
Rosa Mamani había encontrado documentos irregulares. Se los había dicho al padre Aurelio. Tres meses después había muerto de un paro cardíaco sin historia clínica que lo explicara y nadie había preguntado lo suficiente. Valeria abrió su cuaderno y escribió debajo del círculo de la noche anterior una sola pregunta.
¿Cuántos saben y cuántos callan? La Semana Santa comenzaba en 29 días. La oportunidad llegó sin que Valeria la buscara. Milagros, la secretaria parroquial, era sobrina de una amiga de tía Esperanza. En Ayacucho, esa clase de conexión equivalía a una puerta entreabierta. Valeria la invitó a almorzar un jueves. Escuchó sus problemas con el novio, habló poco de sí misma y al final, casi como dato sin importancia, mencionó que le gustaría ayudar con la organización de los proveedores antes de la Semana Santa. Tenía experiencia administrativa,
tenía tiempo, quería colaborar con la parroquia. Milagros lo mencionó al padre Aurelio esa misma tarde. El viernes siguiente, Valeria estaba sentada frente a cajas de documentos en la sala de archivos de San Francisco de Asís. Trabajó tres tardes seguidas. Revisaba inventarios, cotejaba facturas con registros de pago, fotografiaba discretamente con el celular, lo que no cerraba. Y había mucho que no cerraba.
El patrón era el mismo que Rosa Mamani había descubierto tres años antes. Empresas proveedoras que aparecían en las facturas, pero no tenían registro tributario verificable. Pagos duplicados por servicios que los registros oficiales consignaban con montos distintos. Una cuenta de gastos llamada logística procesional, que absorbía transferencias periódicas sin respaldo documental. Claro.
La empresa central se llamaba Servicios Culturales Wari. Emitía facturas por restauración de pasos, mantenimiento de andas y producción de materiales litúrgicos. Los montos eran lo suficientemente moderados para no disparar alarmas inmediatas, pero lo suficientemente constantes para acumularse. Valeria calculó con los documentos que pudo fotografiar un desvío aproximado de 190 1000 soles entre 2021 y 2024, posiblemente más.
La tarde del tercer día encontró algo diferente al fondo de una caja que no tenía etiqueta. Era un sobre manila cerrado con cinta adhesiva. Adentro había una hoja escrita a mano con letra pequeña y apretada. Reconoció el nombre en la esquina superior. Rosa Mamani. Fecha febrero de 2022. Era una lista.

Nombres, fechas, montos y al final una línea escrita con más presión que el resto, como si quien la escribiera hubiera necesitado afirmarse antes de terminar. Los hijos del sudario aprueban cada pago. Sin la firma del padre no sale nada. Valeria fotografió la hoja completa, devolvió el sobre exactamente como estaba y salió de la sala de archivos con paso normal.
Saludó a Milagros en la puerta y caminó tres cuadras antes de detenerse en el umbral de una tienda de abarrotes para respirar. Rosa había documentado todo y ese documento había permanecido en una caja sin etiqueta dentro de la misma parroquia donde la habían silenciado. Esa noche llamó a un contacto en Lima, un contador forense con quien había trabajado en una investigación años atrás.
Le envió las fotografías por canal cifrado y le pidió un análisis preliminar. La respuesta llegó a las 2 de la madrugada. Esto es desvío sistemático, bien estructurado, [música] alguien que sabe lo que hace. Valeria cerró el teléfono y se quedó sentada en el borde de la cama en el cuarto de su infancia con el Señor de los Milagros mirando desde la pared y el frío de la sierra entrando por la ventana mal sellada.
tenía los documentos, tenía el nombre de la empresa, tenía la lista escrita por una mujer que había muerto tres meses después de encontrar lo mismo. Lo que no tenía todavía era al hombre que conectaba todo, no como sospecha, como prueba. La Semana Santa comenzaba en 16 días. El nombre de Lucía Paredes llegó por un camino que Valeria no había anticipado.
