Nada en aquella rutina parecía anticipar que con el paso del tiempo llegaría a ocupar uno de los cargos más sensibles del aparato de seguridad cubano. Su incorporación a la militancia política tampoco respondió a una épica revolucionaria. No protagonizó acciones espectaculares ni participó en gestas que alimentaran la propaganda posterior.
Su entrada en el movimiento comunista ocurrió gracias a contactos personales. Un primo suyo, tabaquero y conocido como Pilla, lo acercó a la juventud socialista. Sus primeras tareas clandestinas fueron modestas, distribuir octavillas y cumplir pequeñas misiones de apoyo. Tras el triunfo revolucionario, la recién creada seguridad del Estado necesitaba reclutar personas consideradas absolutamente confiables.
Sus superiores vieron en él ciertas cualidades especialmente valiosas para ese tipo de estructuras. era discreto, obediente y extraordinariamente hermético. El argumento utilizado para recomendarlo resultaba tan simple como contundente. [música] Era callado y muy cerrado. Sería un excelente policía. Sin embargo, dentro del complejo ecosistema del Ministerio del Interior surgió un inconveniente inesperado relacionado con su propia identidad.
Las estructuras de inteligencia cubanas, influenciadas por metodologías heredadas de la GVE soviética y de la estas de Alemania oriental, aplicaban mecanismos sistemáticos de ocultamiento y control de la información personal de sus cuadros más sensibles. Durante décadas, periodistas extranjeros, biógrafos e incluso agencias como la CIA identificaron de forma errónea o incompleta a Castro Delgado.
El motivo era particularmente delicado. Su primer apellido era Castro, pese a no guardar relación biológica con la familia gobernante de Virán en un sistema profundamente jerárquico, donde el vínculo sanguíneo con Fidel y Raúl Castro generaba inevitables sospechas de favoritismo. Aquel detalle podía alimentar rumores incómodos.
Por esa razón, el aparato de inteligencia optó por reducir deliberadamente su identidad pública. En documentos, protocolos y en el trato cotidiano terminó siendo conocido simplemente como delgado. Dentro de determinados círculos castrenses también recibió un alias diminutivo y casi paternalista, Jose Ito.
era una manera de mantener una distancia simbólica respecto a la intocable familia gobernante y neutralizar cualquier especulación sobre supuestos privilegios derivados del apellido. En 1987, aquel antiguo zapatero de origen campesino alcanzó el punto más alto de su carrera. Fue designado jefe de la escolta personal de Fidel Castro, sucediendo a Domingo Miner.
Desde esa posición pasó a controlar uno de los dispositivos de seguridad más sofisticados y herméticos de América Latina. El Estado cubano reforzó entonces la imagen de un funcionario ejemplar premiando sus años de servicio con importantes condecoraciones revolucionarias. Entre ellas destacaban las órdenes Lázaro Peña y Eliseo Reyes en su grado de primera clase reconocimientos reservados para figuras destacadas de los ámbitos de la inteligencia y la seguridad.
Sin embargo, detrás de esa narrativa oficial existía una realidad mucho menos favorable. Muchos integrantes del denominado círculo cero, los hombres encargados de interponer sus propios cuerpos entre cualquier amenaza y Fidel Castro, mantenían una visión profundamente crítica sobre su jefe. Uno de los testimonios más contundentes fue el Juan Reinaldo Sánchez, exteniente coronel experto en artes marciales, que integró la escolta presidencial durante 17 años y de quien hemos hablado en varias ocasiones aquí en Cuba prohibida.
En sus memorias dejó una valoración demoledora sobre José Castro Delgado. La imagen del servidor ejemplar construida por el régimen contrastaba con la opinión de quienes trabajaron bajo sus órdenes y esa diferencia entre el mito y la experiencia de sus propios subordinados comenzaría con el tiempo a revelar grietas imposibles de ocultar.
Pero quienes convivieron con José Castro Delgado en el corazón del aparato de seguridad ofrecen una imagen muy distinta a la del funcionario impecable promovido por la propaganda oficial. Entre quienes arriesgaron la vida durante años para proteger a Fidel Castro abundaban las críticas hacia el hombre que dirigía la escolta presidencial.
