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El Puma: Por ESTO Se Rió de la Muerte de Sus Hijas

El Puma: Por ESTO Se Rió de la Muerte de Sus Hijas

se rió. Le preguntaron qué pasaría si una de sus hijas se muriera mañana sin alcanzar a reconciliarse con él. Y el hombre que medio continente había aprendido a querer en su sala, el galán de la voz aterciopelada, el ídolo que acababa de volver de la muerte con dos pulmones nuevos latiéndole dentro del pecho, contestó cinco palabras y soltó una carcajada.

No pasa nada, nos vemos en el cielo. Era agosto de 2020. El mundo entero llevaba meses encerrado contando muertos, despidiéndose por una pantalla de teléfono, descubriendo lo frágil que era todo. Y en ese clima, José Luis Rodríguez, el Puma, 77 años, recién operado de un doble trasplante de pulmón, apareció en una transmisión en vivo de Instagram junto a la periodista Luz María Doria.

promocionaba un libro, un libro que se llamaba Fíjate en la ironía, ¿para qué vivir? Luz María lo miró y fue al hueso. Le preguntó qué pasaría si Liliana se muriera mañana y ya no hubiera tiempo de hacer las pases. O Lilibet o Galilea, la nieta. No le preguntó por discos, ni por giras, ni por aplausos.

 Le preguntó por su sangre. Y el hombre que se declara cristiano ferviente, que habla de Dios en cada entrevista, que dice perdonar a todos, sonrió con una ligereza que heló a la conductora y dijo aquello, “No pasa nada, nos vemos en el cielo.” Y se rió. Tú la escuchaste, tú la recuerdas. Esa risa, si viste el video, no fue una risa nerviosa, fue una risa abierta, casi cómoda, como quien acaba de decir algo ingenioso.

Y al otro lado de esa pantalla, en algún lugar, dos mujeres adultas escucharon a su padre reírse de la posibilidad de su propia muerte. No un padre cualquiera, el suyo, el mismo que les cantaba de niñas, el mismo cuyo apellido cargan, el mismo al que llevaban media vida intentando recuperar. Imagina por un segundo lo que es eso, encender el teléfono, ver a tu papá en vivo ante miles de personas y escucharlo decir riéndose que no le quita el sueño si te mueres mañana.

Esa es la herida con la que arranca esta historia. Y para entenderla de verdad, para entender cómo se llega hasta ahí, vas a necesitar las próximas cuatro revelaciones. Guarda esa frase, nos vemos en el cielo. La vas a necesitar para entender el final, porque esas cinco palabras que él lanzó como un chiste terminaron siendo la lápida pública de un vínculo que llevaba más de 30 años agonizando.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó completas. Primero, cómo empezó de verdad la fractura en un tiempo en que el puma todavía no era el puma y la figura más grande de esa pareja, la estrella de verdad, el sol que iluminaba la portada, no era él, era ella. Segundo, ¿en qué momento exacto el ascenso del ídolo dejó de ser solo una carrera y se convirtió en otra cosa, una operación? silenciosa para reacomodar a su primera familia hacia los márgenes de su propia historia.

Tercero, ¿por qué ni siquiera el miedo a la muerte, los tanques de oxígeno, la cirugía de 5 horas en Miami, la posibilidad real de un último adiós lograron derribar el muro entre él y sus dos hijas mayores? Y cuarto, ¿qué quedó de todo esto? ¿Qué fue de esa nieta arrastrada a una guerra que no empezó con ella? ¿Y qué pasó con las dos hermanas que un día después de décadas tocando una puerta cerrada dejaron de tocar? Te voy a avisar cuando llegue cada una.

Pero para entender cómo un padre llega a decir algo así sin que se le quiebre la voz, hay que volver mucho atrás. Esta historia no empieza el día de esa transmisión. Empieza más de medio siglo antes en una Venezuela que apenas empezaba a fabricar ídolos. Y empieza con algo que tú probablemente viste o escuchaste o cantaste sin saber lo que había detrás.

Vámonos a 1965. Caracas, una ciudad que hervía de música, de televisión naciente, de orquestas que llenaban salones y radios que sonaban en cada cocina. En ese mundo había una mujer que no necesitaba que nadie la presentara. Se llamaba Lila Morillo. Y para que entiendas el tamaño de lo que vino después, primero tienes que entender el tamaño de lo que ella era.

Lila no era la novia de nadie, ni la esposa de nadie, ni el adorno de nadie. Era una figura por sí misma. cantaba, actuaba, encabezaba carteles, vendía discos, llenaba programas. En una época en la que se esperaba que una mujer fuera discreta, dulce y silenciosa, ella ocupaba el escenario con una seguridad que dejaba sin aire.

Las muchachas de entonces querían parecerse a ella. Los hombres la admiraban, la prensa la perseguía. Era, en todo el sentido de la palabra una mujer de poder en un mundo hecho para los hombres. Lila era Zuliana de Maracaibo y había llegado a la cima por su cuenta sin que ningún hombre la llevara de la mano.

Y este es el dato que lo cambia todo en el origen de esta historia. Cuando ellos dos se cruzaron, ella era famosa antes que él. Era más grande que él. Piensa en esto un segundo. Cuando ellos dos se conocieron, el nombre que la gente reconocía era el de ella, no el de él. Porque en ese momento José Luis Rodríguez todavía era una promesa, un muchacho con una voz enorme y una ambición todavía más enorme.

Venía de abajo, de muy abajo. Era el último de 11 hermanos. Su padre, un comerciante español que había cruzado el mar desde las Islas Canarias, murió cuando José Luis tenía 6 años. Su madre, viuda, militante de un partido político, tuvo que exiliarse con sus hijos menores en Guayaquil, Ecuador, huyendo de una dictadura.

El niño, que un día llenaría estadios creció sin padre y con una sola certeza, la de que tenía que salir de ahí como fuera. Piensa en ese niño un momento porque explica al hombre. Un crío que pierde a su papá a los 6 años. Una madre que tiene que cargar sola con lo que quede de una familia enorme. Un exilio en tierra ajena en Guayaquil, lejos de todo lo conocido, huyendo de la política de un país que se había vuelto peligroso.

Ese niño aprendió temprano una lección que lo marcaría para siempre, que el mundo no regala nada, que si quieres algo te lo arrancas con las uñas y que la única persona en la que de verdad puedes confiar eres tú mismo. Hay una fuerza admirable en eso. Esa hambre lo sacó de la pobreza y lo puso en la cima del continente.

Pero esa misma coraza, la que lo blindó contra el mundo, fue quizá la que después le impidió abrirse cuando más importaba. Porque el hombre que aprende a no necesitar a nadie a veces termina sin saber cómo dejar que lo amen, ni siquiera sus hijas. Estudió para técnico electricista, cantaba serenatas por las calles de Caracas para que lo escucharan.

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