PARTE 1
El sol de Madrid entraba por la ventana del salón con una timidez casi insultante.
Eran las ocho y media de la mañana y el silencio en el piso de Chamberí se veía interrumpido únicamente por el zumbido del ventilador del portátil.
Elena suspiró frente a la pantalla apagada.
Se miró en el reflejo negro del monitor y se vio a sí misma como un cuadro inacabado de Velázquez, pero en versión low-cost.
Tenía el pelo recogido en un moño que ella llamaba «estilo desenfadado» pero que su madre llamaría «nido de cigüeña».
Se ajustó el cuello de la camisa de lino blanco, una prenda impecable, de marca, comprada en las rebajas del Barrio de Salamanca.
Era su armadura profesional.
Era lo único que el cliente vería a través de la pequeña lente de la cámara.
Sin embargo, bajo la mesa de comedor de roble, la realidad era radicalmente distinta.
Elena estiró las piernas y sintió el roce reconfortante de la franela.
Llevaba unos pantalones de pijama con un estampado de pingüinos diminutos que sostenían tazas de chocolate.
Unos pantalones que habían visto tiempos mejores, con una rodillera ligeramente desgastada y una goma que ya no apretaba, sino que abrazaba.
En los pies, unas zapatillas de borreguillo que hacían un ruido sordo, un «chof-chof» rítmico contra el parqué cada vez que movía los tobillos.
—La magia del encuadre —susurró para sí misma.
Abrió el correo electrónico.
Treinta y cuatro mensajes nuevos desde las nueve de la noche anterior.
La dictadura del “asunto: urgente” comenzaba a desplegar sus alas.
De repente, el sonido que más temía en el mundo rompió su burbuja de concentración.
No fue una notificación de Slack.
No fue el tono estridente de una llamada de Teams.
Fue el sonido metálico y seco de una llave girando en la cerradura de la puerta principal.
Elena se quedó petrificada, con el dedo índice suspendido sobre el ratón.
Solo había tres personas en el mundo con llave de esa casa.
Su marido, que estaba en ese momento en un AVE camino de Valencia.
El casero, que era un señor de Cuenca que no aparecía si no se caía el techo.
Y ella.
Doña Paquita.
La puerta se abrió con una parsimonia que Elena solo podía describir como «amenazante».
—¡Elena! ¿Estás ahí, hija? —la voz de su suegra retumbó en el pasillo como una campana de catedral.
Elena cerró los ojos un segundo, pidiendo paciencia a unos dioses en los que no creía.
—¡En el salón, Paquita! ¡Estoy trabajando!
Escuchó el tintineo de las llaves al posarse sobre el mueble de la entrada.
Escuchó el arrastrar de un carrito de la compra, ese modelo clásico de cuadros escoceses que parece tener vida propia.
Paquita apareció en el umbral del salón, resplandeciente en su traje de chaqueta azul marino.
Iba peinada de peluquería, con ese volumen de laca que desafía las leyes de la gravedad y de la física cuántica.
Parecía que iba a dar un discurso en la ONU, cuando en realidad solo venía de comprar cuarto y mitad de chopped en la charcutería de la esquina.
Paquita se detuvo en seco.
Sus ojos, entrenados durante décadas para detectar una mota de polvo a tres kilómetros de distancia, escanearon la habitación.
Se detuvieron en Elena.
Primero, en la camisa blanca.
Hubo un breve asentimiento de aprobación.
Luego, la mirada de Paquita descendió.
Fue como ver un documental de naturaleza donde el depredador localiza a su presa bajo la maleza.
La vista de la suegra atravesó el espacio libre bajo la mesa de comedor.
Se fijó en los pingüinos.
Se detuvo en el borreguillo de las zapatillas.
Elena sintió que su dignidad profesional se evaporaba más rápido que el vaho de un café caliente.
—Buenos días, Paquita —dijo Elena, intentando mantener un tono de voz ejecutivo.
Paquita no respondió de inmediato.
Se llevó una mano al pecho, donde colgaba su cadena de oro con la medalla de la Virgen.
—Virgen de la Fuencisla, Elena —exclamó con un susurro dramático—. ¿Pero qué ven mis ojos?
—Es lunes por la mañana, Paquita, es lo que ven tus ojos.
La suegra avanzó dos pasos, dejando el carrito a buen recaudo junto al sofá de terciopelo.
Se acercó a la mesa de trabajo como quien se acerca a la escena de un crimen.
—¿Estás trabajando en pijama? —preguntó Paquita, con una mezcla de horror y fascinación.
—No estoy en pijama del todo —replicó Elena, señalando su camisa—. Arriba voy perfectamente vestida para la reunión de las diez.
—Elena, por el amor de Dios, que parece que te han rescatado de un naufragio de cintura para abajo.
