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JOSE JOSE Fue Humillado Por Fidel Castro — “Vendedor de Tristezas” — Lo Que Respondió Lo Dejó Callad

Para entender esa noche, hay que entender por qué José José estaba en Cuba. A finales de los años 80, José José ya no era solamente un cantante mexicano. Era una voz que había cruzado fronteras sin pedir permiso. Sonaba en radios de barrio, en cantinas, en casas pobres, en autos viejos, en hoteles elegantes, en fiestas donde alguien terminaba llorando, aunque hubiera prometido no hacerlo.

Había cantado el triste, había hecho suyo el dolor de una generación y había demostrado que una balada podía ser más poderosa que un discurso, porque un discurso convence a la cabeza, pero una canción entra por donde nadie puede defenderse. Por el corazón, en Cuba, su música llegaba de muchas formas.

Algunas oficiales, otras no tanto. Había quienes escuchaban sus canciones en radios extranjeras bajando el volumen para que los vecinos no preguntaran. Había jóvenes que copiaban cassetes gastados hasta que la cinta sonaba ronca. Había mujeres que lavaban ropa cantando almohada en voz baja. Había hombres que después de una jornada larga ponían una canción suya para sentirse menos solos.

Por eso, cuando llegó la invitación, el equipo de José dudó. “No deberías ir”, le dijeron. ¿Por qué? Porque allá todo es política. José se quedó mirando la carta. No me están invitando a hablar de política. José. En esos lugares todo habla de política hasta el silencio. Él no respondió de inmediato.

Tomó un cigarro, lo giró entre los dedos, pero no lo encendió. Yo no voy a cantar para un gobierno dijo al fin. Voy a cantar para la gente, pero pueden usarte. José sonrió con tristeza. A mí ya me ha usado la vida muchas veces y aún así sigo cantando. El viaje se anunció discretamente. Algunos lo celebraron, otros lo criticaron.

Hubo quien dijo que no debía pisar la isla. Hubo quien lo llamó ingenuo. Hubo quien aseguró que un artista no debía meterse en esos escenarios. Pero José José no respondió, solo preparó su equipaje, guardó unos trajes, revisó las partituras y tomó el avión hacia La Habana. Cuando llegó, el calor lo golpeó en la cara como una mano abierta.

El aeropuerto estaba vigilado. Había guardias, funcionarios, sonrisas calculadas. Le dieron la bienvenida con flores, cámaras y frases de cortesía. Todo parecía amable, pero José conocía demasiado bien los escenarios como para no detectar la tensión detrás de una ovación. Lo llevaron al hotel nacional. El edificio era hermoso y triste al mismo tiempo.

Tenía el esplendor de otra época y las grietas de un país cansado. Desde una terraza, José miró el malecón, el mar golpeando las piedras, los autos antiguos pasando como fantasmas de colores y la ciudad respirando con una mezcla de orgullo y melancolía. Esa tarde pidió caminar. Le asignaron escoltas. Él aceptó, pero caminó despacio, mirando más de lo que hablaba.

Vio niños jugando en la calle con pelotas viejas. Vio balcones oxidad, vio mujeres asomadas detrás de cortinas, vio hombres que lo reconocían y no se atrevían a acercarse. Vio miradas que decían mucho más que las palabras permitidas. En una esquina, un anciano lo miró fijamente. José se detuvo.

El hombre tenía las manos duras, la camisa gastada y unos ojos llenos de años. Se acercó con cuidado. Usted es José. José, murmuró. José sonríó. Eso dicen. El anciano bajó la voz. Mi mujer lo escucha por las noches. Tiene un cassete suyo. Ya casi no se oye, pero ella lo pone igual. Dice que cuando usted canta la casa se siente menos vacía. José no supo que responder.

El hombre miró hacia los lados. Aquí uno aprende a no decir mucho, pero una canción, una canción si dice lo que uno no puede. Después se fue rápido, como si hubiera hablado demasiado. José se quedó en la cera. viendo como el anciano desaparecía entre la gente. Esa noche no durmió bien.

Se sentó junto a la ventana del hotel con una copa intacta en la mesa mirando el mar oscuro. Pensó en todas las veces que había cantado para públicos enormes sin saber quién estaba llorando en la última fila. Pensó en su propia vida, en sus excesos, en sus caídas, en esa lucha íntima que muchos aplaudían sin comprender. Porque José José podía llenar un teatro, pero también podía sentirse solo en el centro del aplauso y quizá por eso entendía a la gente que lo escuchaba en silencio.

Al día siguiente fue la cena. Palacio de la revolución. Un salón imponente, techos altos, mesas largas, copas brillando bajo las lámparas, rostros serios, voces medidas. Todo estaba colocado como una escena preparada. José fue sentado cerca de Fidel. Al principio la noche fue cordial. Brindaron por México, por Cuba, por la cultura, por la amistad de los pueblos.

Fidel hablaba con soltura, pasaba de una anécdota a otra, hacía preguntas, reía cuando debía reír. José respondía con respeto, pero había algo extraño. Fidel lo miraba demasiado, no como quien admira a un invitado, sino como quien estudia una debilidad. A las 10 de la noche, Fidel se levantó. El salón se apagó sin apagarse.

Compañeros, dijo, quiero dedicar unas palabras a nuestro invitado. Los aplausos fueron educados. José José, una de las voces más famosas de nuestro continente, un hombre que ha vendido millones de discos, un artista que ha cantado para ricos y pobres, para presidentes y obreros, para enamorados y abandonados. Hizo una pausa, pero también un hombre que representa algo curioso, la industria del sentimiento, la tristeza convertida en espectáculo.

El silencio cambió de temperatura. José dejó la servilleta sobre la mesa. Fidel bajó del sitio donde estaba y empezó a caminar hacia él. Dime, José, tú que cantas tanto al dolor, ¿qué sabes del dolor verdadero? ¿Qué sabes del hambre de un pueblo? ¿Qué sabes de una madre que no tiene que darle a su hijo? ¿Qué sabes de una revolución? José lo escuchaba sin moverse.

Fidel estaba ya frente a él. Tus canciones son hermosas, sí, pero la belleza también puede ser una trampa. Tú haces llorar a la gente por amores perdidos mientras nosotros intentamos construir un mundo nuevo. Tú cantas derrotas personales. Nosotros peleamos victorias colectivas. Nadie se atrevía a interrumpir.

Eres una voz privilegiada, José, pero dime algo, ¿para qué sirve una voz que solo enseña a llorar? La pregunta cayó como una bofetada. Todos miraron a José. Esperaban que bajara la cabeza. que agradeciera la invitación, que dijera algo humilde, que soportara la humillación como tanto soportaban las palabras del comandante.

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