sirvió café. El equipo que lo acompañaría a la Amazonía brasileña era pequeño pero caro. Lorena Sifuentes, bióloga chilena de 36 años, experta en primates. Rabi Chandra, fotógrafo indio que había ganado premios por sus imágenes en el Congo y Estevon Cardoso, el guía local contratado en Manaos, 50 y algo años.
Nacido y criado en alguna aldea ribereña que Damia ni siquiera sabía pronunciar bien. Estevon fumaba cigarrillos baratos y hablaba poco. Cuando lo hacía usaba un español roto mezclado con portugués. Damián lo trataba como si fuera parte del equipaje, útil pero prescindible. La expedición tenía un objetivo claro, documentar una colonia de monos araña, nunca antes fotografiada, ubicada en una zona inexplorada del estado de Amazonas, cerca de la frontera con Colombia.

Tres semanas, entrada y salida. Fácil, o eso creía Damián. El primer error fue ignorar el cielo. Estémoló, señaló al cuarto día de caminata cuando el grupo ya estaba a casi 80 km del último puesto de control fluvial. El guía levantó la mano, frenó en seco y miró hacia arriba con esos ojos entrecerrados que Damián detestaba, como si el viejo estuviera leyendo algo invisible.
“Viene tormenta grande”, dijo en su español trabado. Damián ni siquiera levantó la vista del GPS. No hay tormenta programada en el radar satelital. Seguimos. Lorena, que caminaba detrás cargando una mochila llena de frascos para muestras biológicas, se detuvo. Miró a Estebon, luego a Damián. “Y si esperamos unas horas, no perdemos nada.” Damián sonríó.
Esa sonrisa que Verónica conocía tamban bien, la sonrisa de yo sé más que todos ustedes juntos. Lorena, llevamos 4 días perdiendo tiempo porque este señor señaló a Esteban sin mirarlo. Ve serpientes en cada sombra. No vamos a acampar cada vez que un pájaro cante raro. Rabby, que venía atrás ajustando las correas de su cámara profesional, soltó una risa incómoda. No dijo nada.
Nunca decía nada cuando Damián decidía algo. Siguieron caminando. Tres horas después, el cielo se partió. No fue lluvia, fue castigo. El agua caía como si alguien hubiera abierto una compuerta gigante arriba de sus cabezas. El suelo de la selva, que ya era fango, se transformó en un río marrón que arrastraba ramas, piedras, insectos del tamaño de ratones.
El rugido del agua era tan fuerte que no se podían escuchar entre sí. “Al campamento!”, gritó Damián, aunque nadie lo oyó. Corrieron o intentaron correr, porque en la selva no se corre, se tropieza, se cae, se levanta con barro en la boca y sangre en las rodillas. Cuando llegaron al claro donde habían montado las carpas esa mañana, ya no había nada, nada.
Las carpas habían desaparecido, las mochilas con los suministros también. El río, que esa mañana estaba a 50 m de distancia, ahora la mía, el borde del claro con lenguas marrones llenas de troncos flotantes. Estev cayó de rodillas. No dijo, “Te lo dije, no hacía falta.” Lorena temblaba tanto que sus dientes castañeteaban como maracas.
¿Dónde está el GPS? preguntó Rabby con voz aguda, casi infantil. Damián buscó en su chaqueta, en los bolsillos, en la cintura. No estaba. Había quedado en la mochila, la mochila que ahora probablemente flotaba rumbo al Atlántico. “No importa”, dijo Damián, aunque su voz ya no sonaba tan segura. “Tengo brújula y conocemos la ruta.
Mañana volvemos al río principal.” Y un grito agudo, desgarrador. Lorena estaba señalando algo detrás de ellos, al borde de la selva. Esteban ya no estaba. El guía había desaparecido sin ruido, sin despedida, como si la selva se lo hubiera tragado mientras discutían. Damián gritó su nombre. Una vez, dos, 10. Silencio. Solo la lluvia y algo más.
Un sonido que Raby nunca había escuchado antes. Un aullido grave, gutural, que venía de todas direcciones a la vez. No era jaguar, no era humano. Lorena lo supo primero. Son monos, susurró. Pero no sonaban como los monos que había estudiado en la universidad, sonaban organizados. Esa noche durmieron, si es que se puede llamar dormir a estar despierto con los ojos cerrados, apoyados contra un árbol gigante, empapados, sin fuego, sin comida, sin idea de dónde estaban.
Damián no dijo nada, pero por primera vez en su vida adulta sintió algo que jamás había experimentado en el Sahara, ni en el Ártico, ni en ninguna montaña. Miedo real, el tipo de miedo que te hace entender que no eres el depredador, que nunca lo fuiste, nadie durmió. Damián lo intentó, cerró los ojos, respiró hondo, contó hasta 100 como le había enseñado su terapeuta después de su divorcio, casi pero no.
Pero cada vez que llegaba al número 80 algo crujía o aulaba o se movía tan cerca que podía oler el olor a tierra mojada y carne podrida. Lorena lloraba callada. Esas lágrimas silenciosas que son peores que los gritos porque significan que la persona ya dejó de tener esperanza. Rab temblaba no de frío, aunque estaban empapados hasta los huesos, sino de puro terror animal.
El tipo de temblor que no puedes controlar aunque quieras. Sus labios murmuraban algo en hindi, una oración tal vez o un insulto hacia sí mismo por haber aceptado este trabajo. Cuando amaneció, si es que eso gris enfermizo que se filtraba entre las hojas podía llamarse amanecer, Damián se puso de pie primero. Nos movemos hacia el este. El río principal está en esa dirección.
Tres días de caminata máximo. Lorena lo miró como si le hubiera dicho que iban a volar. Tres días, Damián, no tenemos agua potable, no tenemos comida. Raby tiene una herida en la pierna que ya se está infectando. Era cierto. Durante la huida de la tormenta, Raby se había cortado la pantorrilla con una rama caída.
La herida no era profunda, pero en la selva hasta un rasguño pequeño puede convertirse en gangrena en 48 horas. Entonces nos movemos rápido”, respondió Damián, aunque su voz sonaba hueca, como si estuviera leyendo un guion escrito por alguien más. Caminaron o arrastraron sus cuerpos a través del fango. No había sendero. Estebon era quien conocía los caminos.
Él sabía leer las marcas en los árboles, los patrones de las plantas, los sonidos que indicaban agua cerca. Sin él estaban ciegos. A media mañana, Raby colapsó. Cayó de cara contra un tronco podrido lleno de hongos naranjas que parecían orejas humanas. Cuando Lorena lo volteó, vio que su piel estaba gris, gris como ceniza.
Tiene fiebre, dijo tocando su frente. Altísima. Necesita antibióticos. Ya. Damián miró a su alrededor. Selva, selva, selva. No había farmacia, no había helicóptero, no había rescate. Por primera vez desde que había comenzado a escalar montañas a los 20 años, Damián Torres Blanca no tenía un plan. se sentó en el suelo, puso las manos en la cabeza y ahí fue cuando escucharon el ruido.
No era el aullido de la noche anterior, era algo peor. Pasos, muchos pasos, pequeños, rápidos, como si algo, muchos algos se estuviera acercando desde todas direcciones. Lorena se puso de pie de un salto. Su mano buscó instintivamente el cuchillo que había estado cargando en el cinturón, pero el cinturón también se había perdido en la tormenta.
