Gabriela Cerruti interviews Bukele on TV, without imagining what he would reveal
Gabriela Cerruti lanzó la pregunta más dura en vivo y al principio todo salió como ella lo había planeado porque el estudio explotó en aplausos, pero apenas 10 segundos después ese ruido se transformó en un silencio helado de esos que se sienten en la piel, ya que la respuesta de Nayib Bukele fue una verdad incómoda que nadie esperaba escuchar.
Con las cámaras encendidas, Canal 13 de Argentina transmitiendo en Primetime el programa duro de domar al aire y millones de espectadores mirando atentos. Mientras Cerruti, periodista y exportavoz presidencial, estaba sentada frente al presidente del Salvador con ese brillo especial en los ojos que aparece cuando alguien cree tener la pregunta perfecta, la pregunta destinada a destruir a su oponente y a consagrarla como heroína de la izquierda latinoamericana en contraste con Bukele, sentado con su postura habitual,
relajado, casi aburrido, camisa oscura sin corbata y una expresión que parecía decir esto ya lo escuché mil veces mientras Tras el panel mostraba un claro desequilibrio. Tres periodistas argentinos alineados con Cerruti, un economista salvadoreño defendiendo a Bukele y un público de unas 150 personas visiblemente inclinado hacia la izquierda, convirtiendo el estudio en territorio hostil, algo que Cerruti sabía perfectamente.
Por eso comenzó con una voz cargada de esa indignación moral que el periodismo argentino había perfeccionado durante décadas de peronismo, acusándolo de haber encarcelado a más de 70,000 personas, sin juicio ni debido proceso, de construir una megacárcel, donde, según ella, los presos eran acinados como animales, de suspender derechos constitucionales y silenciar a la prensa crítica, lo que provocó nuevos aplausos.
Aplausos que ella disfrutó, tanto que levantó la mano para calmarlos mientras sonreía, antes de rematar, inclinándose hacia delante y señalando a Bukele con el dedo índice para lanzar su pregunta final, simple y demoledora en apariencia. ¿Cómo podía llamarse demócrata cuando era de facto un dictador? Momento en el que el estudio volvió a estallar con aplausos, silvidos, panelistas asintiendo y público de pie, mientras Cerruti se recostaba con gesto de victoria.
anticipada, convencida de que Bukele no tendría salida. Pero entonces ocurrió lo inesperado, porque Bukele no se movió, no parpadeó, no cambió su expresión, solo la miró como si estuviera evaluando algo que ella aún no veía. Y cuando el ruido finalmente se apagó, habló con una voz tranquila, casi suave, aunque cada palabra cortaba como visturí, diciendo, “Gabriela, antes de responder tu pregunta, necesito hacerte una.
lo que la descolocó, ya que no era el guion previsto y enseguida formuló su pregunta aparentemente absurda, pero cargada de intención. Hace 3 meses, cuando saliste de tu departamento en Palermo a las 10 de la noche para comprar vino en la tienda de la esquina, llevabas tu teléfono en la mano o en el bolso, provocando un silencio absoluto en el estudio y una cerruti visiblemente pálida, que preguntó qué tenía eso que ver, a lo que Bukele respondió con calma que contestara, insistiendo en el detalle, teléfono en la mano o en el
bolso. hasta que ella, confundida e incómoda, respondió y entonces llegó el por qué, repetido una y otra vez hasta que tuvo que admitir la razón real, porque Buenos Aires no es seguro de noche, lo que llevó a Bukele a sentir lentamente y remarcar el punto, porque incluso ella, una mujer con recursos, conexiones políticas y viviendo en uno de los barrios más seguros de la ciudad, no podía caminar dos cuadras a las 10 de la noche sin tener el teléfono listo para pedir ayuda.
fingir una llamada o protegerse de alguna forma, inclinándose hacia adelante mientras la audiencia quedaba hipnotizada. Y entonces, usando ese silencio a su favor, explicó que hace apenas 3 años El Salvador tenía la tasa de homicidios más alta del mundo con 103 asesinatos por cada 100,000 habitantes que las pandillas MS13 y barrio 18 controlaban el 80% del territorio.
Extorsionaban a todos los negocios. Reclutaban niños por la fuerza, violaban mujeres con impunidad y asesinaban a quien se resistiera, haciendo una pausa pesada, porque nadie en el estudio se movía mientras continuaba relatando que las madres no podían enviar a sus hijos a la escuela por miedo a que los reclutaran o mataran, que los comerciantes no podían abrir sus tiendas sin pagar extorsión o ser quemados con todo adentro, que las mujeres no podían salir de noche sin riesgo de ser violadas y si sobrevivían obligadas a ser novias de pandilleros
bajo amenaza de matar a sus familias, justo cuando Cerruti intentó interrumpir, pero el peso de la escena ya había cambiado por completo. Presidente, nadie está negando que existieran problemas de seguridad”, intentó decirse Ruti, pero no había terminado la frase cuando Bukele la interrumpió, no elevando la voz, sino bajándola aún más, con una calma cargada de autoridad que la hizo callar de inmediato, porque cuando alguien habla así es porque sabe exactamente a dónde va.
