Caminó tres días. El primero y el segundo los pasó por caminos que conocía, por pueblos donde había caras familiares, aunque no fueran personas cercanas. El tercero se fue internando por un camino de tierra que un arriero del segundo pueblo le había indicado, diciéndole que había por ese rumbo tierras baratas porque nadie las quería y que si ella no le tenía miedo a trabajar duro, podía encontrar algo.
Le había dicho también, con la brevedad del hombre que está de paso, que había un rancho en particular que se vendía barato porque tenía fama de tierra mala y que el que lo vendía era cualquier persona que lo aceptara. Daniela había preguntado por qué tenía fama de mala. El arriero dijo que la gente decía que lo que se sembraba no daba.
Daniela preguntó si alguien había intentado entender por qué. El arriero la miró con esa expresión de quien no esperaba esa pregunta y dijo que no creía. Por eso estaba ahí con Bautista en la espalda, que ya pesaba lo que pesan los niños de 3 años, con la maleta en la mano, mirando un rancho sin color que todos habían descartado y que a ella le parecía simplemente un lugar que nadie había escuchado.
Empujó el portón, entró. Bautista se despertó en ese momento y levantó la cabeza desde la espalda de su madre, mirando el patio con esos ojos de 3 años que no tienen todavía la categoría de lo decepcionante. Señaló el árbol seco en la esquina del patio y preguntó si era un palo. Daniela le dijo que era un árbol que necesitaba agua.
Bautista dijo que entonces había que darle. Y Daniela pensó que los niños de 3 años a veces tienen toda la razón del mundo. Recorrió el rancho antes de soltar nada, como su padre le había enseñado que se hacía con cualquier terreno nuevo, caminar primero y tocar después, porque los ojos ven antes que las manos y lo que ven sirve de mapa para lo que las manos van a encontrar.
Las paredes de adobe estaban en pie, firmes donde no había humedad, descascaradas en la superficie, pero sólidas en la estructura, que era la distinción que importaba porque la superficie se recupera con cal y agua, pero la estructura o está o no está. El techo tenía dos tejas rotas en la esquina izquierda que dejaban entrar una franja de luz, lo que significaba que también iba a dejar entrar lluvia cuando llegara la lluvia y eso había que resolverlo antes de que llegara.
El fogón de la cocina tenía ollín de años acumulado en el adobe, pero el adobe estaba íntegro y la chimenea estaba libre. Y el suelo del patio, cuando Daniela se agachó y tomó un puñado de tierra y lo deshizo entre los dedos con ese gesto heredado de su padre, que era la primera evaluación de cualquier terreno, no era tierra mala, era tierra cansada, había diferencia.
La tierra mala no responde aunque uno la trabaje. La tierra cansada responde si uno le da lo que necesita, que generalmente es agua limpia y manos que la vuelvan a mover. Fue al fondo del terreno con Bautista trotando a su lado. Encontró el pozo tapado con tablas viejas que apartó con cuidado.
El agua que subió con el balde estaba oscura de sedimento, pero olía limpia. Con limpiarla alcanzaba. Encontró también detrás de la casa un cobertizo pequeño con herramientas viejas de campo, asadón oxidado pero íntegro, pala, una os. Y en el rincón del fondo, algo que Daniela reconoció porque doña Encarna tenía uno igual, un alambique de cobre pequeño del tipo que se usa para destilar, con la cucúrbita abollada, pero el serpentín sin daños visibles.
Se quedó agachada mirando ese alambique con la tierra en las manos y Bautista preguntando qué era eso. Daniela le dijo que era un aparato para hacer cosas buenas con las plantas. Bautista dijo que qué cosas. Daniela dijo que todavía no sabía exactamente, pero que iba a averiguarlo. Esa primera noche durmieron en el catre del cuarto con la cobija que traía en la maleta, Bautista pegado a su espalda con esa costumbre de los niños de dormir pegados cuando están en un lugar nuevo, como si el cuerpo de la madre fuera el único mapa que conocen. Daniela tardó en
dormirse. Escuchó el silencio del rancho, que era diferente del silencio de los lugares vivos, más quieto, más hondo, el silencio de algo que lleva tiempo esperando. y antes de dormirse pensó en el alambique de cobre del cobertizo y en las 20 páginas del cuaderno de doña Encarna y en la tierra que había desmenuzado en los dedos esa tarde.
