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“Si Usted Me Da Techo, Yo Le Hago La Cena” Dijo La Joven madre Al Ranchero Ciego Que La Recibió

Y fue ahí, mirando aquel anciano ciego que giraba el rostro buscándola con el oído, que tragó saliva y dijo las palabras que le iban a cambiar el destino a los cuatro que estaban ahí sin saberlo. Si usted me da techo esta noche, señor, yo le hago la cena y le lavo lo que tenga sucio. Y lo que parecía solo ruego de mujer acorralada, mi gente, se convirtió en una de las historias más bonitas que estos caminos de tierra han cargado en el viento.

 Si tú crees que Dios a veces manda a la persona indicada justo cuando ya no queda esperanza, déjame tu like ahora mismo. Suscríbete aquí al canal, activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame en los comentarios desde qué rincón nos estás escuchando. Vamos a comenzar. En los pueblos del campo, el camino por el que Remedios había llegado aquella tarde no figuraba en mapa alguno, porque los mapas no se ocupan de veredas que cortan por detrás de los cerros ni de ranchos escondidos donde el mundo parece no haber llegado

todavía. Era una trocha angosta de barro rojo, apretada entre maleza alta y árboles de mezquites retorcidos, y remedios la había caminado con Elenita en brazos durante casi tres días, parando solo para amantar a la niña bajo la sombra de algún palo o para beber agua de los charcos que la lluvia iba dejando.

 La maleta de cuero heredada de su abuela Cleotilde le había golpeado contra la pierna a cada paso hasta dejarle un moretón oscuro encima de la rodilla. Pero dentro de aquella maleta había poca cosa que el mundo considerara de valor y al mismo tiempo todo lo que remedios poseía de verdad. Dos mudas de ropa para ella, tres vestiditos de Elenita, un peine de care partido a la mitad, una tijera pequeña que había sido de su madre, un rosario de cuentas de madera y un cuaderno de tapa dura donde la letra torcida de la abuela Cleotilde había registrado durante más de 40 años

los secretos de las hierbas que la tierra da a quien sabe pedirlas. Con paciencia. Remedios tenía 25 años. Pero cargaba en el cuerpo y en el alma el peso de quien ya había vivido demasiadas vidas en poco tiempo. La madre había muerto de parto cuando ella tenía 6 años y el padre, hombre de ganado y de aguardiente, se había ido detrás de la difunta en cosa de meses.

 Primero por la tristeza y después por la cirrosis que no perdona. Remedios quedó al cuidado de la abuela Cleotilde, partera de oficio y curandera por vocación, que vivía en una casita al fondo del solar ajeno donde le dejaban vivir a cambio de los remedios que repartía por el pueblo. La abuela era mujer de palabras, pero generosa de manos.

 Y fue ella quien enseñó a remedios todo lo que sabía. A distinguir la ruda de la malva, a hacer cataplasma [carraspeo] con hojas de higuera, a reconocer cuando el llanto de un recién nacido es de cólico y cuando es de hambre, a estirar un puñado de maíz para que alcanzara para tr días. a coser remiendo sobre remiendo sin que se notara la puntada.

 Remedios fue creciendo así entre el metate y las matas de hierbabuena del solar, aprendiendo sin saber que aprendía, absorbiendo por los poros el saber que la abuela había heredado a su vez de otra abuela y esa de otra, en esa cadena callada de mujeres que sostienen el mundo sin que nadie les agradezca. Cuando la abuela Cleotilde se apagó una madrugada de agosto con 79 años en los huesos y una sonrisa en la boca que parecía de quien sabía a dónde iba, remedios tenía 19 años recién cumplidos y se quedó sin nadie. El dueño del solar