Y entonces explicó que en 2022 las pandillas acabaron a 87 personas en un solo fin de semana. 87. No por error ni por caos, sino como un mensaje frío y calculado, una demostración de poder y la razón de que pudieran hacerlo, dijo, era simple y brutal, porque durante 30 años gobiernos que se autodenominaban democráticos negociaron con ellos, les otorgaron privilegios en las cárceles, les permitieron seguir operando mientras fingían combatirlos ante las cámaras.
Por eso continuó recostándose ligeramente en su silla, declaró el estado de excepción y ordenó arrestar a todos los pandilleros sin negociación y sin privilegios, y sí, sin el debido proceso del que ella hablaba. ¿Y sabes qué pasó? silencio absoluto, porque el resultado fue que el año pasado El Salvador registró la tasa de homicidios más baja de todo el continente americano, más baja que Canadá, más baja que Estados Unidos y más baja que Argentina, apenas 2,4 homicidios por cada 100,000 habitantes, lo que permitió

algo que antes era impensable, que las madres volvieran a enviar a sus hijos a la escuela sin miedo, que los comerciantes abrieran sin pagar extorsión. y que las mujeres caminaran de noche sin sentir terror, inclinándose de nuevo hacia adelante y mirando directamente a Serruti para clavar la pregunta final como una estaca lógica imposible de esquivar.
Así que dime, Gabriela, si tuvieras que elegir entre el debido proceso para pandilleros que violan, extorsionan y asesinan, o la posibilidad de caminar dos cuadras de noche sin miedo en tu propio barrio, ¿qué elegirías? sin que nadie en el estudio supiera aún que esa pregunta iba a destrozar por completo el argumento de Serruti en menos de un minuto, porque ella abrió la boca para responder y no salió ningún sonido mientras los panelistas se miraban incómodos y el público que antes aplaudía con fervor quedó en silencio hasta que Carlos
Martínez, un veterano periodista de página/12, intentó rescatar la situación acusándolo de plantear una falsa dicotomía y diciendo que no había que elegir entre seguridad y derechos humanos que se podían tener ambos, a lo que Bukele respondió girándose con una lentitud deliberada y casi pedagógica. Entonces, explícame cómo.
Y empezó a encadenar preguntas que nadie pudo responder, explicando por qué Argentina, con todas sus garantías constitucionales y su respeto formal al debido proceso, tiene una tasa de homicidios cuatro veces más alta que El Salvador. ¿Por qué Buenos Aires registra en un mes más robos que San Salvador en todo un año? Y por qué las villas miserias están controladas por narcotraficantes que operan con impunidad mientras la policía no se atreve a entrar, interrumpiendo a Martínez antes de que pudiera refugiarse en el argumento de la pobreza para
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recordarle que El Salvador es más pobre que Argentina con un PIB per cápita inferior a un tercio del suyo, dejando claro que no es un problema de recursos, sino de voluntad política, de decidir si se priorizan los derechos de los criminales. o los derechos de las víctimas. Justo cuando el conductor Roberto García intervino, consciente de que era momento de ir a comerciales, pero incapaz de cortar una tensión que estaba incendiando las redes sociales en tiempo real, preguntándole por las imágenes de la megacárcel salvadoreña
qué organizaciones de derechos humanos habían calificado como tortura, a lo que Bukele asintió y explicó que esas imágenes existen porque los hombres tatuados que se ven allí no son ladrones menores ni carteristas, sino asesinos. violadores y extorsionadores, y que los tatuajes que cubren sus cuerpos no son decoración, sino símbolos de cuántas personas mataron, cuántas mujeres violaron y cuántos barrios sometieron al terror, deteniéndose unos segundos para dejar que el peso de esas palabras cayera antes de señalar que esas mismas
organizaciones nunca visitaron los barrios dominados por pandillas cuando estaban en su apogeo. Nunca documentaron a las niñas de 12 años obligadas a ser novias de pandilleros. Nunca fotografiaron los cuerpos descuartizados que aparecían cada mañana en las calles, ni entrevistaron a las madres que enterraron a sus hijos por negarse a unirse a una pandilla.
Y por primera vez su voz se elevó ligeramente, dejando filtrar una emoción contenida que terminó de sellar el cambio total del clima en el estudio. Pero ahora que esos criminales están tras las rejas, continuó Bukele sin perder la calma, de repente aparece la preocupación, de repente surge la indignación y de pronto los derechos humanos importan.