Los pasos se detuvieron. silencio. Y entonces vieron la primera sombra no era humana, pero tampoco era completamente animal. Se movía en dos patas, encorbada, con brazos largos que rozaban el suelo y ojos. Dios, los ojos brillaban como si hubiera una luz interna, una inteligencia que no debería estar ahí. Es un mono araña susurró Lorena, aunque su voz temblaba tanto que apenas se entendía.
Pero Damián sabía, aunque no quisiera admitirlo, que eso no era un mono araña común. era más grande, más erguido y la forma en que los miraba era la forma en que un humano mira a un insecto antes de aplastarlo. Hubo un momento, un segundo horrible y eterno, en que nadie se movió y luego el mono aulló. No solo, cientos de aullidos respondieron desde los árboles, un coro infernal. Corran. No sé quién lo gritó.
Tal vez Damián, tal vez Lorena, tal vez nadie. Corrieron, dejaron a Rabi. No tuvieron opción. El fotógrafo estaba inconsciente, ardiendo en fiebre. demasiado pesado para cargarlo. Corrieron entre troncos gigantes y lianas colgantes y charcos de agua que olían a muerte. Los aullidos los perseguían.
Cuando finalmente dejaron de correr, cuando sus pulmones dolían tanto que preferían morir, Lorena vomitó contra un árbol. Damián se apoyó contra una piedra cubierta de musgo y cerró los ojos. Habían dejado a Rabi atrás. Habían dejado a un hombre morir. Y lo peor de todo era que Damián sabía en lo más profundo de su alma podrida que había sido su culpa desde el principio.
Bloque tres. Reviravolta inicial. 700 palabras. Pasaron dos días o tal vez tres. El tiempo ya no funcionaba igual. Sin reloj, sin visible a través del dosel de la selva, sin rab estúpidas sobre cuánto odiaba el calor. Lorena y Damián no hablaban, caminaban, se detenían, bebían agua de charcos que probablemente los matarían en una semana.
Seguían caminando. La herida en el brazo de Lorena, un corte que se había hecho al caer durante la huida, ya olía mal, como carne de res dejada al sol. Damián lo notó, pero no dijo nada. ¿Para qué? No tenían desinfectante, no tenían vendas, no tenían nada. Fue Lorena quien lo encontró. Estaban cruzando un claro pequeño, uno de esos espacios raros en la selva donde los árboles se abren y puedes ver el cielo, un cielo blanco y enfermo. Cuando ella se detuvo, Damián.
Su voz sonaba rara, plana. ¿Qué? Lorena señaló hacia el suelo. Ahí, medio enterrado en el barro, había algo que no debería estar ahí. Una mochila, no cualquier mochila. Una mochila OSpray Atmos 65 de color azul oscuro con detalles naranjas. La mochila de Rabi. Damián se arrodilló, la abrió con manos temblorosas. Adentro había tres cosas.
La cámara profesional de Rabbie intacta, con la batería todavía cargada. Una botella de agua llena, sin abrir, una nota, una nota escrita a mano en un pedazo de papel arrancado de una libreta de campo. La letra era de Raby, temblorosa, casi ilegible. decía, “No me dejaron solo. Ellos me llevaron, los monos me llevaron a un lugar, no sé dónde.
Hay otros humanos, creo, o eran humanos, ya no sé si encuentran esto, no me busquen. No vengan. Ellos están organizados, tienen reglas, tienen un líder. No es natural. Nada de esto es natural. R. Lorena leyó la nota tres veces, luego la dejó caer como si quemara. Esto no tiene sentido susurró. Los monos araña no organizan comunidades complejas, no tienen jerarquías como como gorilas o chimpancés. No, Lorena.
Damián la interrumpió. Estaba mirando la cámara, la encendió. La pantalla se iluminó. Había fotos, muchas fotos. Las primeras eran normales. Paisajes de la selva, closeups de insectos. Lorena sonriendo junto a un árbol gigante. Pero las últimas, las últimas eran pesadillas. Había una foto de Rabby tirado en el suelo, inconsciente, rodeado por figuras borrosas que se movían demasiado rápido para ser capturadas con claridad.
Otra foto mostraba lo que parecía ser una estructura, una especie de refugio hecho de ramas ilianas entretejidas con una precisión que no era accidental, que era arquitectónica. Y la última foto, la última foto era la peor. Era un primer plano de un rostro, no era un mono, era un hombre o había sido un hombre. Tenía barba larga y enmarañada, piel quemada por el sol, ojos hundidos pero brillantes.
Pero lo que hizo que Lorena gritara no fue su cara, fue lo que estaba haciendo. Estaba sonriendo con dientes manchados de algo oscuro y detrás de él, en el fondo desenfocado, había docenas de siluetas, humanas y no humanas, mezcladas, moviéndose juntas. Damián apagó la cámara. Sus manos temblaban tan violentamente que casi la deja caer.
“Tenemos que salir de aquí”, dijo Lorena. Su voz era aguda, histérica. Ahora ya no importa hacia dónde, solo salgamos. Pero Damián no se movió porque acababa de entender algo horrible. La mochila no estaba aquí por accidente. Alguien o algo la había dejado ahí para que la encontraran como si quisieran que supieran que ya no estaban solos, que nunca lo habían estado. Lorena se desmoronó esa noche.
No de golpe, fue lento. Como ver a alguien ahogarse en cámara lenta. Primero dejó de caminar. simplemente se sentó contra un árbol y dijo que no podía más, que sus piernas no respondían, que todo le dolía. Damián intentó animarla, le dijo que estaban cerca del río, que pronto encontrarían ayuda, que todo iba a estar bien.
Mentiras. Mentiras que ambos sabían que eran mentiras, pero que se decían igual, porque la alternativa era aceptar la verdad, que iban a morir ahí, que nadie vendría a buscarlos, que el mundo ya los había olvidado. ¿Sabes qué es lo peor?, dijo Lorena con voz hueca. Miraba hacia la nada.
que mi mamá me dijo que no viniera, me lo dijo. Me dijo, “Lorena, ya tienes 36 años. ¿Cuándo vas a sentar cabeza? ¿Cuándo vas a dejar de perseguir monos y tener una familia normal?” Soltó una risa amarga. Y yo le dije que era una ignorante, que no entendía nada, que yo estaba haciendo ciencia de verdad mientras ella se pudría en su casa de Valparaíso viendo telenovelas, lágrimas silenciosas cayendo como lluvia y ahora voy a morir aquí.
Y ella va a tener razón. Otra vez Damián no supo qué decir. ¿Qué se dice en un momento así? No vas a morir, estúpido. Tu mamá te quiere. Irrelevante. Así que no dijo nada. Solo se sentó a su lado y dejó que llorara. Mientras tanto, su mente no paraba de dar vueltas. Pensaba en Verónica, en su esposa, que probablemente ya estaba bebiendo vino en la terraza de su departamento en Ciudad de México, llorando o maldiciendo.
O ambas. pensaba en su hijo Damián Junior, 8 años, ojos grandes, siempre preguntando, “¿Cuándo vuelves, papá?” Y Damián siempre respondía, “¿Pronto campeón?” “Nunca pronto, siempre después. Siempre otra expedición, otro patrocinio, otra oportunidad de demostrarle al mundo que Damián Torres Blanca era invencible.
