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 EL ULTIMO SALTO DE HUGO… 80 MIL APLAUDIAN PERO EL SENTIA EL FIN

EL ULTIMO SALTO DE HUGO… 80 MIL APLAUDIAN PERO EL SENTIA EL FIN

Madrid, 1992, Santiago Bernabéu. Hugo Sánchez acababa de marcar. El balón todavía temblaba dentro de la red. 80,000 personas aplaudían, pero era un aplauso extraño, frío,  distante. Hugo corrió hacia la esquina, levantó los brazos y entonces lo hizo. El salto mortal. Su cuerpo giró en el aire una vez, dos veces. Aterrizó sobre sus pies.

Perfecto, como siempre. Pero algo era diferente. Sus rodillas crujieron al caer. Un dolor agudo le subió por la espalda y cuando levantó la vista hacia las gradas,  no vio el amor de antes. Dio indiferencia. La multitud aplaudió, pero nadie sabía que ese gesto legendario escondía una despedida dolorosa, porque esa noche Hugo Sánchez hizo su último salto mortal  y lo que pasó después cambió todo 6 meses antes.

 Verano de 1991, Madrid ardía bajo el sol. Hugo estaba en su casa. El teléfono sonó. Era su agente. Hugo, tenemos que hablar. Dime, ¿el club quiere reunirse contigo cuando mañana? A las 10. Hugo colgó, miró por la ventana. Madrid se extendía ante él. Esa ciudad lo había recibido como un héroe. Le había dado todo. Gloria, títulos, amor.

 Pero ahora sentía que algo estaba cambiando. Al día siguiente llegó al Santiago Bernabéu. El estadio estaba vacío, silencioso. Sus pasos hacían eco en los pasillos. subió a las oficinas. La secretaria lo saludó con una sonrisa forzada. Don Hugo, el presidente lo espera. Entró  Ramón Mendoza estaba sentado detrás de su escritorio.

 A su lado, el director deportivo. Hugo, siéntate. Hugo se sentó, sintió el peso del momento. Hugo, sabes que te respetamos, comenzó Mendoza. Eres una leyenda de este club. Lo sé, pero tenemos que ser realistas. Hugo no dijo nada, solo esperó. Tienes  33 años, ya no eres el mismo de hace 5 años. Las palabras cayeron como piedras.

 Este año vamos a fichar a nuevos delanteros, jóvenes,  rápidos. Hugo apretó los puños. ¿Qué estás diciendo? ¿Que tal vez es momento de pensar en tu futuro fuera del Madrid? Silencio. Hugo miró a Mendoza, luego al director deportivo. Ninguno sostuvo su mirada. Me están echando. No, solo te estamos  dando opciones.

 Hugo se puso de pie. No necesito opciones. Necesito respeto. Hugo, ustedes me trajeron aquí. Me prometieron que sería eterno y ahora  me dicen que soy viejo. No es eso. Sí lo es. Hugo salió de la oficina, caminó por el pasillo, bajo por las escaleras, llegó al túnel y ahí, parado en la oscuridad, sintió algo que nunca había sentido.

 Miedo, miedo de que todo estuviera terminando. Los días siguientes fueron extraños. Hugo seguía entrenando, pero algo había cambiado en el equipo. Los jugadores jóvenes lo miraban diferente, ya no con admiración,  sino con impaciencia. está ocupando el lugar de alguien más joven. Escuchó que alguien decía  en el vestuario, Hugo no dijo nada, pero cada palabra era un cuchillo.

 En el primer partido de la temporada fue al banquillo. Por primera vez en años no fue titular. Se sentó,  vio a los jóvenes correr, vio como el estadio los aplaudía y se sintió invisible. En el minuto 70, el entrenador lo miró. Hugo, calienta. Hugo se puso de pie, corrió por la línea, el público lo vio. Algunos aplaudieron, otros ni siquiera levantaron la vista.

 Entró al campo 20 minutos para demostrar que todavía era Hugo Sánchez. Tocó el balón, lo perdió. Un defensor joven se lo quitó fácilmente, corrió,  pero sus piernas no respondían como antes. Pidió el balón, nadie se lo pasó. El partido terminó 0 a0. Hugo no había hecho nada. En el vestuario  nadie le habló.

 Los jóvenes reían entre ellos. Los veteranos lo miraban con lástima. Hugo se duchó,  se vistió, se fue. Esa noche en su casa se sentó frente al televisor. Pusieron las repeticiones del partido. El comentarista dijo, “Hugo Sánchez parece una sombra de lo que fue.” Hugo apagó el televisor y por primera vez en su vida pensó en retirarse.

 Pero entonces llegó esa reunión, la reunión que Hugo nunca olvidaría.  Una semana después, Mendoza lo llamó de nuevo. Hugo, ven a mi oficina. Hugo fue. Esta vez sabía lo que venía. Mendoza fue directo. Tenemos una oferta de México. El América quiere ficharte. Hugo no respondió. Es una buena oferta. Puedes terminar tu carrera en casa.

 No quiero terminar mi carrera. Quiero seguir aquí. Hugo. Ustedes me deben una última temporada. Una despedida digna. Mendoza suspiró. Está bien, una última temporada, pero sin garantías.  No necesito garantías, solo necesito una oportunidad. Salió de esa oficina con una mezcla de alivio y rabia. Tenía una última oportunidad, una última temporada y estaba decidido a demostrarles que estaban equivocados.

 Los meses siguieron. Hugo entrenaba más que nunca. llegaba temprano, se iba tarde, pero los minutos en el campo eran cada vez menos hasta que llegó ese partido, el último  partido de la temporada. El entrenador lo llamó Hugo, hoy juegas de titular. Hugo no preguntó por qué, solo asintió. Salió al campo.

 El Bernabéu lo recibió con un aplauso tibio. Y entonces, en el minuto 85 llegó el momento. Un centro  desde la derecha. Hugo saltó, cabeceó, gol. Su último gol con el Real Madrid. Corrió hacia la esquina y supo lo que tenía que hacer. Una última vez el salto mortal. Giró en el aire, aterrizó. El dolor en sus rodillas fue insoportable, pero lo hizo.

 Y cuando levantó la vista vio a 80,000 personas aplaudiendo. Pero ya no era el mismo aplauso, era un aplauso de despedida. El partido terminó 3 a 1, victoria del Madrid. Hugo caminó hacia el túnel despacio. Cada paso era pesado. Los compañeros lo pasaban corriendo, celebrando. Nadie lo esperó. Llegó al vestuario,  se sentó en su lugar, el número nueve, su número.

 Miró alrededor.  Los jóvenes reían, gritaban, celebraban el título, pero nadie lo miró a él. Se quitó la camiseta, la blanca, la del Real Madrid, la dobló con cuidado  y supo que era la última vez. Butragueño se acercó, se sentó a su lado. Buen gol, dijo. Gracias. ¿Estás bien? Hugo no respondió de inmediato.

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