apareció antes del entierro para preguntar cuando desocupaba. No había herencia, no había pariente que reclamara, no había hombre esperando. Había solamente el cuaderno de la abuela, el rosario, la tijera y la certeza de que iba a tener que vender su trabajo en donde alguien lo comprara. Estuvo 4 años de casa en casa, lavando para señoras que la trataban como mueble, cociendo para familias que le pagaban con comida fría, cuidando ancianos que morían encomendándola a santos que nunca aparecían a cobrar la promesa. Y fue en esa vida de puerta en

puerta que apareció Ramiro, arriero de paso, que la vio colgando ropa en un patio y decidió que la quería. Ramiro era hombre de sonrisa fácil y discurso bonito, de esos que saben decir exactamente lo que una mujer sola necesita escuchar para creer que Dios no se olvidó de ella. La cortejó tres meses, la pidió en la iglesia del pueblo, se la llevó a vivir a un cuartito de adobe en las afueras donde él paraba entre viaje y viaje con las mulas. Remedios creyó.

 Creyó porque necesitaba creer. Y al principio, mi gente, la cosa funcionó. Ramiro traía dinero de los fletes, le compraba tela nueva a remedios, hablaba del hijo que iban a tener con una ternura que sonaba de verdad. Elenita llegó al año de casados, una niña de ojos grandes y cabello negro. y Remedios pensó que por fin la vida le debía una y se la estaba pagando.

 Pero Ramiro empezó a beber más de lo que viajaba y las noches de aguardientes se fueron convirtiendo en noches de gritos y los gritos en empujones y los empujones en golpes que remedio se tragaba callada porque mujer golpeada no tiene a dóe ir cuando la abuela ya murió y el pueblo hace como que no ve. La noche que lo cambió todo fue una noche cualquiera.

 Ramiro llegó borracho cerca de la medianoche, pidió comida caliente y cuando Remedios le puso el plato en la mesa, él lo vio frío y lo tiró contra la pared. Después agarró la jarra de agua hervida que estaba sobre el fogón para el atole de Elenita y se la aventó a remedios encima del brazo. El agua estaba caliente todavía.

 La piel de remedio se ampolló hasta el codo y Elenita empezó a llorar asustada en la cuna de al lado. Ramiro se quedó dormido sobre la mesa sin darse cuenta de lo que había hecho y remedios. Con el brazo ardiendo y la niña de 2 años y medio soylozando bajito en la cuna, supo esa misma noche que si no se iba, no iba a salir viva de esa casa.

Pero no se fue esa noche. Esperó tres días. Curó el brazo con pencas de sábila que robó del solar de una vecina. Guardó monedas en el de la maleta, cosió un morral pequeño con las cosas más necesarias de Elenita. Y una madrugada de jueves, cuando Ramiro se fue con las mulas a un flete largo que le tomaría una semana, remedios cargó a la niña, cargó la maleta y salió por la puerta sin mirar atrás, porque mirar atrás era un lujo que no se podía dar.

 Caminó hacia el norte porque Ramiro siempre viajaba al sur y caminó por veredas porque los caminos grandes eran peligrosos para mujer con niña. Durmió la primera noche bajo un árbol de mezquite con Elenita pegada al pecho y la segunda noche en un pajar que encontró abierto y la tercera ya no supo dónde iba ni para qué.

 Fue al final de aquella tarde lluviosa cuando el cuerpo le pedía rendirse y Elenita ardía en una fiebre baja que remedios no sabía si era de frío o de camino, que apareció el rancho al final de una vereda torcida. una casa de adobe con techo de teja, un corredor largo con columnas de madera, un corral con dos mulas flacas y una cerca torcida que alguien había intentado arreglar y se había dado por vencido a medio trabajo.

 No era rancho rico, pero era rancho de gente y gente significaba la posibilidad de un plato caliente y un techo para que Elenita bajara la fiebre. Remedio se acomodó el cabello empapado, respiró hondo y empujó el portón. Lo primero que vio fue al niño. Diego estaba sentado en el corredor con un libro en las piernas, las rodillas sucias de tierra, el cabello castaño cayéndole en los ojos y una expresión demasiado seria para su edad.

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