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El plan oculto de Stalin: las divisiones secretas que salvaron Moscú

El plan oculto de Stalin: las divisiones secretas que salvaron Moscú

5 de diciembre de 1941, las 3:40 de la madrugada, a las afueras de Moscú, en una zanja excavada en tierra que ya no era tierra, sino piedra, un soldado alemán aprieta el gatillo de su fusil. No pasa nada, lo intenta otra vez. Nada. El aceite que debía proteger el mecanismo se ha vuelto una pasta dura, congelada, inútil.

La Segunda Guerra Mundial vivía esa noche uno de sus momentos decisivos en el Frente Oriental, en plena operación Barbarroja, cuando el ejército más temido de Europa, la Bermac de Hitler, descubrió que su enemigo más mortal no llevaba uniforme, no disparaba cañones, no conducía tanques. Su enemigo era el invierno ruso.

Esta es la historia de la batalla de Moscú, del fracaso de la operación Tifón y del frío que detuvo a Alemania a las puertas de la capital soviética. El termómetro había caído por debajo de los 30 gr bajo cer y seguía bajando. El soldado se llamaba como cientos de miles de otros que esa noche temblaban en las posiciones avanzadas. Veían el aliento congelarse frente a sus rostros.

Sentían los dedos perder el color, luego la sensación, luego la forma. El frío no era una molestia, era una presencia, [música] algo vivo que se metía bajo el capote delgado, bajo la guerrera de verano que jamás fue pensada para esto y mordía la carne hasta el hueso. A lo lejos, apenas a unos kilómetros, brillaban las luces de Moscú, tan cerca, tan imposiblemente cerca.

Algunos oficiales de las divisiones de vanguardia aseguraban que en los días claros con los binoculares podían distinguir las torres del Kremlin, la meta de toda la campaña, el objetivo por el que habían marchado más de 1000 km desde junio. 1000 km de aldeas quemadas, de carreteras de barro, de prisioneros por centenares de miles, 1000 km de victorias.

Y ahora, a un paso del final, el avance se detenía. No por una orden, no por el enemigo. Se detenía porque las máquinas no arrancaban [música] y los hombres no podían sentir sus propias manos. El motor de un tanque páncer no giraba. El combustible se espesaba en los conductos. El agua de refrigeración se había convertido en hielo dentro del bloque.

Los mecánicos encendían fuegos debajo de los vehículos [música] para descongelarlos, arriesgándose a incendiarlos solo para lograr que un motor tosciera y volviera a la vida durante unas horas. Las ametralladoras se trababan, los cierres de los fusiles se pegaban. La grasa, ese pequeño detalle invisible que mantiene funcionando a un ejército moderno, se había vuelto el aliado del enemigo.

Y mientras tanto, del otro lado de la línea, algo se movía en la oscuridad. Para entender la magnitud de lo que estaba a punto de ocurrir, hay que retroceder. Hay que entender como el ejército que parecía invencible llegó a quedar atrapado, inmóvil en la nieve. frente a la ciudad que creía conquistar antes de la Navidad.

Todo había comenzado el 22 de junio de 1941. Esa madrugada más de 3 millones de soldados del eje cruzaron la frontera de la Unión Soviética en la mayor invasión terrestre de la historia, la operación Barb Roja. El plan de Hitler era simple en su ambición y monstruoso en su escala.

destruir al ejército rojo en una campaña relámpago antes de que llegara el invierno. Semanas calculaban los generales en Berlín, quizás un par de meses. La Unión Soviética, decían, era una estructura podrida. Bastaba con derribar la puerta y todo el edificio se vendría abajo. Durante el verano pareció que tenían razón.

Los pancer avanzaban como un cuchillo a través de la mantequilla. Ciudades enteras caían. Ejércitos soviéticos completos quedaban rodeados en gigantescas bolsas de cerco. En Minsk, en Smolensk, [música] en Kiev, cientos de miles de soldados del Ejército Rojo eran capturados o aniquilados. Las cifras eran tan altas que en Berlín se hablaba abiertamente de que la guerra en el este estaba prácticamente ganada.

El 23 de noviembre, el jefe del Estado Mayor del Ejército Alemán, el general Franz Halder, anotaba en su diario sus cálculos sobre el agotamiento del enemigo, convencido de que los soviéticos ya no podían reponer sus pérdidas. Era una guerra de contabilidad y los números en el papel favorecían a Alemania.

Pero la guerra no se libra en el papel, se libra en el barro, en la nieve y en la carne de los hombres. El plan tenía una grieta, una sola, pero fatal. Dependía de la velocidad. Todo el cálculo alemán se sostenía sobre una idea, terminar antes del [música] invierno. Y el invierno no esperó. Primero llegó el otoño y con él la rasputza, la temporada de lodo.

Las lluvias convirtieron los caminos rusos, que en su mayoría no estaban pavimentados, en ríos de barro espeso que se tragaban las botas, las ruedas y las orugas. Los camiones se hundían hasta los ejes. Los caballos, porque sí, el poderoso ejército alemán todavía dependía de cientos de miles de caballos para mover su artillería y sus suministros.

Morían de agotamiento tratando de arrastrar las cargas a través del fango. El avance, [música] que en verano se medía en decenas de kilómetros por día, se redujo a unos pocos [música] metros penosos. Y cuando el barro finalmente se congeló y endureció los caminos, [música] llegó algo peor. Llegó el frío de verdad.

Las temperaturas se desplomaron con una rapidez brutal. [música] Los soldados alemanes que habían sido lanzados a la invasión [música] con la promesa de una victoria rápida, no tenían ropa de invierno, [música] no tenían guantes forrados, no tenían botas adecuadas. Muchos seguían vistiendo el mismo uniforme de verano con el que habían cruzado la frontera en junio.

Se envolvían en periódicos, robaban abrigos a [música] los civiles, se quitaban las prendas de los muertos. La congelación empezó a causar más bajas que las balas soviéticas. Hospitales de campaña llenos, no de heridos de combate, sino de hombres con los pies negros, con los dedos perdidos, con la piel del rostro arrancada por el viento helado.

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