—Se llama teletrabajo, Paquita. Es una tendencia global. La eficiencia no reside en los pantalones de pinzas.
Paquita soltó una carcajada seca, una de esas que nacen en el diafragma y terminan en una crítica demoledora.
—Así no te pueden tomar en serio en tu empresa —sentenció la mujer, cruzándose de brazos.
—Nadie me ve las piernas, Paquita. La cámara corta a la altura del esternón.
—Eso es lo que tú te crees, hija mía. Pero el espíritu… el espíritu se nota.
Elena suspiró y giró su silla, enfrentándose cara a cara con la autoridad moral de la familia.
—¿El espíritu de qué?
—El espíritu de la desidia. Tú te crees que engañas a la pantalla, pero tu cerebro sabe que llevas pingüinos.
—Mis pingüinos son muy cómodos y me ayudan a pensar mejor que si tuviera una faja apretándome el alma.
Paquita se acercó más, invadiendo el espacio personal de la trabajadora digital.
Tocó la tela del pantalón de pijama con la punta de los dedos, como si fuera a contagiarse de algo.
—Si tu jefe entrara ahora mismo por esa puerta, ¿qué haría? —preguntó Paquita con tono inquisitorial.
—Mi jefe está en su casa, probablemente en calzoncillos y con una camiseta promocional de una carrera popular de 2012.
—¡Qué barbaridad! ¡Qué falta de decoro! En mis tiempos, tu suegro, que en paz descanse, se ponía la corbata hasta para hablar por el fijo con el director del banco.
—Eran otros tiempos, Paquita. Ahora el mundo es más pragmático.
—Pragmático dice la niña. Tú lo que eres es una desdejada.
La palabra «desdejada» flotó en el aire, pesada y cargada de ese juicio sumarísimo tan propio de las madres de otra época.
—No soy una desdejada —protestó Elena—. He facturado más este mes que en todo el año pasado.
—Da igual lo que factures si vas por la vida con los pies como si fueran dos ovejas muertas.
Paquita señaló las zapatillas de borreguillo con un gesto de desprecio infinito.
—¿Sabes qué pasa con la gente que no se viste por las mañanas? —continuó la suegra, bajando el tono como si fuera a revelar un secreto de estado.
—¿Qué pasa, Paquita? Ilumíname.
—Que se le ablanda el carácter. Se le ablanda la disciplina. Empiezas no poniéndote las medias y terminas comiendo directamente de la olla y sin usar servilleta.
Elena se echó a reír, pero Paquita no se inmutó.
La suegra empezó a rodear la mesa, observando los cables del cargador, la taza de café a medio terminar y la agenda llena de tachones.
—Esto no es una oficina, Elena. Esto es un campamento de refugiados de la comodidad.
—Es mi casa, Paquita. Y es mi horario laboral.
—Tu casa es un templo, y el trabajo es una bendición que hay que honrar con un pantalón como Dios manda.
—¿Tú crees que a Dios le importan mis pantalones mientras yo entregue el informe de marketing a tiempo?
—A Dios no lo sé, pero a la vecina del quinto, que te ha visto ayer bajar la basura en chándal, te aseguro que sí.
Elena se frotó las sienes. La tensión empezaba a escalar.
Cada vez que Paquita entraba en el piso, el aire parecía espesarse, cargado de una nostalgia por una rectitud que Elena encontraba asfixiante.
—Mira, Paquita —dijo Elena intentando recuperar el control—. Arriba llevo camisa para la cámara, abajo voy cómoda. Es la magia del teletrabajo. Es el equilibrio perfecto.
—Es un engaño, Elena. Es un trampantojo de esos modernos que hacen los cocineros de la tele. Mucha espuma por encima y luego no hay nada debajo que echarse a la boca.
—Me gusta mi “espuma”, gracias.
—Si no te respetas tú a ti misma vistiéndote como una mujer de provecho, ¿cómo esperas que te respeten esos señores del ordenador?
—Me respetan porque soy buena en lo mío.
—Te respetan porque no te han visto los pingüinos. El día que se te caiga el bolígrafo y te agaches para recogerlo, ese día se acaba tu carrera profesional.
Elena miró al suelo. Un bolígrafo bic rodaba cerca de su pie derecho.
Fue un momento de tensión pura.
Paquita miró el bolígrafo.
Luego miró a Elena.
Luego volvió a mirar el bolígrafo, como esperando que la ley de la gravedad confirmara su profecía.
—No se me va a caer nada —dijo Elena, recogiendo el bolígrafo con los dedos de los pies con una destreza sorprendente.
Paquita se santiguó.
—¡Encima tienes habilidades de mono de feria! ¡Lo que me faltaba por ver!
—Es eficiencia motriz, Paquita. No gasto energía en agacharme.