Pensó que había algo ahí que todavía no podía ver completo, pero que estaba. A la mañana siguiente, Daniela se levantó antes de que Bautista abriera los ojos y limpió el pozo. Tardó tres horas y dos cambios de balde hasta que el agua salió clara. Después limpió la cocina, prendió el fogón con la leña seca que había en el cobertizo, calentó agua, hizo el café que traía en la maleta.
Cuando Bautista apareció descalso en la puerta de la cocina frotándose los ojos, el olor a café ya estaba llenando el rancho y eso, ese olor solo cambió el aire de toda la casa. Fue al tercer día que apareció don Epifanio. No vino por la vereda ni por el camino principal. vino del cerro directamente bajando por una ladera pedregosa con el paso lento, pero seguro de quien conoce cada piedra de ese vajío desde hace décadas.
Lo vio Daniela desde el patio trasero donde estaba quitando maleza y lo primero que pensó fue que era hombre muy viejo y que caminaba como si el cerro fuera a su sala. 70 años o más, delgado como un alambre, con la piel tan curtida que parecía del mismo color que la tierra del cerro. Cabello blanco escaso, ojos pequeños y oscuros y vivos como los de un pájaro, pantalón de manta amarrado con una cuerda, camisa blanca remendada en tres partes distintas y en las manos nada, sin canasto, sin bastón, sin nada, solo las manos. Se llamaba Epifanio Garza. Vivía
en el cerro. Daniela preguntó dónde exactamente en el cerro y él señaló hacia arriba con el dedo sin más detalle, como diciendo que el donde exacto no era el punto. Había vivido en ese cerro toda su vida, hijo del hombre que había vivido en ese cerro antes que él y sabía de plantas lo que se sabe cuando se han pasado 70 años mirándolas crecer, muriendo, volviendo a crecer, cambiando según la lluvia y el viento y la época.
Sabía también, porque lo había visto desde el cerro, que alguien había llegado al rancho del viejo macedonio y que ese alguien había limpiado el pozo y encendido el fogón y quitado maleza del patio trasero y había bajado a ver. Le preguntó a Daniela qué pensaba hacer en ese rancho. Daniela le dijo que todavía lo estaba averiguando le preguntó si había visto el alambique del cobertizo.
Daniela dijo que sí. Él asintió y dijo con esa brevedad de los viejos que no desperdician palabras que el viejo macedonio había hecho con ese alambique los mejores destilados de plantas medicinales que había en 100 km a la redonda y que cuando Macedonio murió, el alambique se quedó en el cobertizo y el saber se fue con él porque Macedonio no había tenido a quien enseñarle.
Daniela lo miró un momento y le preguntó si él sabía. Don Epifanio la miró con esos ojos de pájaro. Dijo que él había caminado con Macedonio por ese cerro 40 años, que sabía que plantas eran para qué y cómo procesarlas, que no era lo mismo caminar el cerro que destilar, pero que lo segundo venía del primero y que el primero lo sabía de memoria.
Daniela le dijo que si le enseñaba, ella le daba comida caliente todos los días que bajara. Don Epifanio se quedó callado el tiempo exacto y dijo que bajaba mañana. Lo que siguió fueron semanas de aprendizaje que Daniela hizo con el mismo método con que había aprendido todo lo que sabía. Atención completa, manos activas y el cuaderno de doña Encarna abierto al lado para comparar lo que don Epifanio le decía con lo que su madre había escrito.
Había coincidencias que la emocionaban porque confirmaban que lo que doña Encarna le había enseñado era saber real y no costumbre vacía. Y había diferencias que la emocionaban también porque ampliaban lo que sabía hacia plantas que el cerro del norte tenía y que el cerro del sur donde había crecido no tenía. Don Epifanio enseñaba caminando, no se sentaba a explicar.
Bajaba del cerro cada mañana, pasaba por el rancho a recoger a Daniela y a Bautista, que insistía en ir y subían los tres por la ladera. El delante con ese paso suyo de quien no se apresura porque no necesita apresurarse. Daniela detrás con el cuaderno en el brazo y Bautista al final corriendo para alcanzarlos porque sus piernas de 4 años no tenían el ritmo de los adultos, pero tampoco se rendían.
iba nombrando las plantas mientras caminaba, con esa naturalidad con que su padre se las había nombrado el décadas antes y que era la única manera en que don Epifanio sabía transmitir las cosas, vinculando el nombre a la planta viva, a la textura de la hoja, al olor cuando se estrujaba entre los dedos, al lugar exacto del cerro donde crecía y a la época del año en que lo hacía mejor.