Y entonces lanzó la pregunta que nadie quiso responder. Y las víctimas, ¿dónde estaban esas organizaciones cuando el pueblo salvadoreño vivía en el infierno? momento en el que Gabriela Cerruti recuperó la voz para insistir en el estado de derecho, pero Bukele la interrumpió con un tono ahora más afilado, casi cortante, aclarando que el estado de derecho solo existe cuando el Estado tiene el poder real de hacer cumplir la ley, porque durante 30 años El Salvador no tuvo estado de derecho, sino estado de pandillas. Ellas imponían
las reglas, decidían quién vivía y quién moría, mientras los gobiernos democráticos que lo precedieron fingían que podían negociar con criminales, razonar con ellos o rehabilitarlos, inclinándose entonces hacia adelante y mirando directo a la cámara para marcar el punto central, explicando que ese experimento se intentó durante décadas y cada año todo empeoró.
Por eso tomó una decisión consciente y deliberada. preferir que lo llamaran dictador y tener a su gente viva antes que ser llamado demócrata y seguir enterrando 50 cuerpos por día, lo que dejó un silencio ensordecedor en el estudio con Cerruti pálida, los panelistas mirando sus notas y un público paralizado, sin saber si aplaudir o callar, aunque Bukele aún no había terminado, porque volvió a dirigirse a Gabriela con ese tono suave pero letal para recordarle que cuando caminó esas dos cuadras con el teléfono en la mano no estaba siendo precavida,
sino adaptándose al crimen, aceptando que la inseguridad era normal y modificando su conducta para acomodar a los criminales, haciendo una pausa para que esa idea se asentara antes de explicar que él se negó a permitir que su pueblo hiciera lo mismo. Se negó a que las madres aceptaran que sus hijos serían reclutados, a que los comerciantes normalizaran pagar extorsión y a que las mujeres asumieran que no podían salir de noche.
Por eso suspendió ciertas garantías constitucionales de forma temporal y exclusivamente para pandilleros, no para ciudadanos comunes. Y afirmó, sin titubear, que lo volvería a hacer porque el primer derecho humano, el más básico y fundamental, es el derecho a la vida. un derecho que estaba siendo violado 100 veces al día en su país, justo cuando nadie en el estudio sabía que estaba a punto de revelar el dato que cambiaría toda la conversación, ya que Carlos Martínez lanzó un último ataque preguntando a qué costo se habían
logrado esos resultados y cuántos inocentes habían sido arrestados, afirmando que era estadísticamente imposible que 70,000 detenidos fueran todos pandilleros, a lo que Bukele respondió mirándolo con algo parecido ido a la lástima y admitiendo que tenía razón, que hubo errores, aproximadamente un 1,2% de los arrestados, unas 840 personas, lo que animó a Carlos hasta que Bukele lo interrumpió para aclarar que todas esas personas fueron liberadas con disculpas del estado y compensación, apenas se comprobó que no tenían vínculos con
pandillas, explicando que el sistema de revisión procesó cada caso. y que una tasa de error del 1,2% frente a un 98,8% de aciertos era una realidad verificable, recostándose entonces para lanzar la pregunta incómoda. ¿Cuál es la tasa de criminalidad no resuelta en Argentina? ¿Cuántos crímenes quedan sin castigo? ¿Cuántos asesinos caminan libres porque el sistema judicial no funciona? ¿Y cuántos inocentes mueren cada año porque el Estado no los protege? Dejando a Carlos sin respuesta, antes de revelar el dato demoledor, que
el 92% de los crímenes en Argentina quedan impunes, lo que significa que si alguien es robado, violado o golpeado, hay un 92% de probabilidad de que el criminal nunca enfrente justicia, contrastando eso con un error del 1,2% que fue corregido, momento en el que el economista salvadoreño Miguel Rodríguez intervino para señalar que no existe este sistema perfecto, pero que cuando se comparan resultados, vidas salvadas frente a errores corregidos, la ecuación es clara, recordando que hace 3 años El Salvador enterraba 50 personas por día y
hoy menos de una por semana, lo que llevó a Gabriela Cerruti a recomponerse y afirmar que no se puede gobernar solo con números, que la democracia no es solo resultados, sino procesos, instituciones y contrapesos. Ante lo cual, Bukele la miró con una expresión que podía interpretarse como respeto o como compasión, dejando flotando en el aire una pregunta que nadie en ese estudio supo cómo responder.
“Gabriela, te voy a contar una historia”, dijo Bukele con un tono que bajó automáticamente la temperatura del estudio, porque cuando alguien anuncia una historia así es que está a punto de cambiar el eje de todo. Y entonces relató que hace 2 años una mujer lo detuvo en la calle en San Salvador. Se llamaba María.
