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18 AÑOS DESPUÉS — IVÁN CEPEDA BAJO la LUPA de EEUU POR los ARCHIVOS de RAÚL REYES

18 AÑOS DESPUÉS — IVÁN CEPEDA BAJO la LUPA de EEUU POR los ARCHIVOS de RAÚL REYES

Usted que ha vivido tanto en este país, usted que recuerda cuando Colombia lloraba a sus muertos y a sus secuestrados, usted que sabe lo que costó cada año de dolor que vivió esta nación, necesita escuchar lo que pasó esta semana, porque esta semana algo que estaba enterrado desde hace 18 años resucitó de golpe en el lugar más poderoso del mundo, en los tribunales de Washington, en el corazón del imperio.

 Y lo que resucitó no es una historia antigua ni un capítulo cerrado, sino una verdad que tiene nombre propio, que tiene apellido y que esta noche camina libre por las calles de Bogotá pidiendo votos, sonriendo a las cámaras, dando discursos sobre la paz. Mientras en Estados Unidos los fiscales más poderosos del continente leen sus correos, estudian sus movimientos y pronuncian su nombre en una sala donde se decide el destino de los criminales más buscados del hemisferio occidental.

Bienvenidos a Historia oculta. Antes de comenzar este relato, dale me gusta a este vídeo y suscríbete al canal y cuéntanos desde qué parte del mundo nos ves. Para entender lo que está pasando hoy, hay que volver atrás. Hay que cerrar los ojos y regresar a un tiempo que muchos colombianos quisieran poder borrar de su memoria, pero que no pueden borrar porque ese tiempo dejó heridas que todavía duelen.

 Heridas en familias enteras que perdieron a sus hijos, a sus esposos, a sus padres. Heridas en pueblos que fueron arrasados de noche. Heridas en un país que durante décadas vivió con el miedo pegado a la piel como si fuera parte del cuerpo. Hay que volver al tiempo de las FARC. No a las FARTE los libros de historia ni a las FARTE los discursos políticos que hablan de ellas como si fueran un capítulo ya cerrado y superado, sino a las FARC reales, a las FAR que sembraron el terror en los campos y en las ciudades de Colombia durante más de medio siglo.

A las FAR que secuestraron a madres delante de sus hijos y a hijos delante de sus madres. que pusieron bombas en plazas llenas de gente, que reclutaron a niños de 8, de 10, de 12 años para convertirlos en soldados que vivieron del narcotráfico y que con ese dinero compraron armas, compraron complicidades y compraron silencios en los lugares más altos del poder colombiano.

 Esas FAR tenían jefes, tenían hombres que dirigían desde la sombra las operaciones criminales de una organización que en su momento fue considerada la guerrilla más poderosa y más peligrosa de América Latina. Y entre esos jefes había uno que era diferente a los demás, no porque fuera el más violento ni el que daba las órdenes de las masacres más grandes, sino porque era el más inteligente de todos, el más estratégico, el que entendía que la guerra no se gana solo con fusiles, sino también con palabras, con imagen, con relaciones

internacionales, con la capacidad de convencer al mundo de que los asesinos son en realidad luchadores por la paz. Ese hombre se llamaba Luis Edgar de Via Silva, pero nadie lo conocía por ese nombre. El mundo entero lo conocía por su alias. El nombre que usó durante décadas para moverse por los campamentos de la selva, para viajar a capitales extranjeras, para reunirse con presidentes y con ministros y con periodistas que no sabían o no querían saber exactamente con quién estaban hablando. El mundo lo conocía como Raúl

Reyes. Raúl Reyes era el canciller de las FARC, así lo llamaban, con ese título que suena oficial y serio, que suena a protocolo y a diplomacia, pero que en realidad describía algo mucho más oscuro y mucho más peligroso. era el hombre que construyó para las FARC una red de contactos y de aliados en todo el mundo, que fue tejiendo durante años una tela de araña de relaciones que llegaba desde los campamentos de la selva colombiana hasta los despachos del gobierno venezolano, hasta las reuniones del gobierno ecuatoriano, hasta los

parlamentos de países europeos, hasta las oficinas de organizaciones de izquierda en Argentina, en México, en España, en los Países Bajos, desde su campamento en la frontera entre Colombia y Ecuador. Raúl Reyes coordinaba todo eso con una paciencia y una precisión que sorprendería a cualquiera que imaginara que los jefes guerrilleros eran hombres rudos y primitivos que vivían entre el barro y las serpientes.

No, Reyes era un hombre moderno, era un hombre de computadores y de correos electrónicos, un hombre que entendía el poder de la comunicación y que usaba la tecnología con una habilidad que muchos políticos legales de su época no tenían. Y esa habilidad, esa obsesión por documentar todo, por guardar todo, por registrar en correos y en archivos cada conversación y cada acuerdo y cada plan, fue al mismo tiempo su herramienta más poderosa y su error más grande.

 El error que con el tiempo iba a convertirse en la mayor amenaza para todos los que habían tenido negocios con él. Raúl Reyes guardaba todo en sus computadores. Guardaba los correos con los jefes de las FARC, guardaba los registros de las operaciones de narcotráfico. Guardaba los acuerdos financieros con el gobierno venezolano.

 Guardaba las conversaciones con funcionarios del gobierno ecuatoriano. Guardaba los planes para las marchas, para las campañas de imagen, para las operaciones de propaganda que intentaban limpiar la cara de una organización que el mundo reconocía como terrorista y que necesitaba desesperadamente cambiar esa percepción.

 y guardaba nombres, muchos nombres, nombres de políticos colombianos, nombres de periodistas, nombres de académicos y de activistas, nombres de personas que de diferentes maneras, con diferentes grados de conciencia y de complicidad habían tenido algún tipo de relación con la organización o habían sido útiles para sus fines.

 A veces sin saberlo, a veces sabiéndolo perfectamente. Muchos computadores eran una bomba, una bomba de información que dormía en la selva ecuatoriana mientras Reyes se sentía seguro, protegido por la distancia, por la espesura del monte y por la certeza de que las fuerzas militares colombianas no se iban a atrever a cruzar la frontera para buscarlo.

 Raúl Reyes se equivocó. La madrugada del primero de marzo de 2008 fue una de esas noches que cambian la historia de un país para siempre, aunque en ese momento nadie pudiera saber exactamente cuánto iba a cambiar ni en cuántas direcciones iba a ir ese cambio. Esa noche, las fuerzas militares de Colombia ejecutaron la operación Fénix, una operación de inteligencia y de fuerza aérea que había sido planeada durante meses con una precisión quirúrgica, que cruzó la frontera con Ecuador en la oscuridad de la madrugada y que bombardeó el

campamento de Raúl Reyes en la zona de Angostura, en la región ecuatoriana de Sucumbíos. El bombardeo mató a reyes. Mató también a otros guerrilleros que estaban en el campamento y dejó entre los escombros y la tierra revuelta del monte algo que nadie esperaba encontrar en ese estado. Algo que los soldados colombianos recogieron entre el humo y los escombros con la sensación de que acababan de encontrar algo cuyo verdadero valor todavía no podían comprender del todo.

 Tres computadores, tres memorias USB, dos discos duros. Los aparatos habían sobrevivido al bombardeo. Eran equipos especiales fabricados para resistir condiciones extremas. Y el hecho de que siguieran funcionando después de que todo a su alrededor había sido destruido fue el primer indició de que lo que contenían era considerado tan valioso que Reyes había invertido recursos para protegerlo físicamente.

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