La salvia real para los dolores del pecho y para bajar la fiebre cuando la fiebre es seca. El torongjil del cerro para el estómago y para los nervios de las parturientas. La hierba santa que crecía en las piedras húmedas para los riñones y para la vesícula, el romero silvestre, que no era el romero de jardín, sino uno más pequeño y más áspero quedaba en el norte expuesto del cerro.
La árnica de roca, diferente de la árnica de pradera, con la flor amarilla más pequeña y el efecto más concentrado, según lo que don Epifanio decía con la confianza de quien lo sabe por haberlo probado y no por haberlo leído. Y otras plantas que no tenían nombre en castellano, sino solo el nombre que don Epifanio les daba en su lengua.
Nombres que Daniela escribía fonéticamente en el cuaderno junto a la descripción detallada de la hoja y el tallo y el olor y el uso. Porque si no los escribía, se le iban y perder ese saber era perder algo que no iba a poder recuperar de ninguna otra manera. Bautista iba aprendiendo también, sin que nadie se lo propusiera.
Don Epifanio le respondía las preguntas con la misma seriedad con que le respondía a Daniela, lo que era su manera de decir que las preguntas de los niños merecen respuesta real y no respuestas recortadas. Y Bautista, que tenía la misma capacidad de observación callada de su madre, fue absorbiendo los nombres y los gestos con esa velocidad de los niños que aprenden antes de saber que están aprendiendo.
El alambique lo limpió Daniela sola en dos tardes, con arena fina del río y agua caliente y el cepillo de raíces que encontró en el cobertizo. El cobre recuperó su color debajo del ollin y del verdín, ese color cálido que tiene el cobre bueno cuando está limpio. Don Epifanio revisó el serpentín con esa minuciosidad suya de hombre que ha trabajado con materiales de precisión toda la vida.
Lo dobló levemente en dos puntos para verificar que no hubiera grietas y dijo que estaba bien, que servía. La primera destilación fue un martes de noviembre temprano, con la niebla todavía pegada al cerro y Bautista sentado en el escalón del cobertizo mirando con los ojos muy abiertos. Don Epifanio guió cada paso con esa voz baja que tenía para enseñar, diferente de la voz con que conversaba, más lenta, más precisa.
Le dijo cómo cargar la cucúrbita con las plantas correctamente cortadas, no machacadas, sino en trozos que permitieran que el vapor las penetrara de manera pareja. le dijo cuánta agua y a qué ritmo de fuego, que no era fuego fuerte, sino fuego constante y moderado, porque el calor brusco quemaba los aceites más delicados antes de que pudieran evaporarse.
Le dijo cómo vigilar el serpentín para que el agua de refrigeración estuviera siempre fría y que el destilado cayera despacio, gota a gota al principio, porque las primeras gotas eran las más puras y había que recibirlas bien. Daniela siguió cada instrucción con las manos que ya conocían el movimiento de las plantas porque las habían cortado y cargado y clasificado durante semanas.
El vapor que salía por el serpentín olía a salvia y a algo más profundo que estaba debajo de la salvia, ese fondo verde y terroso que es el corazón de la planta cuando se la abre con calor. Bautista preguntó en voz baja desde el escalón si eso era la planta convirtiéndose en otra cosa. Don Epifanio dijo que sí, que eso era exactamente lo que era.
Y lo que cayó en el frasco de vidrio al final del proceso era un líquido limpio, apenas amarillento, que olía a todo el cerro concentrado en cuatro dedos de frasco. Don Epifanio lo tomó, lo olió con esa nariz de quien ha olido miles de plantas en su vida y que distingue matices que nadie más detectaría. Lo probó con el dedo.
Estuvo callado un momento y dijo que estaba bien. No dijo que estaba excelente ni que era perfecto. Dijo que estaba bien, que era la evaluación más alta que don Epifanio daba porque era el hombre que menos inflaba las cosas. Daniela lo probó también y en ese primer destilado de salvia real hecho con las plantas del cerro de Don Epifanio y con el alambique de cobre del viejo macedonio, entendió lo que Macedonio había entendido décadas antes, que en esas plantas había algo que valía, que la gente que sufría del pecho y del estómago y de los riñones lo buscaría si
supiera que existía y que la tarea era hacer que supieran. Las siguientes semanas fueron de práctica y de refinamiento. Daniela destilaba tres veces por semana, llevando registro en el cuaderno de cada proceso. Cantidad de planta, temperatura aproximada del fuego, tiempo de destilación, color y olor del resultado.
