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Cuidaba Cabras Por Un Plato De Pan… Hasta Que Un Cencerro Contó La Verdad

No te desvíes por los senderos viejos. Esos caminos ya no son de nadie. Brígida miró hacia las laderas grises y áridas que conocía desde niña. Preguntó con suavidad, “¿Por qué no se puede ir por los senderos viejos?” Freilann se volvió bruscamente. “Porque yo lo digo.” Beltrana añadió desde lejos con tono más cortante.

El derecho de pastoreo ahora pertenece a los Luján. Tú solo sigue el camino que te indiquen. No preguntes más de lo que vale tu plato de pan. Cuando abrieron el corral, las cabras salieron en tropel, el ruido de pezuña sobre la piedra, los validos y el tintineo de los cencerros se mezclaron con el viento de la sierra.

Brígida se colocó detrás del rebaño agarrando la cuerda con fuerza. Antes de salir, Beltrana repitió las condiciones. Si regresas con todas antes de que el sol baje del pico, tendrás pan, sopa y unas monedas. Si falta una, no tendrás nada. Bridda contestó con caumma. Las traeré todas. Beltrana esbozó una media sonrisa.

Los aelices siempre hablan como si aún les quedara honor en el bolsillo. Esta vez Brígida la miró directamente a los ojos. El honor no se guarda en el bolsillo, señorita, porque si estuviera ahí, los ricos lo habrían comprado hace mucho tiempo. El patio quedó en silencio un instante. Freyan frunció el ceño. Beltrana no esperaba esa respuesta.

Brígida se dio la vuelta y sacó el rebaño por el portón. Mientras caminaba por el sendero que subía a la montaña, escuchó como el portón de hierro se cerraba a su espalda. El sonido fue pesado, como una advertencia de que había entrado en territorio de los Lujan, donde el pasado de su padre había sido torcido y enterrado.

Miró las cabras que iban delante y las laderas de piedra que se extendían bajo el sol. En su pecho aún ardía el dolor de las palabras de Freilan. Pero debajo de la resignación habitual había empezado a encenderse una pequeña duda. Se preguntó por qué Freyan reaccionaba con tanta rabia al mencionar los senderos viejos, por qué Beltrana prohibía preguntar sobre los derechos de pastoreo y por qué después de tantos años el apellido Saelices todavía incomodaba tanto a la familia más poderosa del pueblo.

Brígida murmuró para sí misma casi sin voz. Padre, si realmente hiciste algo malo, ¿por qué siguen teniendo miedo de tu nombre? Brígida sacó el rebaño por el portón de hierro. El sol de la mañana ya golpeaba fuerte sobre la tierra roja y las cabras avanzaban en tropel, levantando polvo con sus pezuñas. Freand caminaba detrás golpeando el suelo con su bastón para apurarlas.

Brígida sujetaba la cuerda principal con las dos manos, observando el movimiento del grupo. Conocía el oficio desde niña, pero hacía años que no guiaba un rebaño tan grande. Freilann gritó desde atrás. ¿Qué haces ahí parada mirando? Las cabras no van a subir solas a la montaña para ganarte el pan. Brígida no contestó.

Siguió caminando con paso firme. En un rincón del corral, antes de salir del todo, vio a una cabra vieja que se mantenía apartada. Su pelaje era gris oscuro, casi negro por el polvo acumulado. Un cuerno estaba roto en la punta y sus ojos tenían esa mirada nublada de los animales que ya han visto muchas temporadas.

Del cuello le colgaba un cencerro de plata viejo, abollado y sin brillo, que producía un sonido distinto, más grave y ronco que los demás. Cuando casi todo el rebaño había salido, Freyan se acercó a la cabra vieja y levantó la voz. La mora, muévete, no te hagas la muerta conmigo. La cabra no se movió, retrocedió un paso y tensó el cuerpo.

El cencerro de plata sonó con un tintineo seco como metal cansado. Brígida notó que el animal temblaba ligeramente. No era simple terquedad, era miedo. Freilan levantó el bastón. Te voy a sacar a rastra si hace falta. Bríida dio un paso adelante y habló con voz baja. Déjeme intentarlo. Freilan soltó una risa corta y burlona. ¿Tú crees que te va a hacer caso? Esa bestia es más cabezota que cualquier saices. Brígida no respondió al insulto.

Se acercó despacio a la mora sin mirarla directamente a los ojos. Extendió la mano abierta para que la cabra pudiera olerla. La mora se quedó quieta un momento, las orejas hacia atrás. Después bajó la cabeza y olfateó los dedos de Brígida. Esta esperó sin moverse, luego acarició suavemente el cuello del animal, evitando tocar el cencerro.

“Vamos, vieja!” murmuró. “Yo también estoy cansada. Caminaremos despacio.” La mora dio un paso, luego otro. Ante la sorpresa de los peones que aún miraban, la cabra vieja salió del corral y se colocó al lado de Brígida. El cencerro de plata sonaba con cada movimiento grave y profundo. Freilan frunció el ceño.

Beltrana, que observaba desde lejos, se acercó un poco. ¿Qué pasa aquí? No es nada, respondió Freilan rápidamente. Hoy esta cabra está menos terca. Pero su voz sonaba forzada. La Mora, al ver que Freilan se acercaba, se escondió detrás de Bríida. El gesto fue tan claro que nadie pudo ignorarlo. Brígida preguntó con calma. siempre le tiene tanto miedo a usted, Freuyan la miró con rabia.

Las cabras viejas son así de caprichosas. Preocúpate de llevar el rebaño entero y no hagas preguntas que no te corresponden. Cuando el grupo ya estaba en el camino, la mora se mantuvo cerca de Brígida. No se mezclaba con las demás cabras. caminaba a su ritmo, más lento, pero atenta. Cada pocos pasos, el cencerro de plata dejaba oír su sonido ronco entre los tintineos más agudos de los otros.

Frean, que aún estaba cerca del portón, gritó lo suficientemente alto para que Bríida lo oyera. Esa bestia vieja nunca ha seguido a nadie más que a los muertos. Brígida sintió un escalofrío, se detuvo un segundo. La mora también se paró y giró la cabeza hacia ella. Sus ojos viejos parecían guardar algo que no podía expresar con palabras.

Brígida miró el cencerro abollado. El metal tenía arañazos profundos y una pequeña soldadura antigua en el borde. El rebaño comenzó a subir por el sendero principal hacia Cañada Seca. La mora seguía pegada a Brígida, como si hubiera elegido su compañía desde el primer momento. Cuando alguna cabra joven se desviaba, la mora giraba la cabeza y balaba suavemente como avisando.

Brígida se dio cuenta de que, a pesar de su edad, la cabra vieja conocía muy bien el rebaño. En un momento, La Mora miró hacia un sendero lateral cubierto de maleza y dio unos pasos en esa dirección. El cencerro sonó con más fuerza. Frean, que todavía las observaba desde abajo, gritó, “No te dejes llevar por ella. Sigue el camino que te dije.

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