No busqué en páginas evangélicas que explicaran por qué era error. Busqué directamente en fuentes católicas, algo que no había hecho nunca en 15 años de tener ese argumento listo. Lo que encontré fue la distinción que la teología católica lleva usando desde San Juan Damaceno en el siglo VIIV. Latría, dulía e hiperdulía. La latría es la adoración que solo se le da a Dios.
La dulía es la veneración que se le da a los santos, que es de un orden completamente diferente, comparable al respeto que uno le tiene a un ser humano extraordinario. La hiperdulía es la veneración especial que se le da a María, que ocupa un lugar único, pero que sigue siendo de un orden completamente diferente a la adoración divina.
Ningún documento oficial de la Iglesia Católica afirma que los santos o María sean iguales a Dios, ni que deban recibir adoración divina. Lo prohíbe explícitamente. Eso no era lo que me habían enseñado. Lo que me habían enseñado era que los católicos adoraban a María y a los santos igual que a Dios. Eso era lo que yo había enseñado durante 11 años en el ministerio de alabanza.
Y eso no era lo que la Iglesia Católica enseñaba oficialmente. Me pregunté cómo era posible que yo hubiera criticado durante 15 años una posición que no era la posición real de lo que estaba criticando. Y la única respuesta honesta que encontré fue incómoda, que había aprendido sobre el catolicismo de fuentes evangélicas, no de fuentes católicas, que me habían dado una versión simplificada y distorsionada del argumento contrario y que John había repetido con convicción.
sin verificarla nunca en las fuentes primarias. Eso me perturbó profundamente, no como un ataque a mi fe, sino como una llamada de atención a mi honestidad intelectual, que era algo que yo consideraba uno de mis valores más importantes. En enero de 2023 volví al Hospital Ángeles, no por una emergencia médica, sino porque doña Espej número de teléfono en la última tarde que coincidimos en la sala de espera y John había llamado para preguntarle si podíamos hablar.
Quedamos en el café de la planta baja del hospital, que era el lugar más cercano para las dos. Doña Espe llegó con el mismo rosario en la muñeca y la misma calma de siempre. Le conté lo que había estado leyendo. Le conté lo de Éxodo 25 y los querubines. Le conté lo de la distinción entre la tría y dulía. Le dije que llevaba dos meses sintiéndome como alguien que había estado debatiendo con un mapa equivocado.
Ella me escuchó con una paciencia que no tenía nada de condescendiente. Cuando terminé, no dijo, “Te lo dije ni [música] ves que tenía razón.” Me dijo, “Teresa, le agradezco a Dios que lo esté buscando con honestidad. Eso es lo más valioso que existe. La verdad no le tiene miedo a quien la busca de verdad. Le pedí que me explicara el rosario.
Llevaba toda mi vida ese objeto como un símbolo de lo que estaba mal en el catolicismo y nunca le había preguntado a un católico qué significaba realmente. Doña Espean de catecismo, sino de una mujer que lleva 80 años rezándolo. Me dijo que el rosario era una forma de meditar en la vida de Jesús mientras se recitan oraciones que son casi todas de la Biblia.
me dijo que el Ave María viene del evangelio de Lucas, [música] del saludo del ángel Gabriel a María y del saludo de Isabel, y que terminar con una petición a María no era adorarla, [música] sino pedirle lo que cualquier cristiano le pide a cualquier otro cristiano, que ore por nosotros. Fui a Lucas 1 cuando llegué a casa.
El ángel le dice a María, “Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo.” Isabel le dice, “Bendita tú eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.” Esas eran las primeras dos frases del Ave María. Estaban literalmente en mi Biblia. Nunca había notado eso. Seguí buscando.

Leí el capítulo 12 del Apocalipsis, donde aparece una mujer vestida de sol, coronada de 12 estrellas, que da a luz al Mesías y que el dragón persigue. Leí Génesis 3:15, donde Dios le dice a la serpiente, “Pondré enemistad entre ti y la mujer y entre tu descendencia y la suya.” Leí el pasaje del evangelio de Juan, donde Jesús desde la cruz le dice al discípulo amado señalando a María, “He ahí tu madre.