—Hija, de verdad, yo no sé qué le habéis hecho al mundo.
—Lo hemos hecho más habitable, menos rígido.
—Lo habéis hecho más feo. La elegancia era lo único que nos separaba de las bestias.
—Pues yo soy una bestia muy productiva.
Paquita resopló y se dirigió hacia la cocina con el paso firme de quien va a tomar posesión de un territorio conquistado.
—Voy a hacerte un café de verdad —anunció—. Porque esa agua sucia que tienes en la taza es otra muestra de tu decadencia moral.
—¡El café está bien, Paquita! ¡No toques nada!
—¡Calla y trabaja, pingüina! ¡A ver si por lo menos te sale bien el informe ese!
Elena se quedó sola en el salón, escuchando el traqueteo de las tazas en la cocina.
Sabía que la batalla no había hecho más que empezar.
Miró su pantalla. Una notificación apareció en la esquina superior derecha.
“Reunión con el Director General: 5 minutos”.
Elena se recolocó la camisa.
Se aseguró de que los pingüinos estuvieran bien escondidos bajo la madera.
La guerra entre la modernidad y la tradición se libraba en su salón, y ella solo tenía un arma: su conexión a internet.
PARTE 2
El sonido de la cafetera italiana empezaba a subir, ese gorgoteo rítmico que en casa de Paquita equivalía a la llamada a rebato.
Elena intentaba concentrarse en el guion de su presentación, pero el aroma a café torrefacto —ese que Paquita compraba en el despacho de pan de toda la vida porque «el de cápsulas sabe a plástico»— invadía sus fosas nasales.
En la pantalla, el círculo de carga de Teams daba vueltas, igual de mareado que ella.
Paquita regresó al salón no solo con una taza de café humeante sobre un platito de porcelana, sino con un plato de galletas María, perfectamente ordenadas en círculo.
—Toma —dijo, dejando el cargamento al lado del ratón—. Para que el azúcar te suba un poco el ánimo, que te veo pálida de estar aquí encerrada como una seta.
—Gracias, Paquita, pero tengo que empezar ya.
—Tú bebe. Y colócate bien ese cuello, que se te ve un hilo suelto. Si es que ya no hacen la ropa como antes.
Elena se miró frenéticamente en la vista previa de la cámara.
El hilo era microscópico, pero para Paquita era como un cable de alta tensión cruzando un paisaje virgen.
—Elena, te lo digo por tu bien —continuó la suegra, sentándose en el sofá, justo en el ángulo donde podía observar todo el despliegue tecnológico—. Si trabajas así, a medias, la vida te sale a medias.
—Paquita, por favor, que entra el Director General. No puedes estar aquí hablando.
—¿Y quién va a oírme? Si yo soy como una tumba. Además, ese señor no sabe ni que existo.
—Si hablas, el micrófono lo recoge todo. Es muy sensible.
Paquita puso una cara de escepticismo absoluto, como si Elena le estuviera explicando cómo funciona un acelerador de partículas.
—¿Ese aparatito me va a oír a mí desde aquí? Ni que fuera yo la Pantoja en un concierto.
—Paquita, de verdad, silencio.
Un pitido agudo anunció la entrada del primer participante.
Era Carlos, el Director General, un hombre que vivía permanentemente conectado a unos auriculares inalámbricos que parecían dos cepillos de dientes eléctricos colgando de sus orejas.
—Buenos días, Elena —dijo la voz de Carlos, resonando en el salón—. ¿Cómo va la mañana?
Elena puso su mejor sonrisa de “empleada del mes”.
—Buenos días, Carlos. Todo perfecto por aquí. Muy productiva desde temprano.
Paquita, desde el sofá, soltó un soplido sonoro que Elena intentó camuflar con una tos falsa.
—Te veo muy formal hoy, Elena —comentó Carlos—. Esa camisa blanca impone. Parece que vas a dar una rueda de prensa.
—Bueno, ya sabes que me gusta mantener el rigor profesional incluso desde casa —respondió Elena, sintiendo el sudor frío recorrer su espalda.
Bajo la mesa, frotó sus pies de borreguillo uno contra otro. Era un tic nervioso que los pingüinos amortiguaban con suavidad.
Paquita empezó a gesticular de forma exagerada, señalando hacia abajo, hacia las piernas de Elena, y moviendo los labios en silencio formando la palabra «men-ti-ro-sa».
Elena la ignoró, apretando los dientes.
—Bien —dijo Carlos—, vamos a esperar a que se conecte el resto del equipo. Mientras tanto, cuéntame, ¿has visto los últimos números de la campaña de primavera?
—Sí, Carlos. De hecho, los tengo aquí mismo…
Elena cometió el error de intentar estirarse para coger un cuaderno que estaba en la punta de la mesa.