Juan Reinaldo Sánchez, exteniente coronel y miembro del servicio de protección durante 17 años, fue especialmente contundente en sus memorias. Según su testimonio, el ambiente dentro de la escolta se deterioró notablemente bajo el mando de Delgado. Sin matices ni diplomacia, lo calificó como el peor de los jefes que había conocido.
Lo describió como un hombre incompetente, intrigante, cobarde, estúpido y profundamente envidioso. Son acusaciones extremadamente duras que naturalmente también pueden interpretarse en el contexto de rivalidades y resentimientos surgidos dentro de una estructura sometida a enorme presión y desconfianza permanente.
Sin embargo, Sánchez no fue el único en cuestionarlo. Carlos Calvo, otro exintegrante del Servicio, respaldó esa visión al asegurar que Delgado no destacaba precisamente por sus cualidades humanas y que era capaz de perjudicar incluso a sus propios compañeros si con ello fortalecía su posición ante Fidel Castro. En aquel entorno, la supervivencia profesional dependía muchas veces de la proximidad al líder y de la capacidad para ganar su confianza.
De ser ciertas estas valoraciones, la célebre invulnerabilidad del comandante no habría descansado sobre el supuesto talento táctico de José Castro Delgado. El verdadero escudo protector estaría formado por el entrenamiento extremo y la disciplina fanática de los hombres que integraban los niveles inferiores de la escolta combinados con la propia naturaleza desconfiada de Fidel Castro.

El líder cubano modificaba itinerarios, tomaba decisiones de seguridad de última hora y en más de una ocasión actuaba en la práctica como su propio jefe de protección. Entonces surge una pregunta inevitable. Si parte de sus subordinados lo consideraban un jefe tácticamente deficiente, ¿por qué permaneció casi 20 años en la cúspide del sistema de seguridad presidencial? La respuesta podría encontrarse lejos de las maniobras defensivas y mucho más cerca de la administración del secreto.
El verdadero valor de Delgado parecía residir en su capacidad para custodiar aquello que jamás debía hacerse público. Su función más sensible consistía en proteger una contradicción incómoda para el discurso oficial, la distancia existente entre los sacrificios exigidos al pueblo cubano y el nivel de privilegios reservado a la élite gobernante.
Bajo su supervisión, la Dirección de Seguridad Personal habría garantizado la discreción absoluta sobre un entramado de propiedades y espacios de uso exclusivo de la cúpula del poder. Diversas fuentes hablan de más de 20 residencias, mansiones, fincas y puntos de atraque distribuidos por toda la isla y tratados como asuntos de seguridad nacional.
Entre ellos figuraba Aquuarama I, el lujoso yate oculto en la zona de Callo Rosario, capaz de alcanzar velocidades cercanas a los 42 nudos. Delgado también habría sido responsable de preservar el hermetismo alrededor de Callo Piedra, el islote de uso presidencial del que hemos hablado anteriormente en Cuba prohibida, equipado con instalaciones exclusivas, delfinario, criaderos, puerto propio y sistemas permanentes de defensa.
Su utilidad para el sistema dependía precisamente de eso, garantizar que aquella realidad permaneciera invisible. También recaía sobre su estructura la protección de aspectos íntimos de la vida familiar de Fidel Castro, incluyendo el resguardo mediático en torno a Dalia Soto del Valle y a los cinco hijos nacidos de esa relación, conocidos popularmente como los cinco.
Joseitto, como muchos lo llamaban dentro de la escolta, era mucho más que un guardaespaldas. Se había convertido en el administrador silencioso de la doble dimensión del poder revolucionario, la pública y la privada. Ese poder en la sombra alcanzó uno de sus momentos más inquietantes durante los acontecimientos del verano de [música] 1989.
