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Lucha Villa: Por ESTO el Mundo Lloró a Vicente y a Ella la Dejó Caer en Silencio

Es una noche de 1966. El teatro Blanquita en el centro de la Ciudad de México está lleno hasta el último asiento. Sobre el escenario hay una mujer alta, de voz grave y poderosa, con un vestido que brilla bajo las luces. Se llama Lucha Villa. A su lado, un cantante joven que todavía no es leyenda, todavía no es el charro de Buenán, todavía no es nada de lo que va a ser.

Se llama Vicente Fernández. Y entonces suena un teléfono detrás del escenario. Lucha Villa lo levanta. Escucha unos segundos. y le dice al joven cantante tres palabras que él va a recordar el resto de su vida. Es para ti. Del otro lado de la línea estaba la familia de Vicente. Su padre acababa de morir. Y Vicente, con la noticia todavía caliente en el oído, con el corazón hecho pedazos, tuvo que salir a cantar.

Salió sin micrófono. Cantó una canción alegre mientras las lágrimas le rodaban por la cara. Él mismo lo contó muchos años después con estas palabras exactas. Tuve que salir a cantar con mi padre recién muerto. Tú conoces esa noche, tú has visto ese video, pero te lo contaron desde él. Te contaron el dolor de Vicente, la valentía de Vicente, la leyenda de Vicente.

Y está bien porque fue terrible lo que vivió esa noche. Pero esta historia no es sobre él. Esta historia es sobre la mujer que estaba a su lado, la que levantó el teléfono, la que sostuvo a un hombre en el peor momento de su vida y la que décadas después terminó en una cama de hospital mientras el mundo entero solo se acordaba de él.

Porque aquí está lo que duele de esta historia. Esa misma noche unió a dos personas para siempre, pero la vida los iba a tratar de formas opuestas. A uno, México, lo iba a convertir en el ídolo más grande de su música. Lo iba a llorar como a un rey cuando muriera. Le iba a hacer homenajes en estadios llenos. A la otra, México la iba a dejar caer en silencio, sin homenajes, sin lágrimas multitudinarias, casi sin que nadie se diera cuenta.

Misma noche, mismo escenario, dos destinos que no podían ser más distintos. Y la diferencia, como vas a ver, tuvo mucho que ver con que uno era hombre y la otra mujer. Su nombre real era Lucelena Ruiz Bejarano. Nació el 30 de noviembre de 1936 en Santa Rosalía de Camargo, un pueblo del estado de Chihuahua. Pero tú no la conociste como Luz Elena, tú la conociste como Lucha Villa, la grandota de Camargo.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre ella. Primero vas a descubrir por qué una periodista la marcó como la otra de Vicente Fernández, sin una sola prueba y cómo ese rumor la persiguió durante años. Segundo, vas a entender por qué esta mujer se casó cinco veces y qué estaba buscando en realidad cada vez que volvía a intentarlo.

Tercero, vas a conocer la verdad completa de esa noche del teléfono, lo que significó para ella sostener a Vicente y el precio que pagó por estar ahí. Y cuarto, vas a saber qué fue lo que la sacó de los escenarios para siempre en 1997 y cómo una industria que lloró a sus hombres durante días enteros la dejó a ella desaparecer en silencio.

Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que esto le pasara, necesitas conocer el mundo que la construyó. Porque esta historia no empieza la noche del teléfono, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Imagínate el México de finales de los años 50.

La televisión apenas estaba entrando a las casas. En muchos hogares todavía era un lujo, un aparato enorme de madera frente al que se sentaba toda la familia después de cenar. El cine mexicano vivía los últimos años de su época de oro y la música ranchera era el corazón sentimental de todo un país. Era la música que sonaba en las cantinas, en las bodas, en los velorios.

La que ponías cuando estabas feliz y la que ponías cuando te habían roto el corazón. La que tu papá cantaba con unas copas de más, la que tu mamá tarareaba mientras lavaba los trastes. En ese mundo, las grandes voces femeninas de la ranchera eran reinas. Lola Beltrán, Amalia Mendoza la Tariacuri, mujeres que podían pararse frente a un mariachi completo y hacer que un teatro entero se quedara en silencio.

Y entre ellas una muchacha de Chihuahua que llegó casi por accidente. Porque Lucha Villa no soñaba con cantar. Empezó como modelo. Era altísima para la época, más de 1,70, con una presencia que llenaba cualquier habitación. En un país donde la mujer promedio medía mucho menos, una muchacha de esa estatura, llamaba la atención apenas entraba por una puerta.

Un empresario argentino, Luis G. Dylon la metió en un grupo de modelos y bailarinas que se llamaba Las Dianas de Dyon. Y ese mismo empresario tuvo una idea, lanzar dos voces rancheras, una mujer y un hombre. Llegó el día del debut y la cantante que iba a presentarse no apareció, simplemente no llegó. Imagínate la escena, todo listo, el público esperando, los músicos afinando y el hueco de una artista que no se presentó.

Y ahí estaba Lucelena, la modelo alta de Chihuahua, viendo cómo se caía todo el plan. Entonces hizo algo que le cambió la vida. pidió prestado un vestido y dijo que ella cantaba. Imagínate el valor que hay que tener para eso. Subirse a un escenario sin ser cantante a tapar el hueco que dejó otra persona. Con un vestido prestado que ni siquiera era suyo delante de un público que no la conocía.

Pero cuando abrió la boca, todos se quedaron callados. Tenía una voz grave, ronca, distinta a todo lo que se escuchaba en las mujeres de esa época. una voz que parecía salir de muy adentro de un lugar de tierra y de desierto. Decidieron lanzarla en ese mismo instante y le pusieron un nombre artístico, Lucha por Luz Elena y Villa en honor a Pancho Villa, el héroe de su tierra chihuahuense.

Lucha Villa. Piensa en lo que significa ese nombre. Lucha como pelea, como batalla, como resistencia. Y villa por el revolucionario, por el hombre que se levantó contra los poderosos. Dos palabras de pura fuerza y resultó ser el nombre más exacto que le pudieron poner. Porque la vida de esta mujer fue exactamente eso, una lucha de principio a fin.

Y vale la pena que te detengas en de dónde venía. Santa Rosalía de Camargo no era una ciudad de luces ni de teatros. Era un pueblo del norte, de tierra seca, de gente recía, de inviernos duros y veranos de polvo. El chihuahua del desierto y del trabajo. De ahí salió Lucelena de un pueblo donde nadie soñaba con salir en la televisión, porque la televisión era algo que les pasaba a otros en otro lado.

Y esa muchacha de pueblo terminó codeándose con premios Nobel, llenando los teatros más grandes de la capital, vendiendo discos por todo el continente, sin estudios de canto, sin una familia de artistas que le abriera las puertas, sin nada más que su voz y su temple. Eso ya te dice quién era. Una mujer que llegó hasta arriba sin que nadie le regalara nada, empujando ella sola desde abajo, desde el polvo de Camargo.

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