¡Qué estupidez! ¡Qué estupidez! Ahí, sentado en el fango con una mujer que lloraba a su lado y rodeado de una selva que quería comérselos vivos, Damián finalmente lo entendió. No era invencible, nunca lo había sido. Era solo un idiota arrogante con equipo caro y ahora iba a pagar por eso.
Fue entonces cuando escucharon los tambores. No, no eran tambores, eran golpes rítmicos, profundos, como si alguien estuviera golpeando troncos huecos en algún lugar cercano. Lorena dejó de llorar, levantó la cabeza. ¿Qué es eso? Damián se puso de pie lentamente. Cada músculo de su cuerpo protestaba. Los golpes continuaban. Tres golpes, pausa, dos golpes, pausa, tres golpes, un patrón.
No era aleatorio, era comunicación. Están hablando, susurró Lorena. Su voz temblaba. Los monos están comunicándose. Damián sabía que debería correr, que debería agarrar a Lorena y huir en dirección opuesta, pero no lo hizo porque una parte de él, la parte estúpida y arrogante que siempre lo metía en problemas, quería saber, quería ver. “Vamos”, dijo. Lorena.
Lo miró como si se hubiera vuelto loco. ¿Estás de mente? ¿No escuchaste lo que dijo Rab en la nota? No debemos buscarlos, Lorena. Vamos a morir de todas formas, aquí o allá. Al menos, al menos quiero saber qué es esto. No fue un argumento lógico, pero Lorena estaba tan cansada, tan rota, que simplemente asintió. Porque cuando ya no te queda nada, ni esperanza, ni comida, ni futuro, lo único que te queda es la curiosidad.
Caminaron hacia los golpes, hacia lo que fuera que estaba esperándolos en la oscuridad. Los golpes los guiaron durante casi una hora, cada vez más fuertes, cada vez más cerca, y luego de repente se detuvieron. Silencio absoluto. Damián y Lorena se quedaron congelados en medio de un claro pequeño rodeado de árboles tan altos que sus copas desaparecían en la bruma.
¿Ahora qué? Susurró Lorena. Damián no respondió porque no tenía respuesta. Fue entonces cuando vieron la luz. No era fuego. Era demasiado constante para hacer fuego. Era artificial. Venía de detrás de un grupo denso de arbustos espinos. Una luz tenue, amarillenta. Damián se acercó despacio, como si estuviera acercándose a un animal salvaje.
Apartó las ramas con las manos, sintiendo las espinas clavándose en su piel, y miró. Y lo que vio le hizo olvidar cómo respirar. Era un campamento, pero no como el que habían montado ellos. Esto era diferente. Había estructuras, refugios hechos de ramas y hojas entretidas con una precisión casi profesional, como si alguien que supiera de arquitectura los hubiera diseñado.
Había herramientas, cuchillos improvisados hechos de piedras afiladas, recipientes tallados en madera, cuerdas hechas de lianas y había gente, tres personas, dos hombres y una mujer, estaban sentados alrededor de un fuego pequeño cocinando algo que olía a carne, hablando en voz baja. Pero no era su apariencia física lo que hizo que Damián retrocediera.
Era lo que estaban haciendo, porque no estaban solos. Había monos, docenas de monos sentados entre ellos, alrededor del fuego, como si fueran parte del grupo. Y lo más aterrador de todo, los humanos y los monos se comunicaban no con palabras, sino con gestos, con sonidos, con miradas, como si hubieran desarrollado un lenguaje compartido.
Uno de los hombres, flaco, con barba gris hasta el pecho, levantó la vista y miró directamente a Damián. Sus ojos no mostraban sorpresa, solo reconocimiento, como si hubiera estado esperándolos. “Bienes tarde”, dijo el hombre en español. “Perfecto, claro.” Damián sintió que sus piernas temblaban. “¿Qué qué quién eres?” El hombre sonríó.
Le faltaban varios dientes. “Me llamo Ernesto Galván. Fui biólogo hace mucho tiempo. Lorena salió de detrás de los arbustos. Sus ojos estaban abiertos como platos. Ernesto Galván, el ecólogo que desapareció en 2009.” El hombre asintió lentamente. 15 años ya o 16. No llevo la cuenta.
Pero, ¿pero estás vivo? ¿Por qué no regresaste? ¿Por qué no pediste ayuda? Ernesto miró el fuego. Luego miró a los monos que los rodeaban porque no quise. Bloque seis. Implicaciones morales. 700 palabras. Ernesto los invitó a sentarse. No fue una invitación amistosa. Fue más bien una orden. Si gritan, si corren, ellos atacarán, dijo señalando a los monos.
No son mascotas, son familia y protegen a su familia. Damián se sentó lentamente. Lorena hizo lo mismo. Uno de los monos, uno grande, con pelaje gris plateado en el pecho, se acercó a Damián y lo olfateó. Su nariz fría y húmeda rozó su cuello. Damián contuvo la respiración. El mono gruñó, luego se alejó.
“Le caes bien”, dijo Ernesto. “De lo contrario ya estarías muerto.” “¿Qué? ¿Qué es este lugar?”, preguntó Lorena. Su voz temblaba. Ernesto removió el fuego con un palo. Es donde la humanidad termina. ¿Y donde empieza algo nuevo? No entiendo. Claro que no, porque todavía piensas como ellos, como los de afuera, los que creen que el ser humano es superior, que la naturaleza es algo que debe ser dominado.
Damián sintió rabia burbujeando en su pecho. No vine aquí para escuchar sermones ecologistas de un loco que vive con monos. Ernesto lo miró y en sus ojos había algo que hizo que Damián se callara. No era locura, era claridad. Loco, tal vez, pero tú viniste aquí pensando que podías conquistar la selva con tu GPS y tus barras energéticas importadas, ¿verdad? ¿Cómo te fue? Silencio.
Te lo diré cómo te fue. Perdiste todo a tu guía, a tu amigo. Casi pierdes a esta mujer también. Y ahora estás aquí sentado junto a un fuego que no sabes hacer, comiendo comida que no sabes encontrar, rodeado de criaturas que podrían matarte en segundos. Damián apretó los puños. Entonces, ¿qué sugieres? ¿Quedarme aquí para siempre jugando a ser Tarzán? Ernesto sonrió.
No, sugiero que entiendas algo muy simple. La selva no es tu enemiga. Tú eres tu propio enemigo. Lorena intervino. Pero Ernesto, tú eres científico. Tú sabes que los humanos y los primates no pueden no pueden vivir así. No es natural. Natural. Ernesto soltó una risa seca. ¿Qué es natural, Lorena? ¿Vivir en una ciudad de cemento respirando smoke? ¿Comer carne envuelta en plástico? ¿Pasar 8 horas frente a una computadora? No es lo mismo. Claro que es lo mismo.
Todo es adaptación. Yo me adapté. Ustedes también tendrán que hacerlo. Y los demás, preguntó Damián. Dijiste que hay más gente aquí. Ernesto asintió. Catarina llamó hacia uno de los refugios. Una mujer salió joven, tal vez 25 años, piel bronceada, cabello largo y sucio. Ella es Catarina Méndez. Era guía turística. Se perdió hace dos años.
