Posted in

Se burlaban del último granjero con mulas en 1970… cuando el combustible se disparó, fue el único

No van a creerme lo que acabo de ver”, dijo golpeando el mostrador con la palma. Aurelio Montijo está labrando con buelles. Con bueyes, señores. En 1970. Yo creí que me había equivocado de siglo. Los hombres que esperaban su turno en la ferretería soltaron la risa sin pensarlo. Todos conocían a Aurelio Montijo.

Conocían sus 140 hectáreas al sur del municipio. Conocían su manera de caminar despacio, de hablar poco y de desconfiar de todo lo que viniera de afuera. Conocían también que Aurelio había enviudado joven, que vivía solo con su sobrino adolescente y que seguía haciendo las cosas como las había aprendido de su padre. Así es, Aurelio, dijo uno de los presentes.

Más necio que sus propios animales. Necio es una palabra gentil, respondió Ramón. Yo tengo otra vergonzosa. Llevamos hombres en la luna y ese señor está labrando como en tiempos de la reforma. Una cosa es la tradición y otra el terco puro. Le has intentado vender un tractor? Llevo 10 años intentándolo. Viene, mira los modelos, pregunta todo, asiente con la cabeza y se va con sus bueyes. Nunca compra nada.

A lo mejor no tiene con qué. Ramón bajó la voz como si fuera a revelar algo que no debería saber. Aurelio Montijo tiene dinero. Su padre le dejó esa tierra libre de deudas y lleva 30 años trabajándola sin pedir un centavo prestado. Si quisiera, compraba un tractor de contado mañana mismo. Los hombres intercambiaron miradas.

Entonces, ¿por qué miedo? dijo Ramón con la seguridad de quien ha resuelto un misterio. Miedo al progreso, miedo a soltar el pasado, miedo a admitir que el mundo avanzó sin esperarlo. Todos asintieron. La explicación era cómoda, redonda, satisfactoria. Lo que ninguno de ellos sabía, lo que nadie en todo el municipio de Tierra Blanca alcanzaba a imaginar, era que Aurelio Montijo guardaba un secreto y ese secreto iba a convertirlo en el hombre más próspero de toda la región.

Para entender lo que Aurelio estaba haciendo con sus bueyes, hay que entender de dónde venía él. Aurelio nació en 1917 en la misma casa donde seguía viviendo, una construcción de adobe y vigas de mezquite que su abuelo había levantado con sus propias manos antes de que terminara el siglo XIX. Su padre, Castulo Montijo, había trabajado esa tierra con bueyes desde que la recibió como herencia, una yunta de animales enormes y pacientes que respondían al nombre de Trueno y Nube.

Aurelio aprendió a guiar la yunta antes de aprender a leer. A los 15 años sabía leer el movimiento de una oreja, una respiración agitada, una resistencia leve en el yugo, con más precisión que cualquier página impresa. Después vino la guerra. Aurelio se presentó voluntario en el 42 con 25 años y una constitución de hombre acostumbrado al trabajo físico desde antes de la adolescencia.

El ejército lo destinó al cuerpo de abastecimiento, no a los vehículos, sino a los animales de carga, porque el ejército mexicano, que operaba en terrenos difíciles del norte del país, seguía dependiendo de mulas y bueyes para llevar provisiones donde los camiones no podían llegar. Aurelio pasó dos años moviéndose por serranías, donde la pendiente y la piedra hacían imposible cualquier motor.

Y en ese tiempo aprendió algo que nunca lo abandonaría. La primera lección fue brutal en su simplicidad. Los animales no necesitan combustible importado. Lo entendió una madrugada en que tres camiones quedaron varados en mitad de un desfiladero porque el gasóleo no había llegado al puesto de avanzada. Los hombres esperaron.

Los camiones esperaron y  la yunta de Aurelio siguió caminando, comiendo lo que crecía en la orilla del camino, bebiendo en los arroyos, avanzando al mismo paso de siempre. La segunda lección tardó más en asentarse, pero era más profunda. Era sobre anticipación, sobre la diferencia entre el hombre que reacciona y el hombre que ya previó.

En esas herranías, Aurelio aprendió que la guerra no la ganaba el que tenía mejores armas, sino el que había pensado 10 pasos adelante cuando los demás apenas consideraban el primero. Esa lección tardaría 25 años en dar fruto completo. Cuando Aurelio volvió a Tierra Blanca en 1945, el campo lo esperaba igual que siempre.

Su padre había muerto durante la guerra y un vecino de confianza había mantenido las tierras activas a cambio de una parte de la cosecha. Los bueyes habían sido reemplazados por una yunta nueva, más joven, igual de robusta. Los veteranos de su generación volvían queriendo dejar atrás lo antiguo. La guerra los había acercado a los motores, a los vehículos, a la maquinaria y regresaban convencidos de que el futuro era mecánico y acelerado.

Los tractores se abarataban,  las cooperativas los ofrecían en abonos razonables. Modernizarse era la consigna. Aurelio compró un tractor. Eso sorprendió a todos. Esperaban que el hombre más apegado a la tradición del municipio rechazara la modernidad de plano. Pero en el otoño de 1946, Aurelio Montijo llegó a su rancho conduciendo un tractor flamante que instaló en el extremo sur de su granero.

Y por unas semanas fue la novedad del pueblo. Hasta Aurelio se modernizó, decían. Lo que nadie vio fue lo que hizo después. usó el tractor. Exactamente una temporada. Llevó un registro minucioso. ¿Cuántos litros de combustible consumía por jornada? ¿Cuántas horas de trabajo daba antes de necesitar mantenimiento? ¿Qué piezas fallaban primero? ¿Cuánto costaba cada reparación? Al cabo de un año tenía un cuaderno lleno de números que nadie más habría sabido interpretar de la manera en que él lo hacía.

En la primavera de 1947 cubrió el tractor con una lona y volvió a sus bueyes. El pueblo inventó sus propias explicaciones, que el tractor se había descompuesto, que no pudo pagar el mantenimiento, que lo había intentado y fracasado. Aurelio dejó que pensaran lo que quisieran. Tenía un plan. Cada año, mientras sus vecinos compraban tractores más grandes y gastaban más combustible, Aurelio seguía con sus bueyes y cada año el dinero que hubiera gastado en gasóleo, refacciones y reparaciones, lo depositaba en la caja de ahorros del

Banco Regional de Tierra Blanca. Para 1955 tenía suficiente para comprar un tractor más avanzado que el primero. Lo compró de contado, lo llevó a su rancho y lo estacionó junto al anterior, debajo de la misma lona. Para 1960 tenía dos tractores en el granero, ambos en perfectas condiciones, y seguía trabajando la tierra con Rayo y Ceniza, la yunta que había comprado en 1953.

Hay que detenerse aquí para explicar el razonamiento de Aurelio, porque desde afuera parecía una locura. Aurelio Montijo no estaba en contra de los tractores. Entendía su superioridad en potencia, en velocidad, en capacidad de trabajo. Sabía perfectamente que un hombre contractor podía labrar el doble de tierra en la mitad de tiempo, pero también entendía algo que sus vecinos no consideraban.

Los tractores dependían del petróleo y el petróleo venía de lejos de refinerías y distribuidoras y rutas de abasto que Aurelio no controlaba ni podía controlar. El precio del combustible en Tierra Blanca no lo fijaba el trabajo duro ni la buena cosecha. Lo fijaban decisiones tomadas en lugares que Aurelio jamás pisaría. Los bueyes eran distintos.

Read More