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La mujer que fue desterrada con sus hijas… y transformó el cerro abandonado en su nuevo hogar

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 La mañana en que Belén cruzó el portón de aquella casa por última vez, el sol ya estaba alto y los gallos habían dejado de cantar. Cargaba un bulto de ropa atado con un reboso viejo, una olla de pelre abollada, un cuchillo de cocina envuelto en un trapo y a la menor de sus hijas tomada de una mano, mientras la mayor iba del otro lado, cargando un morral con lo poco que alcanzó a juntar.

 Luciana, la de 10 años, caminaba erguida y callada con una seriedad que no correspondía a su edad, pero que correspondía perfectamente a lo que estaba viviendo. Emilia, la de siete, arrastraba los pies y miraba hacia atrás cada pocos pasos como si esperara que alguien saliera a detenerlas, a decirles que todo había sido un error, que podían quedarse, pero nadie salió.

 Don Roberto Montalvo, su suegro, había cerrado el portón desde adentro antes de que ellas terminaran de cruzar el camino de tierra que separaba la casa del sendero principal. Belén escuchó el chirrido del cerrojo y sintió como algo dentro de su pecho se cerraba también, como una puerta que se tranca para siempre.

 No miró hacia atrás, no le dio esa satisfacción. apretó la mano de Emilia con más fuerza y siguió caminando con la espalda recta, aunque por dentro sentía que cada paso la alejaba no solo de una casa, sino de la única vida que había conocido durante los últimos 11 años. Belén había nacido en un caserío pequeño llamado Los Naranjos, un puñado de casas desperdigadas entre colinas verdes donde el calor se metía por debajo de la piel desde temprano y no se iba hasta bien entrada la noche.

 Su padre, Ernesto, cultivaba maíz y frijol en una parcela prestada y su madre, Rosario, lavaba ropa ajena en el río y hacía tortillas para vender en el mercado. Belén fue la segunda de cuatro hijos, la única mujer, y desde muy pequeña aprendió que en el campo las niñas crecen rápido. Tenía los ojos color miel claro, una mirada que la gente describía como seria para su edad y el pelo castaño largo que le caía suelto por la espalda y que su madre le cepillaba cada noche contándole historias de mujeres que habían cruzado

montañas solas. A los 16 años conoció a Andrés Montalvo, un muchacho de 19, pelo castaño oscuro, recortado a los lados y revuelto arriba, con las manos encallecidas de trabajar la tierra y una sonrisa fácil que le iluminaba la cara entera. la cortejó con paciencia, con pequeños regalos que requerían atención más que dinero.

 Se casaron un año después en la capilla de tres cruces y Belén se mudó al rancho de los Montalbo, una propiedad de adobe y teja roja a las afueras de un pueblo llamado San Jacinto. Don Roberto, el padre de Andrés, era un hombre de 60 años, alto y seco como un tronco de mezquite, con el pelo entreco, peinado hacia atrás y una expresión permanente de desaprobación grabada en las arrugas de la frente.

Viudo desde hacía 15 años. Guardaba los papeles de la propiedad en una caja de metal debajo de su cama. Papeles que sacaba y revisaba cada cierto tiempo como si temiera que alguien se los fuera a robar. La relación con Belén fue tensa desde el principio. El viejo nunca le dirigía la palabra si podía evitarlo.

 Y cuando lo hacía era para señalar alguna falta. Los primeros años de matrimonio fueron buenos. Nacieron Luciana y después Emilia, y la casa se llenó de ruido y de vida. Pero la enfermedad llegó cuando Emilia apenas tenía 4 años. Una toseca que no se iba, una fatiga que fue comiendo Andrés por dentro con la lentitud de las cosas que no tienen remedio.

 Belén preparaba tes gordolobo, le ponía cataplasmas en el pecho, lo obligaba a descansar, pero nada alcanzó. Andrés murió una madrugada de agosto, cuando el calor era tan espeso que se podía masticar, y Belén se quedó con sus dos hijas bajo el techo de un hombre que nunca la quiso allí. Tres días después del entierro, don Roberto la llamó al corredor y le dijo con la misma voz con la que habría pedido café, que ella ya no tenía nada que hacer allí, que la propiedad era suya, que los papeles estaban a su nombre, que Andrés no había dejado testamento. Le dio hasta el

amanecer para marcharse. Belén lo miró sin parpadear. Buscó en los ojos de aquel hombre alguna sombra de compasión o de duda, pero no encontró nada. Solo la dureza mineral de alguien que ha decidido algo y no va a cambiar de opinión, porque cambiar de opinión es para él una forma de debilidad. Le dijo que había trabajado esa tierra durante 11 años, que había parido dos hijas en esa casa, que había cuidado a su hijo hasta el último aliento.

 Don Roberto la escuchó sin mover un músculo y le dijo que todo eso era cierto, pero que nada de eso cambiaba lo que decían los papeles. Y los papeles, le dijo, son lo único que cuenta. Belén no suplicó. Se tragó lo que le subía por la garganta, que era una mezcla de rabia y de dolor tan espesa que casi la ahogó, y fue a preparar su bulto.

 Y así fue como aquella mañana de sol inclemente, Belén Reyes salió de la propiedad de los Montalvo con una olla, un cuchillo, un bulto de ropa, dos hijas y nada más. Caminó todo el día por el sendero que salía de San Jacinto hacia el poniente, un camino de tierra ocre bordeado de nopales yes que serpenteaba entre lomas bajas cubiertas de pasto seco.

 Luciana caminaba a su lado en silencio, con el morral cruzado sobre el pecho y la mandíbula apretada, tan parecida a su madre en ese gesto que daban ganas de llorar solo de verla. Emilia iba de la mano de Belén, preguntando cada poco a dónde iban cuando llegaban, si podían volver a casa. Belén le respondía con frases cortas que no eran respuestas, sino aplazamientos y seguía caminando porque detenerse era peor.

 Detenerse era pensar y pensar era hundirse. No sabía a dónde iba. Esa era la verdad que le apretaba el pecho con cada paso. No podía volver a los naranjos porque su padre había muerto años atrás y sus hermanos se habían ido buscar trabajo a la costa y la casa donde creció estaba ahora ocupada por otra familia. No conocía a nadie en los pueblos cercanos lo suficiente como para pedir refugio.

 Y la idea de llegar a un lugar desconocido con dos niñas y sin dinero le producía un vértigo que le aflojaba las rodillas. El campo que rodeaba el sendero era ese campo de llanura seca que en temporada de calor parece no tener fin. Tierra ocre y cielo blanco, y el zumbido de los insectos como un sonido constante que uno deja de oír después de un rato, pero que nunca desaparece del todo.

 Belén conocía ese paisaje desde que era niña, pero aquella tarde le pesaba de manera distinta, como pesan las cosas conocidas cuando uno las mira por última vez o cuando uno las mira sabiendo que ya no pertenece a ellas. Cuando el sol empezó a bajar y la luz se volvió anaranjada y gruesa, Belén divisó a lo lejos la silueta de un cerro que se levantaba solitario en medio del llano, como un puño de tierra apretado contra el cielo.

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