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El líder de la prisión humilló cruelmente al nuevo recluso silencioso frente a todos los guardias. Lo que este abusador no sabía era el aterrador pasado que aquel hombre intentaba ocultar por el bien de su madre enferma.

El líder de la prisión humilló cruelmente al nuevo recluso silencioso frente a todos los guardias. Lo que este abusador no sabía era el aterrador pasado que aquel hombre intentaba ocultar por el bien de su madre enferma.

[PARTE 1]

El sonido de la bofetada resonó con un eco seco contra los muros de concreto del Reclusorio Norte.

Nadie respiró, nadie se movió, ni siquiera el viento de la tarde pareció atreverse a levantar el polvo del patio.

Mateo Vargas mantuvo el rostro girado hacia la izquierda, sintiendo cómo el calor de la sangre comenzaba a acumularse debajo de su mejilla izquierda.

El sabor metálico inundó su paladar, espeso y amargo, pero sus manos permanecieron pegadas a los costados de su raído pantalón beige.

Frente a él, Efraín Garza, conocido por todos como “El Toro”, frotó la palma de su mano con una sonrisa torcida que dejaba ver un diente de oro.

“Aquí el que entra, aprende rápido quién manda, perrito”, escupió Efraín, acercando su rostro lleno de cicatrices al de Mateo.

Desde la pasarela superior, el custodio Mendoza, con el radio colgado al cinto, observó la escena durante tres largos segundos.

Luego, con una lentitud calculada que apestaba a soborno, giró sobre sus botas y comenzó a caminar hacia el lado opuesto del bloque.

Mateo captó el movimiento por el rabillo del ojo y comprendió al instante las reglas no escritas de su nuevo infierno.

En esa prisión, la ley no la dictaban los uniformes oficiales, sino los hombres que pagaban por el silencio.

Efraín soltó una carcajada ronca, le dio dos palmadas humillantes en la misma mejilla golpeada y se alejó pavoneándose junto a sus dos lugartenientes.

El patio volvió a la vida poco a poco, con murmullos y miradas de soslayo hacia el nuevo recluso que, a los ojos de todos, acababa de aceptar su condición de presa.

Lo que ninguno de esos hombres sabía, ni siquiera el mismo Efraín, era el esfuerzo sobrehumano que los nudillos de Mateo estaban haciendo para no cerrarse.

Debajo de la tela áspera de su uniforme, la memoria muscular de sus brazos gritaba por liberar un gancho de izquierda que habría destrozado la mandíbula del abusador antes de que parpadeara.

Pero Mateo tragó saliva, cerró los ojos un instante y dejó que la imagen de doña Carmelita inundara su mente.

Vio el rostro pálido de su madre, las sábanas blancas del hospital del Seguro Social y los tubos transparentes que le llevaban la quimioterapia gota a gota.

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