Los primeros frascos de salvia los comparó con los siguientes y fue aprendiendo a identificar las diferencias. cuando el fuego había estado demasiado alto, cuando las plantas habían estado muy húmedas todavía de la mañana, cada error era dato. Don Epifanio revisaba los frascos cuando bajaba y señalaba con el dedo cuál de los de la semana era el mejor y por qué, con esa brevedad suya que obligaba a Daniela a deducir el resto.
A las seis semanas, los destilados eran consistentes. A los dos meses, Daniela tenía reserva suficiente para ir al mercado. La fama del rancho de Tierra Mala empezó a deshacerse despacio, de la misma manera en que se deshacen las famas falsas cuando alguien se pone a trabajar sin importarle la fama. Daniela limpió los surcos de la huerta vieja que estaba debajo de la maleza, igual que en el rancho del norte.
La tierra había estado cansada y no mala, y el frijol que sembró los primeros hurcos brotó a los 12 días con esa terquedad verde de las plantas que solo necesitan que alguien les quite lo que las tapa. Empezó a producir destilados, primero de Salvia, después de Toronjil, después de Árnica. Los guardaba en los frascos de vidrio que encontró en el cobertizo y que limpió uno por uno con arena.
Y cuando tuvo seis frascos listos, fue al mercado del pueblo vecino. El mercado estaba a 2 horas de camino. Daniela fue un miércoles con Bautista en la mano y los frascos en el canasto de palma que había encontrado colgado en el cobertizo, uno de esos canastos que duran décadas y se cuidan y que este había durado porque nadie lo había usado en mucho tiempo.
Se puso en un espacio libre al lado de una vendedora de hierbas secas que la miró con curiosidad de colega y le preguntó qué vendía. Daniela le explicó. La mujer tomó un frasco de salvia, lo destapó con esa familiaridad de quien conoce los olores del campo, lo acercó a la nariz y sus ojos cambiaron de la curiosidad a algo más.
Dijo que hacía años que no olía destilado de salvia real, que el viejo macedonio del cerro lo hacía antes y que desde que Macedonio murió, nadie en la región lo producía. Daniela dijo que había aprendido en el rancho de Macedonio. La mujer la estudió un momento más y compró dos frascos sin más conversación, con la convicción de quien ya tomó la decisión antes de terminar de pensarla.
La vendedora de hierbas fue la mejor publicidad que Daniela pudo haber tenido en ese primer miércoles, porque era mujer con años de mercado y con clientela propia. Y cuando la gente de su clientela pasó por su puesto y vio los frascos de Daniel al lado, ella les dijo que eran buenos, que los había probado ella y que eran los mismos de antes.
Ese los mismos de antes valía más que cualquier recomendación nueva, porque los pueblos del campo las cosas buenas que desaparecen dejan un hueco que la gente recuerda. Antes del mediodía, los seis frascos estaban vendidos y cuatro personas le habían pedido que volviera el siguiente miércoles con más. Daniela volvió al rancho con Bautista dormido en la espalda y el canasto vacío y el dinero en el bolso y la sensación de quien acaba de ver algo que antes solo intuía.
En el camino le habló a Efrén en silencio, como había aprendido a hablarle a la gente que ya no estaba presente, no con rabia ni con reproche, sino con esa serenidad de quien ya procesó lo que tenía que procesar. le dijo que la plaga había resultado en algo, que la tierra que todos decían mala resultó que no lo era, y que el rancho que nadie había querido le había dado más de lo que el rancho que tenían antes le habría podido dar nunca.
Los inconvenientes aparecieron dos meses después, cuando los frascos ya eran 20 por semana y cuando el nombre del destilado del Rancho del Cerro ya corría en el mercado y en las tiendas del pueblo. Llegó en forma del comisario municipal que se llamaba Próspero Leal y que era hombre de 40 años, gordo de la cara y delgado del carácter, que apareció un viernes en el rancho montado en una mula con dos hombres detrás que eran los que acompañaban a los comisarios cuando iban a hacer algo que necesitaba testigos propios. bajó de la
mula sin saludar, con esa manera de los que usan la falta de saludo como herramienta de poder para establecer desde el primer segundo quien tiene autoridad y quien tiene que recibirla. Miró el rancho con esos ojos de inventario. Miró los frascos en el corredor esperando su caja. Miró a Bautista que estaba jugando en el patio y que paró de jugar cuando el hombre entró porque los niños sienten antes que los adultos cuando algo en el ambiente cambió.
sacó un papel del bolsillo del uniforme y se lo extendió a Daniela con el gesto de quien entrega una sentencia ya firmada. le dijo que el municipio había registrado que en ese rancho se producía y comercializaba un producto sin licencia municipal, que la ley exigía licencia para vender en mercados del municipio, que la licencia tenía un costo que le informaba en ese momento.
