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LUIS ROBERTO ZAGUE: LA ASQUEROSA VERDAD QUE PAOLA ROJAS OCULTÓ POR 7 AÑOS”

El niño que llegó esa mañana se llamaba Luis Roberto. Tenía los mismos ojos de su padre y sin saberlo todavía, ese apellido y esa cara morena iban a ser 30 años después. Exactamente lo que necesitaba una televisora poderosa para utilizarlo en una guerra que no  era suya. Crecer siendo el hijo de un ídolo es algo que se sufre antes de aprender a explicarlo.

El pequeño Luis Roberto lo descubrió  a los 7 años cuando llegó por primera vez al Estadio Azteca de la mano de su padre. 60,000 personas gritando un apellido que  también era el suyo y un sentimiento que el niño todavía no podía nombrar. algo entre orgullo y miedo. A los 9 años empezó a jugar en las divisiones inferiores del América por obligación silenciosa, no por gusto.

Cuando un niño es hijo del ídolo, todo el mundo espera que el niño también sea el ídolo. Y el padre, desde la grada asentía con la cabeza cada vez que el muchacho metía un gol. Nunca aplaudía, solo asentía. Esa fue la herida que el hombre cargaría toda su vida. Y esa misma herida explica 30 años después  por qué un video terminó dentro de su celular aquella tarde de mayo.

Pero antes de llegar a esa tarde, hay algo más que tienes que saber. Para los 14 años, Luis Roberto medía 1,73 y corría los 100 m en 12 segundos. Para los 16 ya entrenaba con la reserva del América. Para los 18 era una promesa documentada en cada periódico deportivo de la capital. En su casa había una regla.

El padre no hablaba de fútbol con el hijo. Nunca le explicó cómo pegarle a la pelota. Nunca le corrigió un error. Nunca le dijo, “¿Estás listo?” Si el muchacho quería ser jugador, el muchacho tenía que llegar solo. Sin atajos, sin recomendaciones y sin usar el apellido como pasaporte. El muchacho lo entendió como una prueba y se rompió la espalda entrenando para pasarla.

El debut llegó un miércoles de septiembre del 86. México todavía respiraba la fiebre del mundial que se había jugado en su propio territorio. Hugo Sánchez brillaba en el Real Madrid. La selección había caído en cuartos de final contra Alemania por penales y un muchacho de la cantera americanista,  hijo de un brasileño legendario, se puso la camiseta amarilla del primer equipo por primera vez.

60 minutos jugó esa noche. 60 minutos contra Tampico Madero.  Un cabezazo al ángulo después de un centro por la derecha. Su primer gol en primera división. La afición americanista cantó el apellido del padre  y el muchacho miró a la grada buscando esa sonrisa que casi nunca llegaba. Esa noche llegó. Por primera vez su padre aplaudió.

Lo que ese muchacho no sabía esa noche es que el aplauso de su padre era la última  cosa pura que iba a recibir en su vida. Todo lo que vino después tuvo un precio y el precio más alto lo cobraron 30 años más tarde,  en una mañana de junio donde su mundo entero ardió en 4 horas. Los años siguientes fueron una escalera que el muchacho subió a saltos.

Goleador del torneo en el 89, campeón con el América en el 91. primer llamado a la selección mexicana en el 93 y un apodo que ya nadie en el país asociaba con el padre. El apodo era suyo. Para los 29 años, Luis Roberto Alves ya era titular indiscutible del América y de la selección mexicana, pero ese mismo año llegó la prueba que iba a definirlo.

El Mundial de los Estados Unidos del 94, su primera Copa del Mundo, la oportunidad de demostrar al mundo que el apellido que cargaba ya no necesitaba explicaciones. México llegó a ese mundial con un equipo armado por el técnico Miguel Mejía Varón. Campos en el arco, Suárez como capitán, Ramón Ramírez por la izquierda, Hugo Sánchez como referente histórico y un delantero brasileño mexicano que  prometía goles. Ese delantero era él.

El estreno fue contra Noruega en el  Citrus Bowl de Orlando. Calor de 40 gr, cancha quemada. El muchacho entró desde el arranque  y corrió 90 minutos como si la vida se le fuera en cada balón. México ganó uno a cer.  El gol no fue suyo, pero la asistencia sí. Después vino el partido contra Irlanda,  después contra Italia, después los octavos contra Bulgaria, donde México cayó en penales y el goleador se quedó sin meter en la red.

La eliminación dolió, pero algo más empezaba a doler debajo. Porque cuando un hombre tiene 29 años, fama nacional y dinero suficiente para comprar lo que quiera,  empiezan a aparecer en su vida personas que no aparecerían si no fuera él. Mujeres que se acercan sin que las llame,  amigos que se invitan solos y costumbres que se van metiendo despacio en su rutina.

Algunas de esas costumbres iban a terminar grabándose en video  24 años después. El Mundial de Francia del 98 lo encontró en su mejor momento, 33 años, cuerpo intacto, cabeza  tranquila. era ya el goleador histórico del América con un récord de anotaciones que ningún jugador americanista en la historia  había superado y la selección mexicana volvía a confiar en él como referente del ataque.

México arrancó contra Corea del Sur en Lón 3 a 1,  después empató contra Bélgica y después vino el partido que iba a quedar en la memoria del país  contra Holanda. Estadio Stad Geofrey Guichard Sain Tienen. Lluvia ligera, 25 gr de temperatura. México perdía 2 a 1 faltando  5 minutos y entonces metió la cabeza.

Centro por la derecha, salto en el área,  un cabezazo cruzado que entró pegado al palo derecho del portero Edwin Vandersar. 2 a dos. México clasificaba a octavos por primera vez en 32 años. El narrador gritó el apellido durante 7 segundos seguidos. Ese gol lo consagró. En los octavos, México cayó contra Alemania, pero el goleador volvía a casa como héroe. Reportajes, portadas.

Una marca de tenis lo firmó como imagen oficial. Un programa de televisión lo invitó como comentarista  y por primera vez su padre lo llamó por teléfono para decirle algo que el muchacho llevaba esperando  30 años. le dijo, “Estoy orgulloso de ti.” El hijo lloró en silencio dentro del cuarto del hotel, pero ese momento de gloria pura iba a ser el último momento limpio de su vida.

Lo que vino después fue una  caída disfrazada de éxito. Y la mujer que iba a quedar en medio de toda la tormenta, todavía no aparecía en su camino.  Para el 2006, Luis Roberto Alves ya estaba retirado del fútbol profesional. Tenía 41 años. una primera esposa con la que llevaba 12 años de matrimonio y dos hijos varones,  una fortuna acumulada de millones de dólares y una vida  pública que él consideraba blindada.

Esa vida pública se rompió un jueves de marzo del 2007 en un evento corporativo de Televisa en el hotel Camino Real. Esa noche conoció a Paola Rojas. Ella tenía 31 años. era periodista en ascenso. Su nombre empezaba a sonar en los programas matutinos de la televisora. Llevaba un vestido  negro corto y zapatos altos, el cabello castaño suelto.

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