Tres días después de encontrar el sobre de Rosa Mamani, recibió un mensaje de texto desde un número desconocido. Decía solo esto. Si quieres saber más sobre el padre Aurelio, venga sola al mirador de Akuchimai mañana a las 7 de la mañana. No le diga a nadie. Valeria dudó exactamente lo que tardó en reconocer, que no podía ignorarlo.
Esa noche guardó copias cifradas de todas las fotografías en tres lugares distintos y le envió a su editora en Lima un mensaje breve. Si no tengo noticias mías antes del mediodía de mañana, abre el archivo que te mandé la semana pasada. Llegó al mirador con 10 minutos de anticipación. El cerro Akuchimai dominaba la ciudad desde el este.
A esa hora, con la neblina todavía baja sobre los tejados coloniales, Ayacucho parecía una ciudad suspendida entre el cielo y la tierra. Había una mujer sentada en uno de los muretes de piedra mirando hacia abajo. Tendría unos 47 años, a ropa discreta, cabello recogido, las manos juntas sobre el regazo, con la quietud de quien ha esperado mucho tiempo, un momento que no sabía cómo empezar.
“Me llamo Lucía Paredes”, dijo sin voltearse. “Fui la mejor amiga de Rosa.” Se quedaron sentadas una al lado de la otra. mirando la ciudad mientras Lucía hablaba, lo hacía despacio, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien sabe que lo que [música] dice no tiene marcha atrás.
Rosa y ella se habían conocido en la parroquia de San Francisco hacía 8 años. Ambas voluntarias, ambas meticulosas, ambas con esa vocación particular de las mujeres que sostienen las instituciones sin que nadie las nombre. Cuando Rosa empezó a notar las irregularidades en los archivos, fue a Lucía a quien se lo contó primero, antes que a su hermana Patricia, antes que a nadie.
Le mostré lo que había encontrado, dijo Lucía. [música] Le pedí que no dijera nada todavía, que esperáramos, que buscáramos más antes de acusar a alguien de esa posición. Pero Rosa era así, directa. No podía guardar algo así sin hacer algo. Ella fue sola al padre Aurelio. Sola en enero de 2022. Me lo contó esa misma tarde.
Dijo que él la había escuchado con calma, que le había dicho que eran documentos de una gestión anterior, que había una auditoría interna en proceso, que ella no debía preocuparse. Le agradeció la honestidad y le pidió discreción. Y Rosa le creyó. Lucía tardó en responder. Rosa salió de esa reunión con miedo, no con alivio.
Me dijo que había algo en la forma en que él la miró que no era gratitud. Era otra cosa, como cuando alguien está calculando, no escuchando. Dos semanas después de esa conversación, Rosa comenzó a anotar cosas pequeñas. Alguien había revisado su escritorio en la sala de archivos. Sus claves de acceso al sistema de registro parroquial dejaron de funcionar sin que nadie le avisara.
El padre Aurelio la saludaba con la misma cordialidad de siempre, pero había dejado de asignarle tareas en los depósitos. En marzo de 2022, un hombre que Lucía no había visto antes comenzó a aparecer cerca de la rutina de Rosa. No de forma obvia. En la parada del colectivo en el mercado de Andrés Vibanco, una vez afuera de la casa de Patricia.
Rosa lo mencionó como algo que podía ser coincidencia. Lucía no lo creyó entonces y no lo creía ahora. Rosa murió el 14 de abril de 2022. 16 días antes del viernes santo de ese año. La encontró su vecina tendida en el suelo de la cocina. La autopsia fue rápida. Paro cardíaco. Caso cerrado. ¿Usted cree que la mataron? Preguntó Valeria.