El costo que mencionó era el equivalente a dos meses completos de producción, dicho con la naturalidad del que pone el número sabiendo que el número es excesivo, pero calculando que la persona del otro lado no va a saber que lo es. Daniela lo miró. Miró el papel. leyó el papel completo, que era lo que próspero leal no esperaba, porque la mayoría de la gente a quien le presentaba ese papel no lo leía completo, y le preguntó con esa voz que no levantaba ni bajaba, si ese papel estaba firmado por el alcalde o por el mismo. Próspero leal dijo que
estaba firmado por la oficina municipal. Daniela le preguntó cuál oficina, cuál número de registro, cuál artículo de la ley municipal amparaba ese cobro. Próspero leal abrió la boca, la cerró. Los dos acompañantes seguían mirando el suelo. Daniela le dijo que cuando la oficina le mandara un papel con firma del alcalde, número de registro y artículo de ley, ella lo leía con gusto, que mientras tanto, el rancho era su propiedad arrendada con contrato firmado y que lo que producía en él era su trabajo. Se lo dijo mirándolo directo a
los ojos, sin levantar la voz ni bajarla, con esa quietud que es más difícil de enfrentar que cualquier grito, porque no da punto de apoyo desde donde empujar. El comisario se fue, pero Daniela sabía que iba a volver. Fue a ver al secretario del Juzgado del Pueblo, un hombre flaco y preciso llamado don Mauricio, que era de los pocos en ese pueblo que entendía de leyes de verdad y no de leyes de conveniencia.
Don Mauricio escuchó a Daniela, revisó el contrato de arrendamiento que ella traía y le explicó lo que necesitaba saber, que la licencia municipal existía, pero que su costo real era una décima parte de lo que próspero Leal había mencionado, que el comisario no tenía autoridad para cobrarla directamente, sino solo para notificarla, y que lo que había hecho era extorsión simple, que podía documentarse si ella guardaba el papel que le había dado y conseguía los nombres de los dos acompañantes.
como testigos. También le dijo, con la honestidad de quien advierte sin alarmar que próspero leal era hombre con influencia en ese pueblo y que documentar la extorsión era correcto, pero que había que hacerlo bien y con paciencia, que las cosas con los comisarios corruptos se resuelven cuando hay papel suficiente para que ya no pueda moverse.
Daniela pasó el mes siguiente juntando ese papel. habló con los dos acompañantes del comisario por separado en el mercado, sin presión, simplemente contándoles lo que iba a hacer y preguntándoles si ellos recordaban lo que había pasado ese día. Uno de los dos dijo que si recordaba y que lo que el comisario había pedido no tenía respaldo legal y que si hacía falta podía decirlo por escrito.
El otro dijo que él no sabía nada y se fue rápido, que era respuesta que también decía cosas. pagó la licencia real con su costo real directamente en la oficina del alcalde con recibo en mano y dejó copia del recibo con don Mauricio y copia en el rancho. Próspero leal volvió un mes después, esta vez sin los acompañantes.
Y cuando Daniela le mostró el recibo de la licencia pagada directamente a la alcaldía y le dijo que tenía declaración escrita de uno de sus acompañantes sobre lo que había pedido la primera vez, el comisario se quedó de pie en el patio del rancho con la cara de quien calculó mal. se fue sin decir nada más y no volvió.
Don Epifanio, que había estado sentado en el corredor comiendo su comida caliente del mediodía mientras todo eso pasaba, dijo cuando el comisario desapareció en el camino que Daniela tenía cabeza de planta de roca, que eran las que aguantan más porque crecen donde nada más puede crecer. Daniela le dijo que eso era lo más bonito que le habían dicho en mucho tiempo.
Don Epifanio resopló porque no era hombre de recibir agradecimientos y volvió a su comida. Los meses que siguieron fueron de trabajo constante y de conocer el rancho más profundo. Don Epifanio bajaba del cerro cuatro mañanas por semana. Bautista lo seguía a todas partes con esa fidelidad de los niños con los viejos que los tratan como personas reales.
Y el viejo le iba enseñando los nombres de las plantas con la misma paciencia con que se los había enseñado a Daniela, como si la cadena del saber necesitara seguir moviéndose para no oxidarse. Bautista aprendía con esa velocidad de los niños de 3 y 4 años que todavía no saben que aprender es difícil y por eso aprenden sin esfuerzo.
