Del Olimpo al abismo. Nacieron idénticas. Mismo vientre, mismo día, mismo apellido, mismo barrio en Naucalpan. Dos niñas tan parecidas que su madre admitió que de pequeñas le costaba distinguirlas cuando llegaban corriendo desde la cancha de basketbol con el uniforme lleno de tierra. Magali y Soraya, Jiménez Mendíbil.
Dos gotas de agua que el mundo exterior no lograba separar, pero que el destino tenía planeado llevar por caminos radicalmente distintos. Uno hacia la cumbre más alta que un atleta mexicana había pisado jamás. El otro hacia la vida ordinaria y sana de quien no le exigió a su cuerpo lo que el deporte de élite exige y que por eso todavía está viva.
El 18 de septiembre de 2000, en el Centro de Convenciones y exposiciones de Sydney, Australia, Zoraya Jiménez Mendívil levantó 222.5 5 kg y se convirtió en la primera mujer mexicana en ganar una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. El himno nacional sonó en Australia por una hija de Naucalpán que pesaba 58 kg y que acababa de levantar casi cuatro veces su propio peso.
El 28 de marzo de 2013, el personal de limpieza de su edificio en la colonia Condesa de la Ciudad de México encontró a Zoraya muerta en su cama. Tenía 35 años, el brazo derecho extendido, el rostro sin ictus de dolor, murió dormida. En el sepelio, su hermano José Luis pronunció la frase que ningún discurso oficial se atrevió a pronunciar ese día.
Le costó caro ser leyenda. 12 palabras que contienen más verdad sobre el deporte olímpico mexicano que 100 años de actos protocolarios con funcionarios en tribuna. Hoy en Sombras del Olimpo abrimos el archivo de Soraya, no el oficial, el real. El que cuenta lo que pasó entre el podio de Sydney y la cama donde murió sola a 13 años de distancia, mientras el sistema que la usó como imagen de país seguía operando exactamente igual que antes.
Esto es la herencia de Soraya Jiménez y la historia la reveló su propia familia. Soraya Jiménez Mendivil nació el 5 de agosto de 1977 en Naucalpan de Juárez. Estado de México llegó al mundo siendo la mayor de dos, aunque solo por unos minutos. Soraya pesó 2,300 g. Magali, su gemela, llegó más pequeña con 1880 g.
Desde el principio, la diferencia entre ellas era apenas perceptible, pero existía. Y el destino convertiría esa diferencia de gramos en una diferencia de mundos. La familia Jiménez Mendivil era una familia de clase media del Estado de México. José Luis Jiménez padre era contador público. María Dolores Mendíbil era una mujer que, según los cronistas que la entrevistaron años después prefería siempre dar un paso atrás cuando los periodistas se acercaban, dejando que su hija tomara el espacio de las cámaras.
Una familia que también tenía historia atlética. El tío de las gemelas, Manuel Mendíil, fue parte del equipo mexicano de Salto Ecuestre, que ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Moscú, 1980. El deporte corría en la sangre de los Mendivil de una manera que no era metáfora, sino genética verificable. Las gemelas empezaron juntas, como todo en su infancia, empezó juntas.
El basketbol fue la primera puerta en las canchas de la primaria de Naucalpán y ambas respondieron con suficiente talento para llegar a las selecciones infantiles y posteriormente juveniles del Estado de México. La imagen que los registros históricos conservan esa época es la de dos niñas idénticas corriendo en la misma dirección, compitiendo en el mismo deporte, viviendo la misma ambición de ganar.
Y entonces los caminos se separaron. Las fuentes verificadas señalan que la estatura fue el factor determinante que alejó a Soraya del basketbol. En la alterofilia no importa cuánto mides hacia arriba, importa cuánta fuerza puedes concentrar en el momento exacto en que el peso abandona el suelo y viaja hacia los brazos extendidos.
Soraya, con su 1554 de estatura, que era una desventaja en la cancha de basquetbol, era exactamente la proporción que el levantamiento de pesas premia. baja con el centro de gravedad más cercano al suelo, con una capacidad explosiva que sus entrenadores reconocieron de inmediato. Hay una versión que circula en algunos medios que atribuye el giro hacia la alterofilia a una lesión de rodilla que obligó a Soraya a hacer rehabilitación en un gimnasio de pesas.
Esa versión no aparece confirmada en las fuentes más rigurosas de su historia. Lo que sí está confirmado es que entre los 11 y los 14 años después del basketball, después del badminton, después de probar con la natación, Soraya encontró la alterofilia. Ella no la soltó. El dato de la lesión como origen, aunque circula, no pudo ser verificado para este episodio y queda etiquetado como no confirmado.
Lo que sí está verificado es lo que ocurrió una vez que encontró su deporte. A los 16 años, Soraya Jiménez ganó el tercer lugar en la Copa Norseca en Colorado Springs, Colorado, en la categoría de 54 kg, levantando 120 kg. A esa edad ya era un nombre en el radar del deporte olímpico mexicano. En 1996 ganó el oro en el torneo internacional Simón Bolívar.
En 1998 fue campeona de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. En 1999 obtuvo la medalla de plata en los Juegos Panamericanos de Winnipec, Canadá. Mientras tanto, Magali vivió la vida que viven las hermanas y las familias de los atletas de alto rendimiento, mirando desde afuera, siendo el espejo que no compite, la que va al estadio, a la cancha, a la sala de pesas a ver a su gemela levantar lo que ninguna otra mujer en México levanta.
la que tiene el mismo rostro, pero una existencia completamente diferente, porque nunca tuvo que someter su cuerpo a lo que el deporte de élite exige. Esa diferencia entre las dos, la que el destino trazó entre ellas en la adolescencia cuando Soraya encontró las pesas y Magali.
No es la imagen central de esta historia. Dos mujeres genéticamente idénticas. Un cuerpo destruido por la gloria, otro intacto por la vida ordinaria. El 18 de septiembre de 2000 llegó como la culminación de todo lo que Soraya había construido desde aquella cancha de basquetbol en Naucalpan. Los Juegos Olímpicos de Sydney habían abierto por primera vez la competencia de levantamiento de pesas femenino.
Era la primera edición olímpica en la historia del deporte donde las mujeres podían competir en alterofilia en los juegos. Y Zoraya Jiménez, la de Naucalpán, la que medía 1,54, iba a ser parte de ese momento histórico en un sentido que nadie en México esperaba con certeza. La favorita era la norcoreana Rison Hui, la que llegaba con el respaldo de un sistema de formación atlética que China y Corea del Norte han perfeccionado durante décadas.