Lucía la miró por primera vez desde que había empezado a hablar. Creo que Rosa encontró lo mismo que usted está encontrando ahora. Y creo que alguien dentro de esa parroquia supo que ella lo había encontrado antes de que ella pudiera hacer algo con eso. Hubo un silencio largo. Abajo, la ciudad empezaba a moverse, el sonido de un camión subiendo la cuesta, las campanas de la catedral marcando las 8.
“¿Por qué me está diciendo esto ahora?”, preguntó Valeria. “¿Por qué no antes?” Porque antes no había nadie que supiera dónde mirar. Usted es periodista. [música] Usted ya tiene los documentos. Lo sé porque Milagros me lo dijo sin querer y porque llevan 3 años y nadie ha preguntado lo suficiente. Rosa merece que alguien pregunte lo suficiente.
Valeria quiso preguntarle si tenía miedo. No lo hizo porque la respuesta estaba en todo lo demás. en la hora que había elegido para el encuentro, en el lugar alejado del centro, en el número desconocido desde el que había enviado el mensaje. Antes de separarse, Lucía sacó del bolsillo interior de su chaqueta un sobre doblado y se lo entregó sin explicación.
Valeria lo abrió cuando estuvo sola. Adentro había una fotografía impresa tomada con cámara de baja resolución en la que se veía a un grupo de hombres reunidos en torno a una mesa larga. reconoció el espacio. Era la sala de reuniones del convento adjunto a San Francisco de Asís. Al fondo, de pie, con ambas manos apoyadas en la mesa y la cabeza inclinada hacia los presentes como quien preside, estaba el padre Aurelio Mendieta.
A su derecha, el juez de paz que doña Carmen había mencionado semanas antes. A su izquierda, un hombre que Valeria tardó un momento en identificar y cuando lo hizo, sintió que algo encajaba con la precisión incómoda de las piezas que no querías encontrar. Era el director de la Dirección Regional de Cultura de Ayacucho, el funcionario que aprobaba los fondos públicos destinados a la preservación del patrimonio procesional de la Semana Santa.
Los hijos del sudario no eran solo un grupo de devoción, eran una [música] red y la red llegaba hasta donde llegaba el dinero. Esa tarde Valeria llamó a su editora en Lima. “Necesito dos semanas más”, dijo, “y necesito que nadie sepa en qué estoy trabajando. ¿Estás segura de lo que tienes?” “Todavía no del todo, pero sé que una mujer murió por tener la mitad de lo que yo tengo ahora.
” La línea quedó en silencio un momento. Ten cuidado, Valeria. Ella colgó. Afuera, el sol de la tarde golpeaba las fachadas de las iglesias y las volvía doradas. 33 torres contra el cielo azul de la sierra, una ciudad que se preparaba para celebrar la muerte y la resurrección con una devoción que duraba siglos.
La Semana Santa comenzaba en 13 días. El viernes santo de 2025 amaneció con neblina baja sobre Ayacucho. Valeria llevaba 4 días sin dormir más de 3 horas seguidas. Había construido un archivo completo, las fotografías de los documentos, la lista manuscrita de Rosa Mamani, la imagen de los hijos del sudario reunidos en el convento, el análisis del contador forense, las declaraciones grabadas de Patricia y de Lucía.
Todo cifrado, todo respaldado en tres servidores distintos. Su editora en Lima tenía copia de cada pieza. Lo que le faltaba era el eslabón que conectara el desvío financiero con la muerte de Rosa. Sospecha no era prueba y Valeria era periodista, no fiscal. Sabía la diferencia. Esa mañana fue a la parroquia de San Francisco de Asís por última vez.
El pretexto era ayudar con la distribución de los cirios para la procesión nocturna, tarea que Milagros le había asignado dos días antes. El edificio estaba en movimiento desde las 6 de la mañana. Voluntarios cargando cajones de velas, floristas acomodando arreglos sobre las andas, hombres revisando las correas de los pasos tallados que esa noche saldrían a las calles.