La producción creció. Daniela agregó destilado de Torongil y de Valeriana a los de Salvia y Árnica y después el aceite de Romero, que era más difícil de hacer, pero que la gente del mercado buscaba para los dolores de cabeza y de espalda, que son el mal más común del campo. Don Mauricio, el secretario del juzgado, se convirtió en cliente fijo del Torongil para los nervios que le daba el trabajo de lidiar con los litigios del pueblo.
Y eso le trajo a Daniela a dos clientas nuevas, que eran la esposa del médico y la maestra de niños del rancho vecino, que eran mujeres con influencia en el pueblo y cuya confianza valía más que cualquier anuncio. Fue en ese tiempo cuando Daniela llevaba casi un año en el rancho y cuando Bautista ya tenía 4 años y ya ayudaba a juntar las plantas del patio con una seriedad de pequeño trabajador que llegó al pueblo Marcos Ibarra.
Era boticario itinerante, de esos que recorrían la región dos veces al año con una mula cargada de medicamentos de botica y que paraban en cada pueblo varios días para atender a quien no podía llegar a la ciudad. 35 años, tes blanca cálida del campo, aunque su trabajo lo llevara de pueblo en pueblo. Cabello castaño ordenado a pesar del viaje, ojos claros que miraban con la atención precisa de quien ha aprendido que los detalles en su oficio importan más que las generalidades.
Llegó al mercado el miércoles de octubre con la mula bien cargada y se detuvo frente al puesto de Daniela con esa curiosidad de colega que tienen los que trabajan con plantas medicinales cuando encuentran a alguien que también lo hace. Tomó el frasco de salvia, lo olió con una concentración que duró más de lo que dura el olfato casual.
Preguntó de qué planta exactamente, qué proceso de destilación, a qué temperatura, qué tiempo de serpentín. Daniela le respondió con el mismo nivel de detalle con que él preguntaba, porque era mujer que cuando sabía algo lo decía completo y cuando no sabía algo lo decía también. Marcos Ibarra la escuchó con esa atención suya y cuando ella terminó dijo que ese destilado era de mejor calidad que la mitad de los que el mismo compraba en la ciudad para su botiquín, que en la ciudad se producían en cantidad y que la cantidad siempre le
cobraba su precio a la calidad. Le compró cuatro frascos y volvió al día siguiente al rancho, solo, sin la mula, con la excusa de que quería ver el alambique. Era excusa honesta. Cuando Daniela le mostró el alambique de Macedonio, Marcos lo examinó con el mismo respeto que don Epifanio, que era el respeto de quien reconoce un instrumento bien hecho, aunque sea sencillo.
Preguntó dónde lo había encontrado. Daniela le contó la historia del rancho, del viejo macedonio, del saber perdido, de don Epifanio que bajaba del cerro. Marcos escuchó todo con esa atención que no interrumpía y al final dijo que lo que Daniela estaba haciendo era exactamente lo opuesto de lo que la gente del pueblo había predicho cuando decía que esa tierra era mala, que era poner atención donde nadie había puesto atención y ver lo que había ahí.
Daniela le dijo que eso era lo que había hecho su madre con las plantas del cerro del sur toda la vida y que ella simplemente había continuado. La amistad entre un boticario que sabe de plantas y una mujer que destila plantas tiene una lógica natural que no necesita que nadie la planee. Marcos llegaba al pueblo dos veces al año y cada vez que llegaba pasaba una tarde en el rancho aprendiendo de lo que Daniela y don Epifanio estaban desarrollando y enseñando a cambio lo que él sabía de la química básica de los destilados que había aprendido en la ciudad. Era
intercambio honesto entre dos personas que se respetaban porque cada uno tenía algo que el otro no tenía. La amistad fue tomando otro color con el tiempo, de la misma manera en que toman otro color las cosas que primero son necesarias y después se vuelven deseadas. No fue rápido ni dramático.
Fue en la tercera visita de Marcos, cuando Bautista ya tenía 5 años y ya lo reconocía como el hombre de la mula con los frascos, que algo cambió en la manera en que los dos se miraban al final de las tardes en el corredor. Daniela lo notó en ella primero, que era mujer de notarse las cosas, y lo dejó estar sin apresurarlo, porque ya había aprendido que las cosas que se apresuran se rompen y que las que llegan solas cuando llegan son las que tienen más posibilidad de quedarse.
Marcos lo dijo en la cuarta visita con esa honestidad directa que era su manera, que le gustaba a Daniela y que si a ella le parecía bien, quería que la siguiente vez que pasara por el pueblo fuera con otra intención. Daniela le dijo que sí le parecía bien y que la próxima vez podía quedarse más días. Lo que vino después fue de esa naturaleza quieta de las cosas que funcionan sin ruido.