Catarina no dijo nada, solo los miró con ojos vacíos. Y él, Damián, señaló al otro hombre que estaba sentado en silencio junto al fuego. Ese es Omar, piloto. Su avioneta se estrelló hace 4 años. Fue el primero en entender. ¿Entendé? Ernesto se puso de pie, que no necesitamos volver. Esa noche Damián no pudo dormir.
No por los ruidos, aunque lo sabía, aullidos lejanos, crujidos, el respirar pesado de los monos que dormían cerca. no pudo dormir porque su mente no paraba de procesar lo que Ernesto había dicho. La selva no es tu enemiga, tú eres tu propio enemigo. Mentira. Tenía que ser mentira, pero cuanto más pensaba en ello, más sentido tenía.
Cada error que había cometido en esta expedición había sido por orgullo. Ignoró a Estebon porque no quería admitir que un guía local sabía más que él. siguió adelante en la tormenta porque detenerse significaba aceptar que se había equivocado. Dejó a rabia atrás porque porque salvarlo habría significado arriesgar su propia vida y ahora estaba aquí atrapado, no por la selva, sino por sus propias decisiones.
A su lado, Lorena respiraba con dificultad. Su herida en el brazo estaba peor, hinchada, con líneas rojas que subían hacia el hombro. Infección. Damián lo sabía y sabía que si no hacían algo pronto, Lorena moriría. se levantó silenciosamente y caminó hacia donde Ernesto dormía. Bueno, no dormía, estaba despierto fumando algo que parecía tabaco, pero que olía raro, dulce y amargo a la vez.
“No puedes dormir”, dijo Ernesto sin mirarlo. “Lorena está enferma, necesita antibióticos.” “No hay antibióticos aquí.” “Entonces, ¿qué hacemos?” Ernesto finalmente lo miró. “Hay plantas que curan, pero no sé cuáles son. Los monos sí lo saben. Los monos, ellos se curan a sí mismos. Han visto que plantas funcionan. Si confías en ellos, te mostrarán.
Damián soltó una risa amarga. Confiar en monos, confiar en la selva. En algo más grande que tú. Suenas como un hippi. Y tú suenas como un muerto que camina. Silencio. Ernesto se puso de pie. Caminó hacia uno de los monos grandes, el de pelaje plateado, y le hizo un sonido, una especie de chasquido con la lengua. El mono respondió con otro chasquido y luego se fue caminando hacia la selva.
Síguelo”, dijo Ernesto. “¿Qué? Él te mostrará, pero va solo. Si van dos, pensará que es una amenaza.” Damián miró hacia la oscuridad de la selva. Luego miró a Lorena, que dormía febril junto al fuego. No tenía opción. Siguió al mono. Caminaron durante lo que parecieron horas. El mono se movía rápido, saltaba entre raíces, se deslizaba bajo ramas bajas.
Damián lo seguía torpemente, tropezando, rasguñándose, maldiciendo. Finalmente, el mono se detuvo. Señaló con su brazo largo hacia una planta pequeña con hojas verdes brillantes y flores moradas. Damián la miró. No sabía qué era. No sabía si funcionaría, pero la arrancó con cuidado, como si fuera oro. El mono lo miró y Damián habría jurado que vio algo en esos ojos.
Aprobación. Cuando regresó al campamento, Ernesto ya había preparado una pasta machacando otras hojas con piedras. “Mezcla eso con esto”, dijo señalando la planta que Damián había traído. Lo hicieron juntos y cuando aplicaron la pasta en la herida de Lorena, ella gritó, “¡De dolor, pero también de alivio, “Arderá, dijo Ernesto, pero funcionará, como sabes, porque confío.
” Y por primera vez en su vida adulta, Damián Torres Blanca entendió lo que eso significaba. Tres días después, Lorena estaba mejor. La hinchazón había bajado, las líneas rojas habían desaparecido. Todavía tenía fiebre, pero ya no era esa fiebre que te mata. Damián también había cambiado. Ya no hablaba de salir de aquí. Ya no miraba constantemente hacia el horizonte buscando rescate porque había empezado a entender algo.
Tal vez el rescate no venía, tal vez no había nada que rescatar, pero Lorena no pensaba igual. “Tenemos que irnos”, le dijo una mañana. Su voz era firme, decidida. ¿A dónde? a cualquier lado, al río, a una aldea, a la civilización. Lorena, no, Damián, no voy a quedarme aquí jugando a ser Jane Goodal con un grupo de monos. Tengo familia, tengo vida, tengo qué.
La voz de Damián sonó más dura de lo que pretendía. Una madre que te critica, un trabajo en una universidad que te paga miseria, un departamento vacío en Valparaíso. Lorena lo abofeteó. El sonido resonó en el claro. ¿Cómo te atreves? Tienes razón. Lo siento, pero no hay peros. Me voy con o sin ti. Ernesto, que había estado escuchando desde su refugio, se acercó.
Si te vas, morirás en dos días. No me importa. Deberías, porque no morirás sola. Los monos te seguirán y cuando estés débil, vulnerable, te reclamarán. Reclamarán. Ernesto asintió. Aquí no hay rescate, no hay afuera. Solo hay adaptación o muerte. Lorena lo miró con odio. Eres un monstruo. Los mantienes aquí a Catarina, a Omar.
Los lavaste el cerebro. No la ve nada. Les mostré la verdad, que el mundo que dejaron atrás no los quería, que aquí al menos tienen propósito. Propósito. Vivir como animales, vivir como parte de algo, no como conquistadores. Lorena se alejó, caminó hacia el borde del claro y gritó. Gritó con toda la rabia que había acumulado, con todo el miedo, con toda la frustración.
Y los monos respondieron, no con aullidos, sino con silencio. Un silencio pesado, expectante. Damián se acercó a ella. Lorena, por favor, solo quédate un día más hasta que estés más fuerte. Ella se volteó. Lágrimas corrían por su rostro sucio. No quiero quedarme más fuerte, Damián. Quiero irme a casa. Yo también. Pero, ¿pero qué? ¿Ya no tienes casa? ¿Ya olvidaste a tu esposa, a tu hijo? Damián cerró los ojos.
No los había olvidado, pero cada día que pasaba sus rostros se hacían más borrosos, como fotografías viejas expuestas al sol. No los olvidé. Entonces, demuéstralo. Vámonos ya. Damián miró a Ernesto, luego a los monos que observaban desde los árboles y tomó la decisión más difícil de su vida. Está bien, nos vamos.
Partieron al amanecer, Ernesto no intentó detenerlos, solo les dio dos cosas, un cuchillo de piedra y una advertencia. No beban agua estancada, no coman nada rojo y si escuchan tambores, corran. Lorena no respondió, solo agarró el cuchillo y caminó hacia la selva. Damián la siguió. Los primeros dos días fueron tolerables. Encontraron un arroyo.
Bebieron agua que sabía a tierra, pero que al menos no los mató inmediatamente. Comieron larvas. Sí, larvas. Esas cosas blancas y gordas que se encuentran bajo la corteza de árboles podridos. Sabían horrible, como nueces rancias mezcladas con mocos, pero llenaban el estómago. El tercer día, Lorena empezó a delirar, no de fiebre, sino de agotamiento mental.