Valeria trabajó dos horas sin llamar la atención. A las 10 de la mañana, mientras los voluntarios salían a desayunar, se quedó sola en el corredor que conectaba la sacristía con la sala de archivos. Necesitaba verificar una fecha. Había una factura cuyo número de serie no coincidía con el Registro Tributario de Servicios Culturales Guari y quería confirmarlo antes de publicar.
Estaba fotografiando el documento cuando escuchó pasos en el corredor. El padre Aurelio entró sin apresurarse. Cerró la puerta detrás de él con una calma que era peor que cualquier agitación. La miró con esa expresión que Valeria había visto en la misa del primer domingo, la de quien sabe hacer sentir a cada persona que es la única en el mundo, pero invertida, fría, evaluadora.
Señorita Ríos, no sabía que le interesaban tanto los registros administrativos. Ella no intentó disimular, sostuvo el celular con las fotografías y lo miró directamente. Sé lo que hay en estos archivos, padre. Sé lo que hizo con los fondos de la procesión y sé lo que le pasó a Rosa Mamani después de que encontró lo mismo que yo estoy viendo ahora.
El padre Aurelio no respondió de inmediato. Se acercó dos pasos con las manos juntas delante como en actitud de oración. Y en ese gesto había algo que Valeria reconoció demasiado tarde como una señal de que la conversación ya había terminado para él antes de empezar. Lo que pasó después fue reconstruido por la fiscalía mediante pericias y testimonio de un único testigo.
Lucía Paredes, que había seguido a Valeria esa mañana sin decírselo, que esperaba en el corredor exterior y que al escuchar el golpe empujó la puerta y gritó con una fuerza que atravesó los muros del edificio colonial hasta la plaza. El padre Aurelio había tomado un candelabro de metal del estante lateral y lo había descargado sobre la cabeza de Valeria por la espalda.
Ella cayó contra la mesa de archivos y luego al suelo. Él se inclinó sobre ella con las manos extendidas. Lucía entró antes de que terminara. El grito detuvo todo en un edificio lleno de voluntarios. En una ciudad donde esa mañana cada calle del centro histórico tenía personas preparando la procesión más importante del año, un grito como ese no pasaba inadvertido.
Dos hombres que cargaban cajones en el corredor irrumpieron segundos después. El padre Aurelio se incorporó y retrocedió hacia la pared con una expresión que ninguno de los presentes olvidaría. No era culpa ni desesperación. Era el rostro de alguien que acaba de calcular que la partida terminó. Valeria perdió el conocimiento por 4 minutos.
Cuando volvió [música] en sí, estaba recostada en el suelo con la cabeza apoyada en el regazo de Lucía. Tenía una herida abierta en la parte posterior del cráneo y la visión desenfocada. Lo primero que hizo fue mover los dedos para verificar que seguía sosteniendo el celular. lo seguía sosteniendo. La Policía Nacional llegó en 8 minutos.
La procesión del viernes santo salió esa noche igual que todos los años. Los pasos tallados del siglo Xfilaron por las calles empedradas entre miles de velas encendidas y una multitud en silencio. El anda principal, la del Cristo yacente cubierto por el sudario de Lino Blanco, recorrió el centro histórico durante 3 horas.
El padre Aurelio Mendieta no estaba debajo de ella. Estaba detenido en la comisaría central de Ayacucho a seis cuadras del recorrido procesional. Mientras afuera la ciudad celebraba con una devoción de siglos, lo que adentro de una sala de interrogatorios empezaba a desmoronarse. La Semana Santa había terminado. Valeria pasó tres días en el hospital regional de Ayacucho.
Traumatismo craneal moderado, dos puntos de sutura, reposo obligatorio. redactó el primer borrador de la investigación desde la cama del hospital con el celular apoyado sobre las rodillas y tía Esperanza dormida en el sillón del rincón. La historia se publicó el miércoles de la semana siguiente en el portal de investigación periodística donde trabajaba.
