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La Abandonaron junto a Su Hijo, y Se Refugio En un Rancho Abandonado sobreviviendo ella sola.

 miró el rancho, miró la tierra pálida que el sol de la tarde hacía parecer todavía más sin color y pensó que la gente que decía que una tierra era mala casi nunca había intentado preguntarle que necesitaba. Si tú crees que a veces la tierra que todos abandonaron es exactamente la tierra que alguien está esperando para hacer algo con ella, suscríbete al canal, déjame tu like, activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntame los comentarios desde qué rincón del mundo nos estás escuchando hoy. Vamos a

comenzar. Daniela Ruiz había nacido y crecido en un rancho del centro, hija única de don Porfirio y doña Encarna, gente de campo honesta que había trabajado su tierra toda la vida con la constancia de quien sabe que el campo no premia la velocidad, sino la perseverancia. Don Porfirio era hombre de pocas palabras y muchos años de surcos bien hechos.

 Doña Encarna era mujer de ojos atentos que conocía cada planta que crecía en el cerro detrás del rancho, no como curandera ni como partera, sino como alguien que había crecido mirando y que con los años había aprendido que las plantas del campo sirven para más de lo que la gente cree cuando no las conoce. Le había enseñado a Daniela a reconocerlas desde niña, caminando por el cerro los domingos después de misa, nombrando cada una con su nombre y con su uso, que era la manera más honesta de enseñar, porque unía el nombre al gesto y el gesto al

resultado. Daniela creció con eso adentro y con la costumbre del trabajo que en el campo no se enseña con palabras, sino con el ejemplo de levantarse antes del sol y de no sentarse hasta que el sol ya está bajo y el trabajo del día está terminado. Se casó a los 21 años con Efrén, hijo de un ranchero del pueblo vecino, hombre bueno de manos grandes y carácter tranquilo que quería construir algo propio y que había elegido a Daniela porque era mujer que sabía trabajar y que no esperaba que la vida le llegara sola. Se fueron a

vivir al rancho pequeño que el padre de Fren les prestó al norte del pueblo, un terreno de temporal que en años buenos daba maíz suficiente y en años malos daba lo justo para no quedarse sin comer. Bautista nació cuando Daniela tenía 21 años y Efrén 22. Lo tuvieron en ese rancho pequeño con la partera del pueblo y con doña encarna que llegó tres días antes porque las madres saben cuándo tienen que estar.

 Fue parto sin complicaciones que dejó a Daniela cansada, pero bien, con el bebé en brazos y Efrén sentado al borde de la cama mirando a su hijo con esa expresión de los hombres cuando ven por primera vez algo que no esperaban que los moviera tanto. Los dos primeros años fueron de trabajo y de construcción, del tipo silencioso que hacen las parejas jóvenes cuando tienen poco pero quieren mucho y que se manifiesta en las cosas pequeñas.

 En el árbol que se planta porque uno ya piensa en el año que viene. En el cuarto que se amplía porque viene otro hijo. En el pozo que se limpia porque el agua limpia es lo primero. La plaga llegó el tercer año, en julio, cuando el maíz ya estaba alto y prometía bien. Llegó de noche, como llegan estas cosas, sin que nadie la anunciara.

 Y al amanecer del día siguiente, el maíz tenía en las hojas esas manchas amarillas que los campesinos reconocen antes de que el cuerpo les diga que reconocieron algo. Efrén fue al campo y volvió con la cara de quien vio lo que no quería ver. La plaga tardó 8 días en acabar con todo el maíz del rancho y con el maíz de cuatro ranchos vecinos.

 No era enfermedad de una temporada mala, era pérdida completa. Sin cosecha no había renta. Sin renta no había como pagar lo que se debía del rancho. Sin pagar lo que se debía, el padre de Fren tenía derecho de reclamar la tierra, que era tierra prestada y no propia. Efrén pasó dos semanas buscando solución donde no la había y al final de esas dos semanas llegó con una propuesta que había hecho con la angustia de quien no ve otra salida.

 Había encontrado trabajo en una mina del norte. Decía un conocido suyo que era buen trabajo, que pagaban bien, que en 6 meses tendría suficiente para reponerlo perdido y para comprar semilla nueva. Daniela lo escuchó. miró a Bautista que tenía 2 años y que jugaba en el patio sin saber nada y le preguntó cuánto era 6 meses.

 Efrén dijo que se meses. Daniela dijo que bien, que se fuera y que volviera en 6 meses. Efrén se fue un lunes de agosto con la mochila y la promesa. Mandó carta al mes, contando que había llegado bien, que el trabajo era duro, pero que pagaban como prometían. mandó carta al segundo mes con un poco de dinero que Daniela guardó con el cuidado de quien sabe que ese dinero es el puente entre lo que hay y lo que tiene que haber.

 Al tercer mes mandó carta sin dinero, pero con palabras tranquilas. Al cuarto mes no llegó carta. Al quinto tampoco. Al sexto Daniela escribió al pueblo donde Fren decía estar y la respuesta que llegó dos semanas después decía que Fren había trabajado ahí hasta el cuarto mes y que después se había ido y que no sabían a dónde.

 Daniela leyó esa carta sentada en la silla de la cocina con Bautista dormido en el cuarto. No la leyó como traición ni como abandono calculado. La leyó como lo que probablemente era. un hombre joven que se fue a buscar algo y que en el camino encontró otra cosa o se perdió en otra dirección o simplemente no tuvo el valor para volver a decir que no había conseguido lo que prometió.

 No lo justificaba, pero tampoco le ponía nombres que tal vez no eran exactos. Lo que sí era exacto era que no iba a volver y que ella tenía Bautista y un rancho prestado que ya no podía pagar y unos padres en el rancho del sur que bastante cargaban con lo suyo para cargar también con ella. Usó los tres meses siguientes en ordenar lo que podía ordenarse.

 Devolvió el rancho al suegro con la cabeza alta, que era la única manera en que Daniela hacía las cosas difíciles. Agradeció a doña Encarna que ofreció que volviera al rancho de los padres. le dijo que no, porque volver era ir hacia atrás y ella necesitaba ir hacia delante, aunque todavía no supiera exactamente hacia dónde.

 Guardó lo que quedaba del dinero que Efrén había mandado. Preparó la maleta con lo que cabía y le explicó a Bautista que tenía 3 años y que escuchaba con esa seriedad de los niños que todavía no entienden del todo, pero que captan el tono de las cosas, que se iban a buscar un lugar mejor. Salió un martes de octubre.

 Doña Encarna la acompañó hasta el portón del rancho y la abrazó el tiempo que hacía falta y no más, porque los abrazos de doña Encarna eran de los que no se extienden por lástima, sino que duran lo que tienen que durar. Le puso en la mano un frasco pequeño de aceite de ruda que ella misma preparaba y le dijo que lo llevara porque la ruda protegía los caminos. Daniela lo guardó en el bolso.

Al lado del cuaderno donde doña encarna le había copiado de su propia letra los nombres y usos de todas las plantas que le había enseñado en los domingos del cerro. El cuaderno tenía 20 páginas escritas por las dos caras con la letra apretada de doña Encarna que no desperdiciaba espacio. Daniela lo había leído tantas veces que sabía casi de memoria lo que decía, pero lo llevó igual porque las cosas de las madres se llevan aunque uno ya la sepa.

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