Hablaba sola, a veces en español, a veces en lo que parecía portugués. a veces en un idioma que no existía. “Ya casi llegamos”, decía. “Ya veo las luces, mamá. Ya voy, ya voy.” Pero no había luces, solo selva. Selva interminable. Damián intentó mantenerla enfocada. “Lorena, concéntrate. Tenemos que seguir hacia el este. Hacia el río.
¿Cuál río? No hay río. Nunca hubo río. Todo es mentira. No es mentira. Solo estamos perdidos.” Lorena gritó. “Admítelo. No sabes dónde estamos. Tenía razón. Damián no lo sabía. Sin GPS, sin brújula, porque la había perdido en algún momento durante la última semana, sin sol visible a través del Docelsel. Estaban dando vueltas en círculos.
Tal vez habían pasado por el mismo lugar tres veces ya. Tal vez nunca saldrían. Esa noche acamparon junto a un árbol gigante cuyas raíces formaban una especie de cueva natural. Lorena se acurrucó contra las raíces y lloró. Damián se sentó a su lado. No lloró, pero quería. Lo siento”, dijo. Su voz sonaba rota.
“Siento haberte arrastrado a esto. Siento siento todo.” Lorena no respondió y Damián se dio cuenta de que ella se había quedado dormida o desmayado, no estaba seguro. Se quedó despierto escuchando los sonidos de la selva y fue entonces cuando los escuchó. Los tambores, tres golpes, pausa, dos golpes, el mismo patrón de antes, pero ahora estaban cerca, tan cerca que podía sentir las vibraciones en el suelo. Se puso de pie.
lentamente y vio las sombras, docenas de sombras moviéndose entre los árboles, acercándose. No eran humanas, pero tampoco eran completamente animales. Eran algo intermedio. “Lorena”, susurró Lorena, “despierta!” Ella no se movió. Las sombras se acercaban. Damián agarró el cuchillo de piedra. Sus manos temblaban tanto que casi lo deja caer.
“Aléjense”, gritó. Las sombras se detuvieron. Hubo un momento, un segundo eterno de silencio absoluto y entonces una de las sombras salió de la oscuridad. No era un mono, era rabby o lo que quedaba de rabbi. Su ropa estaba hecha girones, su piel estaba cubierta de cicatrices. Su cabello había crecido salvajemente.
Pero lo peor no era su apariencia, era su mirada vacía, sin reconocimiento, sin humanidad. “Raby!” Damián susurró, “Dios mío, ¿estás vivo?” Rablinó la cabeza como un perro que escucha un sonido extraño y luego habló, pero no en hindi, ni en español, ni en ningún idioma humano. Habló en sonidos, chasquidos, gruñidos, aullidos y las sombras respondieron.
Damián lo entendió en ese momento. Rab ya no era humano. Se había convertido en otra cosa y ahora venían por ellos. No atacaron. Eso fue lo más aterrador. Rabby y las sombras, los monos, los otros humanos perdidos, lo que fueran, simplemente se quedaron ahí observando, esperando. ¿Qué quieren? Damián gritó. Su voz sonaba histérica.
Raby dio un paso adelante, levantó su mano despacio y señaló, “No a Damián, a Lorena.” “No.” Damián se puso frente a ella. “No la tocan.” Raby inclinó la cabeza nuevamente, hizo un sonido, un chasquido suave y dos monos se acercaron. grandes, con músculos visibles bajo el pelaje. Damián levantó el cuchillo.
Les juro que uno de los monos lo golpeó. No fue un golpe brutal. Fue medido, como si supiera exactamente cuánta fuerza usar para desarmarlos y matarlo. El cuchillo salió volando. Damián cayó de rodillas. Los monos agarraron a Lorena. La levantaron con cuidado, casi con ternura. Suéltenla. Damián intentó levantarse, pero otro mono lo empujó hacia abajo.
Rabi se acercó, se arrodilló frente a Damián. Y por un momento, un segundo horrible y hermoso, Damián vio algo en los ojos de Rabi. “Reconocimiento, humanidad, ayuda”, susurró Rab en español con voz ronca y quebrada. Ella enferma, “Nosotros curar.” Damián parpadeó. Lágrimas corrían por su rostro. “¿Curarla? Rabby, ¿todavía estás ahí? ¿Todavía eres tú?” Rabi sonró tristemente. Yo parte, pero no todo.
Y luego se fue. Siguió a los monos que cargaban a Lorena hacia la oscuridad. Damián intentó seguirlos, pero sus piernas no respondían. Se quedó ahí de rodillas soyloosando. No supo cuánto tiempo pasó, tal vez horas, tal vez minutos. Cuando finalmente pudo moverse, ya había amanecido y Lorena estaba de vuelta, acostada junto a las raíces del árbol, dormida, respirando normalmente.
Su herida, la que había estado infectada, estaba cubierta con una pasta verde similar a la que Ernesto había usado, pero también había algo más, marcas en su brazo, pequeñas como mordidas, pero no eran mordidas violentas, eran precisas, quirúrgicas, como si alguien o algo hubiera drenado la infección.
Damián se arrodilló junto a ella. Tocó su frente fría, la fiebre había desaparecido. “¿Qué te hicieron?”, susurró. Lorena abrió los ojos. Lentamente. Salvaron mi vida, dijo. Su voz sonaba débil, pero clara. Como no lo sé, pero vi cosas. Damián via a Rabi, vi a otros humanos que ya no son humanos, pero tampoco son animales, son algo nuevo, nuevo.

Una especie de simbiosis entre nosotros y ellos, como si la selva estuviera creando algo que nunca había existido antes. Damián la miró fijamente. Estás delirando. Tal vez, o tal vez tú eres el que se niega a ver la verdad. Lorena se sentó con esfuerzo, miró hacia la selva. Ernesto tenía razón. No podemos volver. No porque no queramos, sino porque ya no somos los mismos que entramos aquí.
Regresaron al campamento de Ernesto. No fue una decisión consciente. Simplemente volvieron porque no sabían a dónde más ir. Cuando llegaron, Ernesto estaba sentado junto al fuego, como si hubiera estado esperándolos. Sabía que volverían dijo. Damián se sentó agotado física y mentalmente. No teníamos opción. Siempre hay opción. Ustedes eligieron aceptar.
Lorena miró a Catarina y a Omar, que estaban cerca preparando comida con los monos. “¿Cuánto tiempo hasta que terminemos como ellos?”, preguntó Ernesto. Se encogió de hombros. Depende. Algunos resisten más que otros. Catarina duró 6 meses antes de dejar de hablar español. Omar tardó un año. ¿Y tú? Yo aprendí a mantener un equilibrio.
Hablo con ellos señaló a los monos, pero no olvido mi idioma. Vivo aquí, pero no dejo que la selva me borre completamente. ¿Por qué? Porque alguien tiene que recordar. Alguien tiene que poder contar la historia. Damián frunció el ceño. ¿Contar la historia? ¿A quién? Estamos atrapados aquí. Ernesto sonríó. No para siempre.