El estado como entrenador absoluto, la vida entera organizada alrededor del resultado deportivo, sin las distracciones del mercado ni del abandono institucional que los atletas mexicanos experimentan con regularidad. Rison Hui era la favorita porque las favoritas de Corea del Norte en Alterofilia son favoritas por razones reales y no por marketing.
Y entonces Soraya levantó 222.5 kg, 95 en el arranque, 127.5 en el envión y en el último levantamiento de la competencia, cuando el resultado todavía podía ir de cualquier manera, sostuvo el peso durante los 3 segundos reglamentarios y lo soltó y saltó de alegría porque sabía antes de que los jueces levantaran las banderas que había ganado.

La primera medalla de oro mexicana desde Los Ángeles, 1984. La primera medalla de oro de una mujer mexicana en toda la historia de los Juegos Olímpicos. La primera campeona olímpica femenina que el país había tenido en ninguna disciplina desde que México comenzó a competir en los juegos. En Naucalpan, la gente salió a la calle.
La familia Jiménez Mendíbil recibió la noticia en casa y la celebración se desbordó hacia los vecinos. Magali vio a su hermana idéntica en las pantallas de televisión, en el podio más alto, con el himno nacional sonando en Australia. Y lo que debe haber sentido en ese momento, solo ella puede describirlo, porque no hay palabras estándar para lo que siente quien tiene el mismo rostro que el ídolo del país.
México la recibió con la intensidad que México dedica a sus héroes deportivos en los días posteriores a la gloria. Las televisoras peleaban por las entrevistas exclusivas. Su hermano, José Luis reveló años después en la entrevista que le concedió a la revista Proceso después de la muerte de Soraya.
que las cadenas de televisión llegaron a ofrecerle hasta 6 m000ones de pesos por la primera entrevista posterior a la medalla. 6 millones de pesos a una atleta de alterofilia de 22 años de Naucalpan, que había ganado el campeonato más importante de su disciplina en una categoría que acababa de estrenarse en los Juegos Olímpicos.
Políticos de todos los partidos la invitaron a sus eventos. Directivos del deporte se fotografiaron con ella. Empresarios que nunca habían visto un levantamiento de pesas en su vida le prometieron contratos, patrocinios, oportunidades. El Estado de México le entregó un premio de 1,700,000es. Con ese dinero, Soraya Jiménez compró un departamento en la colonia Condesa de la Ciudad de México.
No había terminado de amueblarlo cuando murió 13 años después y la maquinaria que la había celebrado comenzó lentamente a olvidarla. El proceso del olvido institucional de los atletas mexicanos de alto rendimiento no ocurre de golpe, ocurre por goteo. Primero dejan de llamar para las entrevistas, luego las promesas de trabajo que los políticos y los directivos hacen en las semanas de euforia posterior a la medalla no se materializan.
Los eventos donde la invitaban a aparecer se hacen menos frecuentes. El teléfono que antes no paraba de sonar empieza a tener momentos de silencio y luego más momentos y luego el silencio es la norma. En 2002, Soraya fue envuelta en un escándalo que complicó aún más su relación con las instituciones deportivas.
Para competir en el Campeonato Mundial Universitario de Pesas en Turquía, un requisito era ser estudiante universitaria. Soraya presentó documentos apócrifos que la acreditaban como pasante de la UNAM. El fraude fue denunciado por la Federación Mexicana del Deporte. Inicialmente, Soraya culpó a las autoridades de la federación, pero después aceptó su responsabilidad plenamente.
Ese mismo año, la Federación Internacional de Alterofilia la suspendió por 6 meses por el uso de sustancias prohibidas en un control antidoping. Esos dos escándalos en el mismo año deterioraron su relación con las estructuras del deporte mexicano. El atleta que había levantado al país con 222 kg, ahora cargaba el peso de dos polémicas simultáneas.
Y cuando llegaron las eliminatorias para los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, Soraya no logró calificar, se retiró. Tenía 26 años y un cuerpo que ya empezaba a presentar la factura de todo lo que le había exigido para llegar al podio de Sydney. Las lesiones en la alterofilia son el precio que el deporte cobra sin anestesia. El levantamiento de pesas de alta competencia somete las articulaciones, los tendones, los ligamentos y los huesos.
Atenciones que el cuerpo humano no está diseñado evolutivamente para soportar. Los atletas de élite en este deporte acumulan daño que en condiciones normales solo aparecen personas de edad avanzada. El ortopedista de Soraya, Antonio Miguel, le dijo en 2010 que tenía la pierna de una octogenaria y ella tenía 32 años. El historial clínico de Soraya Jiménez, que ella misma narró en la entrevista que le concedió a la revista Proceso en mayo de 2010 es uno de los documentos más reveladores y más perturbadores sobre el costo real del deporte de alto
rendimiento en México. 14 operaciones en la pierna izquierda. El detalle de por qué la pierna izquierda acumuló tanto daño tiene que ver con la mecánica del cuerpo bajo cargas extremas y con las lesiones que se fueron acumulando sin el reposo adecuado, porque el calendario de competencias no espera.
En julio de 2007, durante los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, Soraya contrajo influenza tipo B. La infección avanzó hacia sus pulmones con una virulencia que los médicos no lograron contener con tratamiento convencional. La decisión médica fue extirpar el pulmón derecho. Tenía 29 años y le quitaron un pulmón. Desde ese momento sobrevivió con el pulmón izquierdo, con un solo pulmón a 29 años.
La mujer que en 2010 le describía Tooser la revista, proceso su rutina de entrenamiento diaria, 15 km corridos, 3500 m de natación y levantamiento de pesas, lo hacía con un solo pulmón. Eso no es atletismo de superación motivacional para redes sociales, es algo que pertenece a una categoría diferente de la resistencia humana.
En 2009, cuando la epidemia de influenza AH1N1 afectuó a México con particular virulencia, Soraya fue contagiada con un solo pulmón y con el sistema inmunológico comprometido por años de lesiones, cirugías, infecciones y tratamientos. Su cuerpo no pudo resistir la infección de manera convencional. cayó en coma. Estuvo 15 días inconsciente en un hospital.
A un paso de la muerte salió, pero el cuerpo que salió del coma no era el mismo que había entrado. Cada episodio crítico dejaba su marca. Para el momento de la entrevista Con Proceso en 2010, Soraya había sobrevivido cinco paros cardiorrespiratorios. Cinco veces el corazón se detuvo. Cinco veces el cuerpo se reinició y ella seguía entrenando.
