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MARCO A. BARRERA: su SECRETO mortal… El oscuro ENGAÑO que casi lo MATA en el ring

del Olimpo al abismo. Seis campeonatos del mundo en tres divisiones de peso, 44 knockouts en 74 peleas profesionales. El hombre que destruyó el invicto del boxeador más espectacular de su época, el guerrero que protagonizó dos de las peleas del año en menos de 5 años. El mexicano que tomó el relevo de Julio César Chávez  y se convirtió en el nuevo ídolo de toda una nación.

 El número 43 de los 50  mejores boxeadores de la historia según ESPN. El número tres en la lista de los mejores libra por libra de los últimos 25 años. Según ese mismo medio, un hombre que peleó ante 21 campeones del mundo y ganó 18 de esos encuentros. Y debajo de toda esa gloria, debajo de cada golpe que lanzó y recibió durante años en los rings más importantes del mundo, había un secreto.

 Un secreto que si se hubiera sabido antes habría terminado con su carrera de inmediato. Un secreto que las comisiones de boxeo no conocieron como debían. Un secreto que puso su vida en peligro cada vez que subió al cuadrilátero. Tenía una malformación de vasos sanguíneos en el cerebro. Le habían abierto la cabeza,  le habían colocado implantes metálicos en el cráneo y luego, en lugar de retirarse como le aconsejaron, volvió al ring una y otra vez a recibir golpes de los hombres más peligrosos del planeta con el cráneo literalmente

reparado con placas de metal. Durante 6 años, 16  peleas sin que las comisiones lo supieran correctamente. En los próximos minutos vas a conocer cuatro cosas que nadie te ha contado de forma completa sobre Marco Antonio Barrera. Primera, ¿quién era realmente este hombre antes de que el mundo lo conociera? ¿Y por qué su historia empieza con papeles falsificados  incluso antes de que se descubriera su cerebro? Segunda, lo que pasó el 29 de agosto de 1997, la cirugía que debería haberlo retirado para siempre, lo que encontraron dentro

de su cabeza, lo que significa que te abran el cráneo  y te pongan placas metálicas para que no te mueras de un derrame. Y lo que le dijeron los médicos. Tercera, el engaño. ¿Cómo regresó al ring sin que las comisiones de boxeo lo supieran correctamente? cómo peleó 16 combates con la cabeza operada y lo que significa concretamente recibir un puñetazo de un campeón mundial cuando tienes tornillos y placas en el cráneo.

Cuarta, cómo todo explotó en 2003. ¿Qué pasó cuando el mundo se enteró? La y la pregunta que nadie se ha atrevido a responder del todo. ¿Qué clase de adicción a la gloria tiene que tener un hombre para apostar su  propia vida de esa manera, sabiendo que un mal golpe en el lugar equivocado podía dejarlo en estado vegetativo? o matarlo  en directo frente a millones de personas.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes lo más importante, la reflexión sobre la psicología del peleador, sobre ese dios oscuro que es el boxeo, que elevó a barrera hasta el cielo y casi se cobró su vida en directo con millones de personas mirando sin saber lo que estaba pasando realmente dentro de su cabeza.

Pero antes necesitas entender quién era este hombre, porque la historia de Marco Antonio Barrera no empieza en el ring, empieza en Itacalco y empieza con una falsificación. Marco Antonio  Barrera Tapia nació el 17 de enero de 1974 en la ciudad de México.  Eccalco, un barrio de trabajadores, de gente que madruga, de familias que saben lo que es pelear por cada peso.

 No es Polanco, no es Santa Fe. Es el tipo de barrio donde los niños aprenden rápido que el mundo no les va a regalar nada, que si quieres algo tienes que ir a buscarlo con las manos y que las reglas las escriben los que tienen poder, no los que tienen razón. Hijo de Jorge Barrera y Rosa María Tapia, Marco Antonio creció en ese entorno donde el boxeo no era un deporte de élite ni un camino hacia la fama abstracta.

 Era algo más sencillo y más brutal que eso. Era un gimnasio a pocas cuadras. Era el sonido de los guantes golpeando el saco. Era ver a otros hombres del barrio que habían encontrado en el ring algo que el mundo de afuera no les daba. O identidad, respeto, propósito, una forma de probar cada día que existías y que  valías. Grábate esto.

 Marco Antonio Barrera pisó un gimnasio de boxeo cuando era todavía un niño. No cuando tenía 16 años y alguien le dijo que tenía talento natural. No cuando un entrenador lo vio en la calle y le habló de su futuro, sino cuando era un crío, cuando el boxeo todavía podía parecer un juego de niños, aunque ninguna persona que haya estado en un gimnasio de verdad lo haya confundido nunca con un juego.

 Y desde el primer momento que se puso los guantes, quedó claro que aquí había algo diferente. No solo ganas, no solo resistencia, talento real de los que no se fabrican, sino que se descubren. hizo una carrera amateur de más de 100 combates. Los registros hablan de 104 victorias contra cuatro derrotas como amateur, cinco veces campeón nacional de México en distintas categorías de peso.

Cinco veces. Eso no es el perfil de alguien que descubrió el boxeo  tarde y tuvo suerte de encontrar un entrenador que lo puliera. Eso es el perfil de un atleta formado desde la infancia con una dedicación sistemática  que la mayoría de los adultos no tienen para ninguna actividad en su vida.

 100 peleas antes de cobrar un solo peso, antes de que el mundo lo conociera. El entrenador Rudy Pérez lo tomó bajo su ala desde los primeros  años y la combinación de lo que Barrera traía naturalmente,  esa disposición para pelear, esa capacidad de absorber y responder, esa inteligencia táctica que algunos tienen desde pequeños y que ningún entrenador del mundo puede enseñar si no está ahí de origen.

 S con el trabajo técnico y la disciplina que Pérez le exigió en cada sesión de entrenamiento, produjo desde muy temprano un boxeador de una dimensión diferente. No era el más grande de su generación, no era el más fornido, no era el que más pegaba, era el más completo,  el que pensaba mientras peleaba, el que se adaptaba en tiempo real a lo que el rival  le mostraba, el que encontraba la forma de ganar incluso cuando el camino no estaba claro, cuando el plan inicial se había roto y había que improvisar.

 Y aquí viene el primer dato que define a este hombre antes de cualquier otra cosa. El primer signo de que Barrera nunca iba a dejar que las reglas se interpusieran entre él y lo que quería. El primer indicio de que era el tipo de persona que cuando el sistema le dice que no puede hacer algo, busca la manera de hacerlo de todas  formas.

 Es un rasgo que lo acompañaría durante toda su carrera. Debutó en el profesionalismo en 1989. Tenía 15 años.  15 años. En la mayoría de los países del mundo, a los 15 años no puedes firmar un contrato, no puedes votar,  no puedes conducir un automóvil. En el mundo del boxeo también hay límites de edad, normas establecidas para proteger a los menores, para que  un chico de 15 años no pueda cobrar dinero porque un adulto le golpee la cabeza en un ring.

 Esas reglas existen por razones  médicas, éticas y legales perfectamente válidas y que cualquier persona razonable entendería. Barrera no lo sabía o lo sabía y no le importó o alguien en su  entorno tomó la decisión por él. El caso es que alguien falsificó papeles. Los documentos decían que tenía 17 años, la edad mínima requerida para boxear como profesional.

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