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Despidieron al mejor mecánico del taller… ¡Pero nadie imaginó lo que sucedió después!

Lo que tengo es 36 años de oficio acumulado en las manos y en la cabeza, empezando desde el taller que tenía mi tío Geraldo en una calle de terracería en Apodaca. Mi tío era un hombre de manos enormes, carácter firme y pocas palabras. Olía a diésel desde que tengo memoria. Nunca tuvo hijos propios, pero a sus sobrinos nos trató siempre como si lo fuéramos, especialmente cuando la vida nos puso en situaciones que un niño no debería tener que manejar solo.

Cuando yo tenía 15 años, mi padre se fue de la casa una tarde de julio sin decir a dónde y sin dejar nada escrito, solo la ausencia. Una semana después llegó el tío Geraldo con una bolsa de mandado y sin decir  mucho empezó a hacerse cargo. No con discursos, con presencia. Llegaba todos los días, arreglaba lo que había que arreglar, pagaba lo que había que pagar y se iba.

Y volvía al día siguiente. Eso duró años. A los 18 me llevó al taller. El local era pequeño. Techo de lámina, piso de cemento disparejo, una fosa de trabajo, herramientas colgadas en la pared con ganchos de alambre que el tío fabricaba él mismo. No había escáner electrónico, no había computadora, lo que había era su conocimiento y mi disposición de aprenderlo todo.

Desde el primer mes me repitió lo que con el tiempo se convirtió en el principio más importante de mi vida profesional. Un mecánico tiene dos responsabilidades. Cuo, con el vehículo que repara y con toda la gente que va a circular en la misma carretera cuando ese camión salga. Liberar una unidad con fallas no es un error, es una decisión.

Y esa decisión puede matar gente que nunca te hizo nada. No lo dijo una vez, lo dijo cientos de veces. Pero la primera vez que entendí de verdad lo que significaba no fue en el taller, fue una tarde de noviembre en la carretera federal 57 a la altura de Matehuala. Yo tenía 21 años y regresaba de entregar unas refacciones en San Luis Potosí, en la troca del tío, cuando vi las luces de emergencia a lo lejos. Frené despacio.

Una pipa cisterna de 40 toneladas había salido de su carril en la bajada y se había ido de lado. El accidente tenía horas. Ya no había nada que hacer por el operador. La carretera seguía cerrada. Los coches esperaban en fila. Me quedé parado afuera de la troca, mirando los restos de la cabina contra el muro de contención, con el frío de noviembre golpeándome la cara y pensé en el hombre que iba adentro, en si había desayunado esa mañana, en si alguien en algún lugar del país estaba esperando que llegara a casa. Nunca supe la causa oficial de ese

accidente. Pero de vuelta en el taller esa noche, mientras el tío revisaba el motor de un Kenworth con la linterna en la boca, le conté lo que había visto. Me escuchó sin voltear. Luego dijo, “Por eso hacemos esto bien, Cuco. Cada vez eso quedó grabado en mí. No como regla, como algo más profundo que una regla.

El tío Geraldo murió hace 6 años con el overall. puesto y una llave en la mano. Lo encontramos recargado contra la llanta de un Freight Liner que estaba revisando. El médico dijo que fue rápido. Me lo dijeron para consolarme. Funcionó un poco, pero el hueco que dejó no tiene consuelo que lo llene del todo. Me dejó tres cosas.

La caja de herramientas verde de esas pesadas de taller que se cargan con las dos manos. el local del taller que tuvimos que vender porque sin él no alcanzaban los gastos y 30 años de reputación limpia en el gremio mecánico del noreste. 30 años sin una queja documentada. 30 años de clientes que regresaban, 30 años de unidades que salían en condiciones reales. Prometí honrar las tres.

Mi esposa Dolores, La Lola, es de Linares, pero lleva 20 años en Apodaca. Tenemos dos hijos. Rodrigo, de 13 años, serio y observador, del tipo de niño que procesa todo en silencio antes de decir algo. Y Fernanda de Siete, que llena la casa de ruido, dibuja camiones en todos sus cuadernos y dice que quiere ser mecánica como su papá.

Vivimos en una colonia obrera cerca de la carretera a Monterrey. La casa la fuimos levantando por partes a lo largo de 10 años. Todavía hay una pared sin revocar en el cuarto de los niños que llevo dos años prometiendo terminar cuando el tiempo y el dinero coincidan. Pero es nuestra. Y cuando la Lola hace tortillas de harina los domingos y el olor llena la casa, ese es mi lugar favorito del mundo.

Entré a Transportes Aguirre hace 5 años por necesidad. El taller donde trabajaba cerró de golpe por las deudas del dueño. La Fernanda acababa de salir de una operación de apéndice que nos dejó endeudados. Rodrigo entraba a la secundaria, necesitaba sueldo fijo. La empresa tenía casi 80 unidades. Kenworth T800 y W900 para rutas largas.

Peterbild 389 para clientes que pedían esa estética americana. International Prostar para rutas cortas. Movían carga entre Monterrey, El Bajío y la frontera con Texas. El trabajo en sí me encantaba. Un Kenworth T800 cargado puede pesar 80 toneladas. Cuando algo falla en una unidad así, a 120 km porh en la bajada de la sierra, las consecuencias no son un golpe de lámina.

Son muertos, familias destruidas, gente que iba en su carril sin saber que tenía encima algo que pesaba como un edificio y ya no tenía quien lo detuviera. Eso lo sé desde los 21 años. Nunca se me olvida. El equipo de mecánicos era bueno. El chato Bernardo López, 50 y tantos años, dos décadas en la empresa. El tipo de mecánico que pone la oreja junto al motor, cierra los ojos y ya sabe dónde está el problema.

Esos mecánicos ya casi no existen. El pato Patricio Garza, joven y muy hábil con los sistemas eléctricos de las unidades nuevas, y el gordo Espinoza, que siempre tenía el chiste correcto para aligerar los turnos de 12 horas. Nos llevábamos bien, nos compartíamos diagnósticos en las unidades difíciles, nos cubríamos turnos cuando alguno tenía emergencia familiar, había respeto y había oficio.

El problema nunca fue el equipo. El problema era Gilberto Salcedo. Salcedo llegó a la empresa 3 años antes que yo. traído de una transportista del centro, pelo engominado, camisa de cuadros cara, botas vaqueras de punta metálica que brillaban más que los rines de un Peterbild de exhibición. Usaba palabras de curso de liderazgo, eficiencia operativa, optimización de recursos, indicadores de desempeño.

Todo eso significaba una sola cosa. Los camiones salen pase lo que pase. No importaba si el sistema de frenos necesitaba revisión, no importaba si un eje llevaba semanas dando señales de falla. Si el operador llegaba por su unidad y había carga esperando, la unidad salía. Los tiempos de entrega no se negocian, decía.

Lo que se negocia es cómo hacen su trabajo. Al principio intenté convencerme de que exageraba, pero yo sé lo que sé. Y lo que veía en esas unidades no era conservadurismo de mi parte, era riesgo documentado, el tipo de condición que con la carga correcta y el terreno correcto produce una tragedia. Y eso me quitaba el sueño. Lo que no supe sino mucho tiempo después fue que 4 meses antes de mi despido, una unidad que Salcedo había presionado a liberar se fue de lado en la recta de Linares.

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