Seguía corriendo 15 km diarios porque el deporte estaba en su ADN de una manera que ninguna enfermedad había podido extirpar. Pero lo que el sistema del deporte mexicano no había podido extirpar en su cuerpo, sí lo estaba extirpando en su vida. La entrevista de 2010 en Proceso es el documento más honesto que existe sobre la situación real de Soraya en sus últimos años.
Ella misma habló de las presiones que enfrentó como atleta de alto rendimiento, del modo en que la exigían para dar resultado sin acompañamiento real en los momentos de dificultad personal. acusó directamente a Ivaris Niega, quien presidió la cónade en el sexenio de Ernesto Cedillo, de haber afirmado públicamente que se dopaba.
Una acusación que Soraya rechazó y que coloreó su relación con las instituciones deportivas de manera permanente. En 2010, su único patrocinador era Grupo Uribe, una empresa de la industria gasera y automotriz que le proporcionaba una beca mensual y un seguro de gastos médicos mayores. También le habían dado una camioneta Mercedes-Benz cuyo valor era de 800,000es.
Soraya la vendió y con el dinero de la venta fue comprando autos más baratos. Luego más baratos, luego más. El Mercedes de 800,000 que le regalaron se fue convirtiendo en vehículos cada vez más modestos a medida que los gastos médicos acumulados iban siendo mayores que los ingresos disponibles.
Había representantes, varios representantes, todos los que se acercan cuando el nombre todavía tiene valor de mercado. Y el hermano José Luis, en la entrevista que le concedió a Proceso después de la muerte de Soraya, describió a esos representantes con una precisión que deja poco lugar a la ambigüedad. Todos, todos la exprimieron.
No hubo uno que la ayudara. La dinámica era la siguiente. Los representantes conseguían apariciones, conferencias, inauguraciones de centros deportivos, eventos de políticos que querían fotografiarse con la primera campeona olímpica femenina de México. Y el dinero que pagaban por esas apariciones no llegaba a Soraya o llegaba en una fracción mínima de lo que habían cobrado en su nombre.
El hermano describió un caso concreto. Le decían que había que ir a tal lugar a dar una conferencia, pero no te van a pagar. Ella cobraba en su nombre. Le decían que había que hacer algo pero sin paga y se quedaban con el dinero o cobraban 50 pesos y a Zoraya le daban cinco. Una mujer físicamente fuerte, pero emocionalmente incapaz de pelear por sus honorarios.
El hermano la describió así. era incapaz de armar un alboroto por pagos pendientes y esa incapacidad para reclamar lo que le correspondía, ese rasgo de carácter que en otros contextos se llamaría generosidad, pero que en el mundo de los contratos deportivos se convierte en vulnerabilidad, fue lo que permitió que el sistema la exprimiera sistemáticamente sin que ella pusiera resistencia.
Los políticos que la invitaban a sus eventos, que se fotografia con ella, que usaban su imagen en campañas y en inauguraciones, nunca cumplieron las promesas de trabajo que hacían en esas mismas ocasiones. El hermano José Luis lo dijo sin rodeos en proceso. Muchos políticos que la invitaban a apoyarlos nunca se acordaron de que también comía, tenía necesidades y que tenía que ganar dinero.
quedó en el olvido económicamente y luego vino la dimensión de salud mental que rara vez se menciona en los repasos históricos de la vida de Soraya. El hermano confirmó en proceso que Soraya había llegado a estar con un psiquiatra. La presión acumulada durante años como atleta de alto rendimiento, la exigencia de dar siempre más resultados después de Sydney, el dopaje que le atribuyeron públicamente, la incapacidad del sistema para ayudarla en la transición al retiro, el deterioro físico que avanzaba a una velocidad que ninguna voluntad
podía frenar. Todo eso terminó afectando también su salud mental, no solo sus ligamentos y sus pulmones. Para 2012, Soraya Jiménez trabajaba como comentarista deportiva en Televisa. Era un trabajo que le daba visibilidad y algún ingreso, aunque no la estabilidad que necesitaba.
En diciembre de 2012 asistió al funeral de Nué Hernández, el marchista subcampeón olímpico que había recibido un balazo en la cabeza en enero de ese año y que murió días después. Fue la última aparición pública de Soraya. Fue a despedir a un compañero medallista sin saber que ese sería el último acto público de su propia vida.
La noche del 27 de marzo de 2013, un miércoles, Soraya cenó con su familia en la casa familiar en Lomas Verdes, Estado de México. Su madre, María Dolores Mendívil, recuerda que esa noche Soraya estaba sonriente, derrochabas cariño, llevó flores para su mamá, le dio un regalo a su papá. Conversaron sobre los proyectos que ella tenía.
Había planes, había cosas por hacer. Nadie en la mesa reconoció lo que su madre llamó después. con el dolor de quien entiende algo demasiado tarde. Una despedida. Soraya regresó a su a su departamento en la calle de Tamaulipas, en la Condesa, el departamento que había comprado con el premio del Estado de México en el año 2000, que 13 años después todavía no había terminado de amueblarse.
El lugar donde vivía con su novio, el lugar donde el personal de limpieza la encontró muerta la mañana del 28 de marzo con el brazo derecho extendido, sin rictus de dolor, como si hubiera simplemente cerrado los ojos para siempre. La causa de muerte fue infarto al miocardio, un infarto mientras dormía a los 35 años.
El corazón que había sobrevivido cinco paros cardiorrespiratorios anteriores encontró en esa madrugada el límite que ninguno de los anteriores había alcanzado. La noche del día anterior, Soraya había escrito en Facebook que sufría de insomnio. “No puedo dormir, ya tomé todo lo que puedo tomar.” Esa frase que México leyó al día siguiente, cuando ya era noticia de su muerte, se convirtió en el último mensaje de alguien que el mundo entendía como una leyenda deportiva, pero que en la privacidad de su departamento era una
mujer de 35 años con un solo pulmón, 14 operaciones en la pierna, un cuerpo que había pagado cada gramo de gloria olímpica con intereses compuestos y una situación económica que su propio hermano describió como vivir al día. La noticia de su muerte sibró al país con la intensidad que solo generan las muertes que nadie esperaba, aunque en retrospectiva todo las anunciaba.
El presidente Enrique Peña Nieto publicó sus condolencias en Twitter. El gobernador del Estado de México prometió nombrar una plaza en su honor. El Comité Olímpico Mexicano anunció que develaría un busto en su memoria. Carlos Padilla, presidente del COM, realizó los trámites para evitar que se practicara necropsia al cuerpo, respetando la voluntad de la familia.