Al hacerlo, su silla con ruedas se desplazó unos centímetros hacia atrás.
El ángulo de la cámara se amplió ligeramente.
Fue apenas un segundo. Una fracción de tiempo en la que el borde de la franela gris de sus pantalones asomó por el borde inferior de la pantalla.
Paquita dio un respingo en el sofá como si hubiera visto un fantasma.
Se tapó la boca con ambas manos, los ojos como platos.
Elena recuperó la posición de inmediato, el corazón latiéndole en las sienes.
—¿Pasa algo, Elena? Te he visto un movimiento raro —preguntó Carlos, frunciendo el ceño.
—Nada, nada. Es que… el gato. El gato ha saltado sobre mis pies —improvisó ella.
—No sabía que tenías gato.
—Es… es nuevo. Un rescate. Muy revoltoso.
Paquita, incapaz de contenerse más, se levantó del sofá con la agilidad de una gacela de setenta años.
Se acercó por detrás de la silla de Elena, fuera del campo de visión de la cámara, y le susurró al oído con un aliento que olía a café y a victoria moral.
—¿Ves? El pecado siempre sale a la luz. Mentir está muy feo, y más a un señor que te paga el sueldo.
Elena cerró el micrófono del Teams con un clic frenético.
—¡Paquita, vete a la cocina! —susurró con desesperación.
—No me voy hasta que te pongas una falda o un pantalón de vestir. Me pone negra verte así, parece que te falta un hervor.
—¡Que no me voy a cambiar en medio de una reunión!
—Pues entonces dile la verdad. Dile: «Mire usted, señor Director, que voy vestida de ejecutiva por arriba y de huérfana de Dickens por abajo». Verás qué risa le da.
Elena volvió a abrir el micrófono porque Carlos estaba diciendo algo.
—…y por eso creo que deberíamos enfocarlo hacia el sector joven —concluía el jefe—. ¿Tú qué opinas?
—Totalmente de acuerdo, Carlos. La autenticidad es clave para conectar con la Generación Z —dijo Elena, lanzando una mirada de fuego hacia su suegra.
Paquita empezó a limpiar el polvo de una estantería cercana, moviéndose con una parsimonia irritante, pasando el plumero justo por encima de la cabeza de Elena.
—La autenticidad dice —murmuró Paquita para sí misma, pero lo suficientemente alto para que Elena la oyera—. La autenticidad de los pingüinos.
Elena empezó a sudar bajo la camisa de lino. El contraste térmico entre su torso “profesional” y sus piernas “domésticas” estaba empezando a causarle una crisis de identidad.
—Elena, ¿tienes ahí la gráfica de conversión? —pidió Carlos.
—Sí, dame un segundo que comparto pantalla.
Mientras Elena buscaba el archivo, Paquita se inclinó sobre ella para examinar los iconos del escritorio.
—Hija, tienes el escritorio muy desordenado. Tanta ventanita abierta no puede ser bueno para el cerebro. Así tienes tú luego esos dolores de cabeza.
—Paquita, por favor… —rogó Elena en voz bajísima.
—¿Qué has dicho? —preguntó Carlos.
—Que… que el archivo está en “baja”, que ahora mismo lo subo.
Elena encontró el gráfico y lo proyectó.
—¡Ay! —exclamó Paquita de repente, señalando la pantalla—. Mira qué colores más bonitos. ¿Eso es lo que haces tú todo el día? ¿Dibujitos de colores?
—Es un gráfico de barras, Paquita.
—Pues parece el parchís. Si lo llego a saber, no te pagamos la carrera de Administración de Empresas. Para hacer rayitas de colores hubiera bastado con un cuaderno de los chinos.
Elena sintió que el tic del ojo izquierdo empezaba a cobrar vida propia.
Carlos seguía hablando sobre estrategias de mercado, ajeno al drama shakesperiano que se desarrollaba en el salón de su empleada.
—…y por eso necesitamos que el equipo se sienta cómodo, que sienta que puede ser él mismo en este entorno híbrido —decía Carlos con voz engolada.
—Exacto —asintió Elena—. La comodidad es fundamental para la creatividad.
Paquita soltó una carcajada que esta vez sí se filtró por el micrófono.
Carlos se detuvo.
—¿Qué ha sido eso? He oído una risa. ¿Hay alguien más contigo?
Elena sintió que el suelo se abría bajo sus zapatillas de borreguillo.
—Es… es la radio del vecino. Ya sabes cómo son estos pisos de Chamberí, las paredes son de papel de fumar. El vecino del 3ºB tiene la risa muy fuerte.
—Ah, entiendo. Gajes del teletrabajo.
Paquita, indignada por haber sido confundida con el vecino del 3ºB (un señor que, según ella, no separaba el vidrio del plástico), se plantó delante de Elena, pero esta vez se olvidó de la cámara.