” Y le dice a María señalando al discípulo, “He ahí tu hijo.” Esos textos los había leído cientos de veces, pero los había leído siempre con unas lentes que me decían qué podían y qué no podían significar. Cuando me quité esas lentes por primera vez y los leí con la pregunta abierta de qué decían exactamente, vi cosas que no había visto antes.
En marzo de 2023, [música] a través de una búsqueda en internet, encontré el nombre del padre Mauricio Salinas Vega, sacerdote jesuita y capellán del Hospital Ángeles del Pedregal, que ofrecía conversaciones pastorales para personas en proceso de búsqueda espiritual. Le escribí un mensaje. Me respondió esa misma semana y quedamos en la capilla del hospital un jueves a las 5 de la tarde.
El padre Mauricio era un hombre de unos 52 años, alto, con una manera de moverse que transmitía que no tenía ninguna prisa en ninguna dirección. Cuando entré en la capilla estaba acomodando unas biblias en el estante y me recibió con la misma naturalidad con que hubiera recibido a alguien que llevaba años yendo ahí. Le dije que venía de 11 años en el ministerio de Alabanza Bautista, que llevaba meses con preguntas que no me podía responder sola y que quería hablar con alguien que pudiera responderlas sin tener interés en convencerme de nada.
me miró un momento y me dijo, “El interés en convencerla no me corresponde a mí. Eso es trabajo del Espíritu Santo. Yo solo puedo responder lo que sepa.” Esa frase me desarmó de una manera que no esperaba, porque venía preparada para una conversación apologética, para un debate de versículos, para las trincheras.
[música] Y el padre Mauricio no estaba en ninguna trinchera. Le hice las preguntas más difíciles que tenía. Le pregunté por las imágenes y me confirmó con paciencia y con detalle todo lo que yo había encontrado en Éxodo 25 y en la distinción entre Latía, le pregunté por María y me habló de ella de una manera que no era defensiva ni militante, sino filial, como alguien que habla de su madre.
Le pregunté por la confesión y me explicó Santiago 5:16. y Juan 20:23, sin forzar ninguna interpretación, le pregunté por el purgatorio y me llevó a Primera de Corintios 3:15, [música] donde Pablo habla de ser salvado como a través del fuego. [música] Y a segunda de Macabeos 12:46, que está en el canon de la Biblia, que la Iglesia usó durante 15 siglos antes de que Lutero removiera siete libros en el siglo X.
En esa última parte me detuve. Le dije. Lutero removió libros de la Biblia. Me respondió con calma. Siete libros del Antiguo Testamento que estaban en la Septuaginta, que es la traducción griega que usaban los apóstoles y que cita el Nuevo Testamento más de 300 veces. Lutero los llamó deutero cananónicos y los removió principalmente porque algunos de ellos, como el segundo libro de Macabeos, apoyaban doctrinas que él quería eliminar.
Eso tampoco me lo habían enseñado. Salí de esa primera conversación con el padre Mauricio con el cuaderno lleno de referencias que nunca había buscado y con una sensación extraña que tardé días en identificar. Era una sensación de alguien que lleva mucho tiempo viendo un cuadro desde muy cerca y que por primera vez se aleja lo suficiente para ver que el cuadro es mucho más grande de lo que parecía desde donde estaba.
Las siguientes semanas fueron difíciles en casa. Mi esposo Rodrigo es evangélico de toda la vida y comparte completamente el marco en que yo me había formado. Cuando le conté lo que estaba leyendo, lo que había hablado con doña Espe y con el padre Mauricio, me escuchó con una paciencia que le agradezco mucho, pero me dijo algo que me quedó resonando varios días.
Teresa, tú siempre fuiste la más buscadora de los dos. Siempre supiste ir más lejos que yo en las preguntas, pero asegúrate de que lo que buscas sea a Dios y no solo una nueva doctrina. Eso me hizo pensar durante semanas y lo que concluí después de pensar mucho fue que lo que buscaba no era una nueva doctrina, lo que buscaba era consistencia.
La consistencia entre lo que decía creer y lo que las fuentes que yo misma consideraba autoritativas, que eran la Biblia y la historia más temprana del cristianismo, realmente decían. En julio de 2023 le conté al pastor Benjamín Solano que necesitaba tomar una licencia del ministerio de alabanza. No le dije todavía todo lo que estaba pasando porque no lo tenía claro suficiente.