El último deseo de Soraya, expresado en vida a su familia había sido que la cremaran. No quería que la velaran con cuerpo presente. Magali, su gemela idéntica, estuvo en el funeral con los ojos hinchados. Las crónicas periodísticas de ese día describen a la hermana extendiendo los brazos para mitigar el dolor de sus padres.
Dos mujeres que nacieron el mismo día con el mismo rostro, una convertida en cenizas a los 35 años, la otra en pie, sosteniendo a sus padres con el mismo rostro que el mundo había visto en los noticieros del 18 de septiembre de 2000. Fue en ese funeral donde su hermano José Luis pronunció la frase que ningún discurso oficial se animó a decir.
Le costó caro ser leyenda. No la dijo con rencor según las crónicas. la dijo con la honestidad desnuda de quien acaba de perder a alguien y ya no tiene energía para la diplomacia. Fue un contador de cuentas pendientes, pronunciado en el lugar más inadecuado y más apropiado al mismo tiempo. Frente al ataú de la primera campeona olímpica femenina de México, le costó caro ser leyenda.
¿Cuánto costó exactamente? El número de operaciones es verificable. 14 en la pierna izquierda. El pulmón perdido, el derecho en 2007, los paros cardiorrespiratorios, cinco, el coma de 2009 días. Las facturas médicas acumuladas sin el respaldo institucional adecuado para enfrentarlas, sin cifra pública, porque nadie con poder para publicarlas tenía interés en que se conocieran.
La deuda que el sistema deportivo mexicano tiene con los atletas de alto rendimiento que da de baja una vez que ya no producen resultados. Tampoco tiene cifra oficial porque el sistema no ha diseñado la forma de contabilizarla. Lo que sí existe en fuentes verificadas es la estructura del abandono.
La Cónada y las federaciones deportivas tienen sistemas de becas para los atletas en activo. Cuando el atleta se retira, los apoyos se reducen o desaparecen según las circunstancias individuales. No existe un mecanismo obligatorio de acompañamiento postcarrera que garantice seguridad económica y acceso a servicios médicos para los atletas que entregaron su cuerpo representando a México.
El seguro médico de Soraya dependía de un patrocinador privado, no del Estado. Cuando ese patrocinador hubiera dejado de serlo, las operaciones y los tratamientos habrían recaído completamente en ella. El hermano José Luis articuló en proceso el problema estructural con una comparación que merece repetirse textualmente porque es exacta.
El atleta mexicano es como el soldado que fue a Vietnam. Van y se parten la madre por el país. Regresan y un tiempo son héroes. De repente son los olvidados. ¿Qué sabe hacer un soldado? Disparar. Preséntalo en la sociedad. No tiene cabida. Lo mismo pasa con los atletas. Dieron todo por el país. Soraya lo hizo y con gusto.
Y luego dijo algo más. Empeñó hasta su salud. Esa es la herencia real de Soraya Jiménez. No el oro de Sydney, no el récord, no el himno nacional en Australia. La herencia real es el modelo de explotación institucional del atleta de alto rendimiento mexicano, que toma todo lo que el cuerpo puede dar y no devuelve nada cuando el cuerpo ya no puede más.
Soraya no fue la primera, no sería la última, pero su caso tiene una particularidad que lo hace especialmente elocuente, la existencia de su hermana gemela como espejo del camino no tomado. Magali Jiménez nunca buscó la gloria olímpica, nunca sometió su cuerpo a las cargas que su hermana sometió el suyo y está viva con el mismo ADN, con el mismo origen, con el mismo Naucalpan de la infancia, pero viva.
Esta comparación no es una acusación contra el deporte. El deporte de alto rendimiento no es una trampa, es una elección. Y Soraya la hizo con plena conciencia y con un talento que justificaba cada onza de sacrificio. La acusación, si hay que dirigirlas de algún lugar, no es contra la alterofilia, es contra el sistema que espera que los atletas se sacrifiquen sin preguntarles cuánto y que no tiene diseñado el mecanismo para acompañarlos cuando el sacrificio pasa factura.
En 2021, la alterofilista mexicana Aremy Fuentes ganó la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Tokio. En las entrevistas posteriores, Fuentes citó a Soraya Jiménez como su inspiración. El legado deportivo es real y concreto. La primera campeona olímpica femenina de México abrió una puerta que otras mujeres mexicanas siguieron usando para llegar a sus propios podios.
Ese legado no está en disputa. Lo que sí está en disputa o debería estarlo con más fuerza en la conversación pública sobre el deporte olímpico mexicano, es que le debe el sistema a los atletas que construyeron esa historia. ¿Qué le debía a Soraya específicamente? Y si la respuesta es que el sistema le debía algo más que un busto en el combre en el Estado de México, entonces la pregunta que sigue es por eso no existió mientras Soraya todavía estaba viva y lo necesitaba.
Hoy en 2026, a 13 años de su muerte, el Estadio Nacional de Brasilia lleva el nombre de Estadio Manega Rincha en honor al futbolista que también murió joven y arruinado después de que Brasil se olvidó de él. El sistema tiene una tradición larga y consistente de poner nombres de sus ídolos en estructuras de cemento después de que ya no pueden reclamar nada.
El cemento no come, no tiene gastos médicos, no necesita que nadie le devuelva la llamada. Soraya Jiménez merece algo más que el nombre en una plaza del Estado de México. Merece que su historia sea el argumento central de la conversación sobre lo que México les debe a los atletas, que dejaron su salud en la cancha por representar a un país que los aplaudió mientras ganaban y los olvidó cuando ya no podían.
El hermano dijo que no quería limosna ni que le regalaran dinero. Quería una oportunidad para ganarse la vida y sentirse útil. Eso no es una petición extraordinaria. Es lo que cualquier persona que trabajó durante años con competencia y dedicación tiene derecho a esperar del sistema que se benefició de su trabajo.
México no le dio esa oportunidad. Le dio un premio de 1,700,000 en el año 2000. Le dio 14 operaciones en la pierna izquierda. Le quitó el pulmón derecho en 2007 a través de una enfermedad contraída durante una competencia oficial. Le dio cinco paros cardiorrespiratorios y 15 días en coma. Y en el año 2013, a los 35 años, le dio la madrugada en la que el corazón no arrancó de nuevo.
Magali todavía tiene el mismo rostro, el mismo ADN, el mismo apellido y puede seguir usándolos todos porque eligió una vida que no le exigió pagar con ellos el precio que el deporte de alto rendimiento cobra. Ese contraste, más que cualquier declaración oficial, es el testimonio más honesto sobre la historia de Soraya Jiménez.
