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El sol de Madrid entraba por la ventana del salón con una timidez casi insultante.

PARTE 1

El sol de Madrid entraba por la ventana del salón con una timidez casi insultante.

Eran las ocho y media de la mañana y el silencio en el piso de Chamberí se veía interrumpido únicamente por el zumbido del ventilador del portátil.

Elena suspiró frente a la pantalla apagada.

Se miró en el reflejo negro del monitor y se vio a sí misma como un cuadro inacabado de Velázquez, pero en versión low-cost.

Tenía el pelo recogido en un moño que ella llamaba «estilo desenfadado» pero que su madre llamaría «nido de cigüeña».

Se ajustó el cuello de la camisa de lino blanco, una prenda impecable, de marca, comprada en las rebajas del Barrio de Salamanca.

Era su armadura profesional.

Era lo único que el cliente vería a través de la pequeña lente de la cámara.

Sin embargo, bajo la mesa de comedor de roble, la realidad era radicalmente distinta.

Elena estiró las piernas y sintió el roce reconfortante de la franela.

Llevaba unos pantalones de pijama con un estampado de pingüinos diminutos que sostenían tazas de chocolate.

Unos pantalones que habían visto tiempos mejores, con una rodillera ligeramente desgastada y una goma que ya no apretaba, sino que abrazaba.

En los pies, unas zapatillas de borreguillo que hacían un ruido sordo, un «chof-chof» rítmico contra el parqué cada vez que movía los tobillos.

—La magia del encuadre —susurró para sí misma.

Abrió el correo electrónico.

Treinta y cuatro mensajes nuevos desde las nueve de la noche anterior.

La dictadura del “asunto: urgente” comenzaba a desplegar sus alas.

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