Cuba observó atónita el desarrollo de la causa número uno, [música] el proceso militar que culminó con la condena y posterior fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, considerado por muchos un brillante estratega y héroe de guerra. Durante aquellas tensas sesiones celebradas en la sala universal del MINFAR, Delgado dejó claro que su papel excedía la protección física del comandante.
Los acusados estaban desarmados, custodiados y completamente derrotados desde el punto de vista moral. Su presencia allí parecía responder a otra lógica, la del comisario político encargado de recordar quién representaba realmente la autoridad. Vestido con un uniforme inusual, sin las tradicionales ligas, con botas de diseño especial y los grados militares bordados en negro, Delgado aparecía calculadamente por uno de los laterales del tribunal.
Desde allí observaba en silencio a los 47 generales y almirantes que actuaban como jueces, proyectando una presencia fría y perturbadora que muchos interpretaron como la encarnación misma del poder que operaba detrás del escenario. ¿Tú qué crees, José Castro Delgado? ¿Fue un servidor leal que simplemente cumplía órdenes? ¿O un hombre que eligió conscientemente convertirse en el brazo ejecutor de un sistema sin escrúpulos? Déjame tu respuesta en los comentarios.
Y si quieres seguir descubriendo las historias que el poder cubano enterró en silencio, suscríbete a Cuba Prob. Cada like nos ayuda a que estas memorias lleguen a más personas. La presencia de José Castro Delgado durante la causa número uno iba mucho más allá de una función protocolaria. Según diversos testimonios, él era la prueba silenciosa de que Fidel Castro seguía cada detalle del proceso desde una sala [música] contigua a escasos metros del tribunal.
Aunque permanecía fuera de la vista pública, el comandante nunca dejó de controlar lo que ocurría. Ante la mirada de generales y almirantes, el jefe de la escolta presidencial entraba periódicamente en la sala llevando pequeñas notas manuscritas. Aquellos papeles redactados presuntamente por Fidel Castro eran entregados directamente al presidente del tribunal.
Si estos relatos son ciertos, la imagen de un proceso judicial independiente quedaba completamente anulada. La voluntad del líder máximo se imponía sin intermediarios, utilizando como vehículo la figura intimidante de su jefe de seguridad. Pero el papel de Delgado no terminó con la sentencia. Las horas posteriores a los fusilamientos revelarían un nivel todavía más perturbador de implicación.
Juan Reinaldo Sánchez relató que fue convocado por su superior para recibir una misión urgente. Delgado le entregó un sobre cerrado que contenía una cinta Betamax con las grabaciones de alta calidad de la ejecución del general Arnaldo Ochoa y de los demás condenados en la causa número uno. La orden era precisa.
Debía trasladar inmediatamente aquel material a la residencia de Dalia Soto del Valle. con absoluta frialdad. Delgado explicó que se trataba de una película destinada al jefe y que posteriormente sería mostrada a otros compañeros y altos mandos. [música] El registro audiovisual de la muerte de uno de los militares más prestigiosos del país dejaba de ser un simple documento reservado para convertirse, según estos testimonios, en una herramienta de advertencia y reafirmación del poder.
Y José Castro Delgado aparecía nuevamente como el ejecutor eficiente de una lógica basada en el miedo. Después del verano de 1989, la dirección de seguridad personal pareció transformarse en algo mucho más complejo que un simple cuerpo de protección presidencial. Además de neutralizar amenazas externas o prevenir supuestos atentados, actuaba en la práctica como una estructura con capacidad de vigilancia interna sobre los propios cuadros del régimen.
Desde las sombras, Delgado habría operado como uno de los principales receptores y distribuidores de información sensible dentro del aparato del Estado. Fidel Castro recibía reportes constantes sobre el comportamiento, la estabilidad emocional y el grado de lealtad política de figuras relevantes del poder cubano.
Y uno de los objetivos más delicados de esa vigilancia no era un enemigo externo ni un disidente conocido, era alguien mucho más cercano e incómodo. Era el propio Raúl Castro. Tras el fusilamiento de Arnaldo Ochoa, amigo cercano del entonces ministro de las fuerzas armadas, diversas versiones sostienen que Raúl atravesó una profunda crisis emocional.