Le costó caro ser leyenda, pero para entender completamente el peso que Soraya cargó, hay que retroceder hasta el lugar donde todo empezó. Porque la historia de Sydney no comienza en Sydney, comienza en un gimnasio del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, donde una mujer joven entrenaba sola sin entrenador porque el sistema del deporte mexicano todavía no había decidido si quería apostarle a ella.
El ciclo de preparación para los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 en el deporte mexicano estuvo marcado por el pesimismo institucional que dejaron los juegos de Atlanta. 1996, la delegación mexicana había vuelto de Atlanta con una sola medalla, el bronce de Bernardo Segura en la marcha de 20 km. Una medalla de bronce en un universo de atletas que fueron a competir con la esperanza de traer más.
El ambiente en el Comité Olímpico Mexicano y en la Cónade era de cautela, de reducción de expectativas, de no apostar demasiado por disciplinas que no garantizaban retorno visible. Y la alterofilia femenina en esa época era exactamente eso, una disciplina sin garantía de retorno visible en el contexto mexicano, más aún porque era nueva.
El Comité Olímpico Internacional había aprobado el levantamiento de pesas femenino como disciplina olímpica apenas un año antes de Sydney. Era la primera vez que las mujeres competirían en ese deporte en los juegos. No había antecedente, no había tradición de inversión, no había ninguna razón administrativa para que un funcionario deportivo mexicano pusiera recursos significativos en preparar a una alterofilista femenina para el año 2000.
Y había algo más, algo que las fuentes periodísticas de la época documentaron con nombres propios. René de la Cerna, quien en ese momento era secretario técnico de la Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas, llegó a declarar públicamente que las pesas no son un deporte apto para mujeres. No en privado, públicamente. Un funcionario de la Federación del Deporte en el que Soraya Jiménez competía diciéndole al país que ese deporte no era para alguien como ella.
Esa frase no era solo la opinión de un funcionario, era el resumen de la cultura institucional que Soraya encontró en el camino hacia Sydney. El apoyo de la federación se daba en palabras de la propia Soraya, según la crónica de Infobae a Cuentagotas. Las trabas burocráticas para ingresar al gimnasio del Comité Olímpico Mexicano fueron reales y documentadas.
No era fácil para una mujer que competía en alterofilia en un periodo en que el levantamiento de pesas femenino ni siquiera había debutado todavía en los Juegos Olímpicos. Conseguir acceso a las instalaciones que el deporte mexicano de alto rendimiento reservaba para sus atletas prioritarios.
Soraya venció esas trabas no con ayuda del sistema, con terquedad. Cuando logró acceder al gimnasio del com, ya lo había resuelto de la manera más directa que tenía disponible, entrenándose sola, sin entrenador, con los conocimientos que había acumulado en años de competencia y con la capacidad de observación de quien sabe que nadie va a venir a enseñarle lo que necesita saber para ganar.
Y cuando el cuerpo llegó al límite de lo que podía aprender de sí mismo, buscó al entrenador de la única manera que tenía disponible en ese momento por internet, el entrenador búlgaro Georgi Drafkov, un hombre que venía de una tradición completamente diferente en la preparación de atletas de alterofilia. Bulgaria, junto con la Unión Soviética y China, había construido durante décadas los sistemas de entrenamiento más rigurosos y más eficaces del mundo en levantamiento de pesas.
Los entrenadores búlgaros de esa época conocían el deporte de una manera que ningún técnico mexicano podía replicar, porque la infraestructura de conocimiento que estaban aplicando había sido construida durante generaciones con recursos que el Estado soviético y postsoviético había invertido de manera sistemática. COV traía ese bagaje.
Lo que Soraya le ofreció fue ella misma. Lo que él le devolvió fue el acceso a ese sistema de preparación. Y el trato no fue negociado en una oficina del COM ni a través de los canales habituales del deporte mexicano. Fue negociado por la propia atleta directamente porque nadie en el sistema estaba interesado en hacer esa gestión por ella.
COEB se llevó a Soraya a Sofía, Bulgaria, un año completo de preparación en Europa del Este bajo un régimen de entrenamiento en el que, según múltiples fuentes que recogen las declaraciones del propio entrenador, no había lugar para el descanso. El modelo búlgaro de preparación en alterofilia no es el modelo de optimización del equilibrio entre trabajo y recuperación que el deporte moderno privilegia.
Es el modelo de la exigencia máxima sostenida del cuerpo, llevado hasta el límite de manera sistemática de la acumulación de volumen de trabajo que produce adaptaciones que ningún entrenamiento moderado puede generar. Es también el modelo que pone más presión sobre las articulaciones, los tendones y los huesos de lo que el cuerpo humano puede sostener indefinidamente sin consecuencias.
COEF llevó a Soraya Jiménez a levantar 222.5 5 kg en Sydney y COF, de manera simultánea e inevitable fue parte del proceso que acumuló el daño que el cuerpo de Soraya pagaría durante los 13 años siguientes. Eso no es una acusación contra COF, es la mecánica del deporte de alto rendimiento.
Los entrenadores que llevan a los atletas a los podios olímpicos aplican sistemas que maximizan el rendimiento en el momento de la competencia. La pregunta, ¿de qué le queda al cuerpo del atleta después del podio? No es parte de su trabajo, es parte del trabajo del sistema institucional que debería existir para acompañar a los atletas cuando el entrenador ya se fue a preparar al siguiente campeón.
En Sydney, la familia de Soraya llegó desde Naucalpán para verla competir. Su madre, María Dolores Mendívil, conocida en la familia como doña Lolita, estuvo ahí. Su hermana gemela Magali también. Pero el padre José Luis Jiménez se quedó en México no porque no quisiera ver a su hija ganar, porque no soportaba el sufrimiento de verla competir.

El hombre que había hecho posible la preparación de Soraya, consiguiendo que la empresa donde trabajaba la patrocinara. El padre que la había acompañado en el camino desde Naucalpan hasta Bulgaria y de Bulgaria hasta Australia no pudo estar presente en el momento del podio porque quererla demasiado le hacía insoportable verla en la cancha.
COV previo a la competencia prohibió todo contacto de Soraya con su familia. Es una práctica de los entrenadores de alta competencia que tiene su lógica. El contacto emocional intenso antes de una competencia puede desestabilizar la concentración que el momento exige. Yaya obedeció esa prohibición y cuando ganó el oro, la dedicatoria que pronunció para su padre fue la de alguien que había guardado ese momento para él.
