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Nino Bravo Escuchó a una Mujer Humilde CANTANDO Su Canción en la Calle Lo que Hizo con Ella te….

En ese barrio aprendió a cantar o más bien descubrió que ya sabía que la voz era algo que llevaba dentro desde antes de saber que tenía nombre. A los 14 años, en una excursión con sus amigos Vicente López y Paquito Guzmán, se subió sobre una roca al amanecer y cantó libero de Doménico Modugno hacia el vacío con la montaña y el alba como único público.

Sus amigos lo escucharon desde abajo, paralizados. Ninguno de los tres dijo nada durante un momento. Luego Vicente dijo, “Con esa voz hay que hacer algo más que hablar. Ahora, 8 años después de aquella roca, con 200,000 copias vendidas y el festival de río en el cuerpo, Nino Bravo volvía a caminar por las mismas calles del barrio de visitación cuando quería estar  solo, no para recordar de dónde venía, sino para tocar con la suela del zapato algo que todavía era real. El adoquín era real.

El olor a aceite frito que salía de los balcones era real. La ropa tendida entre edificios que tapaba el cielo estrecho era real. Esa noche de octubre de 1972, Nino Bravo salió a caminar tarde después de cenar mientras Amparo dormía con la niña. No llevaba nada en los bolsillos. Lo que estaba a punto de encontrar en la esquina de la calle Visitación con la calle Sagunto no estaba en ningún itinerario, en ninguna agenda, en ningún plan, pero estaba esperando.

Su nombre era Rosario. No tenía apellidos que alguien hubiera pronunciado en voz alta frente a ella en muchos años y si los tenía, los guardaba en algún lugar del que no hablaba. En el barrio la conocían simplemente como la Rosario del mercado, porque llevaba más de 12 años vendiendo verduras en el mercado central de Valencia, en el puesto número 47 de la nave de hortalizas, un rectángulo de 4 m² entre el puesto de consuelo, que vendía ajos y cebollas, y el de  Marcos, que vendía melones de villaconejos, y tenía la costumbre de

silvar mientras pesaba. Rosario tenía 53 años en 1972. Había nacido en Algemesí, un pueblo de la ribera del Júcar, en 1919, en plena posguerra de la Primera Guerra Mundial y a 10 años vista de la siguiente.  Su padre era jornalero, su madre lavaba ropa ajena. Ella aprendió a leer en una cartilla escolar que compartía con otros seis niños de la escuela del pueblo.

Y con esa misma cartilla aprendió a cantar las vocales en un tono que el maestro siempre decía que era demasiado alto para una  niña. Cantaba desde que tenía memoria. Cantaba mientras pelaba patatas. Cantaba mientras  tendía la ropa. Cantaba mientras caminaba de noche por las calles de Algemesí hacia la casa de su madre enferma.

En los años en que todavía había una madre a la que visitar, cantaba  canciones de sarzuela que había escuchado en una radio de válvulas que su vecino Fermín encendía los domingos por la tarde y cantaba coplas que había aprendido de memoria porque la radio no siempre alcanzaba bien y a veces solo llegaban fragmentos y con fragmentos Rosario construía versiones enteras.

Se casó a los 25 años con un hombre llamado Antonio, albañil de obra gruesa, que había perdido dos dedos de la mano izquierda. en un accidente con una sierra circular en una obra de la avenida del puerto. Antonio era un hombre callado que amaba a su mujer con una constancia silenciosa que no necesitaba palabras para ser visible.

Cuando Rosario cantaba en la cocina, él se quedaba quieto en la silla y dejaba el periódico sobre la mesa. Solo escuchaba, no lo decía, lo hacía. tuvieron  un hijo, lo llamaron Manuel como el padre de Antonio. Manuel nació en 1950, creció jugando al fútbol en la calle Visitación, estudió  hasta cuarto de primaria y a los 16 años se fue a trabajar a una fábrica de azulejos en Paterna.

A los 21 emigró a Alemania, a la ciudad de Munich, a una fábrica de automóviles donde le pagaban tres veces lo que ganaba en Valencia y donde el frío en invierno era un frío diferente al frío de España, un frío que entraba de otra manera, que te decía de otra forma que estabas lejos. Manuel llamaba por teléfono cuando podía.

Las llamadas eran cortas porque eran caras. Decía que estaba bien, que comía bien, que ahorraba, que pronto volvería. Antonio murió en el invierno de 1969. Un infarto cerebral que llegó sin avisar un martes por la mañana mientras desayunaba con el periódico todavía doblado sobre la mesa. Rosario lo encontró con la taza de café en la mano en una posición que parecía el principio de un movimiento que nunca se completó.

Desde entonces, Rosario vivía sola en el piso de la calle del pintor Domingo, número 14, segundo izquierda, en un edificio de fachada ocre desconchada, cuyas ventanas daban a un patio interior donde a veces cantaba una chica joven que Rosario nunca había visto la cara. El piso tenía tres habitaciones que ya no necesitaban ser tres habitaciones.

Cocinaba para una, tendía ropa para una y cantaba como siempre. para nadie en particular y para todo lo que había sido. Cuando escuchó por primera vez a Nino Bravo en la radio del mercado,  un mediod día de verano de 1970, mientras acomodaba los pimientos rojos sobre el mostrador, se quedó quieta con un pimiento en cada mano.

Era Te  quiero, te quiero. La voz era de una amplitud que no cabía bien dentro de los altavoces pequeños de aquella radio de plástico naranja que con suelo tenía colgada de un gancho sobre los ajos. Rosario no dijo nada, siguió acomodando los pimientos. Pero desde ese día, cada vez que Nino Bravo sonaba en la radio, Rosario paraba lo que estaba haciendo y escuchaba hasta el final.

En 1972, un beso y una flor la dejó sin habla la primera vez que la escuchó completa. No por la letra, aunque la letra era hermosa, sino por algo en el modo en que aquella voz subía en el puente de la canción, una extensión hacia arriba que parecía que el cuerpo del cantante no iba a poder sostener y que sostenía igual, con una serenidad que no era fuerza, sino algo más parecido a la fe.

Rosario se aprendió la canción de memoria en tres días. y empezó a cantarla en la calle, no en todas las calles, solo en la calle visitación de noche, cuando volvía caminando del mercado con la bolsa de tela vacía colgada del antebrazo, porque era el camino más largo y el más silencioso y el único en el que nadie la miraba con cara de extrañeza cuando la voz le salía más alta de lo que la situación requería.

Llevaba consigo siempre un pañuelo de hilo blanco con las iniciales A R bordadas en hilo azul oscuro. Las iniciales de Antonio Ruiz, su marido, lo había bordado ella misma en 1948, el año en que se casaron con una aguja del número tres y un hilo de mercería que había comprado en la tienda de la señora pura de Algemesí.

Llevaba ese pañuelo en el bolsillo del delantal, en el bolsillo del abrigo, en el bolsillo del camisón. si dormía mal y se levantaba a la cocina a tomar agua. No lo usaba para secarse. Lo llevaba simplemente porque tenía las iniciales de alguien que ya no estaba. Y mientras lo llevaba, ese alguien de algún modo seguía ocupando un lugar en el mundo que podía tocarse con los dedos.

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