Su brazo, enfundado en la manga azul marino del traje de chaqueta, cruzó la pantalla para señalar una mancha inexistente en el monitor.
Carlos se quedó mudo.
En la pantalla de la oficina central, en una sala de juntas donde probablemente había otras seis personas, acababa de aparecer el brazo de una señora mayor con un reloj de oro y pulso firme.
—¿Elena? —preguntó Carlos con voz cautelosa—. ¿Acabo de ver un brazo?
Elena cerró los ojos. Este era el final. Mañana estaría en la cola del paro, con sus pingüinos y su suegra.
—Es mi… asistente de investigación —improvisó Elena en un acto de puro instinto de supervivencia.
Paquita la miró con una mezcla de orgullo por el ascenso social y estupefacción por la mentira.
—¿Asistente? —repitió Carlos—. No sabía que tenías presupuesto para eso.
—Es un programa piloto —continuó Elena, ya sin frenos—. De… de mentoría intergeneracional. Estamos probando cómo la sabiduría de los mayores puede optimizar los procesos de marketing tradicional aplicados al entorno digital.
Paquita se enderezó. Le gustó lo de “sabiduría de los mayores”. Se ajustó el pelo y, por un momento, Elena temió que fuera a saludar a cámara.
—Vaya —dijo Carlos, impresionado—. Siempre a la vanguardia, Elena. Por eso eres de mis mejores activos.
Paquita le guiñó un ojo a Elena.
—Ves —susurró la suegra—. Si no fuera por mí, este señor pensaría que estás perdiendo el tiempo.
Pero la tregua duró poco.
—Bueno —dijo Carlos—, ya que tienes ahí a tu “mentora”, ¿por qué no le pides que nos dé su visión sobre el diseño de la nueva interfaz?
Elena palideció.
—Ella… ella prefiere mantenerse en un plano puramente observacional por ahora. Es muy… de la escuela clásica.
—Entiendo. Bueno, sigamos.
La reunión continuó durante quince minutos más que a Elena le parecieron siglos.
Paquita se dedicó a pasear por el salón, hablando sola en voz baja sobre lo que ella haría con “esos de la informática si fueran hijos suyos”.
Cuando finalmente Carlos se despidió, Elena cerró la tapa del portátil con tal fuerza que el ruido asustó hasta a la vecina del quinto.
—¡Paquita! —estalló Elena, levantándose de la silla—. ¡Casi me cuesta el puesto de trabajo!
—¿Por qué? Si te he hecho quedar como una reina. ¡Asistente de investigación! ¡Ni que fuera yo la que le escribe los discursos al Rey!
—¡Porque no puedes aparecer así en medio de una reunión! ¡Y menos cuestionando mis pantalones!
—Es que esos pantalones claman al cielo, Elena.
—¡Pues que clamen! ¡Son mis pantalones de la libertad!
Paquita agarró su carrito de la compra, dispuesta a retirarse a sus cuarteles de invierno.
—La libertad —dijo con desdén—. La libertad empieza por un buen planchado de pantalón. Te dejo, que se me pasa el arroz. Literalmente.
Elena se dejó caer de nuevo en la silla, agotada.
Escuchó la puerta cerrarse.
Miró sus pies.
Los pingüinos parecían mirarla de vuelta con compasión.
Pero entonces, se dio cuenta de algo.
Tenía otra reunión en diez minutos.
Y esta vez era con el cliente más difícil de la agencia.
Se miró al espejo del pasillo.
La camisa blanca seguía ahí, impecable.
Y los pingüinos también.
—A la porra —dijo Elena—. Si sobrevivo a Paquita, sobrevivo al cliente.
Pero entonces, se dio cuenta de que Paquita se había dejado las llaves puestas por dentro.
Lo cual significaba que no se había ido.
Significaba que estaba en la cocina.
Cocinando algo que olía a coliflor.
—¡Elena! —gritó la suegra desde la cocina—. ¡He decidido que me quedo a comer para vigilar que no te salgan raíces en esa silla! ¡Y de paso, vamos a ver qué hacemos con ese pijama, que tengo hilo y aguja en el bolso!
Elena se tapó la cara con las manos.
La jornada laboral no había hecho más que empezar.
PARTE 3
El olor a coliflor cocida comenzó a filtrarse por las rendijas de la puerta del salón, espesando el aire con una contundencia casi física.
Elena sabía que la coliflor era el arma química preferida de Paquita para marcar territorio.
Era un mensaje claro: “Aquí se hace lo que yo digo, y se huele lo que yo cocino”.
Elena intentó concentrarse en el nuevo documento compartido que aparecía en su pantalla, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia la puerta de la cocina.