Tenía tres hijos y su marido había sido asesinado 5 años antes por pandilleros por negarse a pagar la extorsión de su pequeña tienda de abarrotes. Y mientras lo decía, su voz se suavizó por completo, como si ya no le hablara a un panel, sino a millones de personas que entendían ese dolor, explicando que María lo tomó del brazo y le dijo algo que nunca olvidaría.
Presidente, no me importa si usted es un dictador o un demócrata. No entiendo de constituciones ni de derechos humanos. Solo sé que ahora puedo enviar a mis hijos a la escuela sin miedo. Solo sé que puedo abrir mi tienda sin que me exijan dinero. Solo sé que puedo dormir de noche. Gracias. y se detuvo unos segundos dejando que ese silencio pesado llenara el estudio, porque no había réplica posible a una verdad así, aclarando entonces que esa es la gente para la que gobierna, no para organizaciones internacionales que jamás
pisaron los barrios controlados por pandillas, no para periodistas que viven en zonas seguras y nunca enterraron a un hijo asesinado, sino para María, para sus tres hijos y para millones de salvadoreños que Solo querían vivir sin miedo. Pero cuando parecía que ese era el punto final, Bukele hizo algo que nadie en la sala ni en casa vio venir, porque sacó su teléfono y preguntó con absoluta calma, “Gabriela, ¿puedo mostrarte algo?” a lo que ella asintió visiblemente confundida y entonces deslizó el dedo por la pantalla y mostró
al panel un gráfico que las cámaras enfocaron de inmediato, un gráfico de aprobación presidencial explicando que ese era su índice de aprobación en El Salvador, 92%, el más alto de todo el hemisferio occidental, aclarando que no era propaganda, sino la última encuesta de una organización internacional independiente para luego deslizar de nuevo y mostrar otro dato.
La aprobación del presidente de Argentina, 38% provocando un silencio mortal en el estudio. Y entonces, con una voz suave pero implacable, reconstruyó el argumento de Cerruti desde la lógica más incómoda posible, señalando que ella vive en un país donde más del 70% del pueblo está en desacuerdo con su gobierno, donde la inseguridad es constante, la economía se deteriora y la inflación destruye los ahorros mes a mes.
Y aún así, ese presidente fue elegido democráticamente, respeta todas las instituciones y cumple cada proceso constitucional, haciendo una pausa precisa antes de contrastarlo con su propio caso. Gobernar un país donde el 92% del pueblo apoya lo que hace, donde la criminalidad cayó un 95%, donde la economía crece, la inversión extranjera se multiplicó por cinco y las mujeres pueden caminar de noche inclinándose entonces hacia delante y mirándola fijamente para lanzar la pregunta final.

Y aún así, tú me llamas dictador, así que dime, ¿quién está realmente representando la voluntad del pueblo? el presidente con 38% de aprobación que cumple todos los procesos o el presidente con 92% que sacó a su país del infierno, dejando a Gabriela Cerruti completamente sin respuesta, abriendo y cerrando la boca mientras buscaba apoyo en los otros panelistas que evitaban su mirada, hasta que el conductor Roberto García intentó intervenir diciendo que tal vez tenían definiciones distintas de democracia, a lo que Bukele respondió con suavidad,
pero con una firmeza absoluta. aclarando que no tenían definiciones distintas, sino prioridades distintas, que unos priorizan el proceso y él prioriza el resultado, que unos priorizan las instituciones y él prioriza a las personas y que el pueblo salvadoreño ya había decidido qué prefería, poniéndose de pie para dejar claro que la conversación había terminado, rematando con una frase que selló el momento.
Gabriela, cuando puedas caminar dos cuadras en tu barrio a las 10 de la noche con el teléfono en el bolso, sin miedo, sin fingir una llamada y sin mirar sobre tu hombro cada 5 segundos, entonces ven a hablarme de dictadura. Hasta entonces, yo seguiré haciendo lo que mi pueblo me pidió, protegerlos, provocando que el estudio explotara, pero esta vez no con aplausos unánimes, sino con una mitad aplaudiendo a Bukele y la otra quedando en silencio absoluto, mientras Gabriela Cerruti se hundía en su silla sin palabras. Y tres días
después, ese intercambio superaba los 50 millones de visualizaciones en redes sociales, convirtiendo Bukele destroza a periodista argentina en tendencia mundial. celebrado por los salvadoreños, condenado por sus críticos, pero dejando una verdad incómoda imposible de borrar. Y desde entonces, Gabriela Cerruti nunca volvió a usar el argumento de la dictadura contra él. M.