La información sobre ese deterioro no habría circulado exclusivamente por canales institucionales. Según los testimonios disponibles, también transitó a través de las redes de la escolta presidencial cuando Vilma Spin alertó sobre la delicada situación de su esposo al coronel Fonseca, responsable de la seguridad de Raúl Castro.
Este habría compartido la preocupación con José Castro Delgado. Desde su posición privilegiada, Delgado transmitía posteriormente esos datos a Fidel. Los informes describían episodios de llanto prolongado, crisis nerviosas y un creciente problema de alcoholismo que habría afectado al ministro de Defensa tras los acontecimientos de 1989.
Según esta versión, fue precisamente esa cadena informal de espionaje interno la que permitió a Fidel intervenir personalmente para reprender a su hermano menor. Aquella capacidad para saberlo todo, parecía convertir a Delgado en un observador omnipresente dentro de la estructura del poder. Sin embargo, incluso el panóptico más eficiente presentaba fisuras.
Una de las más embarazosas ocurrió en 1993. Ese año, los servicios de inteligencia detectaron que Alina Fernández, hija de Fidel Castro y una de las voces más críticas dentro del entorno familiar, planeaba abandonar Cuba. La advertencia llegó directamente al comandante en jefe, quien ordenó a José Castro Delgado impedir la salida del país bajo cualquier circunstancia.
La instrucción no dejaba espacio para interpretaciones. La hija del líder revolucionario debía permanecer en territorio nacional. Pero pese a la vigilancia y a las advertencias dirigidas personalmente al jefe de la escolta, Alina Fernández consiguió escapar a finales de ese mismo año utilizando un disfraz y burlando el cerco de seguridad.
Para un hombre cuya reputación descansaba sobre el control absoluto y la anticipación permanente, aquel fracaso representó mucho más que una simple fuga. Fue una demostración de que incluso quienes parecían verlo todo podían cometer errores. Y en un sistema donde la lealtad se medía por la eficacia y los fallos rara vez se olvidaban.
Cada tropiezo terminaba acumulando una deuda silenciosa que algún día tendría que pagarse. Y ese algún día llegó 11 años más tarde en una plaza de Santa Clara, cuando Fidel Castro cayó de bruces contra el pavimento y el mundo entero vio lo que Delgado no pudo evitar. La fuga de Alina había sido el primer eslabón. La caída de 2004 fue el último.
Entre ambos fracasos se había ido acumulando una deuda que Raúl Castro esperaba el momento preciso para cobrar. En un sistema construido sobre la desconfianza permanente, la supervivencia política rara vez dependía de la lealtad. dependía sobre todo de eliminar posibles amenazas antes de que pudieran convertirse en rivales.
Y según los testimonios de varios antiguos miembros de la escolta presidencial, José Castro Delgado aprendió a jugar ese juego con una eficacia despiadada. Diversas versiones sostienen que mantenía una relación marcada por la rivalidad y la suspicacia hacia subordinados que destacaban por méritos propios. Uno de ellos fue Juan Reinaldo Sánchez, preparador físico, experto en artes marciales y figura influyente dentro de la escolta.
Sánchez poseía un peso considerable entre los hombres del círculo cero. Además, tenía capacidad de decisión sobre quiénes integrarían los codiciados viajes al extranjero, un privilegio altamente valorado dentro de las fuerzas armadas. Según el propio Sánchez, esa posición despertó el resentimiento de Delgado. La ruptura definitiva llegó en 1994.
Aquel año, Sánchez fue citado al despacho del jefe de la escolta para responder preguntas relacionadas con las intenciones de uno de sus hermanos de abandonar Cuba. Tras el interrogatorio, recibió la notificación que pondría fin a su carrera junto a Fidel Castro. El argumento oficial fue que tener un hermano balcero y una hija residiendo en Venezuela representaba un riesgo incompatible con la responsabilidad de formar parte del primer anillo de seguridad del comandante.