—¡Elena! —vociferó Paquita desde los fogones—. ¡No oigo el teclado! ¡Eso es que estás perdiendo el tiempo mirando fotos en el Instagram ese!
—¡Estoy leyendo un contrato, Paquita! ¡No hace falta aporrear las teclas para leer!
—¡El que lee no produce! ¡El que produce hace ruido! —sentenció la suegra, cuya filosofía laboral parecía extraída de una fábrica textil del siglo XIX.
Elena volvió a su pantalla. La reunión con el cliente, un tipo llamado Germán que se creía el Steve Jobs de Móstoles, empezaba en dos minutos.
Germán era famoso por pedir “transparencia total” y por hacer preguntas incómodas sobre el entorno de trabajo de sus colaboradores.
Elena se ajustó la camisa de lino por enésima vez.
Sintió que el cuello le apretaba más de lo habitual.
Quizás era la presión arterial, o quizás era el efecto de la coliflor en el ambiente.
Miró hacia abajo. Los pingüinos seguían allí, impasibles, sosteniendo sus tacitas de chocolate en un mundo que se desmoronaba.
—Venga, Elena, sé profesional —se dijo a sí misma.
Conectó la cámara.
Germán apareció en pantalla. Estaba en una oficina minimalista, con paredes blancas y una planta de plástico que costaba más que todo el mobiliario del salón de Elena.
—Elena, ¿qué tal? —dijo Germán, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Te veo un poco… ¿sofocada? ¿Hace calor en tu oficina?
—Hola, Germán. No, todo bien. Es solo que hoy hay mucha actividad por aquí.
—Ya veo. Me gusta ese espíritu. Oye, una pregunta rápida antes de entrar en materia. ¿Qué opinas de nuestra nueva política de “Desnudez Corporativa”?
Elena se quedó helada.
—¿Perdona?
—Sí, ya sabes. Queremos que nuestros partners se sientan tan integrados que no tengan nada que ocultar. Queremos ver dónde sucede la magia. ¿Te importaría hacerme un tour rápido con la cámara por tu espacio de trabajo?
Elena sintió que el mundo se detenía.
Si movía el portátil, los pingüinos serían los protagonistas absolutos de la presentación.
Si se negaba, Germán pensaría que estaba ocultando algo, o peor, que no era “lo suficientemente moderna”.
—Eh… Germán, es que tengo el cable del cargador un poco corto y si muevo el equipo se puede desconectar la sesión —improvisó ella con una sonrisa nerviosa.
—Venga, Elena, no seas tímida. Solo un paneo de 360 grados. Quiero ver esa energía creativa.
En ese momento, la puerta del salón se abrió de par en par.
Paquita entró con un delantal puesto encima de su traje de chaqueta, sosteniendo una espumadera como si fuera un cetro real.
—¡Elena! ¡Dile a tu amigo el del ordenador que si quiere ver energía creativa, que venga a fregar los platos, que se están acumulando! —gritó Paquita, ignorando olímpicamente las señas desesperadas de su nuera.
Germán arqueó una ceja.
—¿Quién es esa señora? ¿Es tu coach de productividad?
Elena tragó saliva.
—Es… es mi Directora de Operaciones Logísticas y Bienestar Nutricional —respondió Elena, con la voz temblorosa.
Paquita se acercó a la cámara y entrecerró los ojos para ver mejor a Germán.
—¿Este es el jefe? —preguntó Paquita a Elena, señalando la pantalla con la espumadera—. Tiene cara de no haber comido legumbres en su vida. Está muy flaco, Elena. Así no se puede dirigir nada.
—¡Paquita, por favor! —suplicó Elena.
—Hola, señora —dijo Germán, divertido—. Soy Germán. ¿Dice usted que Elena necesita comer más legumbres?
—Digo que esta niña trabaja mucho y se viste muy mal —soltó Paquita sin anestesia—. Mírela usted qué guapa por arriba, pero si viera lo que lleva por debajo…
Elena sintió que el alma se le escapaba por los dedos de los pies.
—¿Ah, sí? —Germán se inclinó hacia la cámara, con curiosidad malsana—. ¿Qué lleva por debajo, Elena? ¿Es parte de una nueva tendencia de branding personal?
—¡No es nada, Germán! —gritó Elena—. ¡Es ropa de casa! ¡Comodidad ergonómica!
—¡Lleva pingüinos! —exclamó Paquita con un entusiasmo cruel—. ¡Unos pingüinos con tazas de chocolate que dan pena verlos! ¡Y unas zapatillas que parecen dos ratas muertas!
Hubo un silencio sepulcral en la comunicación.
Germán miró fijamente a la cámara.
Elena cerró los ojos, esperando el despido inminente, el fin de su reputación, la mudanza al pueblo de su madre.
De repente, escuchó una carcajada.
