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La Primera Audición de Juan Duró Solo 4 minutos Antes de que le Dijeran “BASTA” — Qué Pasó Después

Alberto Aguilera Baladés llevaba exactamente 4 minutos tocando el piano cuando el productor levantó la mano y dijo, “Ya es suficiente.” Con una voz que cortó la música como un cuchillo. Las manos de Alberto se congelaron sobre las teclas. Su corazón dejó de latir por un segundo y sintió que todas las esperanzas que había cargado durante meses se desmoronaban en ese instante.

Creyó que era otro rechazo más. Otra puerta cerrada en su cara. Otra confirmación de que un muchacho pobre de Juárez, sin conexiones ni dinero, nunca lograría nada en la Ciudad de México. Pero lo que el productor dijo después cambió su vida para siempre. Era el 23 de agosto de 1969 en una pequeña sala de audiciones de la disquera Musart en la avenida Insurgente Sur.

 Y Alberto tenía apenas 19 años, un traje prestado que le quedaba grande y una canción que estaba a punto de transformar la música mexicana. La sala de audiciones era un cuarto estrecho en el tercer piso de un edificio gris que parecía a punto de derrumbarse, con paredes forradas de paneles de espuma que absorbían el sonido y un piano vertical desafinado que había visto pasar a cientos de aspirantes a cantantes que nunca lograron nada.

 El productor, un hombre de unos 50 años llamado Andrés Puig, que había trabajado en la industria musical durante más de 20 años y que había escuchado a miles de artistas mediocres, estaba sentado detrás de un escritorio de metal con una grabadora de carrete abierto y una taza de cafella fría.

 Afuera, el ruido del tráfico de insurgentes entraba por la ventana abierta porque el aire acondicionado estaba roto y el calor de agosto en la capital era insoportable. haciendo que el cuarto oliera a sudor nervioso y a ambiciones rotas. Alberto había esperado 3 horas en el pasillo junto con otros 20 aspirantes, viendo como uno por uno entraban llenos de esperanza y salían con la cara hundida después de recibir un gracias te llamaremos, que todos sabían que significaba nunca.

 Alberto llevaba se meses en la Ciudad de México después de haber llegado desde Ciudad Juárez en un autobús de segunda clase que tardó 18 horas con todo lo que poseía metido en una maleta de cartón que se rompió a mitad del viaje. Vivía en un cuarto prestado en la colonia Roma que compartía con otros tres muchachos de provincia que también buscaban hacerse famosos durmiendo en un colchón en el piso porque no había suficientes camas y comía una vez al día si tenía suerte.

Generalmente tacos de canasta de 20 centavos que compraba en el puesto de la esquina. Trabajaba limpiando pisos en un restaurante de la zona rosa por las noches, ganando apenas 500 pesos a la semana que apenas le alcanzaban para pagar su parte del cuarto y comer algo. Los zapatos que llevaba puestos tenían agujeros en las suelas que él tapaba con cartón y la única camisa decente que tenía era la que llevaba puesta en ese momento.

 Lavada tantas veces que el blanco se había vuelto gris y el cuello estaba desilachado. Había intentado conseguir audiciones en todas las disqueras importantes de la capital durante esos se meses, tocando puertas, esperando horas en recepciones, dejando demos grabados en cassetts baratos que nadie escuchaba. RCA Víctor le dijo que no tenía el look que buscaban para sus artistas, que era demasiado delgado, demasiado provinciano, que su forma de cantar era demasiado peculiar.

 CBS le dijo que sus canciones eran demasiado personales, demasiado extrañas, que el público mexicano quería rancheras tradicionales y baladas románticas, no esas composiciones raras donde hablaba de dolor y soledad de una manera que nadie más lo hacía. Pierles ni siquiera lo dejó pasar de la recepción.

 La secretaria miró su ropa barata y le dijo que regresara cuando tuviera material profesional y una imagen más trabajada. Cada rechazo dolía más que el anterior. Cada puerta cerrada hacía más difícil creer que algún día alguien lo escucharía de verdad. Musart era su última esperanza antes de tener que admitir la derrota [música] y regresar a Juárez sin nada más que vergüenza y sueños rotos.

Había estado yendo a las oficinas de Musart todas las semanas durante dos meses, sentándose en la recepción desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde, esperando que alguien le diera aunque sea 5 minutos de atención. La recepcionista, una mujer mayor llamada Rosario, que eventualmente sintió lástima por ese muchacho flaco que llegaba todos los jueves con la misma ropa y la misma esperanza desesperada en los ojos, finalmente habló con Andrés Puig y le pidió que le diera una oportunidad. Andrés aceptó de mala gana,

más para que Rosario dejara de molestarlo que porque creyera que encontraría algo especial. Y le dijo a Alberto que tendría exactamente 10 minutos para impresionarlo, ni un segundo más, porque tenía otras 15 audiciones ese día y no podía perder tiempo. Alberto llegó dos horas antes de su cita.

 esperó en el pasillo sudando a través de su única camisa limpia y cuando finalmente escuchó su nombre, [música] entró a esa sala sintiendo que todo su futuro dependía de los próximos 10 minutos. se sentó frente al piano con las manos temblando tanto que tuvo que respirar profundo tres veces antes de poder tocar la primera nota, sintiendo la mirada de Andrés Puig clavada en su espalda, como si estuviera evaluando cada movimiento, cada respiración, cada segundo de esos preciosos 10 minutos que le habían concedido.

 [música] Había preparado No tengo dinero, una canción que escribió en una servilleta de papel mientras trabajaba limpiando el restaurante. una canción que hablaba de un amor imposible entre alguien pobre y alguien rico. Una canción que era básicamente su propia vida convertida en música. Sus dedos encontraron las teclas y comenzó a tocar, y su voz salió temblorosa al principio, pero luego se fortaleció, llenando esa sala pequeña con una emoción tan cruda y verdadera que hasta el ruido del tráfico de insurgentes parecía haberse detenido

para escuchar. Cantaba con los ojos cerrados, vertiendo cada rechazo que había sufrido, cada noche que había pasado con hambre, cada momento de duda en esas palabras que salían de lo más profundo de su alma. Llevaba exactamente 4 minutos cuando Andrés Puig levantó la mano y dijo, “Ya es suficiente.

” Y esas dos palabras cayeron sobre Alberto como una sentencia de muerte. Dejó de tocar inmediatamente. Sus manos se separaron del piano como si las teclas quemaran y sintió que algo se rompía dentro de su pecho porque sabía lo que eso significaba. Lo había escuchado antes en otras audiciones con otras palabras, pero siempre con el mismo mensaje.

 No eres suficiente, no tienes lo que necesitamos. Vete a casa. Las lágrimas empezaron a formarse en sus ojos, pero las contuvo, porque no quería darle a este productor la satisfacción de verlo llorar, porque todavía le quedaba un pedazo de orgullo, aunque no le quedara nada más. se preparó para escuchar las palabras de rechazo, para recoger su dignidad del suelo una vez más y salir de esa sala sabiendo que había intentado todo y que simplemente no era suficiente para este mundo cruel, que valoraba las conexiones y el dinero más que el talento real.

[música] Pero Andrés Puig no dijo lo que Alberto esperaba escuchar. En lugar de eso, se quitó los lentes que usaba para leer y miró a Alberto con una expresión que el muchacho no podía decifrar en ese momento. Algo entre sorpresa y emoción, y algo más profundo que Alberto no entendía. Ya es suficiente”, repitió Andrés, pero esta vez su voz era diferente, más suave, casi reverente, “Para saber que acabas de cambiar la música mexicana para siempre.

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