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Cristina Sánchez “La Matataxistas” : La Verdadera Vida en Prisión Que Nadie Cuenta

Cristina Sánchez “La Matataxistas” : La Verdadera Vida en Prisión Que Nadie Cuenta

Los picaban los y los echaban al pozo. Imagina a una mujer que durante años trabajó como plomera  para mantener a sus hijos. Nadie que la viera cargando herramientas por las calles del norte  de México habría imaginado que terminaría convertida en una de las criminales más temidas  del país.

 Hoy sigue privada de su libertad cargando otro peso, una sentencia de casi dos siglos  y una historia marcada por uno de los sistemas penitenciarios más duros de México. Hoy vamos a contarte la historia completa de Cristina Soledad Sánchez Esquivel,  la mujer que la prensa mexicana bautizó como la matataxistas. Vamos a explicarte qué hizo exactamente, cómo  cayó y sobre todo lo que casi nadie cuenta bien, cómo vive en este momento dentro del sistema penitenciario? ¿Qué  come? ¿Cómo la trató el crimen organizado por

dentro? ¿Y cuál es su situación legal real hoy? Quédate hasta el final porque vas a descubrir cómo una mujer condenada  por múltiples asesinatos terminó trabajando para los setas dentro de la cárcel. ¿Y qué ocurrió cuando  decidió desobedecer una de sus órdenes? Suscríbete ahora y descubre cómo es realmente la vida detrás de las rejas de famosos narcotraficantes, políticos y algunos de los criminales más conocidos.

 Para entender cómo una mujer que reparaba tuberías terminó con una de las condenas más largas registradas en Nuevo León. Hay que regresar al principio, hay que ir a su infancia, a la pobreza en la que creció y a los hechos que, según los propios expedientes del caso, marcaron el camino hacia la violencia. Cristina Soledad Sánchez Esquivel nació en Nuevo León, en el norte de  México, dentro de una familia con pocos recursos.

 Desde niña, según consta en los registros del caso, fue víctima de abuso en más de una ocasión, incluso de acuerdo con esas mismas fuentes por parte de su propio padre biológico. No hubo denuncia, no hubo proceso, no  hubo justicia para esa niña, solo silencio dentro de una casa donde se supone que debía estar protegida.  Quedó embarazada siendo todavía un adolescente y tuvo a su primera hija a los 16 años.

 Con el tiempo llegaron más hijos. hasta sumar varios menores que dependían completamente de ella. Mientras otras adolescentes de su edad seguían en la escuela,  ella ya cargaba con la responsabilidad de sostener una casa sin haber salido todavía de su propia niñez interrumpida. Para sobrevivir, aprendió un oficio poco común entre las mujeres de su comunidad.

La plomería. La apodaron la plomera mucho antes de que el mundo conociera el nombre que la haría famosa por razones completamente distintas. trabajaba instalando  y reparando tuberías en casas particulares, cobrando por trabajo terminado, muchas veces sola, cargando tubos y herramientas pesadas bajo el calor del norte de México.

 Y aquí hay algo que pocos relatos explican bien. El episodio que terminó por encender  todo lo que vendría después tiene que ver otra vez con un trabajo de plomería y con una madrugada de la que ella misma asegura no recordar cómo terminó. Sigue viendo porque ese detalle conecta directamente con el día de  su arresto.

 Quienes la conocieron en esos años la describen como una mujer callada, de trato distante, incluso con su propia familia. Tenía una expresión dura, casi inexpresiva y una rutina que no cambiaba. Nada en su comportamiento cotidiano hacía sospechar lo que según la investigación oficial ya se estaba gestando en su mente. Una de las líneas de la investigación psicológica apunta a un patrón de resentimiento dirigido específicamente contra hombres.

 Otras versiones periodísticas menos verificables hablan de una agresión que habría sufrido en la adultez a manos de un taxista, hecho que jamás denunció de forma oficial. Lo que sí está documentado en su perfil psicológico es otra cosa y la vamos a explicar con detalle más adelante en este video. Para la época en que ocurrieron los hechos que la harían  famosa, Cristina ya no vivía con el padre de sus hijos.

Los había dejado bajo su cuidado mientras ella rehacía su vida con otra pareja. Esa decisión presente en varios de los expedientes del caso ayuda a entender el perfil de una mujer que se movía constantemente  entre distintas ciudades del norte de México por motivos de trabajo. Lo que estás por escuchar es la parte que generó pesadillas reales entre los taxistas de Nuevo León y Coahuila durante meses, porque lo que hizo esta mujer entre febrero y junio de 2010 no fue un solo crimen, fue una cadena de desapariciones que durante semanas nadie

logró conectar  entre sí. La versión oficial del caso dice que entre el 18 de mayo y el 4 de junio de 2010,  varios conductores de taxi de Saltillo, Coahuila y de García, Nuevo León, fueron asesinados con el mismo patrón. Una mujer detenía la marcha de un taxi, pedía que la llevaran hasta una dirección en una zona alejada  y cuando el conductor bajaba o se detenía, un cómplice salía de su escondite y lo  atacaba, provocando finalmente su fallecimiento.

El cómplice era un hombre de apenas 27  años. Según contó después su propio padre a un noticiero, el joven  cobraba 300 pesos por cada crimen en el que participaba. Antes de eso, trabajaba como ayudante de construcción.  una vida completamente alejada de lo que terminaría haciendo bajo las órdenes de Cristina.

  Los cuerpos no se quedaban en la escena, los arrojaban a un pozo en una zona desértica conocida como la boca del [ __ ] sobre  el camino a Ikamole, a varios kilómetros del centro de García, un lugar de tierra seca y calor que supera los 39 gr, elegido precisamente porque ahí durante semanas nadie escuchó nada y nadie encontró nada.

 Ese pozo no era un hueco cualquiera en medio del desierto. Tenía apenas 45 cm de diámetro, una boca angosta como la de un pozo de agua y drenaje, pero con una profundidad de casi 272 m hacia abajo. Por eso, durante semanas, nadie pudo imaginar que ahí, en una abertura tan estrecha, cabía algo más que piedras. El lugar donde se ubicaba ese pozo, en las faldas del cerro del Fraile, en una comunidad conocida como la venadita, ya tenía fama de paraje hostil entre la gente de García, mucho antes de que se conocieran los crímenes. Tierra árida, calor

extremo y un terreno tan accidentado que pocos se atrevían a internarse ahí sin necesidad. Cuando las autoridades finalmente lograron extraer el primer cuerpo de ese pozo,  llevaba alrededor de tres semanas bajo tierra, en avanzado estado de descomposición. Vestía pantalón de mezclilla y camisa y no pudo ser identificado de inmediato.

 En los días siguientes, entre un hermetismo total de las autoridades de investigación, se recuperarían más cuerpos del mismo lugar. Y aquí hay un dato que muy pocos medios mencionaron con claridad. Una de las víctimas no era  un desconocido para ella. Las investigaciones señalan que uno de los taxistas asesinados era en  realidad su pareja sentimental.

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