Porque la última vez que hablé con él, como lo recuerdo, me dio su bendición. En México eran las 5 de la mañana del lunes 18 de septiembre de 2000 cuando Soraya levantó los 22.5 kg y el árbitro levantó las banderas blancas. La mayor parte del país dormía. Era madrugada. Los que estaban despiertos y sintonizados en el canal que transmitía la competencia en un deporte que la mayoría de los mexicanos no había visto nunca en una pantalla de televisión, vieron algo que el deporte olímpico mexicano no había visto desde Los Ángeles 1984,
el himno nacional en el podio más alto. Soraya, cuando terminó la competencia tuvo una reacción que los cronistas registraron y que dice más sobre quién era y de dónde venía que cualquier frase preparada para la prensa. Después de años de machismo institucional, de funcionarios que decían que las pesas no eran para mujeres, de presidentes de federación que le pronosticaban un décimo lugar, de entrenar sola en un gimnasio donde nadie la quería ver, gritó con la autenticidad que solo se le permite a la gente que acaba de ganar y
ya no necesita calibrar lo que dice. Me los chingué. Tres palabras que no aparecieron en los comunicados oficiales, que no aparecieron en los discursos de los funcionarios que se subieron al tren de la celebración una vez que ya era seguro hacerlo, pero que resumen perfectamente el trayecto desde el gimnasio del com, donde entrenaba sola hasta el podio de Sydney, donde nadie la esperaba.
El regreso a México fue la acumulación de todo lo que el país puede darle a un atleta que acaba de hacer algo sin precedente. Los titulares, las entrevistas, los políticos, los empresarios, los directivos deportivos que en el ciclo anterior no habían encontrado tiempo para apoyarla y que de repente tenían todo el tiempo del mundo para fotografiarse con ella.
El Premio Nacional del Deporte, el 1700,000 pesos del Estado de México, la camioneta Mercedes de Grupo Uribe, las ofertas de representación que empezaban con promesas y terminaban con contratos donde la letra chica favorecía al representante. Y en ese contexto de euforia colectiva, Soraya Jiménez tomó la decisión que el deporte de alto rendimiento en México no prepara a sus atletas para tomar bien.
Aceptar a todos los que llegaron con promesas sin el andamiaje legal y administrativo para protegerse de quienes llegaban a explotar su nombre. Los escándalos de 2002 son el capítulo más incómodo de la historia de Soraya, porque mezclan sus errores reales con las circunstancias institucionales que los hicieron posibles.
Empecemos por el primero. En 2002, Soraya quiso participar en el Campeonato Mundial Universitario de Levantamiento de Pesas en Ismir, Turquía. El requisito para competir era ser estudiante universitaria. Soraya había estudiado ciencias de la comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana, pero su situación académica en ese momento no le permitía acreditarse como estudiante activa y presentó documentos apócrifos que la acreditaban como pasante de administración de empresas en la UNAM.
La UNAM denunció la falsificación. El escándalo fue público. Soraya inicialmente culpó a las autoridades de la federación, pero finalmente aceptó su responsabilidad plenamente. Ofreció disculpas y reconoció la irregularidad. La UNAM no presentó cargos formales en su contra. La sanción fue principalmente pública, no penal.
¿Por qué lo hizo? No hay una respuesta verificada en fuentes primarias. Lo que sí está en el contexto verificado es lo siguiente. Soraya en 2002 era un atleta de 24 años que después de la Gloria Olímpica seguía compitiendo en un sistema que le daba poco apoyo institucional con lesiones acumuladas que empezaban a comprometer su rendimiento.
en la red de asesores legales y administrativos que cualquier atleta de alto rendimiento en un sistema funcional debería tener y que tomó una decisión equivocada para poder seguir compitiendo, porque competir era lo único que sabía hacer bien y que el mundo reconocía en ella. Semanas después del escándalo de los documentos, llegó el segundo golpe del mismo año.
La Federación Mexicana de Alterofilia informó que Soraya había dado positivo en un control antidoping en el Campeonato Panamericano de Venezuela. La presidenta de la Federación en ese momento, Marta Cela Elisondo, con quien Soraya no tenía buena relación según múltiples crónicas de la época, afirmó públicamente que la medallista había tomado anabólicos.
La relación entre Soraya y Marta y Cela Elisondo era tensa y tenía historia previa. En su entrevista con Proceso de 2010, Soraya acusó al presidente de la CONADE del sexenio de Cedillo y Barcis niega de haber dicho que ella se dopaba. Las fricciones con las autoridades deportivas no eran nuevas, pero en 2002, con el nombre de Soraya, ya establecido como el primer oro olímpico femenino del país, una acusación pública de dopaje tenía un impacto multiplicado.
Lo que las fuentes verificadas revelan sobre ese caso de 2002 es que la sustancia detectada no fue un anabólico. Fue Wel Butrin, nombre comercial del Bupropión, un antidepresivo que en esa época estaba en la lista de sustancias prohibidas por el Comité Olímpico Internacional. Soraya lo tomaba por prescripción médica y el Bupropión no mejora el rendimiento en alterofilia.
Es un antidepresivo, no un anabólico, no un estimulante, un antidepresivo. Que la primera campeona olímpica femenina de México estuviera tomando un antidepresivo por prescripción médica en 2002, 2 años después de la gloria máxima de su vida. dice algo sobre su estado de salud mental en ese periodo que ningún titular de la época quiso decir directamente.
La presión después del podio, la exigencia de dar más resultados, las fricciones con las autoridades, los representantes que la explotaban, la acumulación de lesiones, la dificultad de construir una vida fuera de la cancha, mientras la cancha seguía siendo el único lugar donde el mundo la reconocía.
Todo eso estaba pasando en simultáneo en el cuerpo y en la mente de Soraya Jiménez. mientras el sistema la juzgaba por haber tomado un antidepresivo. La sanción fue de 6 meses de suspensión por parte de la Federación Internacional, pero la intervención de Mario Vázquez Raña, quien en ese momento era presidente del Comité Olímpico Mexicano ante las autoridades internacionales del deporte, logró que la sanción fuera reducida dos meses, reconociendo que la sustancia había sido tomada por prescripción médica y que no mejoraba el rendimiento atlético. Soraya expresó su
gratitud hacia Vázquez Raña de una manera que habla de la profundidad del apoyo que recibió de él en un momento en que pocas personas del sistema deportivo estaban de su lado. Dijo que lo consideraba como un padre y que estaría agradecida con él toda la vida. Un atleta de 24 años considerando padre al presidente del Comité Olímpico Mexicano, porque fue el único funcionario del deporte que se puso a su lado cuando el escándalo la golpeó.