Cada cierto tiempo vienen rescates, helicópteros, equipos de búsqueda buscando a los que desaparecen. ¿Y qué haces? ¿Te escondes? Observo. Y si veo que alguien, alguien que vale la pena salvar, lo guío hacia ellos. Como hiciste con nosotros. Todavía no sé si ustedes valen la pena. Lorena se puso de pie. Entonces, déjame demostrártelo.
Caminó hacia donde Catarina estaba sentada. La joven ni siquiera levantó la vista. Catarina, dijo Lorena suavemente. ¿Me recuerdas? Silencio. Sé que puedes entenderme. Sé que todavía hay algo de ti ahí dentro. Catarina finalmente la miró. Sus ojos eran oscuros, profundos. Porque debería recordar su voz sonaba oxidada como si hablara por primera vez en meses.
Porque eres humana. Y los humanos recuerdan, recordamos a nuestra familia. Nuestros amigos, nuestros sueños. Los sueños duelen. Lorena se arrodilló frente a ella. Lo sé, pero también nos hacen humanos. Catarina la miró durante un largo momento y luego, por primera vez en dos años lloró. Lloró como una niña perdida, como alguien que finalmente recordaba lo que había perdido.
Ernesto observaba desde el fuego. “Tal vez sí valen la pena”, murmuró. Damián se acercó a Lorena. “¿Qué estás haciendo? Lo que tú deberías haber hecho desde el principio, escuchar, entender, conectar. Damián miró a Catarina, luego miró a Omar, que también los observaba con algo parecido a la curiosidad en sus ojos.
Y por primera vez desde que había entrado a la selva, Damián Torres Blanca sintió algo diferente al miedo o al orgullo. Sintió humildad. Está bien, dijo en voz baja. Está bien. Me quedo. Aprenderé. Ernesto asintió. Bien, porque mañana empieza tu verdadera prueba. ¿Qué prueba? El viejo biólogo señaló hacia la selva.
Allá afuera, a tres días de caminata, hay un equipo de rescate buscándolos. Helicópteros, militares, periodistas. El corazón de Damián saltó. ¿Y por qué no dijiste nada antes? Porque necesitaba saber si estabas listo. ¿Listo para qué? Ernesto lo miró directamente a los ojos para decidir si quieres ser rescatado o si quieres quedarte y convertirte en algo más.
La decisión tenía que tomarse esa misma noche, porque según Ernesto, el equipo de rescate no esperaría mucho más. Ya habían pasado 14 meses desde la desaparición oficial. Las autoridades brasileñas habían declarado la búsqueda como esfuerzo de recuperación de cuerpos, no de supervivientes. Si Damián y Lorena querían ser encontrados, tenían que moverse ya.
Pero Lorena no estaba segura. Se sentó junto al fuego mirando las llamas danzar en la oscuridad. A su lado, uno de los monos más jóvenes, una hembra pequeña, con ojos grandes y curiosos, jugaba con un palo. “¿Sabes lo que me espera allá afuera?”, dijo Lorena sin mirar a Damián. entrevistas, cámaras, gente preguntándome una y otra vez qué se siente estar perdida, psicólogos analizando mi trauma, mi madre llorando y diciendo, “Te lo dije.
” Damián no respondió porque él estaba pensando exactamente lo mismo. Verónica. Los abogados de divorcio, que probablemente ya habían dividido sus bienes, su hijo, que probablemente ya lo había olvidado o peor, lo odiaba por haberlo abandonado otra vez. Y después de todo eso, continuó Lorena, “¿Qué? ¿Vuelvo a mi departamento vacío? Vuelvo a dar clases a estudiantes que no les importa nada, excepto aprobar.
El mono pequeño se acercó a ella, le ofreció el palo. Lorena lo tomó. El mono hizo un sonido suave, casi como una risa. “Aquí al menos tengo propósito”, susurró Lorena. “Tengo conexión, conexión con monos, dijo Damián.” Pero su voz no tenía burla, tenía envidia, porque él también lo sentía. En las últimas semanas había aprendido cosas que nunca habría aprendido en ninguna expedición patrocinada por marcas de ropa técnica.
Había aprendido a leer el clima, mirando el comportamiento de los insectos. Había aprendido qué plantas podías comer y cuáles te mataban. Había aprendido que la selva no era un enemigo a conquistar, era un maestro. Y él había sido un estudiante arrogante que se negaba a aprender. Hasta ahora Ernesto se acercó.
Sostenía algo en las manos. Una radio vieja cubierta de óxido, pero funcionaba. Esto lo recuperé de un avión estrellado hace años”, dijo. “Todavía tiene batería. Todavía pueden usarlo para llamar al equipo de rescate.” Damián miró la radio, luego miró a Ernesto. “¿Y si no queremos usarla?” El viejo biólogo sonrió.
Entonces se quedan, pero tienen que entenderlo. No hay vuelta atrás. Una vez que cruzan esa línea, una vez que dejan que el mundo los olvide completamente, se convierten en fantasmas como yo, como Catarina, como Omar. “Y Rabby,”, preguntó Lorena. Él también es un fantasma. Ernesto la miró con tristeza.
Rabi cruzó una línea diferente. Él no eligió quedarse. La selva lo eligió a él. ¿Qué significa eso? Significa que su transformación fue completa. Él ya no recuerda quién era. Solo sabe lo que es ahora. Damián sintió un escalofrío. Eso nos va a pasar a nosotros. No, si no lo permiten, si mantienen su humanidad, su lenguaje, sus recuerdos, sus nombres, pueden vivir aquí sin perderse completamente.
Lorena se puso de pie, miró hacia la selva, hacia donde sabía que estaba el equipo de rescate. “Necesito caminar”, dijo. “Necesito pensar.” Se alejó del campamento. Damián la siguió. Caminaron en silencio durante varios minutos. Los sonidos nocturnos de la selva los rodeaban. Ranas, grillos, el ocasional rugido lejano de un jaguar.
Finalmente, Lorena se detuvo junto a un árbol gigante. “Mi mamá me va a odiar”, dijo. ¿Por qué? Porque si me quedo aquí, si elijo esto, ella nunca va a entenderlo. Va a pensar que me volví loca, que la selva me enfermó la cabeza. Tal vez sí nos enfermó la cabeza. Lorena se volteó hacia él.
“¿Tú qué vas a hacer?” Damián cerró los ojos, pensó en su hijo, en esos ojos grandes que siempre lo miraban con admiración, en esa vocecita que decía, “Cuando sea grande quiero ser como tú, papá.” y pensó en cómo cuando regresara, si regresaba, esos ojos ya no lo mirarían igual, porque ya no sería el héroe invencible, sería el hombre que sobrevivió por suerte, el hombre que tuvo que ser rescatado, el hombre que fracasó. “No lo sé”, admitió Damián.
“Honestamente, no lo sé. Fue en ese momento cuando escucharon el sonido, rotores de helicóptero lejanos, pero acercándose. “Mierda”, susurró Lorena. “Ya están aquí.” Damián miró hacia el cielo, no podía ver nada a través del dosel, pero podía sentir las vibraciones. El equipo de rescate estaba cerca, muy cerca.
Tenemos que decidir, dijo ahora. Lorena lo miró y en sus ojos Damián vio algo que no había visto en semanas. Claridad. Yo me quedo dijo ella. ¿Qué? Me quedo. No vuelvo. Lorena, ¿estás? No estoy loca, Damián. Por primera vez en años. No estoy loca. Sé exactamente lo que estoy haciendo. Las lágrimas corrían por su rostro sucio. Allá afuera soy nadie.