Solo le dije que necesitaba tiempo para una búsqueda espiritual. seria. El pastor Benjamín me recibió con la bondad que siempre le he conocido y me dijo que la puerta estaba abierta. Lo que no esperaba fue que la noticia de mi licencia circulara en el grupo de mujeres del ministerio antes de que yo se lo pudiera explicar personalmente a cada una.
Algunas me llamaron con preocupación genuina, otras no me llamaron. Mi amiga Lupita, con quien llevaba 9 años de amistad dentro del ministerio y a quien yo consideraba mi persona más cercana en la iglesia después de Rodrigo, me mandó un mensaje que decía, “Teresa, estoy orando por ti. Cualquier cosa que necesites, aquí estoy.
” Pero los meses pasaron y Lupita no volvió a escribir. No le eché la culpa entonces, ni se la ha hecho ahora. Sé que el silencio de las personas que amamos no siempre es rechazo. A veces es que no saben qué decir cuando alguien que conocen está en un lugar que ellas no comprenden todavía. Doña Espe, en cambio, se convirtió en una presencia constante.
Nos veíamos un sábado al mes en el café del hospital, que se había convertido en nuestro lugar sin que ninguna de las dos lo hubiera planeado. [música] Me traía libros que le había pedido al padre Mauricio que recomendara para mí. Me contaba de su propio camino de fe, que había tenido también sus crisis y sus periodos de sequedad.
Me escuchaba sin intentar apurarme hacia ninguna conclusión. En septiembre de 2023 me llevó por primera vez a una misa. No fue el padre Mauricio el que me invitó primero. [música] Fue doña Espe que me dijo un sábado en el café, “Teresa, creo que es hora de que dejes de estudiar sobre la misa y vayas a una misa.” Le dije que tenía miedo de lo que podía sentir.
[música] Me respondió con esa calma suya. Si es verdad, no le va a doler encontrarla y si no es verdad, tampoco va a pasar nada. Fui con ella un domingo de septiembre a la parroquia de Nuestra Señora del Rosario en la colonia Nápoles. La misa de las 11 de la mañana, una iglesia con familias enteras, con niños que se movían en los bancos y señoras mayores con el rosario en la mano y jóvenes con audífonos en el bolsillo que los guardaban cuando empezaba la consagración.
Lo que me impactó no fue el ceremonial, ni la arquitectura, ni la música, aunque todo eso era diferente a lo que yo conocía. Lo que me impactó fue el momento de la consagración. El sacerdote tomó el pan entre sus manos, lo elevó y toda la iglesia se arrodilló en un silencio que no tenía nada de vacío. Era el silencio de algo que estaba ocurriendo, no el silencio de la espera, sino el silencio del reconocimiento.
Yo no me arrodillé ese día porque no quería hacer algo que no había decidido todavía, pero sí me callé completamente y miré ese pan elevado sobre el altar y pensé en Ignacio de Antioquía escribiendo en el año 107 que la Eucaristía es [música] la carne del Salvador. Y pensé en Justino mártir describiendo en el año 155 ese mismo gesto de elevar el pan para la comunidad reunida.
Y pensé en que ese gesto llevaba 2000 años repitiéndose sin interrupción desde la última cena hasta ese domingo de septiembre en la colonia Nápoles. Esa continuidad me afectó de una manera que las explicaciones teológicas solas no hubieran podido afectarme. Era algo que se entendía desde adentro del pecho, no desde la cabeza. Seguí yendo.
Fui los domingos siguientes sola, sin doña Espe, porque necesitaba estar ahí sin nadie que observara cómo reaccionaba. El padre Mauricio me había dicho que la entrada en la fe no tiene un ritmo estándar y que cualquier velocidad era la correcta mientras fuera honesta. Eso me quitó una presión que no sabía que estaba cargando.

