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Lo que Raúl Castro OCULTÓ: El TRÁGICO DESTINO del General de Santa Clara

Lo que Raúl Castro OCULTÓ: El TRÁGICO DESTINO del General de Santa Clara

Fue el hombre más cercano a Fidel Castro durante casi 20 años. [música] Conocía cada secreto, cada propiedad oculta, cada debilidad del poder. Era el único que podía acercarse al comandante sin ser registrado. Pero un día de octubre de 2004, en cuestión de segundos, todo lo que había construido durante medio siglo se derrumbó junto con su jefe.

 No por una conspiración enemiga, no por una operación de la CIA. Fidel Castro tropezó bajando unas escaleras y ese tropiezo fue suficiente para que Raúl Castro firmara la sentencia política del hombre que más sabía. Su nombre era José Castro Delgado y esta es la historia de cómo el guardián más poderoso de la revolución cubana terminó sus días olvidado en un centro psiquiátrico, abandonado por el mismo sistema al que entregó su vida entera.

Quédate hasta el final porque vamos a descubrir qué secreto se llevó consigo y por qué el régimen prefirió borrarlo antes que reconocer lo que [música] realmente sabía. Pocas veces una caída accidental ha tenido consecuencias capaces de sacudir los cimientos del poder. Pero el 20 de octubre de 2004 en la ciudad de Santa Clara, el general José Castro Delgado vio como su mundo entero se derrumbaba en cuestión de segundos.

 Una transmisión televisiva en directo terminó convirtiéndose en uno de los episodios más delicados de la etapa final del liderazgo de Fidel Castro. Lo que debía ser otra ceremonia habitual de la llamada Batalla de Ideas estuvo a punto de transformarse en una crisis nacional. El acto celebrado en la plaza de la revolución Ernesto Cheegevara conmemoraba la graduación del primer contingente de instructores de arte.

 Era uno de tantos eventos político-culturales organizados durante aquellos años para reforzar el discurso revolucionario. Fidel Castro, como figura central de la jornada aparecía ante miles de personas conservando la imagen que había cultivado durante décadas, la del comandante infatigable, dueño de una fortaleza física casi legendaria y aparentemente inmune al desgaste del tiempo.

 A sus años acababa de pronunciar un discurso largo, intenso y agotador frente al monumento dedicado al Cheegevara. Cuando parecía que la ceremonia llegaba a su final sin sobresaltos, inició el descenso desde la tribuna principal. Fue entonces cuando todo cambió en cuestión de segundos. Un error de cálculo resultó suficiente. Fidel apoyó el pie donde no encontró estabilidad sobre los escalones de granito.

 Su elevada estatura, cercana a los seis pies y 3 pulgadas, y el peso de su corpulencia hicieron imposible recuperar el equilibrio. Cayó violentamente de bruces contra el pavimento de la plaza. El impacto fue demoledor. La rodilla izquierda quedó fracturada en ocho fragmentos y sufrió además una fisura en la parte superior del número del brazo derecho, lesiones que obligaron a una evacuación urgente y posteriormente a una compleja intervención quirúrgica.

 Sin embargo, esa evacuación no ocurrió de inmediato. Después de la caída, Fidel permaneció aún algunos instantes frente al público. Con ayuda de quienes lo rodeaban, tomó el micrófono e intentó tranquilizar a los presentes. A pesar del dolor evidente, procuró transmitir serenidad y control.

 Pero mientras muchos observaban la resistencia del líder cubano, otros comenzaban a formular una pregunta incómoda. ¿Dónde estaba su escolta? Las imágenes que rápidamente dieron la vuelta al mundo, aunque nunca fueron difundidas por la televisión cubana, mostraban una reacción tardía, torpe y descoordinada de quienes integraban el dispositivo encargado de protegerlo.

Ninguno de los guardaespaldas logró interceptar la caída ni amortiguar el golpe. Dentro del estricto mundo de la protección ejecutiva, aquello no fue interpretado como un simple accidente asociado a la edad avanzada del mandatario. Fue considerado un fallo sistémico del primer anillo de seguridad, una negligencia táctica difícil de justificar y toda la responsabilidad terminaba señalando a un único hombre.

 El general de brigada José Castro Delgado, el poderoso y hermético jefe de la escolta personal de Fidel Castro desde hacía años. Ver al comandante desplomarse indefenso ante las cámaras rompió de golpe parte del aura de invulnerabilidad que había acompañado al líder revolucionario durante décadas. Dentro del aparato de poder, la conmoción dio paso rápidamente a la búsqueda de culpables.

 El grupo operativo del denominado círculo cero presente en Santa Clara fue detenido de manera cautelar. Sus integrantes fueron aislados, desarmados y sometidos a investigaciones dirigidas por oficiales de la temida dirección de contrainteligencia militar. En el despiadado tablero de la política interna cubana, aquella rodilla destrozada y aquel hombro lesionado significaron mucho más que un accidente traumatológico.

 Para determinados sectores del poder, el episodio ofrecía la oportunidad perfecta para resolver viejas tensiones. Según esta interpretación, Raúl Castro y el núcleo más duro del entorno familiar llevaban años esperando el momento propicio para desplazar a una estructura de seguridad que consideraban incómoda y potencialmente hostil.

 El resbalón de Santa Clara terminó marcando el final fulminante y deshonroso de la carrera del general José Castro Delgado. A partir de entonces comenzó su lenta desaparición de la vida pública. La sombra más temida y cercana al comandante fue apartada, silenciada y empujada hacia el olvido. Y hoy en Cuba prohibida desentrañaremos códa aparentemente accidental desencadenó una de las purgas más discretas y menos conocidas dentro del círculo más íntimo del poder cubano.

 Pero la caída de José Castro Delgado no puede comprenderse sin conocer primero el origen de aquel hombre discreto que durante años custodió los secretos más sensibles del poder cubano. Como un individuo surgido de la pobreza más absoluta terminó convertido en el guardián de Fidel Castro. Y más importante aún, cómo acabó siendo sacrificado por el mismo sistema que ayudó a proteger.

 Los registros oficiales sitúan su nacimiento alrededor de 1937 en Manicaragua, una extensa zona montañosa perteneciente a la antigua provincia de las Villas. Provenía de una familia campesina humilde y sus primeros años estuvieron marcados por la precariedad. Quienes lo conocieron entonces lo describían como un hombre de baja estatura, reservado hasta el extremo y poco dado a llamar la atención.

 Sin empleo estable y sin perspectivas de ascenso social, terminó trasladándose a Arroyo Naranjo, en la periferia de La Habana. Según el escritor Norberto Fuentes, en aquel barrio habitó una modesta vivienda sin agua corriente y consiguió trabajo como zapatero remendón en una cazona popularmente conocida como el castillo del holandés.

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