Marcos llegaba, se quedaba más días, ayudaba en el rancho con lo que hacía falta, aprendía más de las plantas, enseñaba más de la química. Bautista lo fue aceptando con esa pragmática de los niños que evalúan si alguien sirve para algo concreto antes de decidir si lo quieren. Y Marcos pasó la evaluación sin saberlo el día que enseñó a Bautista a hacer un nudo marinero que el niño anduvo repitiendo tres días seguidos.
Con los meses las visitas se hicieron más largas y la distancia entre visitas se hizo más corta. Hasta que un día de los que no tienen fecha exacta en la memoria de nadie, pero que todos recuerdan de otra manera, Marcos dejó la mula con el boticario de un pueblo vecino y se quedó. No hubo boda formal porque Marcos era hombre que no necesitaba el papel para sentir lo que sentía y Daniela era mujer que tampoco lo necesitaba, pero que lo respetó cuando Marcos lo propuso al año de vivir juntos, diciéndole que si ella quería hacerlo oficial, él

quería hacerlo oficial porque Bautista merecía que las cosas tuvieran nombre claro. Se casaron en la capilla del pueblo con don Epifanio de testigo, que fue vestido con su camisa blanca remendada en tres partes y que durante la ceremonia mantuvo esa expresión suya de pájaro que evaluaba todo. Tuvieron una hija dos años después, a la que llamaron Encarna por la madre de Daniela, porque ese nombre merecía seguir en el mundo.
Don Epifanio murió a los 79 años en el cerro, que era donde quería morirse y donde encontraron sentado contra una roca con la cara hacia el valle, como si se hubiera sentado a ver el paisaje, el paisaje lo hubiera convencido de quedarse. Daniela subió al cerro cuando la avisaron y se quedó un rato con él antes de que llegaran los demás, sin decir nada, porque había cosas que no necesitaban palabras.
y la diosa don Epifanio era una de ellas. Le dejó en las manos un manojo de salvia real, que era la planta con la que habían hecho el primer destilado juntos y que a ella le parecía la planta que más lo representaba, por firme y por útil y por crecer exactamente donde la ponía sin quejarse de nada. le heredó el saber que no había podido pasarle a nadie más porque nadie más había estado ahí para recibirlo.
Y el saber de don Epifanio era de los que no se mueren con quien los tiene, sino que siguen mientras haya alguien que los use. Daniela los usó y cuando Encarna fue creciendo y empezó a mostrar ese interés por las plantas que tienen los niños que nacen en ciertos lugares y que absorben el oficio antes de saber que le están absorbiendo, Daniela empezó a enseñarle con el mismo método con que don Epifanio le había enseñado a ella, caminando, nombrando, tocando, oliendo sin apuro, con la paciencia del cerro.
Marcos murió un año antes de que Encarna cumpliera 15. No fue de golpe, sino de esa enfermedad del corazón que en los hombres de campo llega despacio y que cuando uno se da cuenta ya está muy avanzada. Murió en el rancho, en la cama, con Daniela a su lado y Bautista a los pies de la cama, y encarna en el umbral de la puerta que era demasiado pequeña todavía para entender del todo lo que estaba pasando, pero que lo sentía en el peso del silencio de los adultos.
Fue un final tranquilo para un hombre que había sido tranquilo y Daniela lo acompañó hasta el último momento con esa presencia que se da cuando uno quiere a alguien de verdad, sin histrionismo, sin dramatismo, simplemente estando. Lo enterraron en el campo del rancho debajo del árbol de mesquite que Marcos había plantado el primer año que se quedó, diciéndole a Daniela que el mesquite tardaba en crecer, pero que cuando crecía aguantaba todo.
El árbol era grande ahora y daba sombra al rincón del campo donde él estaba. El duelo de Daniela fue silencioso y largo, que es el tipo de duelo de las personas que no desperdician el dolor, pero que tampoco lo exhiben. Siguió trabajando porque el trabajo era lo que la sostenía y porque Bautista y Encarna necesitaban que la madre siguiera de pie.
Siguió con los destilados, que para entonces ya eran los más conocidos de la región, y que surtían a boticarios de tres pueblos. y siguió subiendo al cerro, no con don Epifanio que ya no estaba, sino sola o con Encarna, siguiendo los mismos caminos, recogiendo las mismas plantas, con el cuaderno de doña Encarna en la mano algunos días, porque releer la letra de su madre en esos caminantes era una forma de conversación que el tiempo no había cerrado.