No podía seguir junto a Fidel. Sin embargo, de acuerdo con el relato del exteniente coronel, aquello fue apenas el comienzo. Poco tiempo después, el futuro autor de la vida oculta de Fidel Castro fue detenido, interrogado y recluido en la prisión de 100 y alabó bajo acusaciones relacionadas con un supuesto plan para escapar del país.
Sánchez siempre sostuvo que aquel proceso estuvo impulsado por maniobras internas destinadas a destruirlo profesionalmente. Desde la cárcel llegó a la conclusión de que había sido víctima de una combinación letal entre la contrainteligencia militar y las intrigas de su antiguo jefe. Incluso expresó la sospecha de que Fidel Castro pudo haber sido inducido a tomar decisiones basadas en información manipulada por quienes controlaban el acceso a su entorno más íntimo.
Si estas versiones son correctas, Delgado no dudaba en fabricar escenarios comprometedores o atribuir deslealtades para neutralizar a compañeros potencialmente incómodos. En el universo opaco de la seguridad presidencial, proteger al líder y preservar la propia posición parecían convertirse en ocasiones en objetivos indistinguibles.
Pero el mismo hombre que durante años había sobrevivido eliminando adversarios internos, terminó siendo víctima de una dinámica idéntica y todo comenzó con aquella caída en Santa Clara el 20 de octubre de 2004. Para Raúl Castro, el accidente ofreció finalmente la oportunidad que, según distintas interpretaciones, llevaba años esperando.
Viejos resentimientos, disputas silenciosas y la necesidad de consolidar el futuro proceso sucesorio convergieron en un momento políticamente irrepetible. El fallo de la escolta permitió actuar contra una estructura que durante demasiado tiempo había acumulado información sensible sobre las vulnerabilidades del propio ministro de las fuerzas armadas.
La purga fue rápida. José Castro Delgado fue apartado de la jefatura operativa y despojado del inmenso poder que había acumulado durante décadas. Raúl Castro le impuso una prohibición absoluta. No podía acercarse nuevamente a Fidel bajo ninguna circunstancia. Para quien había sido durante años la sombra inseparable del comandante, aquella orden equivalía a una sentencia política.
La represalia alcanzó también a su entorno familiar. Su hijo, que ocupaba responsabilidades dentro de la contrainteligencia de la propia seguridad personal, fue degradado, desarmado y expulsado después de manifestar su inconformidad por el trato dispensado a su padre. Comenzaba así una lenta y metódica muerte cívica. Aunque conservó formalmente el grado de general de brigada de la reserva, el título tenía escaso valor práctico.
Más que un reconocimiento, parecía un mecanismo para mantenerlo bajo disciplina y silencio dentro del sistema militar que había servido durante casi medio siglo. El abandono fue progresivo. Según el testimonio del exescolta Carlos Calvo, Delgado terminó residiendo en una vivienda deteriorada, muy lejos de los privilegios asociados a su antiguo cargo.
El hombre que durante años administró secretos, propiedades, abastecimientos exclusivos y los detalles cotidianos de la vida del comandante, pasó a depender de una modesta asistencia estatal para subsistir. Con el paso del tiempo, el deterioro físico vino acompañado por un progresivo desgaste mental. La memoria comenzó a fallar y la lucidez se fue apagando lentamente.
Aquel personaje temido, capaz de intimidar generales, custodiar los secretos más delicados del poder y decidir el destino de otros hombres, terminó sus últimos años convertido en un paciente más, reducido al anonimato por la misma maquinaria que durante décadas ayudó a sostener desde las sombras.
El último capítulo de José Castro Delgado transcurrió muy lejos de los pasillos del poder, que durante décadas recorrió con autoridad absoluta. Según el testimonio de antiguos subordinados, sus días finales transcurrieron en un sombrío centro psiquiátrico privado de las atenciones reservadas a la élite revolucionaria y sumido en lo que uno de ellos describió como un olvido permanente.
Para quien había conocido los secretos más delicados del régimen, aquel desenlace tenía una carga profundamente simbólica. El 18 de octubre de 2023, a los 86 años de edad, la degradación física terminó por completar una condena que en realidad había comenzado mucho antes. Su caída biológica vino a cerrar un proceso de destrucción política iniciado casi dos décadas atrás, cuando dejó de ser útil para el sistema que ayudó a proteger.
