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LA CITROËN QUE ARGENTINA FABRICÓ CON CUERPO DE PLÁSTICO — Y QUE DESAPARECIÓ CON LA CRISIS DEL 82

 La Mejhari no llegó a la Argentina como un capricho francés. Llegó porque el concepto tenía sentido. Citroen ya había demostrado con el 12V y el 13V que un auto no necesitaba parecer poderoso para ser útil. En un país enorme, con distancias largas y caminos variables, esa filosofía tenía una lógica brutal. Menos peso, menos piezas, menos consumo, más suspensión, más tolerancia al maltrato y entonces apareció esta carrocería que parecía desafiar todo lo que se entendía por automóvil.

No era chapa. No era el cuerpo pesado y oxidado de un sedán tradicional. Era plástico reforzado, moldeado en piezas simples, pensado para resistir golpes, barro, humedad y uso cotidiano, sin convertir cada rayón en una tragedia. Eso era lo verdaderamente moderno. No que fuera bonito, no que fuera distinto, que estaba pensado para una vida real.

El detalle que casi siempre se cuenta mal es este. La Meari francesa usaba ABS. ese plástico moldeado que le daba su identidad original. Pero la versión regional, la que circuló por Argentina y Uruguay, tomó otro camino. Acá se usó PRFV, plástico reforzado con fibra de vidrio, más rígido, más reparable, más compatible con la industria disponible en la región.

 No era una copia exacta, era una adaptación. Y esa palabra importa, porque adaptar no es improvisar. Adaptar es mirar qué tecnología existe, qué proveedores hay, qué rutas se van a recorrer, qué talleres van a reparar el vehículo y qué bolsillo va a pagarlo. La mejaria argentina no era simplemente una Citroen europea tropicalizada, era una respuesta local a un problema local.

 La estructura productiva también era más compleja de lo que su forma simple dejaba imaginar. Citro en Argentina estaba ligada al chasis y a la mecánica. La carrocería regional se vinculaba a Uruguay con empresas como DASUR y Nordex dentro del proceso. El resultado era un auto que parecía elemental, pero que en realidad dependía de una pequeña red industrial cruzando el Río de la Plata.

 Y ahí empieza la contradicción. El auto más simple de todos necesitaba que muchas cosas siguieran funcionando al mismo tiempo. En 1971, cuando la Meari apareció oficialmente en el país, Citroen, Argentina todavía tenía una presencia fuerte. El 3CB era parte del paisaje. El AMI8 buscaba un público que quería algo más cómodo.

 Las furgonetas Citroen trabajaban todos los días. La marca del doble Chebrón no era una rareza de museo, era una forma de entender la movilidad popular. La Mejhari entraba en ese universo con una promesa diferente. No era un auto de familia tradicional, no era una camioneta rural pesada, no era un jeep militar, era otra cosa.

 Un vehículo recreativo, utilitario, liviano, casi descapotable por naturaleza, que podía transportar personas, herramientas, bolsas, tablas, cajas, animales pequeños, lo que hiciera falta. No pedía respeto, pedía uso y eso en Argentina tenía valor. En el campo, la carrocería no se oxidaba como una chapa común. En zonas costeras, la arena y la humedad eran menos amenazantes.

 En caminos secundarios, la suspensión heredada de la familia Citroen ayudaba a pasar donde otros autos golpeaban abajo. En la ciudad, su tamaño y simpleza lo hacían económico de mantener. Era un auto que no intentaba representar estatus, representaba una solución. Por eso su desaparición duele más de lo que parece, porque cuando se pierde un vehículo de lujo, se pierde un símbolo.

 Cuando se pierde un vehículo útil se pierde una herramienta. La mejaria argentina usaba la base del 3EB y eso la convertía en algo muy particular. Tenía una mecánica conocida por los talleres, piezas relativamente familiares y un comportamiento que muchos usuarios ya entendían. El pequeño bicilíndrico no prometía velocidad, prometía otra cosa, seguir andando.

 Ese tipo de motor no se gana el respeto en una ficha técnica. Se lo gana en la rutina, en arrancar con frío, en consumir poco, en permitir que un mecánico de pueblo entienda que está viendo, en no convertir cada falla en una sentencia de muerte. La industria automotriz argentina de esos años todavía tenía esa tensión.

 Por un lado, quería modernidad. Por otro, necesitaba sobrevivencia. Había autos más elegantes, más potentes, más aspiracionales, pero pocos tenían una idea tan clara de uso como la Meari. La imagen era casi absurda, una carrocería liviana de color vivo, montada sobre una mecánica humilde, recorriendo un país que muchas veces castigaba más a los autos pretenciosos que a los simples.

 Y sin embargo, esa simpleza no la salvó. Durante los años 70, Argentina entró en una zona económica cada vez más inestable. La industria automotriz no sufría solamente por falta de compradores, sufría por cambios de reglas, apertura importadora, dificultades con autopartes, caída de demanda, inflación, decisiones externas de las casas matrices y un mercado que se volvía impredecible.

 En ese ambiente, los autos raros son los primeros en quedar expuestos. Un modelo de gran volumen puede resistir más tiempo porque reparte costos. Un utilitario masivo puede justificar proveedores. Un sedán central en la gama puede sostener publicidad, repuestos y producción. Pero un vehículo como la Meari necesitaba otra cosa. Continuidad.

 Continuidad de proveedores, continuidad de materiales, continuidad de demanda, continuidad de una red comercial capaz de explicarle al cliente por qué ese auto sin forma tradicional tenía sentido. Cuando esa continuidad se rompe, el auto no muere de golpe, empieza a quedarse sin aire. Primero se encarecen los componentes, después los proveedores se vuelven inciertos, después la fábrica reduce planes.

 Después el concesionario deja de empujar el modelo, después el comprador se asusta. Después el vehículo sigue existiendo en la calle pero ya no existe como futuro. Eso pasó con la Meari. No fue destruida porque no funcionara. Fue destruida porque el mundo que la hacía posible empezó a desaparecer. Y aquí está la parte que casi nadie mira.

 El problema no era solo Citroen, era el ecosistema completo. A fines de los 70 y comienzos de los 80, Argentina vio la salida o reestructuración de varias automotrices. General Motors se retiró. Chrysler fue absorbida en otra lógica regional. Citroen también terminó abandonando su operación local. Fiat y Peyot entraron en una reorganización que cambiaría el mapa de la industria.

 Para 1982, el sector ya no era el mismo. Un país que había construido capacidades industriales durante décadas estaba entrando en una etapa donde sobrevivir era más urgente que inventar. Y cuando una industria deja de inventar, los primeros cadáveres no siempre son los peores productos, muchas veces son los más originales.

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