Soy una científica mediocre que nunca va a ganar un Nobel. Soy una hija decepcionante. Soy una mujer de 36 años sin familia, sin pareja, sin futuro. Su voz se quebró. Pero aquí, aquí soy parte de algo, algo que nadie más en el mundo tiene, algo único, algo que importa. Damián la abrazó fuerte. Entiendo, susurró. Dios me ayude, pero entiendo.
Se separaron. El sonido del helicóptero era más fuerte ahora. Y tú, preguntó Lorena, ¿qué vas a hacer? Damián miró hacia donde sabía que estaba el campamento, donde Ernesto esperaba, donde los monos dormían, donde Rabby, lo que quedaba de Rabi, vivía su nueva existencia. Y luego miró hacia el cielo, hacia el helicóptero que traía rescate, hacia el mundo que lo había hecho famoso, hacia la vida que había dejado atrás.
Yo, comenzó a decir, pero no terminó la frase porque en ese momento vio algo, una luz roja, intermitente, bengala de señalización. Alguien del equipo de rescate acababa de lanzar una bengala probablemente para iluminar el área de búsqueda, y la bengala cayó exactamente en el claro donde estaba el campamento de Ernesto. No, susurró Damián. No, no, no. Empezó a correr.
Lorena lo siguió. Corrieron a través de la oscuridad, tropezando con raíces, rasguñándose con ramas. Cuando llegaron al campamento encontraron el caos. Los monos aullaban. Ernesto gritaba órdenes en portugués y en español mezclados. Catarina y Omar estaban intentando apagar las llamas que la bengala había iniciado en uno de los refugios.
Y en medio de todo, de pie en el centro del claro, había un hombre, un soldado brasileño, con uniforme de las fuerzas especiales, con un rifle, con una linterna, mirando directamente a Ernesto. “¿Usted es Ernesto Galván?”, preguntó el soldado en portugués. Ernesto no respondió. El soldado habló por su radio. “Encontré sobrevivientes.
” Repito, encontré sobrevivientes. Y entonces todo se desmoronó porque Damián sabía que no había vuelta atrás. La decisión había sido tomada por ellos. El mundo los había encontrado y ahora tenían que enfrentar las consecuencias. Los siguientes 30 minutos fueron un torbellino. Más soldados llegaron, médicos de campo, periodistas que de alguna manera se las habían arreglado para infiltrarse en la operación de rescate.
Damián y Lorena fueron separados inmediatamente. Los envolvieron en mantas térmicas plateadas que parecían envolturas de chocolate. Les pusieron suero intravenoso. Les hicieron preguntas que ninguno de los dos quería responder. ¿Cuánto tiempo llevan aquí? ¿Están heridos? Hay más sobrevivientes Damián miraba hacia donde Ernesto había estado parado, pero el viejo biólogo había desaparecido.
Lo mismo Catarina y Omar se habían desvanecido en la selva como fantasmas. Solo quedaban Damián y Lorena y Rabbi. Habían encontrado a Rabby también o lo que quedaba de él. Estaba encadenado por su propia seguridad, dijeron los médicos, porque cuando intentaron acercarse, él atacó como un animal salvaje, gruñendo, mordiendo.
Ya no reconocía su nombre. Ya no reconocía nada. Un médico joven, no podía tener más de 30 años, examinó a Rab con una mezcla de fascinación y horror. “Nunca había visto algo así”, murmuró. Es como si su cerebro hubiera regresado a un estado primitivo. ¿Se puede revertir?, preguntó otro médico. No lo sé. Tal vez con años de terapia intensiva. Tal vez.
Pero Damián sabía la verdad. Raby no volvería. No completamente, porque no quería volver. En algún lugar profundo de lo que quedaba de su mente, Raby había elegido esto. Había elegido la selva sobre la civilización y ahora pagaba el precio. Los llevaron en helicóptero a Manaos. El vuelo duró 2 horas.
Damián pasó esas dos horas mirando por la ventana, viendo la selva alejarse, kilómetros y kilómetros de verde, interrumpido ocasionalmente por ríos marrones como serpientes gigantes. Y en algún lugar allá abajo, Ernesto seguía vivo, Catarina seguía viva. Omar seguía vivo. Libres o prisioneros, dependía de cómo lo miraras. En Manaos los esperaba un circo mediático, cámaras, micrófonos, reporteros gritando preguntas en portugués, español, inglés.
Damián. Damián Torres Blanca, ¿cómo se siente estar vivo? Lorena, ¿es verdad que vivieron con monos? ¿Dónde está el cuarto miembro del equipo? ¿Qué pasó realmente allá afuera? Los guardias de seguridad los escoltaron a través de la multitud. Los metieron en una ambulancia, los llevaron a un hospital privado y ahí, en una habitación esterilizada con aire acondicionado y sábanas blancas, Damián Torres Blanca finalmente lloró.
Lloró por Estebon, el guía, que había intentado salvarlos y que habían perdido. Lloró por Rabby, su amigo, que ahora era poco más que un animal asustado. Lloró por sí mismo, por el hombre que había sido arrogante, seguro, invencible. Ese hombre había muerto en la selva y no sabía quién era el que había sobrevivido.
Los interrogatorios comenzaron al día siguiente. No los llamaron interrogatorios, los llamaron entrevistas de recuperación de información. Pero Damián sabía la verdad. Las autoridades querían saber exactamente qué había pasado y no iban a aceptar un no sé como respuesta. Un oficial de policía federal brasileño, un hombre grande, con bigote y ojos cansados, se sentó frente a Damián con una grabadora.
Señor Torres Blanca, necesito que me cuente todo. Desde el principio, Damián dudó. ¿Qué podía decir? Que había encontrado un campamento secreto de humanos viviendo en simbiosis con monos. que un científico desaparecido hace 15 años todavía estaba vivo y había elegido quedarse, que la selva había transformado a su amigo en algo que ya no era completamente humano.
Sonaba a locura y tal vez lo era, pero era la verdad. Así que Damián habló. Habló durante 3 horas. Les contó todo. La tormenta, la pérdida del equipo, el campamento de Ernesto, los monos organizados, la transformación de Rabi. El oficial lo escuchó en silencio, tomando notas ocasionales. Cuando Damián terminó, hubo un largo silencio.
“Señor Torres Blanca”, dijo finalmente el oficial. “¿Usted entiende lo que está diciendo?” “Sí, está describiendo fenómenos que no tienen explicación científica. Lo sé. Monos que se comportan como humanos. Humanos que se comportan como monos. una comunidad escondida que nadie ha encontrado en 15 años. Sí. El oficial suspiró.
Mire, entiendo que pasó por un trauma severo. El calor, el hambre, la deshidratación pueden causar alucinaciones. Pueden. No estaba alucinando, señor Torres Blanca. No estaba alucinando. Damián golpeó la mesa. El oficial retrocedió. Cada palabra que le dije es verdad. Y si no me cree, pregúntele a Lorena.