Esa imagen es reveladora sobre la calidad del apoyo institucional que el resto del sistema le proporcionaba. Los dos escándalos juntos en el mismo año hicieron imposible la clasificación a los juegos de Atenas 2004 y Suraya se retiró. Tenía 26 años. El cuerpo que había llevado a Sydney ya acumulaba daño que los médicos podían leer en las radiografías, pero que Soraya sentía en cada entrenamiento.
Las lesiones en la pierna izquierda que empezarían a requerir intervenciones quirúrgicas. la articulación de quien había levantado pesos que ninguna mexicana había levantado antes, envejecida a un ritmo que su calendario no correspondía. El retiro no fue una despedida en un estadio lleno de aficionados, no fue una rueda de prensa con el presidente del com en la tribuna.
Fue simplemente el momento en que el cuerpo y las circunstancias conflueron para decir que el ciclo había terminado, sin el ritual de cierre que los atletas que llegan al final de sus carreras de manera ordenada pueden tener. Y comenzó la segunda vida, la que nadie en el sistema del deporte mexicano había preparado a Soraya para vivir.
Lo primero que intentó fue seguir conectada al deporte desde adentro. Entrenó alteristas en la Universidad Autónoma del Estado de México. Intentó transmitir lo que COF le había enseñado, lo que Bulgaria le había enseñado, lo que el camino desde Naucalpan hasta Sydney le había enseñado. Pero el sistema de formación de entrenadores en México no tiene un mecanismo fluido para convertir a los atletas de alto rendimiento retirados en técnicos remunerados de manera adecuada.
Los conocimientos que Soraya tenía sobre altofilia femenina en ese momento eran probablemente los más valiosos del país en esa disciplina. El sistema no tenía un mecanismo para pagárselos. Intentó la comunicación. estudió el diplomado de juicios orales para titularse como abogada porque la licenciatura en ciencias de la comunicación que había cursado en la UAM le daba una base, pero quería ampliar sus opciones profesionales.
Daba asesorías legales informales para generar algún ingreso. La imagen de la primera campeona olímpica femenina de México estudiando para abogada mientras daba asesorías legales en lo que construía una carrera nueva es la imagen más honesta sobre la brecha entre lo que el sistema prometía y lo que el sistema entregaba.
Después vino la televisión, los comentarios deportivos, primero en programas más pequeños, luego con mayor visibilidad hasta llegar a la cobertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 para Televisa. Era trabajo que ella podía hacer con los conocimientos que tenía sobre el deporte y le daba visibilidad, pero en términos económicos nunca tuvo la estabilidad que necesitaba, especialmente con el peso creciente de los gastos médicos.
Porque mientras Soraya intentaba construir su segunda vida, el cuerpo que había construido su primera vida seguía presentando facturas. Las 14 operaciones en la pierna izquierda no ocurrieron todas juntas, ocurrieron de manera escalonada a lo largo de los años de retiro, cada una respondiendo a una nueva complicación en la cadena de daño que el deporte de alto rendimiento había dejado en una estructura articular que los médicos comparaban con la de una persona de 80 años.
La pérdida del pulmón derecho en 2007 fue el golpe más brutal. Soraya fue a los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro de ese año en un rol ya alejado de la competencia activa. Contrajo influenza tipo BE. La infección avanzó de una manera que su sistema inmunológico, ya comprometido por años de lesiones, cirugías y el desgaste acumulado del deporte de élite no pudo combatir con la eficiencia que una persona sin ese historial hubiera tenido.
Los médicos determinaron que la única manera de salvarle la vida era extirpar el pulmón derecho. Tenía 29 años. El pulmón derecho se fue, quedó el izquierdo. Hay algo en ese dato que necesita ser dicho sin eufemismo. Vivir con un solo pulmón es posible. Millones de personas lo hacen después de diferentes tipos de intervenciones médicas.
Pero vivir con un solo pulmón mientras se intenta mantener la actividad física que Soraya se negaba a abandonar, mientras el sistema inmunológico sigue comprometido, mientras las operaciones de rodilla continúan acumulándose, es algo que pertenece a una categoría de resistencia que va más allá de lo que la narrativa del deporte suele querer documentar.
En 2009, la epidemia de influenza AH1N1, que afectó a México con particular gravedad, encontró en Soraya Jiménez. Un cuerpo que no podía defenderse de la misma manera que uno con dos pulmones y un sistema inmune intacto. Cayó gravemente enferma. Estuvo en coma 15 días. Su familia la acompañó en el hospital sin saber si volvería a despertar.
El coma de 2009 fue el episodio más cercano a la muerte que Soraya vivió antes del definitivo de 2013 y de ese coma también salió. La resiliencia de Soraya en ese periodo es real y verificada. y merece ser nombrada sin romantizarla. No era la fuerza sobrehumana de una superheroína deportiva, era la terquedad documentada de una mujer que cada vez que el cuerpo colapsaba se levantaba porque no había otro plan.
El plan B era la muerte y Suraya eligió el plan A cada vez que el cuerpo le dio la opción. Pero esa terquedad tenía un límite y ese límite era también la condición de sus últimos años. La entrevista de 2010 con Proceso no solo documenta el historial clínico, documenta el estado de ánimo de alguien que ya sabe que el cuerpo no va a mejorarse, que las operaciones no van a terminar, que el pulmón no va a volver, que los paros cardiorrespiratorios han ocurrido cinco veces y que no hay garantía sobre cuándo ocurrirá el sexto y que en ese contexto
la pregunta de cómo pagar la vida cotidiana no tiene una respuesta sencilla. La relación de Soraya con el dinero en sus últimos años está documentada por el hermano José Luis en proceso, con una precisión que los eufemismos habituales de la narrativa deportiva no habrían permitido. El departamento de la Condesa, comprado con el premio del Estado de México en el año 2000, era su principal activo, un departamento en una colonia cara de la Ciudad de México que representaba toda la solidez económica que el sistema le
había dado en el momento de la gloria y que en 2013 todavía no había terminado de amueblarse porque los recursos que debían haber servido para vivir bien en él se fueron hacia donde siempre se van, cuando el flujo de ingresos no alcanza para los gastos. en pagar lo más urgente cada mes. La camioneta Mercedes que Grupo Uribe le regaló valía 800,000 pesos. La vendió.
Con ese dinero compró otro auto más barato, luego otro más barato todavía. El Mercedes de los días de Gloria se fue convirtiendo en una cadena descendente de vehículos que documentan, en términos muy concretos, el sentido de la economía doméstica de una campeona olímpica que el sistema dejó sin red de contención.
