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Pareja Desapareció en las Montañas de Guerrero — 1 Año Después Hallados Evitando la Luz y el Ruido

 Ponían música de los Panchos en el celular, bailaban en calcetines sobre las baldosas frías de la cocina. Eran de esas parejas que se abrazan en el supermercado [música] sin importarles quién los vea. Tenían 32 años, ambos. Llevaban 6 años juntos. No tenían hijos, pero hablaban de ellos constantemente. “Cuando tengamos la niña”, decía Adriana.

 Cuando tengamos al chamaco, [música] respondía Roberto, siempre en futuro. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Sus amigos los describirían después como normales. Palabra terrible, porque lo normal desaparece en las montañas, lo normal huye de la luz. La hermana de Adriana, Claudia, recordaría más tarde una conversación extraña [música] tres semanas antes del viaje.

Adriana le había dicho, “A veces siento que la ciudad me está comiendo viva.” Roberto había mencionado a su mejor amigo, Tomás, que llevaba meses sin dormir bien. “Los ruidos me están volviendo loco”, confesó una noche bebiendo cerveza en la terraza. “No puedo apagar mi cabeza, pero nadie le dio importancia.

 En una ciudad como Chilpancingo, donde el crimen organizado susurra [música] en cada esquina y los helicópteros militares rompen el cielo cada madrugada, todo el mundo está un poco roto. El insomnio y la ansiedad no son síntomas, son la condición normal de existir. Hasta que dejaron de existir, el viernes 14 de abril de 2023, Adriana y Roberto [música] subieron a su Nissan Turu Verde y le dijeron a Claudia que irían a las montañas de la región norte de Guerrero por el fin de semana.

 Solo queremos desconectarnos”, explicó Adriana por teléfono. Acampar, estar en silencio. ¿Sabes? Claudia no pensó demasiado en ello. [música] Su hermana siempre había sido amante de la naturaleza. De niñas iban con sus padres a Taxco. Subían cerros hasta que les dolían las piernas. [música] Adriana coleccionaba piedras lisas del río.

Decía que tenían energía buena. Roberto metió al carro dos mochilas grandes, una tienda de campaña Coleman comprada en Walmart. Platas de frijoles, atún, galletas saladas. Adriana llevó su Kindle. Dos libros físicos, uno de Octavio Paz, otro de autosuperación, cuyo título nadie recordaría después. [música] Una botella de mezcal artesanal, estándar para un retiro de fin de semana.

 El sábado por la mañana, Claudia recibió un mensaje [música] de WhatsApp de Adriana, una foto del amanecer entre montañas azules, neblina enganchada en los pinos. El texto decía, “Rermoso aquí, te amo.” Dos palomitas azules, leído. Esa fue la última comunicación. El domingo por la noche, Claudia marcó seis veces. de voz mandó mensajes, una palomita gris.

 El teléfono de Adriana estaba apagado o fuera de cobertura. El lunes, Roberto no llegó a trabajar. Su jefe, don Ernesto, llamó a Tomás. “¿Sabes dónde anda el güey de tu compa?” Tomás tampoco [música] sabía nada. Llamó Buzón. El martes, la directora de la escuela, Benito Juárez, reportó la ausencia de Adriana. Tres días sin presentarse, sin avisar, totalmente fuera de carácter, maestra ejemplar nunca faltaba ni con gripe.

 El miércoles, Claudia fue a la policía. La agente ministerial que la atendió tenía ojeras profundas y expresión de astío crónico. Anotó los datos en una libreta rayada. Hizo preguntas de rutina con voz monótona. ¿Consumían drogas? ¿Tenían deudas? ¿Problemas con alguien? No, no, no. ¿A dónde dijeron que iban exactamente? A las montañas.

 Norte de Guerrero. No dijeron el lugar específico. La gente levantó la vista. Norte de Guerrero. Territorio complicado. Zona de amapola, laboratorios clandestinos, grupos armados que no figuran en los periódicos, pero controlan pueblos enteros. Señora, entienda que esa es una región muy extensa. Miles de kilómetros cuadrados, sin saber una ubicación precisa. Tiene que buscarlos.

 Lo haremos, pero tiene que ser realista. En casos como estos, cuando la gente va voluntariamente a zonas remotas, ¿qué? ¿Qué pasa en casos como estos? La gente no terminó la frase, cerró la libreta. Vamos a hacer lo posible. Claudia salió de ahí sabiendo que lo posible significaba casi nada. En Guerrero desaparecen personas todos los días.

Estudiantes, activistas, campesinos, migrantes. Algunos aparecen en fosas, otros nunca aparecen. El Estado tiene una de las tasas de desaparición más altas del país. Las autoridades están desbordadas, infiltradas o simplemente no les importa. Pero Claudia no iba a aceptarlo. Publicó en Facebook, imprimió volantes con las fotos de Adriana y Roberto, sus descripciones físicas, la marca y color del carro.

 Los pegó en postes de luz, paraderos de autobuses, tiendas de abarrotes. Organizó brigadas de búsqueda con amigos, maestros de la escuela, compañeros de Roberto. Fueron a comunidades rurales preguntando si alguien había visto un suru verde, una pareja joven. Nadie sabía nada. contactó a colectivos de familias de desaparecidos.

 Mujeres con ojos secos de tanto llorar le enseñaron a presionar a las autoridades, a exigir rastreos con perros sobre vuelos con drones. Le dijeron, “No confíes en que ellos los busquen. Tienes que buscarlo tú misma.” Y así el caso que había comenzado como un fin de semana tranquilo en las montañas se transformó en algo mucho más oscuro, una desaparición oficial, un agujero negro donde dos personas vivas, reales, con rutinas y sueños simplemente dejaron de existir para el mundo.

 La primera noche que Claudia durmió sola en su casa con su esposo Javier roncando suavemente a su lado, sintió que el mundo había cambiado de eje. Se quedó despierta mirando el techo. Afuera, Chilpancingo rugía como siempre. Motocicletas modificadas con escapes ruidosos, música de banda saliendo de una cantina cercana, sirenas policiales atravesando la madrugada, los mismos sonidos de toda la vida, pero ahora sonaban diferentes, amenazantes, como si la ciudad misma fuera cómplice de la desaparición. Pensó en Adriana acampando

bajo las estrellas. ¿Tendría frío? ¿Estaría asustada? O tal vez, tal vez ya no estaba sintiendo nada. Se levantó a las 3 de la mañana, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua que no tomó, abrió el celular, revisó por vigésima vez las redes sociales de su hermana. La última publicación de Adriana era de dos semanas atrás, una foto de un atardecer desde su ventana con la frase “Agradecer lo simple”. 43 reacciones.

 Comentarios de amigas, “Hermosa, qué bonito.” Emojis de corazones, gente que no tenía idea de que Adriana ya no estaba. Claudia escribió un mensaje privado a Roberto. Sabía que no lo vería. que su teléfono seguía apagado, pero necesitaba escribir. Roberto, por favor, si estás leyendo esto, solo dime que están bien. Solo eso.

 No me importa dónde estén, solo quiero saber que respiran. Una palomita gris. El jueves por la mañana, la policía ministerial envió a dos agentes a inspeccionar las últimas ubicaciones conocidas. Fueron a la escuela de Adriana, al taller de refrigeración donde trabajaba Roberto, al departamento que rentaban. Tomaron fotos con celulares viejos.

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