Los años pasaron de la manera en que pasan cuando la vida está llena de lo correcto, aunque no siempre de lo fácil. Bautista creció siendo del campo y del rancho con esa naturalidad de los niños que no conocen otra cosa y que por eso no le tienen miedo a nada de lo que el campo pide. Aprendió el oficio de su madre con la misma seriedad con que de niño había aprendido los nombres de las plantas siguiendo a don Epifanio.
A los 18 años ya manejaba el alambique mejor que cualquiera del rumbo y ya había modificado el proceso de destilación del árnica para hacerlo más eficiente con esa inteligencia práctica de quien aprende algo bien y después lo mejora. Se casó joven con una muchacha del pueblo que entendía el oficio y que aprendió rápido, y sus hijos crecieron en el rancho con el olor a plantas destiladas como el olor de fondo de toda su infancia.
Encarna heredó los ojos atentos de doña Encarna y la determinación de Daniela y el amor por las plantas de don Epifanio que ella nunca había conocido, pero que vivía en el saber que le transmitió su madre. A los 20 años ya hacía sus propios recorridos del cerro sola con su propio cuaderno donde escribía lo que encontraba con una letra que no era la de Doña Encarna ni la de Daniela, sino la suya propia.
Y eso Daniela le parecía lo más correcto del mundo, porque el saber que Sereda bien termina teniendo la voz de quien lo recibe. Una tarde de muchos años después, cuando el mezquite de Marcos era el árbol más grande del campo y cuando los nietos de Daniela andaban entre la huerta y el cobertizo con esa libertad de quien creció en un lugar sin fronteras internas, Daniela estaba sentada en el corredor con el cuaderno de doña Encarna en las rodillas.
No lo estaba leyendo, solo lo tenía ahí. Como se tiene cerca algo que es parte de lo que uno es, aunque ya no necesite abrirlo para saber lo que dice. Las páginas tenían ahora las marcas de años de uso, algunas dobladas en las esquinas, otras con anotaciones al margen escritas por Daniela en su propia letra, más abierta que la de su madre, porque Daniela no apretaba los trazos igual.
El cuaderno era ya más suyo que de doña Encarna, o mejor dicho era de las dos, que era la manera en que el saber heredado se convierte en saber propio, cuando uno le ha agregado suficiente de lo que aprendió después para que ya no sea solo lo que le dieron, sino lo que construyó. A partir de eso, Bautista salió del cobertizo y se paró en el corredor a su lado.
Le preguntó que tenía el cuaderno. Daniela le dijo que la letra de su abuela, que las plantas del cerro del sur escritas con una letra apretada que no desperdiciaba espacio, que ese cuaderno era lo primero que había traído cuando salió del rancho del norte con él en la espalda y la maleta en la mano y sin saber todavía a dónde iba a llegar, que lo había traído porque era de doña Encarna.
Y las cosas de las madres se llevan, aunque uno ya sepa lo que dicen. Bautista lo tomó, lo abrió por una página del medio y leyó en silencio. Después levantó la vista al cerro que se veía desde el corredor, el mismo cerro por el que don Epifanio había bajado décadas antes, y le dijo a su madre que ese cuaderno debería estar en el cobertizo junto al alambique, que era donde pertenecía.
Que el alambique de Macedonio y el cuaderno de doña Encarna y el saber de don Epifanio eran la misma historia. Daniela pensó en eso y pensó que tenía razón. Encarna salió con su hija mayor en la mano, una niña de 5 años que ya preguntaba los nombres de las plantas del patio con esa insistencia de quien nació queriendo saber y que no acepta respuestas a medias.
La niña vio el cuaderno y preguntó qué era. Encarna le dijo que era el libro de las plantas de su bisabuela. La niña preguntó si podía tenerlo. Daniela dijo que algún día iba a ser suyo, que para eso se había copiado. El sol de la tarde pegaba en las paredes del rancho, dándoles ese color cálido que tienen el adobe y el tiempo juntos.
El mesquite de Marcos daba sombra al campo. El alambique de cobre estaba en el cobertizo brillando con la limpieza de décadas de uso. Y el rancho que todos habían descartado porque tenía fama de tierra mala, estaba de pie con esa solidez que tienen las cosas construidas. espacio con paciencia, con las manos de quien entendió desde el principio que la tierra no era mala.
Solo estaba esperando que alguien se detuviera lo suficiente para preguntarle que necesitaba y para escuchar la respuesta. Daniela había sido esa alguien y el rancho le había contestado todo.