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El Mariachi Preguntó: Alguien sabe cantar? Cuando el Cantante Faltó — Jose Alfredo Jimenez Hizo Esto

Había una noche en Guanajuato a finales de los años 40 en que el patio de la cantina La Sirena tenía la clase de silencio que solo se forma cuando algo que debería estar ocurriendo no está ocurriendo. El cantante contratado para esa noche llevaba ya 20 minutos de retraso y 20 minutos en una cantina  llena de gente que ha pagado por escuchar algo específico no es un simple retraso.

Es un problema que alguien tiene que resolver antes de que el problema se convierta en escándalo. El dueño del lugar, un hombre de apellido  Reyes, que había visto pasar suficientes noches difíciles como para reconocer cuando una noche difícil todavía tenía salida, caminaba entre las mesas con el paso corto de quien calcula opciones y las descarta casi al mismo tiempo que las piensa.

Los mariachis afinaban por segunda vez, porque, ¿qué hace un grupo de músicos cuando no tiene nada más que hacer y necesita parecer ocupado mientras el escenario sigue vacío? Y en una mesa del fondo, cerca de la cocina, un joven flaco, de traje prestado y zapatos que no eran exactamente de su talla, tomaba un café ya frío con la calma de quien no tiene prisa porque todavía  no es su problema.

No lo era. Todavía no. El joven se llamaba José Alfredo Jiménez. Tenía poco más de 20 años y una manera de estar en los  lugares que no llamaba la atención de nadie, la manera de estar de alguien que ha aprendido  a fuerza de necesidad. a ocupar el menor espacio posible mientras espera algo que no sabe nombrar.

Había llegado a esa cantina no como invitado de honor, sino como cliente habitual, vendedor de zapatos en un comercio cercano que  al terminar su turno se quedaba ahí porque entre el ruido y el humo de la sirena podía escuchar canciones que en ningún otro lugar de su vida nadie le pedía que cantara.

¿Qué hace una ciudad pequeña con un joven que no tiene oficio fijo, que no tiene apellido que abra puertas, que carga una libreta llena de versos que nadie le pidió escribir? Lo ignora, no con crueldad, sino con la indiferencia más difícil de combatir, la que no rechaza de frente, sino que simplemente no mira. Y José Alfredo había aprendido a vivir bajo esa indiferencia sin que lo amargara, porque había  decidido mucho antes de esa noche que la atención de los demás no era la medida de lo que él valía.

Esa noche, sin embargo, algo en el aire de la cantina empezaba a tensarse de una manera distinta a las noches anteriores. El murmullo de las mesas tenía ya esa textura inquieta de quien espera algo que no llega y comienza a preguntarse en voz cada vez más alta, ¿por qué no llega? Reyes miraba hacia la puerta cada pocos segundos, como si mirar con más insistencia pudiera apresurar la llegada de alguien que evidentemente no iba a llegar.

Y mientras el dueño de la cantina calculaba cuánto tiempo más podía sostener esa espera sin que el público empezara a pedir que le devolvieran su dinero, en la mesa del fondo, José Alfredo seguía tomando su café frío, sin saber todavía que esa espera, esa  tensión, ese pequeño desastre que se estaba formando en el escenario vacío de la sirena, era exactamente la grieta por la que su vida entera estaba a punto de cambiar de dirección.

Para entender por qué José Alfredo estaba esa noche en esa mesa, hay que ir varios años atrás a Dolores  Hidalgo, el pueblo donde nació en enero de 1926, en una casa donde el dinero nunca alcanzaba para todo lo que hacía falta y donde las canciones, en cambio, sobraban, su padre murió cuando él era apenas un niño y esa muerte no fue solo la pérdida de un hombre, fue el quiebre de la poca estabilidad  que la familia había logrado sostener.

La madre quedó al frente de los hijos con la fuerza obligada de quien no tiene la opción de derrumbarse. Y José Alfredo creció entendiendo  desde edad temprana que la vida no le iba a regalar nada que no estuviera dispuesto a buscarse el mismo. La familia se mudó a la Ciudad de México buscando lo que cualquier familia humilde de provincia buscaba en la capital durante esos años.

trabajo, oportunidad, una posibilidad de que las cosas mejoraran simplemente por estar en un lugar más grande. La ciudad, sin embargo, no le entregó nada gratis. José Alfredo tuvo que crecer rápido en un barrio donde la calle enseñaba tanto como cualquier escuela y donde aprendió pronto que había dos tipos de personas, las que se quejaban del lugar donde les había tocado nacer y las que simplemente trabajaban con lo que tenían.

Él decidió, sin que nadie se lo explicara con esas palabras, pertenecer al segundo grupo. Desde niño tuvo una relación extraña con las palabras. No era el alumno más brillante del salón, ni el que mejor leía en voz alta, pero tenía una capacidad que sus maestros notaban sin saber exactamente cómo nombrarla, la de convertir  lo que sentía en frases que se quedaban en la cabeza de quien las escuchaba.

empezó a escribir versos sueltos en cuadernos escolares, no porque alguien le pidiera tarea de ese tipo, sino porque algo dentro de él necesitaba salir de esa forma y no de otra. Esos primeros versos no eran buenos en el sentido  técnico que un maestro de literatura hubiera exigido. Eran honestos, que es una cualidad distinta y a veces  más difícil de fabricar.

La adolescencia lo encontró dividido entre dos pasiones que parecían no tener relación entre sí, el fútbol y la música. Jugó en equipos de ligas menores con la ilusión, compartida por miles de jóvenes de su generación, de que el deporte podía ser la puerta de salida de la pobreza. Entrenaba con la disciplina de quien cree de verdad que ahí está su futuro, corriendo en canchas de tierra, soportando golpes y derrotas con la misma entereza con que soportaba las carencias en casa.

Pero por las noches, cuando el cuerpo ya no daba para más entrenamiento, sacaba la libreta y seguía escribiendo como si una parte de él ya supiera, mucho antes de que la otra parte lo aceptara, que el destino no estaba en una cancha, sino en algo que todavía no tenía forma clara. Nadie en su familia ni en su barrio le decía que tenía talento para la música.

No porque no lo notaran, sino porque ahí escribir canciones no era un oficio serio, era afición de muchacho soñador,  algo que se abandona cuando llega la hora de buscar trabajo de verdad. Y José Alfredo, aunque escuchaba esas opiniones, seguía  escribiendo, llenando una libreta que cargaba a todas partes sin mostrarla completa a nadie, como quien guarda un secreto que todavía no está listo para ser juzgado por el mundo.

El fútbol no llevó a José Alfredo a ninguna parte que él hubiera imaginado en sus mejores noches de entrenamiento. llegó a jugar en algunos equipos de cierto nivel, pero el camino hacia convertirse en jugador profesional se fue cerrando de la misma manera en que se cierran la mayoría de esos caminos para la mayoría de los jóvenes que los intentan.

Sin un anuncio dramático, sin una derrota única que pudiera señalarse como el final,  sino con una acumulación lenta de oportunidades que no llegaban, de pruebas que no resultaban, de equipos que preferían a otro jugador por razones que nunca quedaban del todo claras. José Alfredo entendió, sin  que nadie tuviera que decírselo con crudeza, que esa puerta se estaba cerrando y que necesitaba encontrar otra manera de sostenerse mientras decidía qué hacer con el resto de su vida.

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