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Granjero viudo SALVA a joven virgen de una aldea de indios… hasta que…

Fue entonces que oí un grito que cortó el aire como una navaja, haciendo mi corazón saltar dentro del pecho. Era un grito de desesperación, fino, afligido, lleno de dolor, tan inesperado en aquel fin del mundo que parecía venir de otro lugar que no la tierra. Tiré de las riendas de ventarrón mi caballo que se empinó nervioso.

 Me quedé parado por algunos segundos intentando entender si aquello era real o si el cansancio me estaba jugando una mala pasada. Otro grito, esta vez más claro, más desesperado. Giré el caballo en la dirección del sonido y lo animé a andar. Ventarrón resistió al comienzo como si también sintiese que algo no estaba bien. Le di una palmadita en el cuello.

Vamos, compañero. Alguien necesita ayuda. Seguí por un camino estrecho que cortaba el matorral bajo entre árboles retorcidos y zacate seco. A medida que avanzaba, el grito se hacía más claro. Era una voz femenina, de eso estaba seguro. Aceleré el paso de ventarrón. sintiendo un apretón en el pecho que no sentía hacía mucho tiempo.

 Era miedo, era urgencia, era la sensación de que algo importante estaba sucediendo. Después de algunos minutos, divisé a lo lejos un pequeño ejido que yo ni sabía que existía en aquella región. Era un aglomerado de jacales y chozas sencillas, cercado por una empalizada de madera rústica. El humo subía de fogatas encendidas en el centro del lugar y fue allá, en medio de aquel escenario, que mis ojos vieron algo que jamás olvidaré.

En el centro de elegido, rodeada por hombres que parecían indígenas de alguna tribu que yo desconocía. Una joven lloraba y se debatía presa dentro de un enorme caldero de metal. El vapor subía, el olor a humo se mezclaba al de la tierra seca y los gritos de ella ecoaban como navajas cortando el aire.

 Los hombres, con los cuerpos pintados de rojo y negro entonaban cantos y batían los pies en el suelo en ritmo de guerra, mientras algunos afilaban las puntas de las flechas. Me quedé paralizado por algunos segundos intentando entender lo que veía. Aquello no podía ser real. No allí, no en el interior de Jalisco, en pleno siglo XXI pensé en ir hasta Guadalajara a buscar ayuda, llamar a la policía, hacer cualquier cosa que no fuese entrar solo en aquel lugar.

 Pero otro grito de la muchacha me hizo percibir que no había tiempo. Sentí la sangre hervir en las venas. La imagen de María, mi fallecida esposa, vino a la mente. Ella siempre decía que Dios me puso en este mundo para proteger a los otros, aunque yo nunca hubiese creído mucho en eso. Tal vez fuese hora de descubrir si ella estaba en lo cierto.

 Sin pensar dos veces, agarré la vieja escopeta que siempre cargaba presa a la silla de montar. Verifiqué si estaba cargada. Respiré hondo y espoleé firme a ventarrón con las espuelas. En segundos avanzamos contra el ejido, levantando una nube de polvo rojizo. El animal relinchaba alto, imponiendo respeto mientras galopábamos en dirección a aquel ritual macabro.

 Los hombres, sorprendidos con la invasión repentina, se volvieron en nuestra dirección. Algunos agarraron sus arcos, otros empuñaron lanzas. Aproveché el elemento sorpresa y la velocidad del caballo para llegar hasta el centro de ejido antes de que pudiesen reaccionar completamente. Ventarrón derrumbó a dos hombres con el peso de su cuerpo, abriendo camino hasta el caldero.

 Me incliné en la silla de montar, estiré el brazo y agarré a la muchacha por las muñecas. Ella estaba empapada. Temblando, con los ojos desorbitados de miedo y sorpresa, con un tirón conseguí sacarla de aquella pesadilla y la coloqué enfrente de la silla entre mis brazos. “Agárrate fuerte!”, grité girando el caballo para salir de allí.

 Los hombres recuperados del susto inicial comenzaron a gritar palabras que yo no entendía. Uno de ellos, que parecía ser el jefe, apuntó en nuestra dirección y dio una orden. En el instante siguiente, flechas comenzaron a zumbar por el aire, segurando a la muchacha con un brazo y las riendas con la otra mano, hice a ventarrón correr como nunca.

 El caballo entendía la urgencia de la situación y respondía con toda su fuerza. Sentí el viento cortando mi rostro mientras las flechas pasaban cerca. Una de ellas pasó tan cerca que arrancó un hilo del ala de mi sombrero. Otra se clavó en el suelo a pocos pasos del caballo. “Agáchate!”, Grité para la muchacha, inclinando mi propio cuerpo para adelante, intentando transformarnos en un blanco menor.

 El corazón latía como un tambor dentro del pecho. El cuerpo de la joven encogido y trémulo estaba pegado al mío. Ella olía a humo, a miedo y a una fragilidad que yo no sentía cerca de mí hacía muchos años. Ventarrón corría como si entendiese que nuestras vidas dependían de eso, levantando polvo y cortando el viento, mientras yo me esforzaba para proteger a la muchacha de cada flecha que venía de atrás.

 Solo después de algunos kilómetros, cuando ya no se oía más los gritos o el sonido de los pies batiendo en el suelo, disminuí el paso. Miré para atrás, certificándome de que no estábamos siendo seguidos. El camino estaba vacío, bañado por la luz anaranjada del fin de tarde. El silencio volvió, quebrado apenas por el sonido de la respiración sofocada de nosotros tres, yo, la muchacha y Ventarrón.

 Fue entonces que ella, aún temblando y llorando, finalmente habló. Mi padrastro, él me dejó allá. Dijo que yo no servía para nada. Las palabras salían entrecortadas, entre soyosos. Me vendió para ellos. Dijo que iban a purificarme. Yo nunca tuve a nadie en la vida. Yo aún soy pura. Y pensé que iba a morir así. La miré a ella por primera vez con calma.

 Era joven, no debía tener más que 20 años. Tenía la piel morena quemada de sol, cabellos negros y mojados pegados al rostro y los ojos más asustados que ya vi. Vestía una ropa sencilla, ahora empapada, una falda de algodón y una blusa ya rasgada. Sus muñecas estaban marcadas por cuerdas con heridas abiertas que precisarían de cuidados. Sentí un nudo en la garganta.

 Una mezcla de rabia y compasión se apoderó de mí. Rabia de un mundo que permite que personas hagan eso con otras personas. Compasión por aquella niña que, como tantos otros en este altiplano sin fin, parecía no haber tenido una oportunidad siquiera en la vida. ¿Cómo te llamas, muchacha?, pregunté intentando mantener la voz firme.

 Ana, Ana Paula, respondió ella, aún temblando. Yo soy Juan Bautista. Tengo una hacienda a algunas leguas de aquí. Voy a llevarte para allá. ¿Estás segura ahora?” Ella no respondió. Apenas apretó con más fuerza mi brazo, como si temies que yo pudiese desaparecer o peor llevarla de vuelta. El sol ya se había puesto completamente y la oscuridad comenzaba a apoderarse del camino.

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