Y quizá ese fue el símbolo más poderoso de toda esta historia. A diferencia de otros generales y figuras destacadas del Ministerio del Interior o de las Fuerzas Armadas, despedidos con honores militares, salvas de artillería y ceremonias cuidadosamente diseñadas para alimentar la memoria oficial, el final de Delgado transcurrió sin solemnidad pública.
Su cadáver fue cremado rápidamente, cumpliendo una decisión familiar de carácter íntimo. No hubo cámaras transmitiendo el velatorio, no existieron guardias de honor, tampoco discursos grandilocuentes exaltando su legado ante el país. La maquinaria propagandística del Estado apenas le dedicó unas pocas líneas. La nota oficial se limitó a informar.
En la noche de este miércoles 18 de octubre falleció en La Habana a los 86 años de edad el general de brigada de la reserva, José Castro Delgado, quien durante varios años se desempeñó como jefe de la escolta del comandante en jefe Fidel Castro Rus en la dirección de seguridad personal. Nada más. No hubo referencias a su abrupta destitución tras la caída de Santa Clara.
Ninguna mención al aislamiento que marcó sus últimos años. Ninguna alusión al deterioro mental ni a las condiciones de abandono descritas por quienes lo conocieron. El relato oficial prefirió conservar únicamente una versión aséptica del personaje, la del militar condecorado que cumplió disciplinadamente con su deber revolucionario.
Pero detrás de esa escueta despedida permanecía una historia mucho más compleja. El joven campesino nacido en Manicaragua, aquel muchacho silencioso que emigró a La Habana buscando sobrevivir como zapatero remendón, logró ascender hasta una posición inimaginable. A través de la obediencia absoluta, la discreción y una eficacia que muchos describieron como implacable, [música] terminó convertido en el custodio más cercano del hombre más poderoso de Cuba.
Fue testigo privilegiado de los mecanismos internos del régimen. Administró secretos familiares, supervisó estructuras de seguridad. participó en episodios oscuros y acumuló una influencia que pocos funcionarios llegaron a alcanzar. Durante décadas, su proximidad con Fidel Castro pareció garantizarle una protección inquebrantable.
Sin embargo, esa misma cercanía terminó convirtiéndose en su mayor vulnerabilidad. Cuando dejó de ser indispensable, la maquinaria que él había contribuido a sostener siguió funcionando con la misma lógica que tantas veces había aplicado sobre otros. fue apartado, silenciado y reducido progresivamente a la irrelevancia.
El hombre que conocía los secretos del poder absoluto terminó perdiendo incluso el control sobre su propia memoria y quizás ahí reside la gran lección antropológica y política de esta historia. En los círculos más herméticos del poder, la intimidad con el líder puede elevar a una persona por encima de cualquier límite imaginable.
Amplifica privilegios, influencia y capacidad de decisión, pero también magnifica el riesgo. Basta un error, un cambio de equilibrio interno o simplemente el desgaste inevitable del tiempo para que esa misma proximidad se transforme en una sentencia devastadora. La luz que antes protegía acaba quemando.
José Castro Delgado pasó de ser el escudo humano del comandante a convertirse en una pieza descartada por el sistema que ayudó a perfeccionar durante casi 50 años. Para algunos, su final representa una forma de justicia histórica por los excesos, intrigas y abusos atribuidos a su figura. Para otros, constituye una demostración más de la crueldad inherente a cualquier estructura totalitaria, capaz de devorar incluso a quienes le entregaron una vida entera de servicio.
¿Tú qué crees? El destino de José Castro Delgado fue una consecuencia inevitable de sus propias decisiones o el reflejo de un sistema que devora a sus servidores más leales cuando dejan de ser útiles. Déjamelo en los comentarios porque me interesa saber qué piensa nuestra comunidad. Si llegaste hasta aquí es porque estas historias te importan tanto como a mí.
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