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Dulce: Su Hija Quedó Sola Defendiendo a Su Madre Muerta… Y la AMENAZARON

Es la mañana del 25 de diciembre de 2024. Son casi las 9. En un hospital de la Ciudad de México, en una habitación con la cortina a medio cerrar, una mujer de 60 y 9 años deja de respirar. Afuera es Navidad. En millones de casas hay villancicos, hay recalentado, hay nietos abriendo regalos. Y dentro de esa habitación, la voz que durante medio siglo le puso letra al desamor de todo un país se apaga sin hacer ruido.

La mujer que se está muriendo se llama Berza Elisa Noegueraz Cárdenas. Pero tú no la conociste así. Tú la conociste como dulce. La de tu muñeca, la de heridas, la de lobo, la que cantaba esas baladas que ponías a todo volumen cuando te habían roto el corazón. Las que te sabías de memoria, las que todavía hoy, si suenan en la radio, te llevan de golpe a una cocina, a un coche, a una persona que ya no está.

Esa voz acaba de morir. Y aquí empieza lo que nadie te contó. Porque mientras el cuerpo de Dulce todavía estaba tibio en esa cama de hospital, antes de que la noticia diera la vuelta al país, antes siquiera del entierro, ya había gente afilando los cuchillos, gente que la había rodeado en sus últimos años. gente que decía quererla y en medio de todos ellos una sola persona iba a quedarse completamente sola defendiéndola.

Su hija se llama Romina. Recuerda ese nombre porque esta historia en el fondo es la de ella. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que la prensa de espectáculos contó a medias o no contó. Primero, ¿por qué Romina se opuso con todas sus fuerzas a la boda de su madre con el hombre que la acompañó hasta el final? Y lo que ese hombre hizo apenas dulce cerró los ojos.

Segundo, ¿qué decía de verdad el testamento que Romina tuvo que leer casi a escondidas? y el detalle que la deja atada de manos, aunque ella sea la heredera. Tercero, la fotografía que un hombre mostró en la televisión para acusar a Romina de algo monstruoso y por qué ella terminó parada frente a las autoridades.

Y cuarto, ¿por qué el funeral de dulce fue a puerta cerrada? ¿Quién se quedó del otro lado sin poder despedirse? Y lo que Romina hizo después porque tenía miedo de que la mataran. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Pero para entender cómo fue posible que la muerte de una mujer tan querida se convirtiera en una guerra, necesitas conocer primero a la mujer y necesitas conocer al país que la hizo.

Porque esta historia no empieza ese 25 de diciembre, empieza mucho antes. Empieza con algo que tú probablemente escuchaste en tu propia sala, en tu propia cocina, en el radio de tu propio coche. Vamos a los años 70, a México, a una época en la que la balada romántica lo era todo. Piénsalo un segundo. No había internet, no había 1000 canales, había un radio en la cocina y un televisor en la sala y por ahí entraba la música que le ponía nombre a lo que sentías.

Era la música que sonaba en las bodas y también en los velorios, la que dedicabas por teléfono a la hora de las complacencias cuando llamabas a la estación y pedías una canción para esa persona que no se atrevía a decirte nada de frente. que te acompañaba en la madrugada cuando la persona que querías se había ido con otra y tú no podías dormir.

En esa época, una cantante con una voz grande de verdad podía llenar un país entero de sentimiento. Y de pronto, del norte apareció una muchacha con una de las voces más grandes que México ha escuchado en su historia. Berza Elisa había nacido en Matamoros, Tamaulipas, el 29 de julio de 1955. Guarda esa fecha, la frontera, el calor que pega en la cara, el polvo, el río de un lado y del otro Estados Unidos ahí no más a la vista.

Una niña que cantaba desde muy chica en la casa, en la escuela, en cualquier rincón donde la dejaran. Su sueño no le cabía en el cuerpo y ese sueño tenía un obstáculo, su mamá. Porque en aquellos años, en una familia de frontera, una hija que quería dedicarse a cantar no era precisamente motivo de orgullo. Dulce contó muchos años después que le pidió a su madre de rodillas que la dejara perseguir ese sueño.

De rodillas. Imagínate las ganas que tiene que tener una muchacha para arrodillarse frente a su mamá y suplicarle que la deje cantar. Se fue a Monterrey con la excusa de estudiar psicología. Esa era la cuartada respetable, pero la música pudo más. En Monterrey entró a un grupo que tocaba en el bar de un hotel.

Se llamaba Toby y sus amigos. Entró para sustituir a una cantante que se había ido. Así de simple. Así empiezan las leyendas por una casualidad. Y fue ahí, en ese grupo donde el tal Tobi le puso el nombre con el que tú la ibas a querer toda la vida. Dulce, quédate con la imagen de esos primeros años. Una muchacha de poco más de 20 años plantada noche tras noche en el escenario de un bar de hotel cantando para gente que cena, que platica, que casi ni la voltea a ver.

Eso es lo más duro de empezar, ¿no? El fracaso, la indiferencia. cantarle el alma a un salón lleno de gente que está pensando en otra cosa. Y dulce lo hacía todas las noches con esa voz enorme metida en un bar pequeño, esperando que algún día alguien de verdad la escuchara. Y una noche alguien la escuchó. Esa noche está cantando Gabilán o Paloma y mientras canta ve entrar por la puerta a un hombre y no es cualquier hombre, es José José, el príncipe de la canción, el del triste, el cantante más importante de México en

ese momento, el ídolo de medio continente. Dulce lo contó ella misma años después. Esa risa nerviosa de quien revive el momento exacto en que le cambió la vida. Dijo que de los nervios casi no podía cantar, que le pidió fuerzas a Dios para terminar la canción, porque ahí estaba el príncipe sentado entre el público escuchándola a ella, a ella.

desconocida del norte que cantaba en un bar. Cuando terminó el show, José José se levantó y en lugar de irse caminó hacia su camerino. Tocó, entró y le hizo una sola pregunta. Le preguntó si tenía disquera. Dulce que no tenía absolutamente nada, le dijo la verdad. no tenía nada. Y entonces José José dijo una frase que sonaba demasiado bonita para ser cierta.

Le dijo que él le iba a conseguir una audición para que grabara un disco. Ponte en su lugar un segundo. Tú tienes veintitantos años. Cantas en un bar para gente que ni te oye y el artista más grande del país te promete abrirte la puerta del cielo. Le creerías, Dulce no le creyó. pensó que en cuanto él cruzara esa puerta se iba a olvidar de ella para siempre, que era una de esas promesas bonitas que se hacen de buena gana y nunca se cumplen.

Pasaron dos semanas y un día sonó el teléfono. Era él. había cumplido. Le consiguió la audición en la disquera en Poligram. Y no solo eso, la acompañó. Llegó con sus lentes oscuros, tomó una guitarra y la presentó él mismo en persona. En la disquera la aceptaron, pero querían cambiarle el nombre artístico, ponerle algo que a ellos les parecía más comercial.

José José se opuso, defendió su nombre, eligió las canciones de su primer disco una por una y hasta pagó de su propio bolsillo a los músicos que la acompañaron en esa grabación. Lo hizo sin pedir nada a cambio y Dulce durante el resto de su vida, repitió una frase sobre él que conviene que retengas. dijo que era algo que nunca iba a tener la manera de pagarle.

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