No era una carcajada normal. Era una risotada profunda, de esas que hacen que a uno le falte el aire.
Abrió los ojos y vio a Germán doblado sobre su mesa minimalista, riendo a mandíbula batiente.
—¡Pingüinos! —logró decir entre espasmos de risa—. ¡Es brillante! ¡Es lo más auténtico que he oído en todo el año!
Paquita miró a la pantalla con extrañeza.
—¿Ves, Elena? Te lo dije. El señor se ríe porque sabe que eres una desdejada.
—No, señora, no —dijo Germán, secándose las lágrimas de risa—. Me río porque yo también llevo pantalones de pijama. De hecho, llevo unos de Batman.
Germán se levantó un poco, lo justo para mostrar a la cámara unos pantalones amarillos con el logo del murciélago negro.
Elena se quedó con la boca abierta.
Paquita se santiguó tres veces seguidas.
—¡Ave María Purísima! —exclamó la suegra—. ¡El mundo se ha vuelto loco! ¡Los directores generales van de superhéroes y las nueras de pingüinos! ¿Dónde vamos a llegar? ¿Es que ya nadie respeta la sarga y el tergal?
—Se llama democratización del entorno laboral, señora —explicó Germán, todavía sonriente—. Elena, me encanta. Tu “Directora de Bienestar” tiene razón, la honestidad es la mejor política. Olvida el tour de 360 grados. Los pingüinos me han dado toda la confianza que necesitaba.
Elena sintió que una losa de diez toneladas se levantaba de su pecho.
—Gracias, Germán. Supongo que… bueno, supongo que la comodidad no está reñida con el talento.
—¡Exacto! De hecho, vamos a lanzar una campaña basada en esto. “Trabaja como eres”. Y quiero que tú la lideres.
Paquita, viendo que su intento de humillación se había convertido en un éxito laboral, no pudo evitar lanzar una última pulla.
—Pues si vas a liderar algo, por lo menos que te den un presupuesto para comprar unos pingüinos nuevos, que esos tienen ya más kilómetros que el baúl de la Piquer.
—¡Paquita! —gruñó Elena, pero esta vez con una sonrisa.
—Bueno, os dejo —dijo Germán—. Tengo una reunión con unos inversores japoneses. Me pondré la capa de Batman para la ocasión. ¡Un saludo a la mentora!
La pantalla se apagó.
Elena se reclinó en su silla, dejando que sus pies de borreguillo descansaran sobre la alfombra.
Paquita se quedó de pie, con la espumadera en la mano, mirando fijamente el monitor negro.
—Ese hombre está mal de la cabeza —sentenció la suegra—. Batman dice. Un señor con esa edad. Si lo viera su madre se le caería la cara de vergüenza.
—Paquita, me han dado la campaña más importante del año gracias a mis pingüinos.
—Te la han dado porque el mundo es un manicomio y tú eres la jefa de los locos. Pero no te hagas ilusiones, que la coliflor está lista y eso no hay pijama que lo aguante.
—Voy en un segundo, Paquita.
—No tardes, que se enfría. Y quítate esa camisa, que se te va a quedar el olor pegado y luego en la próxima reunión van a pensar que trabajas desde un puesto de verduras del mercado.
Paquita salió del salón con su andar regio, satisfecha a pesar de todo. Había perdido la batalla de la moda, pero había ganado la de la gastronomía.
Elena se quedó un momento en silencio.
Miró sus pantalones.
—Gracias, chicos —les susurró a los pingüinos.
Se levantó de la silla y, por primera vez en toda la mañana, no se sintió como una impostora.
Caminó hacia la cocina con el «chof-chof» de sus zapatillas marcando el paso de una nueva era.
Sin embargo, a mitad de pasillo, se detuvo.
Se miró en el espejo grande de la entrada.
La imagen era, objetivamente, un desastre.
Una ejecutiva agresiva de cintura para arriba.
Una adolescente en una tarde de domingo de lluvia de cintura para abajo.
—Igual Paquita tiene un poco de razón —murmuró Elena—. Solo un poco.
Pero entonces, olió la coliflor.
Y supo que, en esa casa, la verdadera jefa nunca llevaba pijama.
PARTE 4
La comida transcurrió bajo una atmósfera de tregua armada.
Paquita servía la coliflor con una precisión quirúrgica, asegurándose de que Elena tuviera la ración más grande «para que el cerebro no se le secara con tanta pantalla».
—Oye, Elena —dijo la suegra, pinchando un trozo de patata con elegancia—, ¿tú crees que a Roberto le gustaría que yo también tuviera uno de esos trabajos de no vestirse?
Elena casi se atraganta con el agua.
—¿Tú, Paquita? ¿Teletrabajando?
—Claro. Podría dar consejos de economía doméstica por el ordenador. O de cómo quitar manchas de grasa, que eso es una ciencia que se está perdiendo.