4000 palabras, documentos completos como anexos descargables, el análisis del contador forense, las declaraciones de Patricia y Lucía, la fotografía de los hijos del sudario reunidos en el convento, sin nombres protegidos, sin acusaciones, sin respaldo, solo lo que estaba aprobado y lo que cada documento decía por sí mismo.
En 12 horas fue el artículo más leído de la plataforma. En 24, tres medios nacionales habían reproducido los hallazgos principales. La Fiscalía de Ayacucho abrió investigación formal esa misma semana. El desvío documentado alcanzaba los 210 setos soles entre 2020 y 2025, canalizados a través de servicios culturales y dos empresas adicionales constituidas en papel con procuraciones firmadas por intermediarios que la fiscalía identificó en menos de 10 días.
Los fondos provenían de donaciones de fieles, patrocinios empresariales y transferencias municipales destinadas a la preservación del patrimonio procesional. El director de la Dirección Regional de Cultura fue suspendido preventivamente mientras se investigaba su participación en la aprobación de los fondos públicos.
El juez de paz presentó su renuncia antes de ser citado formalmente. Tres miembros adicionales de los hijos del sudario fueron identificados a partir de la fotografía que Lucía había guardado durante años, sin saber exactamente cuándo la necesitaría. El caso de Rosa Mamani fue reabierto. El juez que autorizó la exhumación lo hizo sobre la base de un informe toxicológico independiente solicitado por la fiscalía, que encontró en las muestras conservadas trazas de una sustancia que en dosis moderadas podía inducir una
arritmia severa y que no había sido incluida en la autopsia original. El médico que firmó esa autopsia era paciente habitual del consultorio de uno de los miembros identificados de los hijos del sudario. La conexión no era prueba suficiente por sí sola, pero era suficiente para que el expediente permaneciera abierto.
El juicio del padre Aurelio Mendieta comenzó en octubre de 2025. enfrentaba cargos de peculado agravado por la condición de administrador de fondos con destinación religiosa declarada, tentativa de homicidio contra Valeria Ríos y obstrucción de investigación. La fiscalía solicitó 22 años. La defensa argumentó que los documentos habían sido manipulados y que el incidente en la sacristía había sido un forcejeo sin intención.
El tribunal descartó ambos argumentos en tres sesiones. La sentencia fue de 19 años en régimen cerrado. Cuando el juez la leyó, el padre Aurelio estaba de pie con el mismo porte de siempre. No protestó, no bajó la cabeza, miró hacia el frente con una expresión que los presentes describieron de forma distinta, pero que en el fondo era la misma, la de un hombre que había confundido durante demasiado tiempo la reverencia que le tenían con algo que le pertenecía.
Lucía Paredes estuvo en todas las audiencias, sentada en la misma fila, en el mismo asiento, con las manos juntas sobre el regazo. El día de la sentencia salió del tribunal sin hablar con nadie. Caminó hasta el cementerio general, sector B, bloque 14, y dejó flores frescas sobre la lápida de Rosa Mamani. No dijo nada, no hacía falta.
Valeria volvió a Lima en noviembre. Tía Esperanza había mejorado lo suficiente para quedarse al cuidado de una enfermera que venía cada mañana. La mañana de la partida, mientras esperaba el colectivo en la esquina de Santa Ana, miró por última vez las torres de las iglesias contra el cielo de la sierra y pensó en todo lo que esas estructuras contenían.
Siglos de fe genuina y siglos de lo otro. lo que se esconde detrás de la fe cuando alguien decide que puede usarla. Ayacucho no era diferente a ninguna otra ciudad en eso. La diferencia era que esta vez alguien había preguntado lo suficiente. Rosa Mamani tenía 38 años cuando murió. [música] Había encontrado la verdad antes que nadie y no tuvo a nadie que llegara a tiempo.
Lo que dejó fue una lista escrita a mano al fondo de una caja sin etiqueta, esperando que alguien supiera dónde mirar. ¿Alguien supo?