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Thalía: Por ESTO Nunca Volvió a México… Lo Que CALLÓ 25 Años

Hay una fotografía que tú conoces, la has visto 100 veces. Talía sonriendo, siempre  sonriendo en la portada de una revista, en el escenario de un concierto, en la alfombra roja de los Gramy, en su cuenta  de Instagram rodeada de lujo, de luz, de esa energía que parece inagotable. Esa  sonrisa es la imagen que el mundo tiene de ella y esa imagen es real.

Pero lo que nadie te ha contado es quién construyó esa sonrisa,  quién decidió que esa niña iba a sonreír, cuándo iba a sonreír, para quién iba a sonreír. Y lo que vas a  escuchar hoy es la historia de la persona que tomó esa decisión antes de que Talía pudiera tomarla por sí misma. No fue Tommy Motola,  no fue ningún productor de Televisa, no fue ningún ejecutivo de disquera, fue alguien  mucho más cercano.

Fue la mujer que le dio la vida. Yolanda  Miranda Mangue, la madre de Talía, la mujer  que la industria del espectáculo mexicano conocía como la manager más feroz,  más disciplinada y más implacable que jamás haya representado  a una artista. La mujer que convirtió a su hija menor en un fenómeno  mundial, pero también la mujer que firmó los contratos cuando Talía no tenía edad para firmar.

la que eligió a los hombres poderosos que iban a rodearla, la que diseñó cada paso de una carrera  que empezó cuando esa niña tenía 10 años y que nunca, en ningún momento, fue decidida por la propia Talía. Y hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca  te contaron. Primero, lo que Yolanda Miranda hizo con la carrera de su hija  antes de que ella cumpliera 18 años.

y por qué las decisiones que tomó en esa época marcaron todo lo que vino después. Segundo, la verdad  completa sobre la relación entre Talía y Alfredo Díaz Ordaz a el hijo  de un expresidente de México que le doblaba la edad y quién fue la persona que abrió esa puerta. Tercero,  lo que María Kari vivió dentro de la misma mansión con el mismo hombre que hoy  es el esposo de Talía y la pregunta que nadie se atreve a hacer en voz alta.

Y cuarto, ¿por qué Talía cortó relación con casi toda  su familia y lo que ese silencio revela sobre el patrón que empezó mucho antes de que ella fuera  famosa? Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que todo esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer. Porque esta historia  no empieza el día que Talía se casó con Tommy Motola  en la catedral de San Patricio.

No empieza el día que protagonizó Marimar, no empieza el día que entró a  Timbiriche. Esta historia empieza en 1977 en una casa de la colonia  Santa María la Ribera, en la ciudad de México, una casa conocida como la casa de los perros porque tenía 27 figuras  caninas de piedra en la fachada y en la azotea, como si fueran guardianes.

Dentro de esa casa, un hombre estaba muriendo y una niña de 5 años estaba  a punto de perder al único hombre que la protegía de lo que venía después. El hombre  se llamaba Ernesto Sodi Pallares. Era científico, criminólogo, químico, escritor. Un intelectual  brillante, 16 años mayor que su esposa Yolanda.

Un hombre que, según la propia Talía, era fuerte, recio,  de orden. Un hombre que en su sótano tenía un laboratorio donde su hija menor se metía a curiosear preguntando  por todo, tocando todo, queriendo entender todo. Ernesto Sodi la llamaba Yuya de cariño o le regalaba sapos muertos para que los abriera y los investigara.

la llevaba a su laboratorio desde que tenía un año y medio. Si las cosas hubieran sido diferentes,  quizá esa niña habría sido científica. Pero Ernesto Sodi padecía  diabetes y en abril de 1977  su cuerpo no resistió más. La propia Atalía contó lo que pasó ese día, muchos años después, en el programa Latin  Music Queens.

Lo contó en inglés primero y luego cambió al español, como si el dolor solo pudiera decirse en su lengua materna. Dijo que su padre estaba en su cuarto  conectado a muchas máquinas, que su madre la llevó hasta la cama y le dijo, “Dale un beso a tu papá para que  se ponga bien.” Y ella le dio el beso y  cuando se fue, las máquinas empezaron a sonar y  su padre murió.

tenía 5 años, quizá seis. Las fuentes  varían en meses. Lo que no varía es lo que ese momento le hizo. Talía dejó de hablar durante casi un año. Su madre la llevó a médicos, a psicólogos. Nadie lograba que la niña pronunciara una palabra y fue en ese silencio donde algo se rompió  dentro de ella para siempre.

Años después, Talía revelaría que ese momento, el sonido de las máquinas justo después de su beso, fue lo que detonó el trastorno  obsesivo compulsivo que padece hasta hoy. Lavarse  las manos constantemente, abrir y cerrar las llaves del agua, tocar las manijas de las puertas con un papel,  rituales de limpieza que la acompañan desde entonces.

Todo empezó ahí  en ese cuarto, con ese beso, con esas máquinas. Recuerda ese momento, recuerda ese silencio de una niña de 5 años, porque  todo lo que viene después se construyó sobre ese silencio. Y ahora  imagina a Yolanda Miranda y 32 años, viuda, cinco hijas, sola  en una casa enorme de una colonia popular de la Ciudad de México, en un país donde las mujeres viudas  no tenían muchas opciones en 1977.

Pero Yolanda  no era una mujer cualquiera, nunca lo había sido. Se había divorciado a los 22 años de su primer marido, el exboxeador Guillermo Zapata,  padre de Laura, en una época donde divorciarse era un escándalo social que podía destruirte y no la destruyó.  Se levantó, trabajó en publicidad y relaciones públicas cuando las mujeres que trabajaban eran cosa rara.

se hizo independiente. Se enamoró de Ernesto Sodi  por su inteligencia, no por su dinero. Tuvo cuatro hijas más con él y cuando él murió, Yolanda hizo lo que siempre hacía. Tomó el control  días después del funeral o le dijo a su hija menor una frase que Talía nunca olvidó. Una frase  que la propia cantante repitió en entrevistas décadas más tarde, palabra por palabra.

Mira, nena,  solo somos mujeres en esta casa. Estamos en una sociedad de hombres.  Tienes que ser más fuerte que ellos. Tienes que tener el corazón de un hombre en ti. Alguien siempre eligió  por ella. Esa es la frase que vas a necesitar para entender el final de esta historia. Porque esa frase de la madre no fue solo un consuelo, fue una  declaración de intenciones.

Fue el momento en que Yolanda Miranda decidió que su  hija menor iba a ser alguien, iba a ser grande, iba a triunfar en un mundo de hombres, pero no lo iba a hacer sola, lo iba a hacer bajo la guía, la disciplina  y el control de la única persona que sabía lo que había que hacer, su madre. Quizá tú también conoces esa historia.

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