—No sé yo si el mundo está preparado para tus tutoriales de limpieza, Paquita. Serían demasiado intensos.
—Tú te ríes, pero yo tengo mucha sabiduría acumulada. Y si ese señor de los murciélagos puede mandar desde su casa, yo también puedo.
Elena se imaginó a Paquita con un canal de YouTube, regañando a sus suscriptores por no tener las sábanas bien alineadas. Sería un éxito absoluto por puro terror.
—Bueno —continuó Paquita—, pero yo lo haría bien. Yo me pondría mi collar de perlas y mis zapatos de salir. Nada de ir por ahí como si acabaras de salir de una cueva.
—Paquita, la comodidad es el futuro. Acéptalo.
—El futuro va a ser muy feo, hija mía. Muy feo y muy arrugado.
Después de comer, Paquita insistió en fregar los platos.
Elena volvió al salón para afrontar el último tramo de la jornada.
Se sentía extrañamente ligera. La presión de parecer perfecta se había disuelto en la risa de Germán y en la coliflor de su suegra.
Se sentó frente al portátil y abrió el chat del equipo.
“Chicos, a partir de mañana, el pijama es obligatorio en las reuniones creativas”, escribió.
Las respuestas no tardaron en llegar: emojis de aplausos, de risas, de corazones.
Parecía que todo el mundo estaba esperando a que alguien rompiera el hielo de la falsa formalidad.
De repente, Paquita apareció en la puerta, ya sin el delantal y con el bolso colgado del brazo.
—Me voy ya, Elena. He dejado la cocina como los chorros del oro. Y te he guardado un tapper con lo que ha sobrado. Para que mañana no tengas que cocinar y puedas seguir con tus pingüinos.
—Gracias, Paquita. De verdad.
La suegra se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla, dejando ese rastro de perfume floral que siempre la acompañaba.
—Eres buena chica, Elena. Un poco desastre para las modas, pero buena chica.
—Y tú eres la mejor asistente de investigación que he tenido nunca.
Paquita sonrió, una sonrisa pequeña y orgullosa.
—No se lo digas a nadie, pero a veces, cuando estoy sola en casa viendo la novela… me quito los zapatos y me pongo unos calcetines gordos de lana.
Elena abrió los ojos de par en par.
—¿Tú, Paquita? ¿Sin zapatos?
—Pero solo si no hay nadie. Y con la persiana bajada. Que la dignidad es lo último que se pierde, pero el frío en los pies es muy traicionero.
Paquita le guiñó un ojo y se dirigió hacia la puerta.
—¡Ah! —gritó desde el pasillo—. ¡Y dile a tu jefe el de Batman que si quiere legumbres de verdad, que se pase el jueves, que voy a hacer lentejas con fundamento!
—¡Se lo diré, Paquita!
La puerta se cerró.
El silencio volvió a reinar en el piso de Chamberí.
Elena se quedó mirando la pantalla, sintiendo el calor del borreguillo en sus pies.
Se dio cuenta de que el teletrabajo no era solo una cuestión de ubicación o de vestuario.
Era la capacidad de integrar los dos mundos: el de la ambición profesional y el de la realidad cotidiana.
El mundo de la camisa blanca y el de los pingüinos con chocolate.
Abrió el archivo de la nueva campaña y empezó a escribir con una fluidez que no había sentido en meses.
“Título: La Verdad Desnuda (O en Pijama)”.
A las seis de la tarde, Elena cerró el portátil.
Se levantó, se estiró y miró por la ventana hacia la calle.
Vio a la gente pasar, todos con sus trajes, sus abrigos, sus apariencias bien cuidadas.
Se preguntó cuántos de ellos llevarían calcetines con agujeros o camisetas interiores con manchas de lejía.
Se preguntó cuántos tendrían una Paquita en sus vidas recordándoles que la desidia acecha en cada esquina.
Se quitó la camisa de lino y la colgó con cuidado en una percha.
Luego, se miró al espejo.
Llevaba una camiseta vieja de una carrera popular de 2012 (curiosamente, como la que ella le había inventado a su jefe) y sus pantalones de pingüinos.
—Mañana —dijo en voz alta—, mañana trabajaré en bata.
Porque al final del día, la magia del teletrabajo no era poder ir en pijama.
La magia era que, a pesar de los pingüinos, de las suegras críticas y de los jefes con complejo de superhéroe, el trabajo salía adelante.
Y salía mejor porque, por una vez, no había nada que ocultar bajo la mesa.
Elena apagó la luz del salón y se fue a la cocina a calentar un poco de coliflor.
Después de todo, la sabiduría de los mayores siempre tenía la última palabra.
Y la última palabra, en esa casa, olía a hogar.