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Jayne Mansfield: Todos Creían Conocerla… Hasta Aquella Última Noche

Jayne Mansfield: Todos Creían Conocerla… Hasta Aquella Última Noche

El Buck avanza en la oscuridad a más de 100 km porh. Dentro van seis personas y cuatro perritos chihuahua. En el asiento de atrás, tres niños duermen amontonados, ajenos a todo. Y adelante, junto a la ventanilla, una mujer de 34 años mira la carretera negra sin saber que le quedan menos de 2 minutos de vida. Es de madrugada.

 La carretera 90 de Luisiana se hunde entre los pantanos. No hay luces, no hay otros carros, solo el zumbido del motor. Y más adelante algo que el conductor todavía no alcanza a distinguir. Una nube blanca y espesa que cubre el camino por completo. Dentro de esa nube hay un camión detenido. El hombre al volante tiene apenas 20 años.

Está cansado. Lleva horas manejando. Cuando por fin descubre la masa oscura del tráiler, ya es tarde. Pisa el freno con todas sus fuerzas. Las llantas chillan contra el asfalto húmedo, pero el carro no se detiene. Se mete por debajo del camión, como un cuchillo, entra en la madera y en una sola fracción de segundo el techo del buic desaparece.

 La mujer que va adelante es una de las rubias más fotografiadas del planeta. Ha llenado portadas, ha hecho reír a millones. La han comparado con Marilyn Monroe en cada periódico del mundo. Esta noche, sin embargo, no hay cámaras, no hay flashes, no hay público que la aclame. Ridia, no, solo una carretera vacía, un camión invisible y tres niños que dentro de unos segundos van a despertar huérfanos.

 Su nombre es Jane Mansfield y la historia que están a punto de escuchar no es la de los chistes ni la de las revistas de la época, porque detrás de la rubia tonta que el mundo creyó conocer había una mujer que estudió varios idiomas, que tocaba el violín y el piano, de la que se decía que tenía un coeficiente intelectual capaz de dejar mudos a los periodistas.

 Una mujer que construyó su propia leyenda con sus propias manos y que terminó devorada por esa misma leyenda. Lo que pasó aquella madrugada en Luisiana le dio la vuelta al mundo en cuestión de horas y casi nada de lo que se dijo esa semana era verdad. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio.

 Vera Jane Palmer nace el 19 de abril de 1933 en Brinmore, un pueblo tranquilo de Pennsylvania, hija única. Su padre Herbert es abogado. Su madre Vera, fue maestra de escuela. La llaman por su segundo nombre Jane. Desde el primer día es una niña rubia, despierta, observadora. de las que se quedan mirando a los adultos como si ya estuvieran tomando apuntes para usarlos más tarde.

 La familia tiene una vida cómoda y previsible, una casa decente, un buen apellido, un padre que sale cada mañana al despacho. Durante 3 años, la pequeña Jane crece rodeada de esa seguridad tibia que solo conocen los niños muy queridos. Y entonces todo se rompe. Jane tiene 3 años cuando su padre cae fulminado por un infarto.

 De un día para otro, el hombre fuerte de la casa, el que ganaba el dinero, el que sostenía el mundo entero de aquella niña, ya no está. Es demasiado pequeña para comprender la palabra muerte, pero no es demasiado pequeña para sentir el hueco que deja ese silencio nuevo que se instala en las habitaciones y ya no se va. Retengan esa edad.

 3 años, porque esa cifra va a volver al final de esta historia de la manera más cruel que puedan imaginar. Su madre, viuda y todavía joven, hace lo que puede para reconstruir una vida. Con el tiempo se vuelve a casar con un ingeniero y la familia se muda lejos a Dallas, Texas. Allí, bajo un cielo enorme y caluroso, la niña encuentra una forma de llenar el vacío que dejó la muerte de su padre.

 Y esa forma son las clases. Piano, violín, danza, idiomas. Jane lo absorbe todo y lo absorbe rápido, casi con hambre, como si quisiera demostrarle algo a alguien que ya no está para verlo. En las paredes de su cuarto de adolescente empieza a pegar fotografías de las grandes estrellas de cine. Las mira durante horas como quien estudia un mapa hacia un tesoro escondido.

 les cuenta a sus compañeras de clase con una seguridad que a todas las desconcierta, que un día su cara va a estar en esas mismas revistas. Nadie le cree. Es una chica de Texas, hija de una viuda, sin contactos, sin dinero, sin nada. De ese vacío nace entonces un sueño enorme, desproporcionado. Años más tarde le contaría a los periodistas que desde muy pequeña tenía una sola idea clavada en la cabeza.

 Iba a ser estrella de cine, no actriz, estrella. La diferencia entre esas dos palabras importa y la vamos a entender muy pronto. Pero antes que la fama llegaron el matrimonio y la maternidad. Con apenas 16 años, Jane se enamora de un joven llamado Paul Mansfield y queda embarazada. A principios de 1950, casi una niña todavía se casa con él.

 Poco después nace su primera hija, Jane Marie. La adolescente que soñaba con marquesinas de neón es de pronto una esposa y una madre en Texas con un bebé en brazos, una cocina que atender y un apellido nuevo. Ese apellido es Mansfield y aunque el matrimonio con Paul demasiado, ella lo va a conservar para siempre.

 La razón suena bien, suena a estrella, suena a luces de marquesina. Lo asombroso es que ni siquiera la maternidad la desvía del plan. Mientras cría a su hija recién nacida, Jane se inscribe en la universidad, estudia teatro, toma clases de actuación, de dicción, de baile, lee, memoriza, ensaya frente al espejo del baño cuando la bebé duerme.

 Hay una frase suya de aquellos años de juventud que lo explica todo. Un periodista se sorprendió de sus excelentes calificaciones y ella respondió con una sonrisa cargada de intención, que sí, que tenía un promedio altísimo, pero que con la mayoría de los hombres convenía esconder la inteligencia. Esa frase es la llave de toda su vida, no la olviden.

 Porque Jane Mansfield comprendió, muy joven y muy bien, una regla brutal del mundo que le tocó vivir, que una mujer hermosa podía abrir con su cuerpo puertas que jamás abriría con su cabeza y tomó una decisión consciente, fría, casi de ajedrecista. decidió usar esa regla a su favor, aunque el precio fuera que nadie nunca jamás la tomara del todo en serio.

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