No hubo ningún mecanismo institucional del deporte mexicano que se activara de manera proactiva para asegurarse de que la primera medallista de oro olímpica femenina del país tuviera cubiertos sus gastos médicos. El único seguro que tenía era el que Grupo Uribe le proporcionaba. Un patrocinador privado, no el estado, era quien garantizaba que las operaciones de rodilla tuvieran cobertura y ese seguro tenía límites, como todos los seguros.
Y cuando esos límites se alcanzaban, la factura caía sobre Soraya. El hermano José Luis en la entrevista de Proceso describió la situación económica de sus últimos meses con una honestidad que contrasta radicalmente con la imagen pública que Soraya proyectaba. Vivía en la condesa, tenía coche, tenía la sonrisa de siempre en las pantallas, pero no.
Era grave su situación económica. No parecía, pero era grave. Esa capacidad de mantener una imagen de normalidad mientras por dentro la situación se deterioraba. Es una característica documentada del carácter de Zoraya, según quienes la conocían bien. Físicamente fuerte, emocionalmente sensible, incapaz de armar un alboroto.
No quería que nadie la viera en dificultades porque la dificultad era la negación del rol que el país le había asignado, la campeona, la que levantó lo imposible, la indestructible. Y sin embargo, en los últimos meses de su vida, según el relato del hermano, esperaba que sus amigos del deporte o uno de los tantos políticos que se le habían acercado cumpliera con la promesa de darle trabajo. No limosna, trabajo.
La diferencia es importante y el hermano fue explícito sobre ella. No quería limosna ni que le regalaran dinero. Quería una oportunidad para ganarse la vida y sentirse útil. Esa distinción entre la limosna que humilla y el trabajo que dignifica es la distinción que el sistema del deporte mexicano no supo hacer para ella.
El sistema sabe dar premios en el momento de la gloria. No sabe crear estructuras de inserción laboral para los atletas que ya no compiten. No sabe construir los mecanismos que permitirían a una Soraya Jiménez retirada usar sus conocimientos de manera remunerada de forma consistente y adecuada al valor que esos conocimientos tenían.
Su exentrenador, Quevs Drafkov, llegó al funeral como la última persona, unos 20 minutos antes de que partiera el cortejo fúnebre hacia la agencia Galloso en Sullivan, donde esa tarde cremaron los restos de Soraya. Cevo la última vez que hablaron el martes previo a su muerte, que se verían el viernes o el sábado.
La muerte no avisó ni esperó al viernes. La relación entre Soraya y Coef a lo largo de los años fue compleja según las crónicas. Estuvieron distanciados en varios periodos. En alguna ocasión, Soraya llegó a declarar que el entrenador había muerto. Una declaración que años después los medios describieron como que ella lo había resucitado cuando cambió su versión.
Algunos medios mencionaron un vínculo sentimental entre ambos, aunque ese dato no tiene fuente verificada de primera mano y queda en el territorio de lo que se dice sin poder confirmarse. Lo que sí está confirmado es que Cev, independientemente de los altibajos de la relación personal, nunca consideró que Soraya se hubiera dopado para ganar en Sydney.
Cuando murió, el entrenador búlgaro fue al funeral y lo dijo públicamente. Ella no se dopaba. Ese testimonio de Cev tiene valor doble. Por un lado, como declaración de quien la entrenó mejor que nadie y que tenía la perspectiva técnica para saberlo. Por otro, como el gesto de un hombre que llegó al funeral de alguien a quien llevó al podio más alto y que fue después olvidada de la manera más documentada y más vergonzosa de la historia del deporte olímpico mexicano.
La alterofilia femenina en México después de Soraya Jiménez tuvo un periodo largo de ausencia del podio olímpico. Pasaron 21 años entre el oro de Sydney 2000 y el bronce de Aremi Fuentes en Tokio 2021, 21 años entre la primera medalla y la siguiente. Y cuando Aremi Fuentes subió al podio en Tokio, en las entrevistas posteriores nombró a Zoraya como su inspiración.
El legado deportivo se transmitió de manera intangible a través del ejemplo de lo que era posible, sin que el sistema hubiera construido ninguna infraestructura de transmisión formal entre una generación y la siguiente. La primera campeona le abrió la puerta a las que vinieron después. El sistema tomó el crédito de las medallas que siguieron sin haber resuelto el problema que la historia de Soraya documentó con tanta claridad.
En los meses finales de 2012 y los primeros de 2013, Soraya trabajaba como comentarista en Televisa. En enero de 2013, Noé Hernández, el marchista subcampeón olímpico, recibió un balazo en la cabeza y murió días después. Era el mismo Noé Hernández, que también había ganado todo y también había caído en la pobreza después de que el sistema lo olvidó.
Dos medallistas olímpicos mexicanos, uno asesinado, el otro muriendo meses después de causas relacionadas con el deterioro físico acumulado durante años de abandono. El año 2013 fue despiadado con el deporte olímpico mexicano en términos del costo de sus glorias pasadas. Soraya fue al funeral de Noé.
Las crónicas registran que esa fue su última aparición pública. Fue a despedir a un compañero de generación, alguien que entendía desde adentro lo que era llegar a la cima y caer sin red y lo hizo sin saber que ese sería su último acto público. La noche del 27 de marzo de 2013, la cena en casa de sus padres en Lomas Verdes fue lo que fue.
Una reunión familiar ordinaria que tuvo la forma de una despedida que nadie reconoció como tal. La madre recuerda a Zoraya sonriente, derramando cariño, llevando flores, dando regalos, hablando de proyectos. Nada que anunciara el final. Magali estaba ahí, la gemela, el espejo, la que tiene el mismo ADN y todavía está viva.
Las dos hermanas que empezaron en la misma cancha de basketbol de Naucalpan, que llegaron hasta donde llegaron juntas y que luego tomaron caminos radicalmente distintos, compartieron esa última cena sin saber que era la última. Soraya regresó a su departamento en la Condesa y a las 5 de la mañana del día siguiente, el personal de limpieza la encontró muerta.
Dale, Alex, si esta historia te movió, compártela. No para el morbo de la caída, sino porque esta conversación sobre lo que el sistema deportivo mexicano les debe a sus atletas todavía no ha terminado. Y mientras no termine, seguirá habiendo más casos como el de Soraya. Suscríbete a Sombras del Olimpo. Seguimos abriendo los expedientes que los discursos oficiales prefieren mantener cerrados.
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