En diciembre de 2023 tuve la conversación más difícil de todo ese periodo. Se la tuve a Rodrigo una noche después de que los niños se durmieron en la cocina de nuestra casa con dos tazas de café sobre la mesa. Le dije que creía que Dios me estaba llamando a la Iglesia Católica. Lo dije con todo el peso de lo que esa frase significaba para nuestra vida, para nuestro matrimonio, para la iglesia donde nos habíamos conocido y donde habíamos bautizado a nuestros hijos.
Rodrigo me escuchó hasta el final sin interrumpirme. Cuando terminé, se quedó en silencio un momento largo. Luego me dijo algo que llevo guardado como uno de los regalos más grandes que me ha dado en 22 años de matrimonio. Teresa, si es Dios el que te llama, yo no soy quién para ponerme en medio, pero necesito tiempo para entender esto.
di todo el tiempo del mundo. Los meses que siguieron fueron de una negociación delicada y honesta que todavía continúa. Rodrigo no se ha convertido al catolicismo y no sé si lo hará, [música] pero ha venido a misa conmigo varias veces. ha tenido sus propias conversaciones con el padre Mauricio y ha tratado a doña Espe cuando la conoció en persona en una de nuestras reuniones en el café del hospital [música] con un respeto y un cariño que me conmovieron profundamente.
El 30 de marzo de 2025, sábado santo, fui recibida en la Iglesia Católica en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario. El padre Mauricio celebró la vigilia pascual junto con el párroco, el padre Gerardo Fuentes Mejía, [música] que me había acompañado durante todo el catecumenado. Doña Espe estaba en la primera fila con el rosario en la muñeca derecha y los ojos brillantes.
Cuando el padre Gerardo vertió el agua sobre mi cabeza, pensé en una sala de espera del tercer piso de un hospital, en una anciana de 80 años arrodillada frente a una imagen que yo estaba a punto de criticar. y en una pregunta sobre una foto en el celular que no esperaba y que lo cambió todo, pensé en que llevaba 15 años usando un argumento que nunca había verificado en las fuentes primarias.
Pensé en los querubines de oro de Éxodo 25. Pensé en la serpiente de bronce de Números 21. Pensé en el Ave María tejida con frases del Evangelio de Lucas. Pensé en el documento de Ignacio de Antioquía, escrito el año 107, y en cómo describía la Eucaristía con las mismas palabras que el sacerdote usaba esa noche sobre ese altar.
Y cuando caminé hacia el altar para recibir la Eucaristía por primera vez, supe con una certeza que no necesitaba ningún argumento adicional, que no estaba llegando a algo nuevo. [música] Estaba llegando a algo muy antiguo, que siempre había estado ahí, esperándome con una paciencia que no tenía prisa. Doña Espea, era pequeña y olía a agua de colonia y a algo que era simplemente ella y me abrazó con una fuerza que no esperaba en alguien de 82 años. me dijo al oído.
Bienvenida a casa, hija. Desde entonces le digo doña Espe a veces y a veces simplemente la llamo abuela. ¿Qué es lo que se ha convertido en mi vida sin que ninguna de las dos lo hayamos dicho explícitamente? Lo que me preguntan más seguido desde que se supo que me convertí es si dejé de creer en la Biblia.
La respuesta es que la creo más que nunca, precisamente porque la leo más completa que antes. Creo en ella lo suficiente como para leerla también en los pasajes que me incomodan, para buscarla en su contexto histórico, para preguntarle qué dice en lugar de decirle qué tiene que decir. El error que me costó 15 años entender no fue creer en Dios con convicción.
[música] El error fue criticar durante 15 años una posición que nunca me había tomado el tiempo de entender correctamente. Eso no fue honestidad intelectual, fue comodidad disfrazada de certeza. La imagen del Sagrado Corazón sigue en el nicho del tercer piso del Hospital Ángeles del Pedregal.
Paso por ahí de vez en cuando voy a ver a doña Espe. Y cada vez que pasó, recuerdo que ahí estuvo el principio de todo, en una anciana de rodillas, en una pregunta que no esperaba y en la foto de mi hija en el celular. Mi nombre es Teresa Inés Sandoval Ramos, tengo 46 años y estoy profundamente agradecida de haberme convertido al catolicismo.
Pensé que los católicos adoraban estatuas durante 15 años. Una anciana de 80 años y mi propia Biblia me enseñaron que estaba equivocada. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal.
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