Pregúntele a los médicos que examinaron a Rabi. Pregúnteles cómo es posible que un hombre civilizado se convierta en eso. El oficial lo miró durante un largo momento. Ya hablamos con las señoritas y fuentes. Su historia coincide con la suya en su mayoría. En su mayoría ella afirma que ustedes fueron ayudados por estas personas que describe que les salvaron la vida. Así es.
Entonces, ¿por qué no los trajeron de vuelta? ¿Por qué se escondieron cuando llegamos? Damián cerró los ojos porque no querían regresar. porque habían encontrado algo allá afuera que el mundo no les podía dar, porque eran libres. Pero no dijo eso. En cambio, dijo, “Porque tienen miedo.” Miedo de que el mundo los encierre, los estudie, los convierta en fenómenos de circo.
El oficial asintió lentamente. “Entiendo, apagó la grabadora. Oficialmente el informe dirá que ustedes sobrevivieron gracias a conocimientos básicos de supervivencia, que el señor Chandra sufrió un brote psicótico debido al trauma, que no hay evidencia de ningún campamento secreto. ¿Por qué? El oficial se puso de pie. Porque la alternativa es admitir que hay cosas en la selva amazónica que no entendemos y eso asusta a las personas, señor Torres Blanca.
Y el gobierno no está en el negocio de asustar a las personas. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volteó. Para lo que vale, le creo, he vivido en la Amazonía toda mi vida. He escuchado historias de ciudades perdidas, de tribus que nunca han tenido contacto con la civilización, de cosas que no deberían existir pero existen.
Sonríó tristemente. La selva guarda sus secretos y tal vez es mejor así. Y se fue dejando a Damián solo con sus pensamientos. Damián Torres Blanca se paró frente a una audiencia de 200 personas en un auditorio de Ciudad de México. En la pantalla gigante, detrás de él había una foto de la selva tomada desde un helicóptero, verde, interminable, impenetrable.
Durante 14 meses, comenzó a decir, “estuve perdido.” No solo físicamente, sino espiritualmente, moralmente. Como ser humano, la audiencia escuchaba en silencio. Estas eran sus presentaciones ahora. No sobre conquistas, no sobre récords, sino sobre humildad, sobre fracaso, sobre aprender a escuchar. Entré a la selva amazónica creyendo que era invencible, que la tecnología y el conocimiento moderno eran superiores a miles de años de sabiduría indígena, que la naturaleza era algo que podía ser dominado. Hizo una pausa y la selva me
enseñó lo equivocado que estaba. Mostró otra imagen de Estebon, la única foto que tenían del guía, tomada el primer día de la expedición. Este hombre intentó salvarnos. intentó advertirnos y lo ignoré porque mi orgullo no me permitía admitir que alguien menos educado que yo pudiera saber más. Su voz se quebró.
Él desapareció y nunca lo encontramos. Y esa culpa, esa culpa vivirá conmigo por el resto de mi vida. Después de la presentación, una periodista joven se le acercó. Señor Torres Blanca, hay rumores sobre lo que realmente pasó allá afuera, sobre un campamento, sobre personas viviendo con animales. Damián la miró. ¿Y usted qué cree? Yo creo que hay más en su historia de lo que está diciendo públicamente.
Damián sonríó. Tal vez, pero algunas historias no están hechas para ser contadas. Algunas historias son demasiado frágiles y contarlas las destruiría. Friles, ¿cómo? Porque el mundo no está listo para entender que hay formas de vivir que no involucran ciudades o tecnología o dinero. Formas de vivir que existieron antes que nosotros y que seguirán existiendo después de nosotros.
La periodista tomó notas, ¿Volvería? A la selva. Damián pensó en Ernesto, en Catarina, en Omar, en la paz que había visto en sus ojos. No mintió, no volvería. Pero esa noche, solo en su departamento, Damián abrió su laptop, buscó imágenes satelitales de la zona donde habían sido rescatados. Aumentó el zoom, buscó el claro, el campamento, pero no había nada, solo selva, como si nunca hubiera existido.
En Valparaíso, Chile, Lorena Siifuentes cenaba con su madre. La conversación era incómoda, como siempre. “Estás muy delgada”, dijo su madre. “¿Estás comiendo bien?” “Sí, mamá, porque después de todo lo que pasaste, mamá, por favor.” Silencio. Lorena miraba su plato. Pollo asado, papas, ensalada, comida normal, civilizada, pero su mente estaba en otro lugar, en larvas grasosas, en frutas silvestres, en agua de arroyos, en una forma de vivir que su madre nunca entendería.
“¿Sabes?”, dijo su madre de repente. Leí tu artículo, el que publicaste sobre primates y comportamiento social. Lorena levantó la vista sorprendida. ¿Lo leíste? No entendí mucho, pero sonaba importante. Sonaba como algo que importa. Lágrimas se formaron en los ojos de Lorena. Gracias, mamá. Su madre extendió la mano, tomó la de Lorena.
No sé qué pasó realmente allá afuera y tal vez nunca lo sepa, pero sé que regresaste diferente. Más en paz. Lorena asintió porque era verdad, había regresado diferente. Había regresado sabiendo que el mundo que tanto la había decepcionado no era el único mundo que existía, que en algún lugar de la selva había personas viviendo vidas más plenas que la mayoría de los habitantes de las ciudades jamás conocerían y eso le daba esperanza.
En un hospital psiquiátrico de San Paulo, Rabi Chandra miraba por la ventana. Habían pasado 6 meses, seis meses de terapia, de medicamentos, de sesiones interminables intentando recuperar su humanidad. Y había progreso. Ya no atacaba a los enfermeros, ya no gruñía. Incluso había empezado a hablar otra vez palabras simples en hindi, en inglés, pero cuando cerraba los ojos todavía podía escucharlos.
Los aullidos, los chasquidos, el lenguaje que había aprendido en la selva. Y una parte de él, una parte grande, quería volver, quería estar con ellos, su verdadera familia. Un psicólogo entró. Rabi, ¿cómo te sientes hoy? Rabo respondió inmediatamente. Siguió mirando por la ventana hacia la ciudad, hacia el cielo gris, hacia el mundo que supuestamente era su hogar. Perdido dijo finalmente.
Me siento perdido. El psicólogo tomó notas. Eso es normal. Después de un trauma como el que experimentaste. No fue trauma, interrumpió Rabby. ¿Qué? Raby finalmente lo miró. No fue trauma, fue despertar. Y en sus ojos el psicólogo vio algo que lo hizo sentir incómodo. Vio claridad, vio verdad. Vio a alguien que había visto algo que el mundo no estaba listo para ver.
Tres vidas, tres destinos, tres formas diferentes de lidiar con la verdad de lo que habían experimentado. Damián eligió el camino de la redención pública, usar su experiencia para enseñar humildad. Lorena eligió el camino de la aceptación silenciosa, vivir con el conocimiento de que había otro mundo allá afuera. Rabbi.
Rab eligió nada porque una parte de él nunca regresó. Y en algún lugar de la selva amazónica, en un campamento que ningún satélite podía ver, en un claro que ningún helicóptero podía encontrar, Ernesto Galván se sentaba junto al fuego, rodeado de monos, rodeado de humanos que habían elegido dejar de serlo, rodeado de algo nuevo, algo que el mundo no estaba listo para entender.
Y sonreía porque sabía que el secreto estaba a salvo por ahora. M.