Posted in

¿Era realmente tan mala la vida en la Gran Bretaña victoriana? | La vida en la época victoriana¿Era realmente tan mala la vida en la Gran Bretaña victoriana? | La vida en la época victoriana

 Un olor compuesto que los visitantes de la época describían como una mezcla de carbón quemado, cuero en curtiembre, estiercol de caballo y algo más difícil de identificar que venía del río, donde las fábricas vertían sus residuos directamente en el agua que miles de personas bebían aguas abajo. Manchester tenía en ese momento alrededor de 300.

000 habitantes concentrados en una superficie diseñada originalmente para una décima parte de esa cifra. Las calles del centro eran estrechas y permanentemente cubiertas de una capa de barro oscuro que combinaba tierra, estiércol y agua de lluvia sucia. Las aceras cuando existían eran irregulares. La niebla cargada de partículas de carbono era tan densa en ciertos días de invierno que los faroles de gas permanecían encendidos a mediodía.

 Esta no era poesía romántica, era la atmósfera química real de la primera gran ciudad industrial del mundo. Tu vivienda, si eres obrero recién llegado, es lo que se conocía como un back to back. Dos habitaciones una sobre la otra, adosadas por la parte trasera a otra vivienda idéntica, sin ventilación cruzada, sin luz natural en las paredes interiores, sin agua corriente y sin sistema de eliminación de aguas residuales, que no fuera un pozo ciego compartido con otras 12 o 15 familias en el mismo patio.

En esas dos habitaciones, de aproximadamente 4 met por cu cada una, vivía una familia promedio de cinco a siete personas. El dormitorio superior era el espacio donde todos dormían, en camas que muchas familias compartían por turnos, porque los trabajadores de distintos turnos de fábrica nunca coincidían despiertos en el mismo espacio.

Esto no era percibido como algo extraordinariamente digo, era sencillamente la vida y quien no la había conocido de otra manera, no tenía términos de comparación disponibles. La cocina era el corazón de la vivienda obrera victoriana y entenderla correctamente cambia mucho la imagen que solemos tener de esa época.

 No era un lugar de abundancia, pero tampoco era un lugar completamente vacío de dignidad o de habilidad humana. La mujer obrera victoriana, que además de criar hijos, trabajaba frecuentemente en la industria textil o en el servicio doméstico, administraba una economía doméstica de precisión extraordinaria.

 El pan era el alimento central, denso, oscuro, a menudo elaborado con harina de baja calidad que incluía adulterantes como yeso o polvo de hueso. Práctica que era perfectamente legal hasta que las leyes de adulteración alimentaria comenzaron a regularse en la segunda mitad del siglo. la grasa de cerdo, los huesos servidos para extraer cada resto de médula, las papas, las cebollas y ocasionalmente un trozo pequeño de carne barata componían la dieta semanal.

 El té, curiosamente, era ya en los años 1850 una bebida universal en todas las clases sociales británicas, incluso en las más pobres, y su papel iba más allá de la nutrición. Hervir el agua para prepararlo era, sin que nadie lo supiera científicamente todavía, lo que impedía muchas de las enfermedades que el agua sin tratar transmitía.

El trabajo en una fábrica textil del periodo 1830 a 1860 era una experiencia que transformaba el cuerpo con una velocidad brutal. Los telares mecánicos operaban en espacios donde el algodón en suspensión creaba una niebla blanca que los pulmones absorbían hora tras hora, año tras año, produciendo la enfermedad que se conocía coloquialmente como pulmón de algodón y que la medicina moderna reconoce como bisinosis.

Las jornadas, antes de las primeras leyes de protección laboral de los años 1840 podían extenderse hasta 16 horas en temporadas de alta producción. Los niños, a partir de los 6 o 7 años, realizaban tareas específicas que los adultos no podían ejecutar físicamente. Deslizarse bajo las máquinas en movimiento para recoger hilo caído o lubricar piezas en espacios de apenas 40 cm de altura.

 No era crueldad abstracta por parte de los padres que enviaban a sus hijos a esas fábricas. Era la aritmética de la supervivencia. Sin el salario del niño, la familia no llegaba al final de la semana, lo que resulta profundamente revelador de la era victoriana y lo que la distingue de casi todas las épocas anteriores de sufrimiento humano documentado, es que generó simultáneamente el problema y la conciencia de que era un problema.

 En ningún periodo anterior de la historia humana había existido una producción tan masiva y tan pública de investigación social sobre las condiciones de vida de los pobres. Los informes parlamentarios de los años 1830 y 1840 que documentaban las condiciones en minas, fábricas y barrios obreros eran documentos que cualquier ciudadano con capacidad de leer podía consultar y contenían testimonios directos de trabajadores, incluidos niños, describiendo sus propias experiencias con una precisión que la literatura de ficción raramente igualaba. La pregunta

que deberías hacerte es esta. ¿Cuántas sociedades anteriores habrían siquiera pensado en preguntarle a un niño de 8 años que trabajaba en una mina cómo se sentía al respecto? Pero la imagen de la Gran Bretaña victoriana como un infierno continuo y sin matices requiere una corrección que los datos históricos exigen.

 La esperanza de vida promedio, al nacer en Inglaterra hacia 1840, era de aproximadamente 40 años. Una cifra que aparece con frecuencia y que genera horror instantáneo en cualquier oyente moderno. Lo que esa cifra no revela directamente es que estaba devastada por una mortalidad infantil extraordinariamente alta. Alrededor de uno de cada cinco niños nacidos en zonas urbanas moría antes de cumplir 5 años.

 La mayoría por enfermedades infecciosas relacionadas con el agua. contaminada y la ausencia de saneamiento. Un trabajador que llegaba a los 20 años con buena salud tenía perspectivas de vida razonablemente comparables, aunque no iguales a las de sus equivalentes en periodos históricos anteriores. El problema victoriano no era que la vida adulta fuera especialmente más corta que en el pasado, era que la concentración urbana había creado máquinas de mortandad infantil de una eficiencia que el mundo rural nunca había conocido. La

ciudad que lo cambió todo paradójicamente no fue Manchester, sino Londres. y la London de mediados del siglo XIX era un organismo tan complejo, tan estratificado y tan lleno de contradicciones simultáneas que resulta casi imposible describirla con una sola imagen. La ciudad tenía en 1850 alrededor de 2,illones y medio de habitantes, convirtiéndola en la mayor ciudad del mundo occidental.

 Sus barrios del este como White Chapel o Bednal Green concentraban densidades de población que superaban cualquier estándar de habitabilidad imaginable. En ciertos bloques de Listen, más de 100 personas compartían instalaciones sanitarias diseñadas para 10. Sus barrios del oeste, como Mayir o Belgravia contenían mansiones de cinco o seis plantas con personal doméstico de 20 o 30 empleados.

Vajillas de plata, bibliotecas privadas y jardines perfectamente mantenidos. Estas dos realidades no estaban separadas por días de viaje, estaban separadas por 40 minutos caminando. La clase media victoriana, que es quizás el grupo social más específicamente victoriano de todos, vivía en un estado de ansiedad constante sobre su propia posición.

Read More